Capítulo Cuarenta y Ocho
Terminando, pague por la cena saliendo del restaurante lo bastante conforme.
—Ahora estaba más deliciosa, si sigo así subiré de peso… —. Alzaba los hombros no dándole tanta importancia —. Si solo seré yo para mi vida… Y Amelia —. Comentaba dándome ánimos a mí misma y camine para aprovechar bajar la cena, al llegar al puente camine a través de él, llegando a mitad del camino me detuve apoyándome en los bordes, posaba ambas manos volviendo a respirar profundo.
—Siento que aquí puedo formar una familia, mi vida —. Murmuraba mirando a donde residía la Luna, desviando la vista hacia los costados de Río Támesis, advertía que alguien estaba fumando y no sé por qué razón mi cuerpo y corazón se estremecía o asustaba, no entendía mis emociones, hasta mi boca se había sacado y cuando ese hombre levantaba la vista para verme, sus ojos parecían brillar, tal así como la ocasión en que vi los ojos de Thomas a la luz de la luna en el callejón y en la biblioteca de su casa, negando ante lo que veía continúe con mi camino, debía negar ante las alucinaciones que mi corazón o no sé quién, me hacía percibir, camine a paso ligero llegando en un santiamén a la casa pasando el jardín delantero, busque las llaves dentro del bolso, mi mano temblaba por la situación que había visto o más bien imaginado, al hallarlas, las tome para abrir la puerta, entrando me gire para observar si había alguien, pero para mi suerte no se encontraba nadie, cerrando rápidamente con llave, suspire aliviada encendiendo el interruptor para que en la casa hubiera luz, dejando el bolso en la mesa, me encaminé hasta el sofá para acostarme en él por fin podía relajar a mi pobre cuerpo.
— ¿Era Thomas o era algo que imagine? —. Preguntaba mirando al hermoso techo abovedado, negué ante eso —. Como puede ser él, si Amelia me confirmó que él no deseaba buscarme, él debe estar muy bien sin mí —. El decir eso y el creer que lo había visto habían hecho que la punzada volviera con más intensidad de dolor y molestias.
Me levanté del sofá para ir al refrigerador, mi apetito se había vuelto a despertar, seguro que el causante de ello era la tristeza, buscaba algo que me tentara y abriendo el freezer del refrigerador encontraba un pote de helado sabor chocolate no dude ni un segundo en agarrarlo, busque una cuchara y volví a donde estaba, sentándome, encendí el televisor dejando un programa random, me dedique a comer.
—Dios, que delicioso que esta —. Comentaba con la boca llena, a los segundos bostezaba, estirándome en el sofá, me levanté para guardar el bote de helado de nuevo en su lugar, después fui al sofá, ahora recostándome, sentía un peso en los párpados que fue al instante que quede dormida en el sofá.
En el medio de la noche sentía frío abrazándome a mí misma para tratar de darme calor, sentía como me cargaban levantándome del sofá, no lo sentí extraño, todo lo contrario la sensación que percibía era lo bastante conocida para mí, aferrándome a ello, me deje llevar.
Notaba cuando ya residía en la cama, podía sentir el calor de las mantas, eso me hacía dar aún más sueño y las caricias que recibía cuando acariciaba muy, pero muy suavemente mi cabello, poniéndolo detrás de mi oreja para que no me molestará en mi rostro, sonreía ante esa acción, abriendo mis ojos para conocer a quien era tan amable de darme tantas atenciones, debía ser un ángel pensaba, pero al diferenciar lo poco que me permitía notar mis ojos con la visión un poco nublada, pude distinguir esos ojos color turquesa, por un momento sentí como mi corazón se detenía, Dios mío, ¡él está aquí! ¿Conmigo? Suponía, por segunda vez, esto se debía tratar de un sueño, un mal sueño que pasó a convertirse en una pesadilla.
—Lizbeth… —. Murmuró y al escucharlo tan claramente o por el timbre grave de su voz hacía que se me erizara la piel, entonces supe que no se trataba de un sueño, pero tenía demasiado cansancio para poder reaccionar o fue algo que hice apropósito, existía algo en mí, que estaba disfrutando de que él estuviera conmigo, era muy ilusa por creer en ello o por ponerme feliz involuntariamente, mi cuerpo o mi corazón actuaban más rápido que mi razonamiento, en eso siempre el Amor gana a lo otro o ¿solamente era así conmigo? Sin tener el poder para detener mis lágrimas, comenzaron a recorrer mis mejillas.
