Los hermanos de la vida
Río Abajo
Nacido de aquella montaña
voy haciendo camino
hasta llegar al valle,
llevando la vida
desde arriba hacia abajo,
la vida abundante
Cuando la lluvia arrecia
soy un río crecido,
que arrastra todo
para que lo malo desaparezca
Porque río abajo vuelve a nacer
Porque río abajo se inicia todo
Inicia otra vez, mejor que antes
Carlos Villalobos
Poemas
Río Abajo__________________________________
Los hermanos de la vida
Carlos
Me balanceaba de un lado a otro apoyándome de vez en cuando en las paredes de los edificios, de los carros estacionados en la acera o de los postes del alumbrado público, mientras caminaba por las calles solitarias y mojadas a las dos de la mañana. Era casi por instinto que lograba llegar a casa, un edificio de cinco pisos, bastante antiguo y descuidado habiendo atravesado casi trece cuadras después de una larga noche de tragos y una lluvia copiosa. Pensé que estaría feliz después de beber, pero no fue así, cada vez era peor, me sentía vacío y solo por dentro. No podía quedarme en el local y tuve que irme a casa.
En este barrio era costumbre que permanecieran carros estacionados en los alrededores de las edificaciones, algunos de los años cincuenta por ser casi un territorio olvidado alejado de la ciudad, otros más nuevos, pero en general estacionados enfrente de la entrada principal como una baranda protectora. La bombilla de la calle pestañeaba así que la luz no era constante, permaneciendo la entrada principal casi a oscuras, por lo que apoyándome en la pared buscaba en los bolsillos hasta encontrar la llave y cuando la coloqué en la cerradura abrí la desgastada puerta de hierro que con su ruidosa melodía me permitió entrar a la edificación.
Caminé por el pasillo oscuro, no había bombillas que sirvieran, donde cada puerta permanecía cerrada y luego de subir los dos escalones logré abrir la puerta con dificultad para entrar al apartamento de tres habitaciones.
Encendí la luz tirando las llaves a la mesa para ver una sala totalmente desordenada llena de vasos plásticos, botellas de cerveza y de licor vacías, ropa sucia y uno que otro envase de comida china de varios días atrás. Encogí los hombros en señal de no importarme el espectáculo y como pude caminé hasta la cocina, apoyándome en la pared y en el marco de la puerta para encender la luz y encontrar los platos sucios en el fregadero y más botellas sobre la mesa.
En esa cocina, verdaderamente pequeña, las paredes mostraban diferentes colores de pintura desde verde agua, un blanco hueso resaltando sobre ellas unas capas de color rosado desgastado mostrando el tiempo y el descuido del dueño del apartamento. Era como si el tiempo se hubiese detenido hace varios años y la pintura estuviera marcando, al desprenderse, cada año que pasa lentamente.
Además de las paredes desconchadas la cocina tenía dos gabinetes blancos casi amarillos por la antigüedad, una pequeña mesa cuadrada cubierta de botellas ya vacías o con poco liquido en ellas y con dos sillas plegables de pino ennegrecidas por la falta de limpieza. Todo daba vueltas de nuevo, me apoye en el fregadero y en el borde de la mesa de madera para tomar una botella y beber con dificultad lo poco que quedaba en ella, estire los brazos y arrojando al suelo las que estaban sobre la mesa cerca de un cuaderno maltrecho con una pluma dentro.
No me importo que los vidrios se dispersaran por el piso sucio cuando las botellas se cayeron al suelo, luego con dificultad logré sentarme en la silla de madera y sacando del bolsillo una pequeña botella de licor blanco, sonreí porque ahora sí tenía la energía para escribir y con el licor recorriendo mi garganta no necesitaba nada más. Abrí el maltrecho cuaderno y comencé a escribir.
‘Desperté molesto porque había pasado una mala noche, además de que me perdí y fui a parar a la estación de policía. Un amigo de ‘tragos’ fue el que me trajo a casa y por consiguiente me sacó de la cárcel, donde me habían detenido por dormir en un banco de la ciudadanía respetable de esta tierra despreciable que odio. Eso pasó hace días, no recuerdo cuántos, estoy seguro que hoy no fue porque no recuerdo haber peleado con nadie. Esto te lo cuento para que lo sepas Daniel, porque eres el único amigo que me queda, porque ya no tengo ni un centavo de lo poco que me dio mi disque ILUSTRE padre para vivir cuando me fui de su casa.
Cada vez que recuerdo lo delicioso, lo sutil del alcohol recorriendo mi garganta lentamente me vuelvo loco, buscando alcohol de cualquier tipo, lo importante es beber para sentirme tranquilo sin tener que enfrentarme a esta vida que empecé a odiar desde el día que nací y que mi santa y adorada madre me enseñó a hacerlo cada vez que llegaba de clases, acosándome por toda aquella grotesca y gigante casa, que siempre odié porque era fría y prefabricada como mi familia. El único que era feliz era mi hermano, que siempre supo hacer lo que mamá decía hasta que la tierra se lo trago para no volver más. Pero yo sé dónde está, vive en un pueblecito en el interior, divirtiéndose y haciendo creer a mamá que ha muerto. Muy ingenioso. Bueno, eso quisiera que fuera cierto, pero no es así, está bien muerto.
