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BÚSQUEDA DE NUEVOS HORIZONTES

La situación económica de Juanito no era desesperada pero tampoco era la mejor en los últimos años y él se sentía listo para dar un paso decisivo que lo llevara a lograr mejores cosas, tanto para él, como para el futuro de su familia. El punto de quiebre él lo consideraba cercano, así que luego de profundas reflexiones y tomando en consideración los grandes beneficios económicos que él había escuchado que se podían conseguir en la capital, resolvió que lo mejor que podía hacer en aquel caso era tomar ese rumbo para el bien de todos.

Un atardecer gris fue el preludio de lo que sería una larga agonía que iniciaba con el sabor amargo de una temida despedida. Diversidad de raudos pensamientos inundaban la atribulada mente de Juanito entre los que se encontraba la forma de enfrentar la desgarradora distancia que en corto tiempo lo separaría de la principal razón de su existencia y que interrumpiría de esa manera los más maravillosos siete años de su vida.

El viaje comenzó en un autobús que lo llevaría, como primera parada, hasta la ciudad de Barquisimeto, donde tendría que tomar otro transporte hasta la capital de la república. El autobús no presentaba las mejores condiciones para viajar, bastante desajustado y ruidoso, con unos asientos de un material metálico exageradamente rígido y con música “raspacanilla” de fondo que salía de unos altavoces con un sonido muy distante de la nitidez que un buen oído siempre sabe apreciar. Le tocó el lado de la ventana teniendo como compañero de asiento a un señor de avanzada edad quien antes de la partida del bus ya se encontraba dormido y que, de manera extraña, no se le hacía conocido, seguramente residente o visitante de alguna familia de las que poblaban los caseríos periféricos a Churuguara.

Juanito llevaba la mirada lejana a través de la ventana de aquel armatoste que lo transportaba, parecía no mirar hacia ninguna parte. Todas aquellas incomodidades de la unidad pública que lo llevaba parecían no importarle demasiado. Su pensamiento estaba en otro lado, frente a aquel tesoro que él adoraba y que las circunstancias habían hecho que se separara de él… su familia. Aquel hombre cercano a los 30 años, que siempre fue cuidadoso del qué dirán y de aparecer ante la gente como un hombre serio y circunspecto, no le importaba que de sus ojos enrojecidos brotara aquel incontrolable manantial de llanto. De su mente no podía arrancar ese abrazo con su hijita de 7 años, ese largo abrazo en el que él se desahogaba con un llanto gimoteado mientras que ella correspondía a ese abrazo con una expresión de desconcierto al no comprender en su totalidad que pronto estaría separada por una gran distancia de su padre, ese ser que siempre la había protegido y con quien ella se sentía tan cuidada y querida. Ese recuerdo aparecía de manera recurrente durante la travesía y cada vez que lo hacía desarmaba cruentamente la tranquilidad que a ratos lograba en su mente Juanito. El adiós a su abuela, su amada mamá vieja, una auténtica madre para él, la negra Eustaquia, quien demostró una cordura y una serenidad increíble al momento de la despedida de su querido “negrito”, aunque por dentro se desmoronaba cual castillo de naipes al despojarlo de su base, con voz firme e inquebrantable no dejó de darle los últimos consejos a su “hijo” diciéndole que mantuviera su fe y siempre se pusiera en manos de Dios, mientras Juanito no podía controlar las lágrimas en el momento de ese abrazo con el pensamiento de que ésta pudiese ser la última vez que veía a su “mamá vieja”. Y por supuesto, la despedida de su mujer, Ana María, su compañera en esos últimos ocho años, con un abrazo que pedía no se terminara jamás y escuchando, sin evitar estremecerse, ese último ruego de que se quedara con ella y abortara a último minuto la decisión ya tomada de partir en búsqueda de nuevos y mejores horizontes.

Los caseríos iban pasando a través de su ventana, poco a poco el autobús seguía avanzando y se mantenían entremezclados sentimientos dentro de su confuso ser. Sentimientos de tristeza por la vida que estaba dejando atrás y de esperanza y ansiedad por la que le esperaba en una enorme ciudad a la que no conocía pero seguro estaba que él lograría, más pronto que tarde, la meta que llevaba en su mente: obtener un importante éxito económico que le permitiera llevarse con él a su familia para lograr un futuro estable y auspicioso para su princesa, la luz de su vida, el sol que le mantenía encendida la llama de las ganas vivir y de darlo todo por ella, su Gabriela adorada, su hijita adorada, su “pequeñita princesa”.