—Thomas…—. Mi voz estaba tomada por el llanto, sonaba casi a un susurró, que solamente juzgue que lo había escuchado, hasta que sentí que depositaban un beso sobre mi frente —. Te extraño…—. Lograba murmurar para soltar el llanto que tenía guardado, descargue mi dolor en esa almohada como en tantas lo había hecho, pero como en esa ninguna, ese dolor era desbastador, era el dolor de un amor que jamás iba a ser posible, dicen que el amor o una amistad se basa en la confianza, y si eso se rompe se acaba todo pero ¿cómo empezar un amor sin confianza? Si ya no existe nada que se pueda romper, solo se iría apagando esa luz de esperanza con cada lágrima, con cada grito que ahogaría en la almohada. Quedando dormida o simplemente me dejé vencer por el inagotable dolor.
Despertaba con un dolor de cabeza impresionante, no entendía por qué, como un sueño me iba a hacer llorar tanto, me llevaba ambas manos para sobar mi cabeza y recordaba las caricias que recibí, desechaba enseguida ese recuerdo —. Eso es imposible, mi subconsciente debe extrañar demasiado a ese maldito psicópata —. Asimismo entonces me venía como un flashback el beso que recibí en mi frente, llevando mi mano para tocarme ese lugar, quedaba atónita, me destapaba para salir de la cama, caminando rápido para bajar las escaleras, busque y camine por toda la casa, tratando de encontrar ese “algo” para confirmar que hubo alguien anoche, no encontraba nada absolutamente nada —. ¿Realmente fue un sueño? —. Me preguntaba a mí misma hasta que me daba un dolor intenso de cabeza, quejándome, fui al baño para lavar mi cara, mirándome en el espejo, veía como mis ojos estaban hinchados —. Dios, como voy a llorar tanto por un hombre, si seré tonta —. Mirándome sentía pena de mi misma —. Existen muchos hombres en el mundo, antes de que conociera a Thomas, ya lo sabía y nunca me importó, entonces ahora me tiene que pasar lo mismo, vamos a olvidarlo de Thomas, ¡Tú puedes Lizbeth Lloyd! —. Me daba ánimos a mí misma y trataba de hacerme entrar en razón, luego de esa charla emotiva que tuve conmigo, me saque la ropa, pata darme una ducha, el agua, se encargaría de quitar el dolor, metiéndome debajo de la lluvia, cerré los ojos dejándome tranquilizar y relajar por el agua, mi memoria me traicionaba trayendo a mis recuerdos los ojos color turquesas que había visto en el puente y ahora en la cama, abría los ojos fijando mi mirada en los azulejos de la ducha —. Por más que sea un sueño o no, de algo estoy muy segura, esa persona era él y mi subconsciente me estaba jugando una mala pasada. Terminando salí con una toalla para subir directo las escaleras, al llegar me secaba y buscaba ropa interior y ropa para vestir que muy amable de Amelia por comprarle por segunda ocasión, me ponía una falda negra entablada, con un suéter rosa pálido que llegaba a la cintura, opte por unas zapatillas blancas. Llevando la toalla para entenderla así se secaba y otra me deje en el cabello para que se secara, baje las escaleras, me preparaba unos huevos revueltos, lleve todo a la mesa, el plato con sus cubiertos y el vaso con jugo que había preparado Amelia, dedicándome exclusivamente a desayunar, revise a donde había dejado el celular —. No, primero debo comer, luego el celular tengo que hacerle caso a Amelia —. Así termine de desayunar, levante todo para ir a lavar, secando y guardando todo en su lugar. Me dediqué ahora si a buscar el celular, viendo que estaba en la mesa junto a los sofás fui hasta el, agarrándolo y sentándome en el sofá más pequeño, suspire relajada luego de toda la tensión de lo que viví o soñé anoche, viendo el sofá grande, recordaba.
— ¡Oh, Dios mío! —. Exclamaba sorprendida ante lo que venía a mis memorias, levantándome del sofá, no lograba apartar la mirada, quede parada de pie al lado —. Yo si no mal recuerdo quedé dormida en este sofá —. Comentaba y luego clave mi mirada en el refrigerador, cubriéndome la boca con la mano, estaba atónita ante mi recuerdo —. Comí… helado y me dormí —. Mis piernas flaquean, sentándome para no caer en el suelo, negué ante lo que no quería dar a creer.
—Es imposible… ¿Cómo pudo encontrarme? ¿No dijo que no me buscaría? Debo ser sonámbula, ¡eso es! Lo otro es muy poco creíble —. Trataba de mantenerme firme ante mi creencia de que él no había estado en casa anoche, sin embargo, existían muchas posibilidades que me demostraban lo contrario.