Bien, bebo de nuevo, y ese placentero momento no lo cambio por nada porque es un momento en el cual me siento liberado de mí mismo y de mis fantasmas, aunque después de la borrachera me sienta morir, no importa, así soy feliz. Me llamo Carlos y soy un borracho en un barrio de mala muerte, olvidado por todos, detenido en el tiempo y me pudro en este cuartucho en el que ni las ratas pueden vivir.
Hoy estoy celebrando que tengo treinta años, sí, créeme, soy feliz, así borracho y sucio. Vivo aquí porque nadie me molesta recordando o señalándome que soy el hijo del senador que más admiración ha causado en este país ya que en esta parte de la ciudad nadie se interesa por los demás, estamos olvidados. Bueno o al menos eso creo, tal vez ella me olvido, pero ahora sé que fue mi culpa. Todas las noches la escucho preguntándome: ‘¿Por qué lo haces?’ tantas veces, que bebo más para no oírla repetir una y otra vez hasta que logró llegar a la cama y ahí recuerdo su cuerpo junto al mío y logro dormir.
Me llamo Carlos Villalobos y no trabajo; bueno si trabajo cuando necesito dinero para beber, porque es lo único que compro ya que desayuno con un trago de alcohol y almuerzo lo mismo. Total, es bueno para mí, créeme Daniel porque tú has cuidado de mi lo mejor que has podido cuando debería ser yo el que vele por ti, pero no lo he logrado porque no sé ni he podido cuidar de mí nunca, cómo podría cuidar de otro.
No puedo hacer más por mí, pero creo que si puedo hacer que tú logres lo que yo no logré: aprendas a quererte, a estar orgulloso de ti, a depender solo de tu esfuerzo, a aceptarte como eres, a reconocer tus errores para aprender de ellos, pero sobre todas las cosas aprender a perdonar inclusive a ti mismo. Vale la pena Daniel, creo que vale la pena, aunque para mí la oportunidad ya se haya ido.’
El sueño me venció así que me recosté sobre la mesa donde con dificultad había logrado escribir en un pequeño y maltrecho cuaderno, esos cuadernos que utilizaba cuando estudiaba. En esos cuadernos desgastados, sucios y con algunas hojas desprendidas era donde escribía cada vez que lograba despertarme sin dolor de cabeza luego de la borrachera, aunque a veces lo hacía cuando regresaba de alguna de las salidas nocturnas luego de emborracharme, como hoy.
Mis escritos son para Daniel, es que no sé cómo contarle que no debe desperdiciar su vida como lo he hecho yo. Le dejo el cuaderno sobre la mesa y cada vez que regresa a casa lo lee para que vea lo que me he atrevido a hacer mientras logro recordarlo, antes de que la borrachera solo me dejara un dolor de cabeza que me atonta por horas o días, a veces.
De aquel Carlos Villalobos ya no queda mucho, ya casi no me miro al espejo, ya no queda mucho del ser que era antes de que descubriera el secreto de mi padre. Mi cuerpo esta desgastado por el alcohol. La última vez que recuerdo haberme fijado cómo estaba me vi delgado marcándose los huesos, profundas ojeras, mirada cristalina con ojos enrojecidos por no dormir y el caminar lento cuando estaba sobrio y tambaleándome al estar borracho. En la piel blanca se distinguían las venas y arterias claramente porque casi no había carne solo hueso.
Había desaparecido aquel de antes solo conservaba mi altura, de mis brazos solo quedaban un poco de músculo que me permite moverlos al igual que mis piernas. Las venas resaltan solas, sin esfuerzo. Había perdido el apetito y cada vez quería solo licor, no me apetecía comer casi nada, solo comida china, solo eso. Mi melena había desaparecido también, se caía sola al pasarme la mano para darle algo de forma cuando necesitaba salir por licor. La mandíbula cuadrada que terminaba en una pequeña hendidura, igual que la de mi padre, generalmente la cubría la barba poblada, con diferentes tonalidades de cabello blanco, marrón claro y negro, y sobre los delgados labios rosados que al sonreír resaltaban y detallaban los dientes perfectamente alineados que aún conservaba. Era un suertudo, a muchos de los que conozco que son como yo, ya los han perdido casi todos, sin embargo, los tengo y en buen estado.
Lo que extraño son mis ojos negros, ya no son ni la sombra de lo que eran, conservaba las cejas abundantes, pero ahora esos ojos permanecían enrojecidos, con una mirada pérdida y cansada.
No debería contar sobre esto, pero el único recuerdo que tengo de haber hecho algo bueno fue haber conocido y albergado a Daniel. Debo contarles sobre él: era cuatro años menor que yo, delgado, pero de piel oscura, tenía una pequeña cicatriz en la mano derecha producto de una pelea con otro chico de la calle por un plato de comida cuando vivía entre las sombras de las calles vacías de esta gran ciudad. Aquí aquellos seres cuyos padres los abandonan, vagan por las calles viviendo día a día como si fuera el último, sin esperanzas, ni estímulo para nada solo esperan lograr al final del día callar al estómago que los deja sordos por los gritos de hambre.