Cada parada del bus le servía para estirar sus largas piernas y caminar un poco, en los mostradores de los expendios, donde se detenía el chofer, mostraban ricas golosinas que la laceraban más sus heridas ya que le traían nuevamente a su mente el recuerdo de su hija, pensando lo mucho que le gustaría a ella degustar todas esas delicias. “A mi regreso le llevaré un montón de chucherías”, pensaba Juanito, quien de reojo miraba a las personas comprando diferentes tipos de comida rápida mientras otros comían ávidamente un almuerzo completo que incluía una sopa caliente que lucía muy rica, sin embargo Juanito, a pesar de los avisos que en modo de sonoros gruñidos provenían de su estómago, sabía que el escaso dinero que llevaba le podía ser de una utilidad vital cuando llegase a su destino, además de parecerle extremadamente onerosos los precios que se exhibían en esos locales de servicio en las vías. “Aguanta un poco más”, se repetía Juanito, comprando un pequeño pan para intentar paliar un poco el hambre que lo empezaba a agobiar.

Cuando el transporte colectivo tomaba nuevamente la ruta a la capital, Juanito inclinaba su cabeza hacia atrás intentando ignorar lo incómodo del tubo en el cual tenía que apoyarse y tomaba cortos períodos de sueño pensando que así se le haría más rápido el viaje, sin embargo, conciliar el sueño no era tarea fácil entre los pensamientos continuos de su despedida y la cantidad de baches, frenazos y arrancadas que realizaba aquel “camastrón” como le decía Juanito al autobús.

Finalmente, llegaron a la capital.

–Señores pasajeros, última parada, ya estamos en el “Nuevo Circo”, bienvenidos a Caracas –hablando con voz alta el colector de la unidad, despertando a unos pocos que estaban dormidos mientras la mayoría se desperezaba para levantarse de sus asientos organizando sus pertenencias para bajar del transporte.

Juanito, que desde la entrada a la ciudad venía con la boca abierta, contemplando la inmensidad de la ciudad a la que venía arribando, se quedó un momento más en su asiento contemplando todo el movimiento, un poco desordenado, de personas en el terminal terrestre caraqueño.

Ya con su maleta en la mano, y un poco desorientado, se puso en marcha, guiándose por la ruta que seguía la mayoría de los que venían en el autobús con él, la mayoría desconocidos que habían abordado en Barquisimeto, Valencia y Maracay, pues la mayoría de los conocidos de Churuguara habían desembarcado en la primera ciudad en la cual habían parado, la capital larense.

“Bueno, ya estás en la capital de la república Juancho”, se dijo a sí mismo, “ahora disimula el susto y ponte en camino porque tienes que resolver lo más pronto posible”. Una vez se encontraba en la avenida contigua al terminal le preguntó a un policía:

–Buenas, señor agente, disculpe, ¿dónde me queda la parada para ir hacia Catia?

–Avance cuadra y media en esa dirección y ahí verá la parada, ciudadano –le dijo el oficial con rostro circunspecto, indicándole con el dedo índice hacia el sitio donde se encontraba el lugar solicitado.

En esa parada de autobuses debía esperar a Timoteo, como habían quedado. Al aproximarse al sitio ve una mano en lo alto, moviéndose de izquierda a derecha, que sobresale entre las personas que esperan sus transportes. Era su gran amigo Timoteo, quizá el único verdadero que tenía, quien le señalaba su presencia en el lugar.

Timoteo, amigo de toda la vida de Juanito, hijo de mano Rafa. Hasta hacía un año eran inseparables. Timoteo, un hombre de tez oscura, mediana altura y un tanto regordete, con un prominente bigote que nunca se había afeitado desde que le apareció por vez primera. Tenía casi un año viviendo en la capital y era el principal responsable en la decisión tomada por Juanito de aventurarse hacia esos lares. Timoteo era de un carácter parecido al de su amigo, o “casi hermano”, como se solían llamar. Vivía en el oeste de la ciudad y trabajaba en lo que podía y cuando podía, aunque, como él decía, siempre algo salía para llevarse el pan a la boca.

Al encontrarse ambos en la parada, Juanito soltó la maleta y se dieron un gran y extendido abrazo.

–¡Al diablo compa, por fin llegaste!, ya me estaban saliendo raíces en esta parada, un policía hasta me estaba viendo feo, jejeje. ¡Qué bueno verte de nuevo, mi “casi hermano”! Bienvenido a Caracas.

–Tremenda vaina que me echaste haciendo que me viniera pa’ esta monstruo de ciudad, Timoteo. Jajaja, me parecía que no iba a llegar nunca mi compa. ¡Gracias a Dios que ya llegué!, aunque tengo unas ganas tremendas de sentarle la alpargata pa’trás ya mismo, jeje.

