Los Hermanos de la vida Capitulo 1

Carlos

Desperté un poco aturdido, miraba al techo blanco de la habitación, creo que era una de las pocas partes del apartamento que estaba limpio. Sonreí y levantando mi brazo me rasqué la barbilla. Creo que era miércoles, dormí desde hace días, no recordaba cuándo me acosté. La cabeza había dejado de dolerme, pero mi cuerpo parecía que había peleado con un gigante, y evidentemente habíamos perdido.

Me senté en el borde de la cama, me ardía la garganta, cuando quise ponerme de pie me mareé cayendo de nuevo en la cama. Empecé a reírme. Siempre me pasaba lo mismo, reía hasta que me dolía la panza y luego venía la tos, después de la euforia de la risa venía la soledad, pues solo mi risa se escuchaba.

Recordé que Daniel había estado en casa así que siempre me dejaba algo de comida lista en el refrigerador. Era de tarde, escuché las bocinas de los carros afuera al igual que la gente gritando. No tenía camisa puesta ni pantalón, solo mi ropa interior. Me asomé a la ventana para cerrarla, la luz excesiva me molestó.

Llegué a la cocina, todo estaba limpio de nuevo. ¿Quién lo iba a pensar? Ese chico si es bueno conmigo, otro ya se hubiera ido, hubiera huido como ella.

Busqué debajo del fregadero y conseguí unas cervezas. Saqué una y un vaso, colocando hielo, encontré un envase con comida china fría y me senté a comérmelo. Recordé a mi madre, a mi familia, o al menos a la que creía que era porque ahora solo tengo a Daniel. En mi adolescencia solía hacer lo mismo, llegaba a la cocina y revisaba el refrigerador para comer lo que hubiera, aunque estuviera frío.

Mi memoria me llevó a casa después del colegio, era mi último día, había terminado quinto año, cuando llegué encontré a mi padre discutiendo con mamá. Ella le reclamaba por sus ausencias y lo acusaba de que por él mi hermano se había ido de la casa a vivir solo. Qué equivocada estaba. No era solo por él, era porque nosotros no éramos una familia, tal vez cuando éramos pequeños, pero ya no recuerdo mucho de eso.

Tendría como diecisiete cuando mi hermano se fue a casa de los abuelos, nos llevábamos dos años, era corredor de autos. Estaba feliz porque tendría su propia vida lejos de los pleitos de ellos y de la persecución diaria de madre recordándonos que papá era un mal hombre. Pensó que estaría dándose la oportunidad de avanzar, de crear su espacio, su propia historia.

Esa tarde discutimos los tres, mis padres y yo, estaba por cumplir la mayoría de edad por lo que decidí irme también. Le exigí mi dinero y me dio las llaves del apartamento viejo del abuelo. Cuando discutía con él, en ese entonces, no se violentaba, más bien bajaba la mirada y todo lo que le exigía me lo daba.

Todo aquello lo hice en venganza, debo reconocerlo ahora. Sonreí recordando, éramos tan parecidos físicamente, además de compartir el mismo nombre, y estoy seguro que si mi dieta fuera otra, tal vez, me vería como él a sus treinta años, además.

La nostalgia me invadió porque muy dentro de mi extrañaba las veces que andábamos en la piscina de la casa los fines de semana cuando era solo nuestro, de Javier y mío. Las pocas vacaciones que estuvimos en la montaña y cabalgamos hasta el mediodía, al regresar, mamá nos esperaba en la cabaña con un pollo frito con papas y una rica torta. Aquella navidad en la montaña, cuando veíamos caer la nieve lentamente y cubrir el camino de una alfombra blanca, tomándonos una taza de chocolate caliente frente a la chimenea.

Éramos felices, o por lo menos lo fuimos en aquellos años de mi infancia. En ese entonces mi vida era él, era mi héroe, mi protector y mi ejemplo quería ser abogado como él. Pero no pude, con dificultad me gradué de bachiller y ahora es muy tarde para empezar, soy un viejo de treinta años.

