En la entrada de la cueva II

Era preferible mantenerse a oscuras.

La ignorancia es un bien que muchos desprecian, saber demasiado de algo puede parecer inofensivo, el primer día no ocurrirá nada, pero… ¿Qué pasa esas largas noches en las que nada viene a tu mente? Aquellos infinitos momentos en los que parecía que el aquí y ahora se diluye hasta crear una pregunta angustiosa. Con forma el tiempo pasé, uno termina celebrando cierta ignorancia en su vida.

Kiara sintió un tirón dentro su cuerpo, las entrañas se apiñaban contra sus huesos de manera dolorosa y cada parte de su piel parecía querer desprenderse de su carne; aun así, podía morderse la lengua para soportar el dolor.

Se hallaba en un camino iluminado de forma estrambótica con luces neón, las paredes parecían cobrar vida al notar su presencia. Más adelante que ella podía ver la silueta de otros más que le acompañan, solo que estos se hallaban inconsciente, con sus cuerpos flotantes, dejándose llevar por la corriente.

Ella debería estar igual que ellos, solo que algo había resultado diferente. Allá, en el campamento de mercenarios, no tuvo otra opción más utilizar su don. Quien se mostraba ante ella era Zan, un hombre que se hallaba descontrolado y que era poseedor de un poder muy volátil. Si él estaba en el frente, ¿Dónde estaría a quien llama como su Señora?

Kiara no se iba a quedar para descubrirlo. Era muy probable que rastrearan las moras Zardan hasta ellos. Quien no conocía la campaña del demonio rojo en busca de mitos y leyendas; siendo un misterio en sí. Cyra se levantaba con alabarda en mano en una montaña de cadáveres, orgullosa de ser llamada por un título infame para los NPC’s ¿Y los jugadores? Un honorífico que cortaba sus esperanzas.

Cyra, el demonio rojo, quien asesino aún Dios.

Es obvio por qué nadie quiere averiguar su veracidad.

“Toma lo que puedas y luego sal corriendo” se había repetido Kiara cuando vio a Rosario sufrir por el golpe de su don.

La tinta en su piel empezó a evaporarse, sentía la superficie caliente, abrasiva. Mientras los tatuajes se desvanecían en una voluta de polvo, las paredes coloridas la abandonaron, y aún estaba en un túnel psicodélico de los 70; su cuerpo fue empujado a una habitación blanca y vacía.

— “Qué lugar es este” — pensó, sin embargo, su propia voz se escuchó proveniente de una bocina. Kiara retrocedió un paso en alerta, sin encontrar el apoyo en sus piernas caería de cara.

Algo iba mal.

Cuando alzo la mirada una vez más, la habitación se había llenado de estatuas humanoides de color gris; Kiara estaba en medio de estos. Aunque ningún rostro se giraba para mirarla, ella podía asegurar que en el momento menos pensado, aquello ocurriría.

Intento levantarse, pero falló. Algo faltaba, sentía las caderas muy ligeras y augurado su mayor miedo dejo de intentarlo. Sosteniéndose en sus brazos, se enfrentó a la estatuilla delante de ella. Sintiendo que su voz se perdía al reconocer el rostro de la figura. Su rostro.

Sin ninguna expresión distinguible, aún mantenía el cabello recogido y su ropa de reportera infiltrada; Kiara se empujó hacia atrás, su sorpresa había alimentado a su miedo. Mirando a los alrededores vería a cientos como ella; personas con ropas de actualidad y no harapos de una época medieval; rostros inexpresivos que perdían la mirada en el frente.

— “¿Qué es este lugar?”

Del suelo florecieron hilos dorados, envolviendo a las estatuillas y desapareciendo al grabarse en patrones sobre su superficie.

Aunque Kiara no lo noto, las marcas en su piel se iluminaron al mismo son. Delante de sus ojos, su reflejo se cubrió por completo, cambiando en un parpadeo su apariencia a una más reciente; su bandolera, su corsé o su falda sujeta a la cintura; llegando a sus piernas, concentrándose en la izquierda. En el siguiente parpadeo, desaparecía.

— “No… ¡No!”

Kiara se desplomó en el piso, palpando su torso con desespero, repitiendo una y otra vez; llegando a la base del muslo, la voz que creía perdida se quebró en un sollozo.

Ahí no había nada.

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Fue ahí cuando despertó, Kiara toco con rapidez el espacio de su pierna, chocando con algo sólido, su calma vino a su mente. La noche ya había pasado, era de mañana, una muy preciosa como para sentirse tan de la mierda. Apoyándose en el árbol, recién fue consiente que la punta de una espada la apuntaba.

— Qué oportuno.

El cuerpo de esta ladrona aún seguía con secuelas del abuso mágico, su visón era borrosa, su respiración pesada y podía asegurar que cada músculo sobre su esqueleto había sido remplazado por una piedra. Incluso su garganta se hallaba seca.

— Saltémonos el juego de hacerte la inconsciente— del lado sin filo, la espada palmeo su rostro. El toque fresco del metal le devolvió un poco de fuerza— y empieza a hablar.

