Al día siguiente, Timoteo fue a trabajar en los frisos de una vivienda para lo cual ya lo habían contratado previamente, quedando de parte de Juanito realizar el recorrido diario que se tenía planteado para buscar algún lugar donde pudiera desarrollar alguna labor que le aportara el sustento económico que fue a buscar en la ciudad, sin embargo, decidió tomarse la mañana para escribirle una carta a su Ana María:
“Querida Ana María, ya estoy en la capital. Llegué sin problemas y ya estoy instalado en la residencia donde vive Timoteo. Cuéntame por favor cómo está mi sol adorada, cómo está mi amada, mi pequeñita princesa Gabriela. Apenas salí de Churuguara empecé a extrañarlas como loco. No he dejado de pensar en ustedes ni un solo momento. Le pido a Dios que me ayude, que me de fuerzas para estar lejos de ustedes y que pueda llevar a cabo todo lo que vine a buscar lo más pronto posible para que nuestra separación sea lo más breve posible. Dile a mamá vieja y a papá viejo que también me hacen mucha falta. ¿Cómo ha estado la suegra? Te cuento que ayer salí con Timoteo a buscar algún trabajo pero no conseguimos nada. Timoteo dice que eso es normal, que sólo tengo que tener paciencia, que aquí hay mucho trabajo disponible. Yo espero que tenga razón. La ciudad es inmensa, la recorrimos todo el día y Timoteo me dijo que eso era apenas una pequeña parte. Hay muchos edificios y demasiada gente; gente de todo tipo. Hay mucho ajetreo por aquí, tendré que adaptarme. No es nada comparado con nuestro pueblito. En las tiendas tienen de todo, tienes que verlo, espero que pronto. Gabriela me hubiese vuelto loco al ver todos los juguetes que se pueden conseguir aquí. Ayer perdimos un buen tiempo en una juguetería en la que convencí a Timoteo de entrar nada más para ver las cosas que le podrían gustar a mi niña adorada. Anoche las extrañé más que nunca, me hizo falta tu beso de buenas noches y echarle la bendición a mi pequeñita. La gente aquí habla un poco raro, a algunos no les entendía muy bien lo que me decían, así que también tendré que adaptarme a las palabras que usan aquí. Si no tuviera la compañía de Timoteo aquí no creo que aguantaría mucho. Rezo porque la decisión de venirme para acá haya sido la mejor. Extraño todo de allá, pero apenas llevo un día aquí, así que voy a poner todo mi empeño para que las cosas me salgan muy bien. Amándote más que nunca a pesar de la distancia que ahora nos separa, me despido de ti esperando me respondas pronto y me cuentes todo lo que puedas de la familia y del pueblo. Un beso para ti y para mi sol y saludos a todos, hasta para Canelo. Te amo.
Juanito.”
Juanito se preparó un rápido desayuno y salió directo a la sede de la oficina de correos para enviar la carta a Ana María, para de inmediato emprender un nuevo recorrido en búsqueda de algún empleo.
Después de una semana Juanito no había conseguido nada en qué desempeñarse, y ya se empezaba a sentir incómodo al ver que las cosas no eran tan fáciles como se las había pintado Timoteo.
–Ya llevo una semana en la capital y lo único que he hecho es rebajar la suela de los zapatos, “casi hermano”. Aquí como que tampoco está muy mantequilla la situación. Lo único que estoy haciendo es gastando los pocos cobritos que me traje.
–No hombre, Juanito, deja el pesimismo, chico. Tenés que seguir buscando, además recuerda que vos no estás preparado en ningún oficio ni estudiaste nada en la universidad. Pero de seguro algo te saldrá. Vos sos una buena persona y eso también vale mucho. Además, por los cobres no te preocupes que por lo menos comida y cama no te van a faltar mientras yo esté aquí.
Así continuó Juanito por un par de semanas más hasta que un buen día pasó por una herrería y preguntó, como hacía en muchos negocios por los que pasaba, si tenían necesidad de personal allí.
–¿Qué tipo de trabajo puede hacer usted? –le preguntó el encargado de la herrería.
–El que usted me ponga a hacer señor. Yo no soy especialista en nada pero lo puedo ayudar en lo que usted me diga y estoy dispuesto a aprender lo que sea necesario. Deme un chancecito y usted va a ver que no se va a arrepentir.
Las herramientas no eran completamente extrañas para Juanito, pues a veces realizaba reparaciones menores en la casa de Peruchote.