Me mudé cuando ya tenía 18 años, unos meses después, mamá me visitó una tarde trayendo unas plantas para el departamento y llorando me pidió que regresara a la casa que mi padre solo llegaba a dormir, estaba en campaña, y ella se moría de soledad.

Regresé de nuevo a casa, bebía escondido de mi madre solo en las noches después que estaba seguro que dormía. Muy pocas veces mi padre llegó a dormir, recuerdo que estaba en campaña.

En esos días, como hoy, llegaba hasta la cocina casi como un gato, sigiloso y sin hacer ruido alguno. Abrí el refrigerador y cuando tomaba de la botella directamente en mi boca la leche fría escuché unos gemidos, entonces giré mi cuerpo hacía la cocina que estaba al lado izquierdo de la entrada en el otro extremo.

Encontré a mi padre que besaba con pasión y tocaba la parte baja de la espalda de mi madre que estaba sentada en la mesa de granito negro donde comíamos cuando estábamos sin visitas, sus piernas rodeaban la cintura de mi padre. Simplemente los observé terminando la botella de leche y cuando cerré el refrigerador mi padre abrió los ojos observando asustado y avergonzado. Se separó de mi madre y la bajó de la mesa, ella irradiaba felicidad cuando se volteó y me observó, acomodándose los botones abiertos de su vestido.

Recuerdo vivamente su cara que desprendía felicidad mientras mi padre avergonzado solo me observaba. Les sonreí diciéndoles: ─ Por favor continúen. Disculpen la interrupción, ya me voy a casa.

─ No hijo, espera. Quédate a comer con nosotros ─ respondió mi padre sonriéndome.

─ Si Carlos, quédate, almorzaremos en la terraza como te gusta ─ sonreía mi madre colocando sus manos sobre el granito esperando mi respuesta mientras mi padre la rodeaba con su brazo los hombros.

─ Bien, como quieran. Hoy estoy de buen humor. Me avisan cuando estén listos para comer. No quiero presenciar otra escena de sexo entre ustedes ─ los dejé solos mientras escuchaba la risa nerviosa de ambos.

En esos días que pasé en casa, madre estaba feliz porque cada vez que se iniciaban las campañas, en las cuales participaba por cualquier cargo, siempre regresaba a casa y parecíamos una familia normal. Cuando ese ambiente de compañerismo y sin discusiones había en casa generalmente no bebía durante el día, solo tomaba en la noche cuando sabía que dormían.

Normalmente me mantenía alejado de sus visitas, pero hoy quería saludarles, habían roto la magia de mi familia, a la burbuja se le escapaba el aire lentamente por eso bebí y mucho. Entre risas les aparecí en el salón con unas copas de más, simplemente entré y los saludé. Recuerdo que no hice un escándalo, les dije: ─ Buenas noches, queridos compañeros de causa. Disfruten a mi padre, ahora que puede darles un poquito de alegría. Coman y beban a su antojo. Feliz noche padres, a su salud ─ y le arrebaté la botella de vino con una copa que el mesonero se disponía a servir, dejándolos que disfrutaran de su cena en el salón. Todos se callaron al verme y luego murmuraron, entonces solo me retiré del salón, sin verlos de nuevo a la cara.

Esa casa de dos pisos tenía una escalera blanca de mármol, la fiesta era en el salón, toda esa gente conversaba y bebían hasta más no poder. Por supuesto mi madre estaba feliz pues esa noche padre no se iría y se quedaría con ella. Había aprendido a no hacerle escenas y ahora la visitaba como si esta, su casa, fuera su hotel cinco estrellas.

Me senté en el inicio de la escalera para verlos, estaban bailando algunos, otros bebían conversando mientras los demás comían sentados en el gran mesón. Tenía la copa de vino en la mano, creo que mi cabello estaba alborotado y mi camisa blanca afuera del pantalón negro de vestir. Me habían obligado a vestirme ‘decente’ pues nos tomarían varias fotos para la prensa y hasta mi hermano Javier había llegado para pasar ese fin de semana juntos. Éramos una linda familia, en esa foto, solo en esa foto.