Su oído no la traicionaba, pronto su visión se acomodó, quien veía era a Alecksz frente suyo, no se aventuraba a buscar a los lados por su compañera; la espada era una amenaza suficiente para frenar una imprudencia.

O no.

— No te atreverías— retó, apoyando dos dedos en el arma con el fin apartarla de su rostro— fuiste guiado por los mercenarios y por las vidas que he cargado a los circos; sé que no matan. Esa es su ley.

Kiara se acomodó de mejor manera, el siguiente paso era una náusea capaz de revolver todos sus intestinos; pero con la verdad dicha. No tenía miedo.

Solo un integrante de los mercenarios era capaz de conocer sus caminos, sus secretos. La carne que había comido hace muy poco era uno de sus alijos más codiciados entre los viajeros de los pantanos.

— Pruébame— Alecksz se burló y Kiara mantuvo su seguridad hasta que el filo se acercó demasiado a su rostro, cerrando los ojos por inercia, su oreja picaría con una punzada y la madera cedería al paso del filo con un crujido.

Los hombros de la mujer se tensaron, su reacción se cambió a una advertencia. No lo parecía, pero Alecksz disfrutó el borrarle esa expresión soberbia.

— La información será lo tuyo, aunque no exime de ser una estúpida— de un tirón, la espada estaba libre— ¿me crees de tan bajo nivel como mostrar los secretos de los mercenarios? Suponer que los campamentos que son tan buscados por usureros iguales a ti, se mantendrán fijos e inamovibles es lo más ridículo que he oído y ello, que estuve varios días con vosotras.

Kiara, que tenía mayor libertar en sus dedos, el entumecimiento de su cuerpo aminoraba con forma el tiempo pasaba y Alecksz también era capaz de notarlo, preparándose para atacar a la más mínima señal.

— Eso me trae un asunto más relevante ¿Dónde están las otras cabezas de aire?

— Eres extraño, es más normal que me pregunten el cómo demonios llegamos aquí

— No pienses tan mal de mí, esos anillos y símbolos; son usados en tele transportación— Alecksz añadió en su interior “la verdadera sorpresa es que ustedes lo tengan a mano”

Kiara relajo su postura, levantando sus temblorosas manos a modo de rendición; mirando hacia atrás con una expresión dolida, lastimera.

— No es necesario estar asustada pequeña Koréen, Alecksz solo bromea conmigo

La duda lleno al hombre, soltando una mirada por encima del hombro, el silbido del metal le hizo dar un salto hacia atrás. Donde su cabeza estuvo, la guadaña de Kiara había ocupado el lugar, sus pasos eran torpes, pero decididos, utilizando la cadena para hacer girar el arma.

— ¡ja! Me es increíble que cayeras, ¿tanto así te interesa causar una buena impresión en la pequeñaja?

Alecksz respondió al primer ataque, la guadaña rebotaría y él se adelantaría lo retrocedido, chocando metal con metal; el hombre lucio molesto.

— Estoy seguro que no me importa, ustedes, por otro lado— escupiendo a un costado se mofó— que acto más burdo, el de fingir un show de la hermana mayor y la madre; soy directo, solo me importa las moras.

Kiara retrocedió, empujando la cadena a los pies del guerrero, se alejó para intentar de nuevo golpearlo a distancia.

— ¡aww, me enterneces! Por algo tu equipo trato de matarte en la entrada de la cueva ¿Por qué conformarse con unas cuantas reliquias legendarias, cuando podes adueñarte de todas?

“¿Matarla?” La pregunta se escurrió en sus ojos sorprendidos.

— Un muerto no podrá contar nada— cortando el camino de huido del guerrero, retrajo la guadaña para apuntarle— así que déjame mostrarte como un prisionero puede ser un ave cantora.

No muy lejos del enfrentamiento de ambos, una pequeña figura de faldón ancho y blanco logro salir de la arboleda a un claro junto a un barranco. Acercándose de forma peligrosa al borde en sus manos enguantadas un fino hilo se perdía en dirección del firmamento.

Rosario trató tirar del mismo y soltando en el segundo siguiente al sentir que se rompería. Lo había intentado toda la noche, de ahí la palidez en su tez y sus notorias ojeras.

Desconocía por qué se separó de Kiara en el viaje o el motivo de que su descenso fue turbulento. El momento en que retomo la conciencia estaba muy al borde del barranco, esta vez parecía que la distancia recorrida era considerable, tocando el cristal entre sus cejas, la mujer suspiro cansada; debía ganar tiempo.

Por un poco de su suerte despertó en el momento justo en que vio caer del cielo a la otra persona con la que había sido traslada en el círculo mágico; agradeciendo las copas frondosas de los árboles, pronto encontró que Koréen colgaba de las ramas bajas gracias a los cintos que cruzaban su pecho. Era probable que la caída la dejara inconsciente y así se había mantenido durante la noche.

Rosario respiro hondo una vez más, tomando una roca del tamaño de la mitad de su cabeza, miro en dirección de los primeros quejidos de la mañana. Koréen debería despertar dentro de poco.