Capítulo IV. SE VISLUMBRA UN GRAN ACERTIJO

La cara de alegría de Alma Iris, al ver a los dos hombres llegar al umbral de la morada, poco a poco fue cambiando al observar que detrás de ellos, no venían las chicas. Ni Miguel ni Andrés, se percataron de la histeria que se iba apoderando de la humilde mujer.

Alma Iris:- ¿Miguel, dónde está?

Miguel:- ¿Dónde está?- no entendía lo que pasaba - ¿Dónde está quién, doña Alma?

Alma Iris:- Luna, mi hija ¿Dónde está ella?

Miguel, miró a Andrés, confundido por lo que está escuchando.

Miguel:- Doña Alma, no lo sé, pensé que ella estaba aquí

Alma Iris:- No, Miguel, ella no ha regresado del poblado

Andrés:- ¿Pero, cómo puede ser posible, si ella se marchó después del partido?

Alma Iris:- ¿Se marchó sola?

Miguel:- No, con Perla, claro está

Alma Iris:- Pues no es así, Miguel, ni ella ni Perla han regresado. Acaba de venir su papá preguntando por ella y salió junto con Bungala, hacia el poblado a buscarlas, bueno, más bien a buscarte

Miguel:- ¿A buscarme a mí, Por qué? – se sintió abrumado

Andrés:- No creerá el jefe, que Miguel tenga que ver con la desaparición de las chicas

Alma Iris:- Miguel, ¿Luna, no te dio a tomar un agua de tamarindo?

Miguel:- Si, pero no lo acepté, por eso es que vine hasta acá para disculparme ante Luna por no haberlo aceptado

Alma Iris, se quedo mirándolo, mientras se llevaba su mano derecha a la boca.

Andrés:- ¿Pasa algo doña Alma?

Alma Iris:- Entonces si no lo tomastes – dejo de ver a los muchachos y comenzó a caminar por la sala lentamente - ¿Dónde están estas chicas?

Miguel:- Será mejor salir a buscarlas

Andrés:- Si, inmediatamente

Alma Iris:- Cuando regrese Saturnino, le diré que vaya a la prefectura de policía, y avise a don Erasmo, el Prefecto

Miguel:- Bien, doña Alma, volveremos y tranquila que las encontraremos

Se despidieron y salieron hacia el poblado. Mientras, media hora después, Bungala y Chelo, llegaron al “Nido”, y aunque vieron todo oscuro, gritaron a todo pulmón el nombre de Miguel varias veces, pero no hubo respuesta.

Chelo:- Tendremos que subir

Bungala:- No, amigo, por mi peso y mi edad me es difícil subir por ese tronco

Chelo:- Muy bien, espéreme aquí, yo lo haré

Lentamente fue subiendo por la empinada escalera, sin notar que Robin, se deslizaba como era su costumbre por la rama hasta la ventana. Chelo, casi sin aire, llegó a la puerta, y empujo la misma, y llamó a Miguel, por su nombre. Al dar el primer paso hacia la sala, Robin, gritó con todas sus fuerzas y con sus aleteos acostumbrados, que espantó a Chelo, quien bajo por el árbol hasta el suelo como si fuera un tubo engrasado, hasta prácticamente caer sentado, ante la mirada atónita del Jefe Bungala, quien había escuchado el estruendo y miro como se lanzaba su amigo por el macizo.

Chelo:- Esta embrujado, ese lugar esta embrujado – expresó asustado

Bungala:- Mejor nos vamos, de por si no hay nadie – le sugirió nerviosamente

Chelo:- Si, vámonos, usted tiene razón no hay nadie – aún agitado y muy asustado

El Comanche, había tomado una siesta en el sofá, sin percatarse que ya era tarde. Al abrir los ojos y mirar la oscuridad que invadía su hogar, se apresuro a encender la pequeña mecha empapado con benzol debajo del vaso de cristal, que servía de lámpara, y luego se fue a su dormitorio donde todavía Perla, dormitaba de lado. Le movió el hombro derecho, vigorosamente, hasta que ella abrió los ojos.

Comanche:- Vamos Perla, ya es tarde, debes irte a tu casa

Perla:- ¿Qué? – Aún recuperando su conciencia - ¿Qué paso?

Comanche:- Te emborrachastes y te vinistes a mi casa

Perla:- ¿Qué? – De pronto se incorporo de la cama, levantándose de un salto y mirando que le faltaba su pequeña falda, y luego vio que estaba acostada y miró a Chelo a los ojos: -Dios Mío, ¿Qué hicimos?

