XVIII
Martina había vuelto. Fabián se fundió en un abrazo con ella sintiéndose tan feliz como un niño. Martina había prometido volver para antes del cumpleaños de Ramiro, que sería al día siguiente. Siendo una mujer que no podía estar un segundo sin hacer algo, se puso a ordenar la casa apenas cruzó la puerta. Fabián siempre le decía que descanse siquiera un poco. La invitaba a sentarse en el sofá para ver películas.
–Hijo, habrá tiempo para descansar –decía siempre Martina–, y cuando llegue ese tiempo vas a tener unas ganas de hacerlo todo…
Fabián le ayudó esta vez. Le contó que perdió bastante dinero al no revisar sus bolsillos cuando lavaba su ropa. También que se alimentó como persona de primer mundo todo el tiempo que ella estuvo fuera, y que la próxima vez que tendría que ausentarse, no se iría sin antes enseñarle a preparar siquiera la receta más simple.
–¿Cómo están las cosas por allá? –preguntó Fabián al tiempo que terminaba de secar los platos.
–Hay hijo –se lamentó Martina–, siempre que regreso a mi casa es como si llegara a un lugar cada vez más desconocido.
–La gente envejece y los niños crecen, solo debe ser eso.
–No querido. Ahora hay casas más grandes y todas están vacías. Los muros son de ladrillos más gruesos y altos, y siempre están adornados con alambre de púas o cercas eléctricas. En los postes hay muñecos ahorcados con amenazas de muerte. Donde había corralitos para gallinas o vacas, ahora se hacen piscinas. Ya no se siembra maíz o papas, ahora prefieren jardines con flores raras que jamás he visto. La gente no solo crece hijo, también cambia, y en mi caso mi gente muere y con ellas mueren todas sus costumbres.
–Y yo que creí que tenía problemas –comentó Fabián esbozando media sonrisa.
–Hay niños, ustedes ven todo como si fueran problemas –respondió Martina–, es la realidad nomas, y si ustedes lo quieren ver como problemas entonces serán problemas.
–Como te he extrañado –dijo Fabián abrazando a Martina por la espalda.
–¿Y cómo va todo con tu chica? –preguntó Martina.
–Ya no es mi chica. Tú lo sabes.
–¿La quieres todavía?
Fabián se quedó en silencio. Hace poco más de dos meses Martina le había hecho esa misma pregunta, animándolo a no dejar las cosas como estaban. El último encuentro entre él y Leticia había quedado sin un final concreto. No tuvo el valor de ir tras de ella, pudo más su orgullo y así estuvieron como una semana y algo más. Fabián no la llamaba, pero esperaba su llamada. No iba a buscarla, pero soñaba con que ella aparecería en su puerta. No salía de su casa, pero las ilusiones de encontrarla en la calle tan perdida como él mismo le consolaban durante esas amargas tardes.
Decidido, salió a buscarla, por así decirlo, ya que en realidad sabía dónde estaría. No quiso llamar antes por temor a una negativa rotunda por parte de Leticia. Se arregló lo más que pudo, pero su aspecto aun dejaba mucho que desear. Se fue a pie para matar el tiempo. Se paró bajo un árbol frente a su colegio, a una prudente distancia para no llamar la atención, pero tampoco tan lejos como para pasar desapercibido. Esperó los escasos minutos que faltaban para que ella saliera.
Leticia siempre revisaba la calle al salir. Buscaba ese vehículo negro característico, que estaría mal estacionado como siempre. Tenía que saber de una vez que sentía por Fabián, y dependía de eso si decidía continuar y pelear, o terminar y buscar un nuevo comienzo. Lo reconoció al instante sin necesidad del auto sintiendo un aguijonazo en el vientre. Camino hacia él, y él camino hacia ella. No le importaba que la viera su madre.
–Te ves muy mal –observó Leticia cuando lo tuvo en frente con un tono frio.
–Y tú te ves hermosa, como siempre –contestó Fabián sin poder esconder el temblor de sus piernas.
–Quiero decirte algo –dijo Leticia ignorando el intento de halago de su novio.
–Antes quiero saber algo ¿Aún estamos juntos?
–Es la misma pregunta que quiero hacerte.
Había muchas personas transitando la calle en ese momento, entre estudiantes y peatones, pero el vacío que los dos sentían en lo más profundo de sus almas, hacía que todo a su alrededor parezca el más estéril de los desiertos. La misma pregunta venia de ambos, y ninguno tenía el valor de responderla. El silencio podía más que el ruido que los envolvía. Estaban hartos de prometerse cosas y no saber cómo cumplir con su palabra. Si Fabián contestaba primero le correspondería hacer los primeros juramentos y matizarlo con esperanzas. Si Leticia respondía primero sería la misma historia.