–Si quiere podemos hacer una cosa. Véngase mañana temprano y trabaje el día de mañana a prueba, eso sí, sin pago. Si me convence, entonces ahí sí puede empezar a trabajar desde pasado mañana. Pero de una vez le advierto que no me gustan ni los flojos ni los ladrones. Si le sirve así, véngase mañana, porque estoy necesitando alguien que me ayude.
Juanito finalmente había logrado conseguir un empleo. Luego de su día de prueba, el cual pasó sin inconvenientes, se dedicó a trabajar como ayudante haciendo muebles y rejas protectoras con hierro forjado. Al principio le costó adaptarse a su nueva situación, que incluía golpes en las manos, toques eléctricos y varias quemaduras producto de las soldaduras. Su trabajo consistía más que todo en mantener el área limpia, cargar los materiales que traía al sitio algún camión de reparto e incluso traer a pie el material que en ocasiones se compraba en una ferretería situada a dos cuadras del taller. Empezó ganando sueldo mínimo, lo cual no era mucho pues le alcanzaba apenas para colaborar con Timoteo en los gastos de la residencia y en la comida, además de su transporte diario al lugar de trabajo. A pesar de todo lo anterior, Juanito se sentía aliviado, era el primer empleo que conseguía por sus propios méritos.
La tarde que el nuevo jefe de Juanito, el señor Mario Terán, le comunicó que podía empezar a trabajar formalmente a partir del siguiente día, fue un día de doble satisfacción. Al llegar a su residencia se encontró con la sorpresa de la recepción de la primera carta de su amada Ana María. Con gran emoción tomó la carta, la abrió y se sentó en la pequeña cama de su habitación y comenzó a leer:
“Mi amado Juanito, ¿cómo estás por esas tierras? Nosotras por aquí, gracias a Dios, nos encontramos perfectamente. Gabriela me pregunta todos los días que cuándo es que va a venir su papá. Yo, con un nudo en la garganta, le respondo que muy pronto su papi la va a venir a ver. No me imaginé que te pudiera extrañar tanto amor mío. Quisiera regresar el tiempo y no dejarte ir de nuestro lado. Los suegros se contentaron mucho al saber que habías escrito. Siempre me acompañan en la bodega y hablamos mucho de ti, que si ya nos habrás olvidado, que ahora eras un hombre de ciudad y a mí se me aguarapan los ojos. Mi mamá es otra que ahora no sale de la bodega; la pobrecita se siente muy sola con toda esta tragedia que nos cayó encima, primero con lo de Alma Lucía y luego lo de mi papá. A Dios gracias, Gabriela nos ha servido a todos para tener fuerzas y dejar de pensar tanto en cosas desagradables. Saludos al compadre Timoteo y mucho cuidado en dejarte llevar mucho por él, mira que ese compadre mío es muy zángano. Aquí siempre rezamos por ti, para que no te pase nada malo por esos mundos y porque consigas un trabajito pronto. Con fe todo se puede lograr. Gabriela está pasando una gripe que tiene desde hace días pero ya está bastante mejorcita. Juanito, aquí te queremos y te extrañamos mucho, si te quieres regresar regrésate mi amor, no importa si llegas con las manos vacías que aquí nunca nos ha faltado nada y de alguna manera nos defenderemos. Todo el mundo me pregunta por ti en la bodega. Nada aquí es igual sin ti. Pido a Dios que podamos estar juntos, de nuevo, como siempre deben estar las familias. Lo material no vale de nada sin recibir el cariño directo de los tuyos. Ay, se me olvidaba, el perro también está bien, tan necio como siempre, pero bien. No te olvides de nosotros que tú siempre estás en nuestras oraciones. Amándote más que nunca y añorando tu compañía te digo, hasta siempre.
Tu esposa,
Ana María.”
Juanito sintió como su corazón se aceleraba y pensaba: “si esta carta hubiese llegado ayer, a lo mejor anoche mismo me hubiese regresado, pero tengo que echar pa’lante, ya tengo trabajo”.