Comanche:- Tranquila, que realmente dormistes mucho tiempo

Perla:- ¿Me dormí, luego de que paso lo que paso?

Comanche:- Vamos, que no paso nada

Perla:- ¿Cómo qué no paso nada? ¿Por qué no tengo mi falda?

Comanche:- Porque tú misma te la quitastes

Perla:- ¿Por qué lo haría? – no salía de su estupor

Comanche:- Porque no sabías lo que hacías, por eso

Perla: - Recuerdo que estaba en el Oro Negro con Luna – por un momento sus recuerdos venían poco a poco - ¿Luna? ¿Dónde está Luna?

Comanche:- No lo sé, ella se fue al comisariato y tú te quedastes conmigo

Perla:- Dios Mío, hace rato ella debe estar en su casa, y ya toda mi familia debe saber que no regrese, y ahora que mi padre se enteré que estuve contigo, me va a matar – dijo sollozando mientras se colocaba nuevamente su falda

Comanche:- Bueno, no creo que llegue a tanto ni tampoco tenemos que decir que paso algo… bueno, sería mejor que te vayas pronto

Perla:- Tú no lo conoces. A penas conozca que estuve contigo, me pedirá que me case contigo

Comanche:- Él no puede hacer eso si tú no quieres, ley de la isla

Perla:- Lo sé, pero yo no puedo contradecirlo

Comanche:- Pero no hubo sexo, no hubo nada, aún él ni tu pueden hacer nada, tranquilízate muchacha

Perla:- Si ¿Verdad? Tienes razón – por un momento se detuvo como pensando y luego pregunto:- ¿Y por qué no te aprovechastes?

Comanche:- Vamos, Perla, ningún hombre de la Isla, podría sacar provecho de tu estado lleno de licor

Perla:- Pero hay mujeres que no les produce ningún efecto el licor

Comanche:- Ah, eso es diferente. Pero uno lo sabe diferenciar, cuando puedes y quieres y cuando no. En tu caso, solo era licor

Perla:- Si, tienes razón, los hombres de la Isla lo saben, diferente son esos marineros que vienen por estos rumbos y no valoran nada nuestras tradiciones

Comanche:- Bien, preciosa pero es mejor que te vayas ahora

Perla:- Gracias por cuidarme Comanche, nos vemos – le dio un beso en la mejilla y se marcho

Saturnino, llego a los pocos minutos de que Miguel y Andrés, se habían marchado y al enterarse de boca de su madre lo que había sucedido se fue para el poblado, a buscar al prefecto don Erasmo. Mientras, ya los dos hombres habían llegado al Oro Negro, donde tanto Bungala como Chelo, interrogaban a gritos a don Pepe.

Don Pepe:- No lo sé, no sé donde están las muchachas – miro de repente que ingresaban Miguel y Andrés – es más miren por qué no le preguntan a ellos que fueron los últimos en verlas

Bungala:- Miguel, por favor, dime ¿Dónde está mi hija?

Chelo:- ¿Y mi Perlita?

Miguel:- No lo sé, Jefe, venimos ahorita de su casa y doña Alma, nos informó que ellas están desaparecidas

Don Pepe:- ¿Desaparecidas?

Chelo:- Estas mintiendo Miguel, bien me acaba de contar el Jefe Bungala, que su hija Luna, te dio a beber un agua de Tamarindo, y ya sabes cómo te pone esa “agua”

Miguel:- ¿Cómo me pone? ¿De qué habla? – se mostro incomodo con la presunción – Es cierto que Luna, durante el segundo tiempo del partido, me ofreció una aguita de Tamarindo, pero por el desempeño del equipo no tenía ganas de beber nada, así que se lo rechacé…

Bungala:- ¿No la bebistes? – preguntó asombrado

Miguel:- No, señor ¿Por qué tanto interés? Sé que hice mal, por eso fui con Andrés hasta su casa para ofrecerle disculpas a su hija porque me pareció que me comporté mal educado con ella

Bungala, miró a su amigo Chelo, cerró sus ojos y movió la cabeza en forma negativa, en señal de que el brebaje no fue consumido.

Bungala:- ¡Qué bien!, no ocurrió nada – ante la mirada extrañada de Miguel

Chelo:- ¿Pero dónde están ellas?

Andrés:- ¿Qué dice don Pepe?