–¡No chico!, no digas eso, yo sé que aquí te va a ir muy bien, nos va a ir muy bien a los dos, ya vas a ver. Aquí nos vamos a forrar de billetes, “casi hermano”.

–Dios te oiga, Timoteo, Dios te oiga. Vengo con el corazón estrujaíto vale. Dios quiera que me vaya bien de verdad.

–Así va a ser Juanito, no te preocupés. Vamonós pa’ la residencia pa’ que descansés un rato. Ahí viene la buseta que va pa’llá. Vamonós campuruzo, jejeje, seguro que andás to’ asusta’o, jejeje.

Llegaron a una pensión en la populosa zona de Catia, en la parte oeste de la capital. La pensión era una casa antigua, de paredes de bahareque y techo de tejas, con ocho habitaciones ubicadas a cada lado de dos pasillos largos, con tres baños que debían ser compartidos entre los dieciséis residentes de la pensión. Juanito compartiría su dormitorio con su “casi hermano” Timoteo, su único conocido en la enorme ciudad que visitaba por primera vez.

–Aquí como que también hay casas viejas, ¿no?, –le comenta Juanito a su amigo.

–Ah pues compa, aquí hay de todo, “casi hermano”. Desde edificios que parece que llegan al cielo hasta unos ranchitos de latas de zinc muy humildes que no aguantan el soplo de una brisita regular porque se los lleva el viento. Desde centros comerciales de puros ricos hasta unas bodeguitas en las que se venden cigarros detalla’os y de vaina. A partir de mañana tú mismo te vas a dar cuenta de las enormes diferencias que se ven en estas ciudades. Andá a echarte un bañito que yo voy a aprovechá que la cocina está sola pa’ calentarte una caraotica que te tenía guardá pa’ cuando llegaras.

El susto por la aventura que apenas comenzaba a emprender Juanito pasaba a un segundo plano al escuchar las palabras y el acento familiar de su entrañable amigo que lo calmaban y lo hacía sentir, en cierta manera, como si estuviese en su pueblo querido.

Sentados en la mesa, mientras Juanito degustaba ávidamente los alimentos que le había preparado, Timoteo le inquiere sobre su gente:

–Mira “casi hermano”, ¿cómo dejaste a mis hijos?, dame razón de mi morena y de todos por allá. ¿Qué es de la vida de papá y mamá, de mi padrino Peruchote y mi madrina? Echame el cuento chico.

Juanito le contó sobre la vida de todos. Timoteo no tenía mayor información de su gente pues las comunicaciones para el pueblo no eran de las mejores en la época y no era muy aficionado a la comunicación epistolar que era de las más usadas en esos momentos. Timoteo se sintió tranquilo con las informaciones que le traía Juanito sobre su familia, sus hijos estaban saludables y su esposa estaba trabajando en casa de una familia pudiente del pueblo. Se mantenía más o menos bien, dentro de lo que cabía. Timoteo no había podido colaborar tanto como hubiese querido, con el envío de uno que otro giro pues el dinero no le sobraba, a pesar de lo que le había dicho a su “casi hermano” en una de sus escuetas cartas en las que lo motivaba a viajar a Caracas donde “sobra la plata, lo que hay es que saberla buscar”. El hijo de mano Rafa no le sobraba pero tampoco le faltaba trabajo, a veces como albañil o de ayudante en alguna construcción, otras veces como cargador de mercancías en el mercado, sin embargo, su afición por el alcohol y las mujeres no le había permitido ahorrar ni enviar suficientes cantidades de dinero a su esposa y mucho menos en conseguir los medios para llevarse a la familia entera a la capital.

Al día siguiente, los amigos y compadres salieron juntos a recorrer parte de la ciudad pues Timoteo no tenía ninguna asignación para ese día. El recorrido lo planificaron para intentar ubicar algún empleo para Juanito, quien en sí, no estaba preparado en ningún oficio en particular, sin embargo, estaba cargado de ganas de aprender, con la honestidad como su bandera y deseoso de ponerle empeño a cualquier cosa que le asignaran.

Estuvieron caminando todo el día, preguntaron en varias partes si tenían necesidad de empleados, anotaron teléfonos de pequeños avisos escritos en hojas blancas con marcador, pegados en postes. Ese primer día las cosas no salieron muy bien pues coleccionaron una larga lista de respuestas negativas.

–Ni te preocupes Juanito –le dijo Timoteo a su amigo al final de la tarde, llegando al sector donde se ubicaba la residencia que los albergaba. –Esto es normal, así me pasó a mí cuando llegué a Caracas. Pero esto es muy grande “casi hermano” y el trabajo aquí sobra –le dijo a un Juanito que lo miraba con algo de escepticismo luego de llevar sobre sus hombros el peso de un sol abrasador.

