En la entrada de la cueva III
— Esto no tiene por qué ser tan difícil Alecksz ¡No para ti! — Kiara se carcajeó, agitada con velocidad y precisión la cadena con su guadaña, cortando las rutas del guerrero, cercándolo a la par que apuntaba el rostro del hombre. Eran muy contadas las veces que podía responder el ataque o hacer frente al arma con su espada.
— ¿¡acaso este es el temple de un mercenario!? Sabemos que no debemos enfrentarlos por su jefa, pero tuve que hacer esto hace mucho, mucho tiempo.
Alecksz se tropezó, al girar su espada fuera de su alcance, antes de caer al suelo, la mitad de su cara se daría de lleno con la guadaña, un golpe mortal.
— ¡maldita sea! — maldijo la rubia, tirando con fuerza de su arma, esquivándola hasta engancharla de manera profunda en un árbol. Al jalar de la cadena este terminaría por atorarse.
— Ya no es tan fácil, ¿no? — el hombre se acomodó la montura de sus gafas, por encima de esta había un pequeño raspón, pero fuera de ello, se alzaba victorioso al incrustar más el arma de Kiara en el tronco. — Sobre todo cuando tu espectáculo de asesina fría falla, los mercenarios han limpiado tu mierda y hasta la fecha no hay marcas que te vinculen a esos cadáveres.
—… ¿Qué intentas? Asustarme y que suplique es una pésima idea. A estas alturas mi vida me importa poco.
— O lo suficiente, como para no matar a nadie— con burla en sus ojos, arrojo la espada de su mano hacia el rostro de la chica.
Un grito se escucharía, más no vendría el golpe, su pierna fue tirada de forma abrupta, logrando esquivar el ataque. Alecksz bufo en desprecio “marioneta”, de un costado de su estómago parecía que extraía una nueva espada.
— Tú no… ¡No puedes matarme! Está en contra de los códigos de los mercenarios.
El famoso grupo que se ocultaba en los rincones del bosque, sorteando a los viajeros y haciendo frente a los ladrones; quien los encuentre podía negociar con ellos al precio más bajo, pero si era al revés, las cuentas solo se saldarían con la mitad de una vida. No dejaban huella, no permitían masacres. Su líder era una romántica del bien y de la justicia “con pasos extras”. Un grupo, una coalición, uno solo.
Alecksz repitió el mantra en su mente, cortando el aire con la espada se acercó amenazante a Kiara.
— No pertenezco a ellos, ¿no se nota?
—... ¡Y el mundo exterior! Nadie dijo que pasaría si morimos en el juego ¿¡eh?! ¿Puedes vivir con eso estando afuera? ¡Los criminales no pertenecen a la estructura de nuestra sociedad!
Alecksz acorto la distancia, a un solo paso, miro desde arriba el débil intento de persuasión de la chica, los tatuajes en su piel se moverían caóticos para desprender una leve chispa. Trató de huir como lo había hecho antes.
— Habla— la punta de la espada señalo su pierna derecha, en respuesta Kiara presiono sus manos sobre su piel, siendo distinguido el horror en sus ojos al no ver un escape en la situación.
—… ¿Qué hable? Que puedo decir que no sepas; mi don es inestable como el de los demás, aun así logre salvarnos, ¿no deberías estar agradecido?
— Habla con la verdad.
— ¿Qué verdad? — se exasperó— ¿sobre el loco esbirro del Demonio Rojo? ¡No estoy tan demente para formar un trato con ellos! Que apareciera ahí debe ser mi pregunta, ¡que hacía ahí, si solo los mercenarios como tú conocen ese lugar! ¿¡Eh!?
Alecksz la miro con calma, con un movimiento hundió la espada en el muslo de Kiara, la sorpresa y la incredulidad se escuchó en el grito de la chica; tan rápido como fue, el hombre saco la espada con la intención de volver a atacar.
— ¡Espera, espera! De verdad no lo conozco, el plan era separarlos a ustedes y llevarme a la chica con mi don. Rosario la manejaría.
— ¿antes o después de atacarme por la espalda?
— Te dejaría atado a un árbol, el resto sería tu suerte.
Qué vicioso. Los caminos de los mercenarios solo eran transitados cada cierta época en el año, si su ex grupo lo encontrase sería, con suerte, un montón de huesos famélicos… Siempre y cuando este mundo de videojuego evitase su muerte por inanición.
