XVII
–Pronto concluirá una de las más importantes etapas de su vida –comenzó a decir la Licenciada Rodríguez, encargada de impartir la materia de religión–, pero lo bueno de que algo acabe, es que algo nuevo entonces puede comenzar.
La maestra hablaba con todos los estudiantes que cursaban el último año de colegio, y que dentro de un par de meses se iban a graduar.
Sentada en uno de los últimos asientos del auditorio, estaba Leticia. Se había separado de sus amigas que estaban en primera fila. Deseaba estar sola y libre de preguntas por un rato. Su padre se había marchado de nuevo en la mañana. Le alegró en parte ese hecho, ya que así sería más fácil salir con Diego el día pactado. Fue al ver el rostro de su madre que se dio cuenta de algo, era la misma expresión que veía hace dos días en su propio espejo.
Se dio cuenta de que, si bien podía ver en los ojos de los demás, muchas de las emociones por las que estaban pasando, nunca había observado sus propios ojos hasta hace unos días. Y es que ella también cambiaba cuando algo andaba mal, si los demás lo notaban, quizá no lo sabría, pero al notarlo ella misma en su mirada le vino un miedo profundo. Cada mañana del resto de sus días buscaría algo en sus ojos, que tal vez este y tal vez no, que puede que sea cierto y puede que no. ¿Cómo saberlo? <
–Ustedes son los únicos que deciden acerca de su futuro. Y deben saber que lo único cierto del futuro es que no es para nada seguro –continuaba la maestra Rodríguez–. Sean lo que quieran ser, pero sean siempre los mejores.
Al oír esas palabras, Leticia recordó que esa maestra era también una de sus preferidas, aparte de la Licenciada Mérida que era su profesora favorita, y que incluso era la única que sabía todo lo que había pasado con sus padres, con su ex novio y con su vida. Confiaba más en ella que en su selecto grupo de amigas, que se había reducido bastante ese último año.
–No sé si valdrá la pena intentarlo –le dijo Leticia un día que se encontraron durante el recreo– mi madre nunca me ha escuchado.
–Nadie quiere escuchar Leti –le respondió la Licenciada Mérida–, a veces debes obligarlos, porque deben aprender a escuchar.
–Ahora que lo pienso es que quizá el problema de mi madre es que no sabe cómo hablar conmigo.
–Si no sabes escuchar, difícilmente sabrás como hacer que te escuchen. Ten paciencia Leti, tu madre te dirá todo lo que siente cuando llegue el momento.
–Aun si me lo dice, no sé si podré ayudarla.
Habían pasado ya como dos años desde que todo el conflicto de sus padres había iniciado. Fátima aún se sumergía en el silencio. Ver a su madre con esa mirada en la mañana, esa mirada que era como un grito de ayuda y a la vez una amenaza para que nadie se le acerque, hizo que en Leticia surja más que nunca el deseo interior de no ser como ella, de no dejar que la presencia o ausencia de un hombre en su vida controle su ánimo, agote su fuerza o le hagan perder las ganas de seguir.
El discurso de la Licenciada Rodríguez terminó. Al parecer gusto mucho porque la ovación de los estudiantes se extendió bastante. Leticia casi no le había puesto atención, pero no se esperaba menos de una persona que siempre supo hacerse escuchar. Llego el turno del director, a quien le esperaba una dura tarea haciendo que la muchedumbre quede en silencio para poder hablar.
Leticia quería alcanzar a la Licenciada Mérida, que salía por la puerta principal del auditorio, con su maletín de cuero y acompañando a su colega que parecía cansada luego de hablar. Tenía muchas ansias de contarle lo último que le sucedía y recibir un consejo. Al verla pasar junto ella, notó en su rostro algo de cansancio también, a pesar de que ella no tuvo que lidiar con los estudiantes. <
El director no pudo con el desorden y la anarquía creciente en el auditorio. Faltaban diez minutos para la hora oficial de salida y dándose por vencido dejó que todos se fueran de una vez.
–Hey Leticia, mira esto –le dijo Carlos, uno de sus compañeros de curso, al salir del colegio.
En sus manos, Carlos tenía un par de entradas para un concierto de música rock alternativo y se las entrego en el acto.
–Lo siento, pero no puedo –dijo Leticia adivinando las intenciones de su compañero de clases.
–Sigues siendo la misma –respondió el muchacho–, no te creas tan irresistible chica.
Carlos era uno de los pocos compañeros que permanecía con ella desde que eran niños, Leticia lo había conocido prácticamente desde el primer año de escuela. Era entonces un chiquillo regordete y pecoso, pero los años habían hecho que alcance una altura considerable y le había oscurecido la piel lo suficiente para cubrir las manchitas.
–No te entiendo, entonces ¿Qué quieres? –preguntó Leticia frunciendo el ceño. No estaba para jueguitos.
–Ambas son para ti, bueno, una es para ti y la otra es para quien tú quieras dársela –respondió Carlos.
–Aun no entiendo ¿Son de tu parte?
–Claro que no. Mira si quieres las usas y si no quieres pues no.
–Pero ¿Quién te las dio?
–Yo ya cumplí… –concluyó Carlos y salió corriendo.