Comprendí que todo había sido una manipulación para que fuésemos la familia perfecta, pero mis tragos me aclararon la mente esa noche.

Javier se había cambiado de ropa, había dejado su traje y vestía sus jeans con su chaqueta de cuero negro, encontrándome en el inicio de la escalera. Nos vimos a la cara, levanté mi copa para brindar por él y sonrió dándome una palmada en el hombro. Bajó dos escalones y se volteó para decirme: ─ No debes quedarte aquí, no te hace bien, al igual que la bebida. Busca tu camino, pero olvídate de ella, la bebida, esa es una mala compañía. Déjalos solos, no nos necesitan. Tienen una vida desordenada, no dejes que conviertan la tuya en lo mismo.

Bajó las escaleras y salió de la casa. Me levanté al verlo salir y regresé a la que había sido mi habitación para terminar de beber la botella de vino que había robado, luego de la cena en el salón. El domingo al finalizar la tarde regresé a mi apartamento y no volví a casa nunca más. Decidí que no me manipularían otra vez, ninguno de los dos.

Había terminado de comer y la cerveza se había calentado. Me levanté para buscar otra y un poco más de hielo. La serví en el vaso de vidrio y la bebí despacio. Los recuerdos estaban de nuevo frente a mí. Recordé los gritos de mi madre cuando la policía llegó a confirmar que Javier había muerto en un volcamiento, durante la prueba de unos de los autos que manejaba. Ese día estaba en casa, buscando a mi padre, había prometido darme el resto de mi dinero.

Eso destruyó a mi madre y poco a poco perdió su salud mental. Lloraba todo el día y había que sedarla para que durmiera, una enfermera la cuidaba, esa semana del funeral de Javier decidí quedarme en casa. Pasé con ella dos semanas, el tiempo justo para que padre le buscara una enfermera que se encargara de ella mientras iba dos veces a la semana a verla. Llegó un momento en el que dejé de hacerlo, no tenía sentido, mi madre estaba todo el tiempo dormida por lo que iba solamente a ver a la enfermera que la cuidaba.

Después de ese tiempo creo que la visité una sola vez, no sabía que moriría tan pronto, así que no pude despedirme, aunque ella ya no era la misma, era una sombra en un cuerpo sin vida. Años después murió mi padre solo en ese caserón, o al menos eso fue lo que me dijeron.

Por aquellos días había conocido a Daniel, estábamos comenzando nuestra relación familiar y por él lo intenté. Era mi oportunidad de hacer algo bueno, de ayudar a alguien. Así que cuando tuve la edad suficiente y el abogado de mi padre me llamó para que firmara los documentos aceptando el dinero y la propiedad de la edificación, con un apartamento como mi herencia, le pedí que hiciera los papeles para adoptar a Daniel. Dijo que era muy difícil pues no tenía trabajo y no era una persona con capacidad económica para hacerse cargo de alguien. Me le reí en la cara y le dije entonces, como siempre, lo hacía con él

─ Sé que puedes, siempre puedes. Consígueme los documentos necesarios para que el chico de la calle, el que viste el día que fuiste al apartamento, pueda tener mi apellido. Busca complacerme, como complaces a mi padre. Hazte cuenta que él te lo pidió. Bien sabes que sé hacerle unos escándalos que no le convienen para nada, eso tú lo sabes.

El abogado de mi padre hizo lo propio y cuando Daniel cumplió sus dieciséis años se apareció con el documento de adopción, una cédula de identidad y un pasaporte. Daniel a partir de ese momento se convirtió en mi hijo, aunque para los efectos reales se convirtió en mi hermano.

Qué tristeza me da recordar todo eso, qué dolor me da recordar el rostro entristecido de mi padre cada vez que me encontraba borracho en el jardín, cubierto de mi propio vómito. Me ayudaba a levantarme y con la manguera me mojaba en la grama para limpiarme, luego apoyándome en sus hombros me llevaba adentro de la casa. Mi mamá le gritaba que por su culpa y su falta de atención había logrado hacerme un borracho a mis catorce años.