Don Pepe:- Lo que ya les dije a ellos, que no sé a dónde fueron las muchachas. Perla, la vi ahí sentada – señalando una de las dos mesas – con el Comanche, y luego Luna, fue al Comisariato, a recoger sus compras, así que pase para allá para atenderla. Le di sus cosas y se marchó, pero no regresó junto a Perla, ignoro donde fue.

Chelo:- Entonces, el Comanche fue el último que converso con mi hija, ahí es donde deberíamos ir

Miguel:- Vamos entonces

Toda la conversación fue escuchada detrás del muro que dividía ambos locales, por Estela y por Ruth. Pero sólo ésta última sentía escalofríos por todo el cuerpo. Estela, se deleitaba al saber que ya Luna, no sería más un estorbo para sus propósitos de conquistar a Miguel.

Ruth:- ¿Ves lo que hemos hecho, Estela? – le dijo preocupada

Estela:- Tranquila, que ellos no sabrán que fuimos nosotras

Ruth:- Pero imagínate, la pobre Luna, en manos de esos forajidos lujuriosos

Estela:- ¿Cuál es el asunto, hermanita? Ella está acostumbrada a acostarse con uno o varios

Ruth:- ¿Cómo lo sabes?

Estela:- ¡Ay, Ruth! Ya no me importunes – y subió las escaleras a su dormitorio, dejando a Ruth, muy conmovida por la preocupación de los padres de Luna.

En el camino hacia la casa del Comanche, el Prefecto los encontró junto con Saturnino.

Prefecto:- Hola señores

Bungala:- Erasmo

Prefecto:- Aquí Saturnino ya me comentó lo que ha pasado, y realmente no comprendo que está ocurriendo. Es imposible que alguien se desaparezca en esta Isla

Chelo:- Pues al menos tenemos una pista de que mi hija estuvo con el Comanche luego del partido, y para allá vamos

Prefecto:- Bien, entonces vamos señores

Ya la noticia de la desaparición de las mujeres, comenzaba a correr como pólvora por todos los rincones de la Isla, y pronto muchos hombres, se unieron en el poblado a la causa del Jefe Bungala, y Chelo, para localizar a sus hijas. Por lo que una masa de gente llegaron hasta la casa del Comanche, quien se había ido a la cama a descansar. Teo y Max, fueron unos de ellos. Chelo, no tuvo tiempo para esperar a que el Prefecto, golpeara la puerta, y empujo la misma, y gritó su nombre por todos lados, seguido de Bungala, Miguel y el Prefecto, hasta que ingresaron al dormitorio. Ahí, Chelo, con los ánimos subidos, le gritó al Comanche, mientras lo jalaba de uno de los brazos.

Chelo:- Levántate condenado borracho

Prefecto:- Tranquilo Chelo – deseaba apaciguar los ánimos poniendo su mano en el hombro del padre de Perla

Chelo:- Dinos ¿Dónde está mi hija Perlita?

Comanche:- ¿Perla? Ella se fue para su casa

Chelo:- Ah, ¿Confiesas que ella sí estuvo aquí contigo? – lo sostuvo por el cuello

Comanche:- Si hace un rato se fue para su casa, Chelo

Chelo:- Lo oyeron, lo oyeron, ustedes son testigos, que este hombre ha confesado que deshonró a mi hija – gritaba frenéticamente ante todos los presentes

Max:- Desgraciado!!

Comanche:- Yo no estoy confesando nada, solo dije que ella estuvo aquí sí, pero no paso nada y se marchó a su casa, ahora suélteme

Prefecto:- ¿Y por qué ella estaba aquí?

Comanche:- Ella se vino conmigo luego de que estuvimos en el Oro Negro

Chelo:- Seguro la emborrachastes para aprovecharte de ella

Comanche:- Me ofende, Chelo, nada de eso

Prefecto:- Por favor, Chelo, déjeme manejar este asunto – lo aparto hacia un lado – a ver, Comanche, ¿Ella podía caminar, vino por su propia voluntad?

Comanche:- Así es, señor Prefecto

Max:- Qué pervertido!!!

Prefecto:- Bueno ¿Y luego qué paso?

Comanche:- Ella se me insinuó, se quito la falda

Chelo:- Mentiras – seguía gritando

Max:- Mentiroso…Pinocho!!!!

Prefecto:- Por favor Max, denos paz, y Chelo, si sigue así, voy a tener que pedirle salga de aquí

Chelo:- Pero que no mienta

Prefecto:- ¿Y luego qué paso, Comanche?