Debido a los contactos frecuentes que realizaba Juanito en la ferretería, pronto se hizo amigo del dueño de ese negocio, el señor Giuseppe Cirucci, un italiano que casualmente había contraído nupcias con una paisana de Juanito, Carolina Agüero, coriana de nacimiento y quien siempre estaba dispuesta a apoyar a sus coterráneos en la capital. Luego de seis meses de duro pero poco fructífero trabajo, en cuanto a lo monetario se refiere, Juan Pedro Chirinos, Juanito, renunció a la herrería aceptando una mejor propuesta de trabajo en la ferretería “Materiales Circucci, S.A.”, en la cual se desempeñaría como uno de los vendedores de la empresa, atendiendo directamente a los clientes que llegaban al local. El trabajo en sí era mucho mejor que su anterior empleo, con mejor sueldo y con menor esfuerzo físico en las tareas, aunque muchas veces el descanso era mínimo debido a la alta afluencia de compradores que llegaban al lugar. Además, Juanito se manejaba mejor allí pues contaba con la experiencia de atención al público que había coleccionado durante diez años en la bodega fundada por Peruchote.
Después de cobrar su primera quincena en la ferretería, muy contento Juanito invitó a Timoteo al bar del don Cheo, esta vez él pagaría la cuenta completa.
–Estoy muy contento “casi hermano”. Por fin la diosa fortuna me sonríe. ¡Salud! –le decía Juanito a su amigo y también al “Ilustrado”, quien estaba en el sitio cuando llegaron y a quien no dudó Juanito en invitar de inmediato a su mesa. –Hasta que Diosito se acordó de mí.
Casi de inmediato intervino el Ilustrado, con la mirada fija sobre la pared de fondo, y su botella a media altura sobre la mesa.
–Si se busca a Dios en lo que lo rodea a uno seguro estoy que no se conseguirá pero, si buscas atentamente muy dentro del corazón, se puede estar seguro que complacido y pendiente de uno se podrá observar.
–Hasta te rimó hermanito, pero tienes mucha razón mi querido Ilustrado –le respondió Juanito sin reparar demasiado en lo dicho por el Ilustrado. –Ahora sí es verdad que no me para nadie. Si todo sale bien, con esta gente sí voy a echar pa’lante. Así pronto me voy a poder traer a mi familia y lograr poder ser feliz.
El Ilustrado le respondió en el mismo tono que la vez anterior.
–La felicidad es sumamente difícil de reconocer así la tengamos en frente. Suele pasar desapercibida y a veces poco la disfrutamos por un deseo insaciable de querer tener más, de querer vivir más. La mayoría de las veces logramos reconocerla cuando ya es demasiado tarde y se ha vuelto inalcanzable en el tiempo y el espacio.
–Uhm, pues –le respondió sin darle mucha importancia Timoteo y dirigiéndose a Juanito cambió rápidamente la conversación. –Mire compa, y ¿cómo se porta el viejo italiano?
–No me puedo quejar “casi hermano”. Es bastante exigente pero es que así tienen que hacerse las cosas para que puedan caminar como es. Yo mismo les digo a veces a los otros compañeros que dejen de flojear y que le pongan empeño, que un trabajo de esos no se consigue tan fácil por ahí. Las cosas se tienen que ganar es con meritocracia –dijo Juanito empleando una palabra de la que no estaba muy seguro pero que se la había escuchado decir un par de veces a la esposa del señor Cirucci. –¿Será así que se dice, “Ilustrado”?
–En realidad, no importa demasiado como se digan las cosas siempre y cuando generen una comprensión clara e inequívoca. “La forma correcta” del lenguaje no es más que un mero formalismo de nuestras sociedades. Es una herramienta poco útil un lenguaje florido y excelso si la persona con quien decides comunicarte no entiende el mensaje que se pretende enviar o lo interpreta de forma incorrecta. Paradójicamente yo mismo estoy incurriendo en lo que critico en estos momentos.
–Aaaahh, ummmjú –le respondió Timoteo al Ilustrado y de manera inmediata le dice susurrando en el oído a su “casi hermano”: –Compa yo no le entendí lo que dijo, ¿y vos?
Juanito le respondió mirándolo, encogiéndose de hombros y moviendo negativamente la cabeza con una expresión cóncava hacia abajo de su boca y arqueando al máximo sus cejas.
Así fue transcurriendo la nueva vida de Juanito, ya completamente adaptado a la forma de vida de la capital, poniendo en práctica los modismos del lenguaje caraqueño, acostumbrándose a vivir en un lugar donde se encontraba de todo y para todos. En un año de trabajo en la ferretería logró ahorrar lo suficiente como para ir en busca de Ana María y de Gabriela y traerlas a vivir a su lado. Calculó que con lo que tenía sería suficiente y ya las había preparado para que pronto ellas también emprendieran la gran aventura capitalina. Sus primeras vacaciones como empleado de “Materiales Cirucci, S.A.” las aprovechó para emprender el viaje a Churuguara y buscar la razón de su vida.