No quería que Daniel pasara por eso, quería otra vida para él y por un tiempo estuve sin beber, pero no duró mucho, poco a poco comencé de nuevo. En ese entonces trabajaba en el restaurante y luego con uno de los señores atendiendo en la línea de taxi, pero después no pude. Por la decepción comencé a beber desordenada, tenía rabia contra mi padre por haber hecho tan infeliz a toda la familia. Y aunque me sentía comprometido con Daniel, la rabia y la decepción se apoderaron de mí, la bebida era mi único alivio.

Tendría como veinte años cuando Daniel llamó al abogado de mi padre pues por esa riña y por la destrucción de la propiedad privada, me tenían preso. Pobre chico me buscó por días hasta que me encontró. Discutimos y contra mi voluntad llamó al abogado de mi padre. El Doctor Miguel Rendueles hizo lo propio y logró mi libertad pagando una gran fianza, mi padre estaba en campaña y tenía unos buenos números para ganar un escaño en la asamblea, por lo que cualquier escándalo de mi parte pondría en peligro su elección.

El Doctor Miguel me esperaba en la sala de espera y cuando salí me entregó unos lentes y una botella en una bolsa de papel, tenía la cara hinchada por los golpes y un ojo morado de tal color que no podía ni abrirlo, pensé que lo perdería.

Llegamos hasta un carro frente a la comisaría cuando me monté en el asiento de atrás cerré la puerta y destapé la botella para beber, mis manos temblaban. Sabía que estaba a mi lado, sabía que mi padre me esperaba. En ese vehículo los vidrios estaban tan oscuros que la única forma de saber quién estaba dentro era bajándolos.

El vehículo tomó camino y lo reconocí, me llevaron al psiquiátrico de nuevo. Sonreí y quitándome los lentes oscuros le dije furioso, dejando la botella entre mis piernas

─ ¿Qué pretendes? Hace tiempo que no vengo a verlo, tal vez el Doctor Márquez ya no está allí.

─ Lo sé, pero él es el único que te ha ayudado con tu problema. Probemos Carlos, de nuevo, hazlo hijo por ti.

─ ¿Por mi o por ti? No te conviene ningún escándalo, estás en campaña de nuevo. Si el alcohol para mi me causa éxtasis, para ti las campañas son tu vicio.

─ No discutamos, no quiero hacerlo. Ya es suficiente, ¿cuándo dejarás de castigarme?

─ Hasta el día que te mueras.

─ ¿Por qué? Dime ahora que eres un adulto: ¿por qué lo haces?

─ Para olvidar que soy tu hijo, para olvidar que ustedes me odian, que siempre fuimos como un trofeo que se exhibe y nada más. Además, conozco a tus mujeres, a cada una de ellas, lo que haces en tu oficina y lo que haces fuera de casa. Siempre lo supe, porque en varias ocasiones te descubrí siéndole infiel a mamá.

─ No sabes lo que dices.

─ Claro que lo sé, te dije que te he visto con ellas, besándose, tocándose con lujuria, desde pequeño. ¿No te lo dijo el Doctor Márquez? O será que nunca quisiste oírlo.

─ Carlos, no sé de qué me hablas.

─ Claro que lo sabes, siempre lo supiste. Hiciste a mi madre una mujer infeliz hasta el infinito, hasta preferir perderse en su dolor cuando Javier murió, hasta que dejó de sentir. ¿Te parece eso loable? ¿Destruir a tu familia?

─ Estás tan equivocado.

─ Claro que no. Siempre lo supe, siempre supe que eras un miserable, un hombre con instintos demasiado bajos para ser un hombre público y si no es por tu amigo, aquí presente, el honorable Doctor Miguel Rendueles, estarías preso por abusador y por otros cargos que no vale la pena mencionar.