Inútiles fueron los gritos de Leticia, Carlos esquivó con agilidad a los transeúntes y se reunió con sus demás amigos. Ya era tarea imposible tratar de entablar conversación con él y pedirle explicaciones. Se guardó ambas entradas en el bolsillo de la mochila y espero a su madre en el lugar de siempre.
Media hora y aun no llegaba. Leticia estaba furiosa. Las afueras del colegio ya estaban desiertas. Sin duda era la última con uniforme a esas horas. El móvil le sonó en la mano y se lo llevo al oído sin ver el número entrante.
–¿Por qué no vienes por mí todavía? –reclamó Leticia controlando su tono a pesar de su estado de ánimo.
–No sabía que me estabas esperando –contestó Diego al otro lado de la línea.
–Perdona Diego, es que me quede en el colegio esperando a mi madre.
–¿Aun no llega?
–No.
–Entonces voy por ti.
–Espera no es necesario… –dijo Leticia, pero Diego ya había colgado.
Comenzó el suspenso. ¿Quién llegaría primero? ¿Diego o su madre? ¿Y si llega Diego y se va con él? ¿Y si luego llega su madre? ¿O Al revés? ¿O tal vez llegan los dos al mismo tiempo? Los nervios se apoderaron de ella haciendo que le tiemblen las manos. Miraba ambas direcciones de la calle a cada momento. Reconocería el auto de su madre al instante, pero como saber si Diego estaba cerca.
Una pequeña vibración en su teléfono hizo que le ponga toda la atención al aparato. Era un mensaje de Fernanda pidiendo acilo en su casa esa tarde para hacer la tarea. Tenían que hacer un ensayo acerca de todo lo que sus profesores les habían dicho en el auditorio. “No me acuerdo de nada, estaba en otro mundo” explicaba Fernanda en el mensaje. “Estamos en las mismas” iba a responder Leticia…
–Hola –saludó Diego a centímetros de ella.
Leticia se asustó tanto que dejo caer su celular. Diego estaba montado en una bicicleta deportiva profesional. Por eso ni lo escucho llegar. Se veía bien con pinta deportiva. Era delgado pero esbelto. Superaba con pocos centímetros la estatura de Leticia, aunque lo compensaba con unos bonitos ojos de color oscuro casi negro.
–No pasó nada, cada vez los hacen más resistentes –dijo Diego levantando el teléfono y dándoselo a Leticia.
–No era necesario que vengas mi madre llegara en cualquier momento –explicó Leticia.
–Quería hacerlo. Además, ya es muy tarde y sabes que si te ven por aquí te reportaran a la dirección.
–¿Te gusta hacer deporte?
–Es de un amigo. La tome prestada por dos o tres semanas mientras está de viaje.
–¿Y dónde iré yo?
–Eso es lo mejor –dijo Diego mientras bajaba de la bicicleta y sacaba de su mochila un par de pisaderas que enrosco al eje de la rueda trasera.
–Si mi madre llega y no estoy aquí…
–Todo se puede solucionar hablando.
–¿Hablarías con mi madre? –Leticia no se lo podía creer. Ni siquiera ella se enfrentaría a su madre cuando le daba por vociferar que tenía la razón.
–Solo necesito que también hable español como yo, y nos entenderemos al instante. Ahora sube.
–No pienso ir ahí.
–¿Por qué? Si es muy divertido.
–¿Y si nos caemos?
–Me ofendes. Soy un profesional.
–No, en serio. Es que traigo falda y el viento es traicionero.
–Vamos sube de una vez ya es tarde y tengo que volver al trabajo. Iré lento lo prometo.
Leticia subió llena de miedo. A sugerencia de Diego se agarró fuertemente de sus hombros, que eran firmes y seguros, pero aun así tuvo cuidado de no clavarle las uñas. Con delicadeza, Diego comenzó a pedalear. Hábilmente zigzagueo entre los automóviles y tomó una avenida que estaba bastante vacía. Imprimió más velocidad jugando con los cambios. Leticia se emocionó de repente dejando el miedo atrás. Recordó que no hacia eso desde que era niña. Se soltó de Diego poco a poco y extendió los brazos.
–¿Qué haces? –preguntó Diego.
–No hacia esto desde hace años –respondió Leticia.
–Hagámoslo mejor –sugirió Diego.
Leticia se sujetó otra vez de él sin poder adivinar a que se refería. Diego siguió varias calles hasta encontrar un desnivel para automóviles. Pedaleo con más fuerza para poder subir. Una vez arriba dejo de pedalear y soltó el manubrio mientras el descenso adquiría más velocidad.
–Pero ¿qué haces? –preguntó Leticia algo asustada.
–Tú empezaste. Me parece raro pero que importa, dame tus manos –pidió Diego, haciendo que Leticia le suelte los hombros y extendiéndolos a los costados.
El viento le acariciaba el rostro con suavidad, y jugaba con su cabello desordenándolo. Había visto muchas veces escenas así en películas, pero imaginarlo no era lo mismo que hacerlo. Era el peligro en si lo que hacía que le gustara tanto. Confiando en Diego por completo, Leticia cerró los ojos y se entregó al momento sintiéndose volar. Libre.