— ¿Dónde está ahora? — Apuntando el filo al cuello de la mujer, se podía en el silencio formado como su saliva pasaba por su garganta con nerviosismo
“No lo sé” aunque con su rostro y antecedentes parecía una obvia mentira. Ya dudaba de lo segura que está su pequeña vida, ¿este no era el hombre que se envolvió en una lucha con su propio grupo? Había tomado los objetos más jugosos de una pila de carne machucada.
— Hay leyes.
Susurró con un deje de miedo. Fuera de este mundo, aún existía un orden social, un gobierno que castiga a los criminales con la severidad de un poder cuasi divino; hoy están aquí, en el bosque, cerca las montañas… Mañana, despertarían dentro de una cápsula con el mensaje de “inmersión completada” en sus oídos.
Lo que debió darle seguridad, la congelo al ver el desquicio en lo profundo de los ojos de Alecksz, su rostro inexpresivo se llenó de una sonrisa irónica.
— Estoy aquí por esas mismas leyes— con su tono frío añadió— ¿crees que me importa?
“¡Rebelde!”, gritó la mente de Kiara, apegándose al tronco sin escapatoria alguna, tiro de los hilos escondidos en su cuerpo, elevando la plegaria a los cielos para que Rosario note su señal.
Cerrando los ojos a la espera de lo siguiente, un crujido en la hojarasca le confirmo sus acciones, desde lo alto, una ave de madera agitaba con fuerza sus alas para hacerse notar.
—“¡salvada!” — pensó.
Mirando con pánico a Alecksz, sus acciones eran muy notorias, aunque lo fue más, la mueca victoriosa del hombre; guardando su espada con soberbia.
— ¡mentiste!
— Siempre habrá una segunda vez— girando sobre sí su talón golpeo el hombro de Kiara, tirando al piso con un gimoteo doloroso—no te mentí.
La mujer se abrazó a su hombro herido, le veía con rabia, pero con poco de duda, sus palabras se sentían tan reales como el escalofrío que recorría su columna.
Alecksz se agachó a buscar los hilos finos que la conectaban con la marioneta que planeaba sobre ellos.
—…Es inútil.
— Si quieres encontrar al titiritero, sigue los hilos, hasta un niño puede entenderlo— Kiara se arrastró por el suelo, apoyándose en el tronco de un árbol cercano, cojeo para ponerse erguida. Se veía muy lamentable, incluso debajo de la mugre, su piel tierna se mostraba comprometida con un rubor a causa de la batalla, ni siquiera sus tatuajes en la piel opacaban la belleza de la que gozaba.
—…eres un hombre cruel--
— Con más de una neurona— señalando la hoja curva, arma de Kiara, en sus propias manos.
Kiara bufo con desgano, enderezándose correctamente.
— ¿Qué demonios pasa contigo? Esa trampa de miel siempre funciona. Por qué no puedes ser como todos los hombres, aventarse, consolarme y cuando me tengan en brazos dejarse golpear por mi puño.
Alecksz hizo girar en sus dedos el arma con destreza a modo de advertencia.
— Okay, entendí. Mi vida o la dirección de la pequeñita.
Palpando su pierna, la que había sido golpeada por la espada de Alecksz, encontraría un grupo de hilos, levantándose hace los cielos, el ave de madera reaccionaria como un cometa, dejándose llevar por el viento en dirección de Rosario.
— Sabes que cuando la encontremos aún pelearé por su pertenencia, ¿verdad? 2 a 1, creo que el marcador lo dirá todo.
Su provocación no tuvo respuesta, cambiando su rostro a uno aburrido, en breve se daría cuenta del problema que congelo al guerrero.
Silencio.
Un bosque rebosante de vida había enmudecido por completo.
De las entrañas de la oscuridad, el chirrido de una afilada hoja de acero contra la piedra termino por condenar su fortuna. No la veían, aun si oían el tintineo de una armadura de oro a lo lejos.
— ¿Aún la quieres? — peguntó Alecksz, refiriéndose a Koréen.
— Ni por todo el oro del mundo.
Siguiendo el camino del ave de madera, ambos corrieron con la mayor fuerza en sus piernas, sin mirar atrás y sin dejar de oír aquel murmullo metálico detrás de sus nucas.
A sabiendas de que entre las sombras, una sonrisa torcida les susurraba
— “corran pequeñas presas, corran”