Comanche:- Le pregunté si era la primera vez que ingería mucho licor y ella me dijo que si, así que entonces, le dije que no habría nada entre nosotros, y le preparé un café cargado, usted sabe, para que se le bajara la borrachera, y en ese momento, ella vomito, y luego la deje que descansara un rato en mi cama

Prefecto:- Ya veo, entonces, ¿Hace rato que se marcho?

Comanche:- Si señor, podemos ir a su casa si quiere ahora mismo y ella le podrá corroborar todo lo que le he dicho

Bungala:- ¿Ya vio mi amigo? No paso nada

Chelo:- Pero yo si voy para mi casa a hablar con ella y aclarar todo esto

Miguel:- Bueno, pero todo queda claro con relación a Perla, pero ¿Y Luna?

Bungala:- Comanche, ¿Sabe algo sobre mi hija?

Comanche:- No, Jefe, ella se marchó del Oro Negro, y no la volví a ver

Andrés:- Miguel, voy a ir a mi casa, que mi vieja debe estar preocupada que no he llegado, pero no crea que no voy a regresar, me comprometí con usted buscar a Luna, y usted sabe que cumplo con mi palabra

Miguel:- Vaya pues, y me saluda a Katia de mi parte

Andrés:- Claro que si – se dirigió al Jefe – ya regreso Jefe Bungala

Prefecto:- Bien salgamos para hablar con la gente

El Prefecto, salió afuera donde ya una multitud ansiosa esperaba los resultados del interrogatorio con el Comanche.

Prefecto:- Quiero que nos organicemos en grupo de cinco y nos repartamos para que peinemos toda la zona de aquí hasta 60 kilómetros a la redonda, incluyendo la playa y los cerros. Por favor, consigan focos, lámparas de querosén, antorchas y empecemos la búsqueda de Luna.

Todos iniciaron la organización, mientras Andrés, llegaba a su casa, y se extraño que la misma estuviera en oscurana. Llamó a Katia, y a Jade, por sus nombres, encendió una lámpara de gas, y reviso cada aposento, y en el dormitorio pudo detectar la ausencia de la ropa de ella. Se dirigió a la habitación de Jade, e igual, constato que faltaban sus faldas. Se asusto, porque no entendía lo que pasaba. Ellas, no se irían a pernoctar donde algún familiar sin dejarle alguna nota. Se encontraba estancado, por un momento, dirigió su mirada al horizonte para pensar que ocurría. Luego, salió de ahí a buscar a su amigo. Sin embargo, Miguel, venía llegando en ese momento.

Miguel:- ¿Y esa cara compadre?

Andrés:- Me dejaron – fue lo único que pudo decir

Miguel:- ¿Qué quiere decir, compadre? ¿Quiénes lo dejaron?

Andrés:- Mi familia, compadre – las lágrimas venían cayendo de sus ojos – Me dejaron mi mujer y mi hija

Miguel:- No puede ser, compadre, ¿Esta seguro?

Andrés:- Si, compadre – se sentó en las escaleras de su casa – revise el mueble donde ella guarda su ropa, y no hay nada, y en la de mi hija lo mismo, no hay nada, se fueron, simplemente me abandonaron

Miguel:- ¿Pero, por qué lo harían?

Andrés:- Por pobre, compadre – seguía gimiendo

Miguel:- Vamos, compadre, ser pobre no es un pecado ni un delito

Andrés:- Ella deseaba salir de esta Isla, me lo decía miles de veces, que no se sentía satisfecha conmigo ni en este lugar

Miguel:- ¡Qué mal!

Andrés:- Ella ya no me quería, Compadre. Esto lo demuestra.

Miguel:- Pero, ¿Para dónde se irían? Deberíamos irlas a buscar ¿No?

Andrés:- No, Compadre, no vale la pena buscarlas porque mi mujer ya no me ama

Miguel:- Tal vez ella no, pero tu hija te adora

Andrés:- ¿Y Por qué se fue entonces?

Miguel:- Se lo preguntaremos personalmente ¿No lo cree?

Andrés: - Tiene razón, Compadre, vamos a buscarlas ¿Pero, a dónde?

Miguel:- ¿Dónde cree que pudo haberse ido ella?

Andrés:- Ella me decía que deseaba conocer nuevas ciudades, nuevos mundos, y…- De pronto se quedo petrificado, y sus ojos se agrandaron y luego miro a su amigo cuando lentamente dijo:- Compadre, el barco!!!!