Antes de llegar a la residencia Timoteo decidió entrar a un bar que él frecuentaba invitando a Juanito.

–No hombre chico, vamos a refrescarnos que ese sol estuvo muy bravo hoy. Vamos a echarnos una aquí. Yo invito.

Entraron al pequeño expendio de licor, compuesto por cinco mesas con cuatro sillas en cada una, con piso de cemento pulido, una barra de madera un poco descuidada y un baño poco agradable para realizar cualquier necesidad fisiológica. Tomaron asiento alrededor de una de las dos mesas que se encontraban desocupadas y le pidieron dos cervezas al cantinero y dueño del bar, el viejo José “Cheo” Rondón, caraqueño de la vieja guardia.

–Güepa don Cheo, deme dos que estén como culo e’ foca, por favor –le solicitó Timoteo.

–Aquí tienes “Falcón”, bien frías. Le dijo el viejo Cheo a Timoteo. “Falcón” era el nombre con el que era conocido en la zona, por pertenecer a esa bella región del país.

–Don Cheo, este es un paisano y compadre mío, está recién llegado, conózcalo porque lo va a estar viendo seguido por aquí.

El dueño del bar le estrechó la mano a Juanito y se le puso a la orden en su local.

En una esquina de la barra, se encontraba un hombre con rostro pensativo a quien no había visto Timoteo al llegar y al percatarse de su presencia lo invitó a sentarse a la mesa en la que estaba con Juanito.

–Mira quien viene ahí, amigo mío, nada más y nada menos que “el Ilustrado” –le dice Timoteo a Juanito mientras se acerca el extraño.

–¿El Ilustrado? –preguntó Juanito con gran curiosidad.

–Sí señor, “el Ilustrado”, ya te lo voy a presentar para que conozca a una persona verdaderamente peculiar, un personaje pues.

“El Ilustrado”, hombre de mediana edad, muy delgado, regularmente acompañado por un cigarrillo encendido, de antejos rectangulares, bigote prominente y largas patillas, siempre con camisa de mangas largas recogidas. Nadie sabe de dónde viene ni nada relacionado con su vida. La mayoría de las veces habla en parábolas y posee un aparente gran conocimiento, aunque por su forma de vivir parece no aplicarlo hacia él mismo pues siempre se le ve sólo.

Una vez cumplido el formalismo de la presentación, Juanito, a quien le había llamado la atención aquel hombre, le pregunta:

–Y entonces, ¿de dónde eres tú, Ilustrado?

–Acaso somos de algún lugar en específico, yo soy de aquí, pero también soy de ninguna parte, soy de allá y de más allá también –respondía haciendo breves pausas mirando hacia el techo como buscando las palabras, –todos lo somos, somos de la vida, todos somos de ningún sitio y de todos los lugares, en donde la vida tenga a bien tenerme, de ese lugar seré, nunca entenderé el afán de la humanidad en etiquetar a todos con una nacionalidad o región en específico.

–Tenés mucha razón Ilustrado –le respondía Juanito quien se había sentido atrapado por la presencia y las respuestas de aquel “personaje” como lo había etiquetado Timoteo.

–Ah, Ilustrado –continuó Juanito interrogándolo, –¿has estado alguna vez por Churuguara, allá en el estado Falcón?, de esos lados es que venimos nosotros.

–En realidad nunca estoy pendiente de los nombres de los lugares que visito, me intereso más en las ideas y pensamiento de las personas que lo habitan.

–Aaah, unjum –respondió Juanito y seguidamente volteando hacia su compadre le comenta en voz baja para que no le escuchara “el Ilustrado”: –El hombre como que sabe su vaina pero le responde a uno sin responderle muy directamente, ¿verdad?

–Ese es así compa, ese es así –le responde Timoteo a Juanito.

La conversación transcurrió con diálogos directos entre los compadres, con esporádicas intervenciones de “el Ilustrado”, sobre todo cuando se le pedía alguna opinión en específico.

Cuando llevaban una docena de cervezas cada uno, Juanito le pregunta a su compadre sobre “el Ilustrado”, nuevamente en tono bajo:

–“Casi hermano”, y en verdad, ¿este hombre siempre es así?”.

–Sí compa, no te preocupés, el Ilustrado siempre es así, él nada más se sienta ahí, se toma su cerveza y se fuma su cigarro y parece que no le parara bolas a uno pero el condena’o lo que está es pendiente de lo que uno dice, y a veces, pareciera que hasta de lo que uno piensa.

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