El silencio se prolongaba demasiado. Podía oírse el paso del viento chocando con la piel. Leticia sabía que su madre quizá ya estaría estacionada en el lugar de siempre, pero no le importaba en lo absoluto. Fabián sabía que su presencia no era bien recibida en los alrededores de su ex colegio, tampoco le importaba.
–Lo sabía –balbuceo Fabián en voz muy baja–, al fin he logrado que me odies.
–No te odio –respondió Leticia tragando saliva y lágrimas–, pero tampoco te amo.
Fue todo. Leticia sintió como en su interior moría ese amor que sintió por el muchacho a quien miraba directamente a los ojos. Fabián jamás se arriesgaría a luchar, nunca aceptaría la culpa de sus errores. Prefería siempre hacer que ella se sintiera culpable por todo.
–No me busques más, por favor –pidió Leticia–, no quiero que estés cerca de mí. Yo haré lo mismo, te lo prometo.
No pudo contener una lágrima que cayó por su mejilla derecha y que se limpió en el acto con la manga de su uniforme. Dejó de ver a Fabián a los ojos agachando la mirada y dio media vuelta lentamente.
–¿Es todo? –Fabián estaba confundido–. Te amo Leticia.
–No –Leticia volteo de inmediato al oír esas palabras que llegaban demasiado tarde. Se acercó a Fabián quedando ambos rostros a solo centímetros de distancia–. Tú no sabes amar. No amas a tu padre. No amas a tu madre. Nunca me amaste. Solo sientes que me necesitas. Eres un egoísta. Solo piensas en ti.
–¿Y tú? ¿Acaso no estás pensando solo en ti ahora? –Fabián puso todo lo que le quedaba de orgullo en esa última pregunta.
–Ya me cansé de pensar en ti. Yo si te amé.
Leticia, dando por terminado todo asunto con Fabián, camino a paso vivo hacia el auto de su madre que acababa de estacionarse en la acera del colegio.
–Te lo prometo –grito Fabián.
Leticia le dio una última mirada y subió al auto de Fátima. No sabía exactamente a que le estaba prometiendo el muchacho que ahora se veía tan extraño y lejano.
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Martina, que estaba al tanto de absolutamente de todo, lo abrazo y consoló por el resto de la tarde. No dejo que Fabián se vaya a beber alcohol, como estaba acostumbrado a hacer en sus momentos de frustración o confusión. “La bebida y el dolor no son buenos compañeros”, era todo lo que podía decirle.
Ramiro ni se dio cuenta de lo que acontecía con su hijo, en parte por las evasivas que le daba Martina, y en parte porque no quería saberlo al sentirse incapaz de ayudar a su hijo en temas que ni siquiera el mismo había podido resolver. El aspecto demacrado que lucía su hijo a la hora de cenar era tan evidente, que Ramiro volvió a leer el diario que ya había leído en la mañana solo para no tener que ver al muchacho y sentir que veía un espejo.
Al día siguiente, Fabián despertó sintiéndose el ser más miserable de la tierra. No le costó dormir debido al cansancio de sus ojos, aunque tenía miedo de hacerlo pues sus sueños lo traicionarían como siempre le había sucedido. Lo llevarían a un mundo mágico donde todo salía perfecto, es decir como él quería, y en el momento más especial lo traerían de vuelta a la dura realidad y no le permitirían conservar un lúcido recuerdo más que por unos segundos, luego se lo arrebatarían todo. Al levantarse se sintió mareado, y cuando deambulaba no sentía el peso de sus piernas. Esa misma tarde haría lo necesario para escapar de la vigilancia de Martina. Necesitaba un trago, o eso era lo que creía.
Al otro lado de la ciudad, Leticia despertó sintiendo paz en su alma. Sus ojos también daban testimonio de un llanto que había durado gran parte de la noche. “Te extrañare mi amor” dijo para el viento, esperando que sea este viejo amigo quien le lleve sus palabras hasta ese muchacho que había salido a caminar sin rumbo fijo.
–Hacemos lo necesario, porque sentimos que debemos hacerlo –decía la Licenciada Mérida durante la clase de literatura–, hacemos lo que queremos hacer, porque sentimos que podemos que hacerlo. Y hacemos lo que no queremos hacer, porque sabemos que tenemos que hacerlo.
Fabián rompió su promesa por primera vez, incluso antes de empezar a cumplirla. Sentado en el mismo lugar, bajo el árbol en frente del colegio y con el móvil en la mano, peleaba consigo mismo para no llamar a Leticia. La sentía tan cerca de él y a la vez la distancia entre ambos crecía con cada minuto.