Miguel regresó a mirarme y mi padre le tocó el brazo para evitar que siguiera invitándome a hablar. Recostó su espalda en el asiento de nuevo y dijo en un tono de voz casi dulce

─ El Doctor Márquez no está en la ciudad, está en un chequeo médico pero su hija está encargada del psiquiátrico. Ella conoce tu caso, desde el principio, tal vez te vaya mejor y puedas recuperarte sin recaer.

─ ¿Crees que soy como tú? ¿Crees que por ser mujer voy a impresionarme y va a curarme? ¿Curarme el alma?

─ Tal vez necesites una receta que te cure el alma, hijo mío. Me equivoqué, reconozco que no hice las cosas correctas, pero no soy un monstruo. Dejé que la felicidad se me fuera de las manos, cuando me di cuenta que el amor que le tenía a tu madre se había acabado, o eso pensé, llegaron a pedirme amor y me dejé llevar. Nunca dejé de amarla, por eso siempre regresaba a casa. Ella también les hizo daño convirtiéndome en un monstruo cuando no lo era. La culpa de que mi matrimonio no funcionase fue de ambos, aunque el mayor peso lo tengo pues me deje llevar por otras cosas: el dinero y el poder. Si son un vicio más difícil que el alcohol, pero quiero hacer algo por ti, quiero que te recuperes, que puedas iniciar tu vida de nuevo. Aún puedes hacerlo, estoy seguro que encontrarás el camino. Eres un hombre inteligente y culto.

─ ¿Para qué quieres que lo haga? ¿Para no sentirte culpable?

─ No, para que puedas ser feliz con tu vida, aunque ya yo no lo sea nunca más y no te vea realizarte como hombre. Eres mi hijo más amado, tenía tantas esperanzas en ti, pensé que serías mi sucesor, que continuaras mi legado y serías un buen abogado. ¿Recuerdas cuando jugábamos a que estábamos en la corte?

─ Si, aún lo recuerdo. No creo que puedas cambiar lo que hiciste dejándome internado aquí. Si supiera o tuviera la certeza que mi recuperación te haría más daño que mi situación actual, te juro que lo haría. Eso sí sería una buena razón.

─ Pues inténtalo, hazme muy infeliz con tu recuperación. Te juro que no me verás más, aunque cada vez que me necesites puedes buscarme o llamar a Miguel, siempre estará pendiente tuyo en mi nombre ─ acercó su mano dejándola sobre mi pierna, ese fue el único contacto físico que habíamos tenido en años.

Cuando llegamos me sonrió con tristeza, lo miré por última vez, estaba viejo y cansado, su mirada estaba cansada, tenía ojeras y su cabello tenía entradas profundas, las pecas de la edad estaban sobre la piel de sus manos y en sus mejillas. Estaba sin afeitar, aunque no le gustaba que los extraños lo vieran de esa forma, decía que esa era la primera impresión que se llevaban de un hombre pulcro y limpio. Era difícil verlo así, ya su barba solo mostraba cabellos blancos y uno que otro negro.

Miguel con el conductor se bajaron del carro y abrieron el portaequipaje del auto. Entendí que debía bajar también y cuando coloqué la mano en la manilla para abrirla de nuevo tocó mi pierna

─ Espero que salgas curado esta vez de todas tus decepciones. Cuídate hijo.

─ Cuídate tú también ─ fue lo último que nos dijimos, esa palmada en mi pierna fue su despedida y a partir de ese día no lo vi más.

Miguel me acompañó para firmar los papeles a nombre de mi padre y dejarme internado en el psiquiátrico. Caminando terminé de beber la botella y al entrar la dejé sobre el módulo de información, aún conservaba la bolsa de papel completamente arrugada. Terminaré de beber las cuatro cervezas que quedan y me iré a dormir de nuevo. Daniel no vendrá esta noche, no hago nada esperándolo sobrio, además no quiero recordar a los muertos prefiero que se queden dónde están, tal vez, felices los tres.