Una noche de lluvia copiosa Daniel corría para protegerse y encontró un edificio antiguo en cuya entrada había construido una pequeña cúpula cubierta de concreto, donde podían permanecer cuatro personas sin tocarse protegiéndose de la lluvia y aun así había espacio para que otra pudiera acceder a la entrada de la edificación sin problema alguno.
Acababa de mudarme a este edificio, tenía dieciocho años, luego de una larga y penosa discusión con la familia decidí que no era necesario seguir con ellos así que mi padre me lo entregó como parte de la herencia y las llaves de este apartamento que había comprado el abuelo cuando llegaron a este país viajando desde España.
Bajé las escaleras y al abrir la puerta para dejar afuera una caja con basura encontré a un chico huesudo completamente mojado, tendría cercano a los trece o catorce años, le toque el hombro para que levantara la cara pues estaba sentado con la cabeza entre las piernas sucias tratando de pasar el frío. Esa noche viéndolo dormir en una esquina recostada su espalda a la pared, rodeando sus piernas con sus brazos y la cabeza gacha, sentí pena por él, decidí que era mi oportunidad de ayudar a otro. Ese chico huesudo y hambriento no solo necesita cobijo, necesitaba apoyo para evitar encontrarse con el destino que parecía escrito en su apariencia, pero había en él un brillo especial en esos pequeños ojos negros, aún no había odio ni frustración en ese pequeño costal de huesos.
Luego de preguntarle algunas cosas lo invité a quedarse en el apartamento puesto que estaba lloviendo, viéndolo solo, le invité a compartir algo caliente. Tenía hambre, había pasado varios días sin comer decentemente, por lo menos hoy su estómago callado lo dejaría dormir.
Poco a poco, con visitas seguidas acompañadas de comidas compartidas, ropa que ya no usaba y enseñándole a leer nos hicimos amigos de manera que cuando Daniel cumplió dieciséis años se mudó conmigo al apartamento. Hoy recuerdo haberlo llevado a ver el partido de futbol de la temporada en el restaurante donde trabajaba, porque no teníamos televisor, era la primera semana que se quedaba en casa. Al principio con miedo porque no sabía si en la noche cuando me quedara dormido pudiera agredirme para robarme, pero nunca lo hizo. Ese chico no era como los demás, no era un chico como los otros, era tranquilo y callado además de temeroso.
Para ese día, un domingo cualquiera, después que apareció tocando a la puerta pues lo había invitado a comer luego de una semana de visitas de todos los días, decidí llevarlo al restaurante donde trabaja. Pedimos un arroz frito con pollo y papas, porque era lo más económico y lo que más cantidad te servían.
Entusiasmado no apartaba la vista del partido mientras que yo lo veía comer desesperado por el hambre de muchos días sin comer. Me daba lástima con el chico, era un costal de huesos, su piel tenía manchas en los brazos y su cabello parecía un enjambre de abejas, creo que ese día decidí que debía ayudarlo, fue como una corazonada como cuando lo vi escondido entre sus brazos aquella vez en la puerta del edificio escondiéndose de la lluvia.
Cuando por fin el equipo hizo un gol, Daniel se asustó un poco porque todos los comensales comenzaron a gritar la palabra GOL y a golpear las mesas con los cubiertos. Me miró asombrado a lo que solo pude hacerle señas con las manos de que siguiera comiendo, no pude hablarle pues tenía en la boca un trozo de pollo que masticaba. Le sonreí palmeándole el brazo para que continuara comiendo y él, sonriéndome igual, continúo comiendo las papitas fritas que quedaban en el plato ya casi vacío.
─ ¿Por qué gritan?
─ Es una forma de celebrar que van ganando ─ le sonreí limpiándome la boca con la servilleta.
─ ¿Un gol es un punto?
─ Si.
─ Ahh comprendo entonces.
─ ¿No has vito jugar a los chicos en el parque?, en el que esta cerca de aquí. Hay una cancha y algunas veces hacen partidos amistosos entre las escuelas secundarias.
─ No. No me acerco mucho porque cuando nos ven, nos corren.
─ ¿Quiénes los corren?
─ La policía llega y tenemos que correr. Ya no me acerco, los veo desde lejos.
─ Pero entiendes el juego.
─ Algo, solo sé que corren pateando una pelota con colores negro y blanco. La pelota marrón es la que tiran a un paral con una malla pequeña que prende de un palo.
─ Si para jugar baloncesto.
─ Y a ti, ¿cuál te gusta? ─ sonreía porque de nuevo el equipo de los vestidos de verde anotaban un nuevo gol.
─ Hace muchos años, cuando estudiaba, jugaba era baloncesto. En realidad, el futbol no es lo mío, pero me gusta verlo jugar. Algún día te explicaré cómo se juega.
─ Gracias, eres muy amable.
─ ¿Pensaste lo que te propuse? ─ le dije tomando el último sorbo de refresco que quedaba en el vaso.
─ Si.
─ ¿Te quedas conmigo entonces? ¿Dejarás de andar en la calle?
─ Solo tengo que preguntarte de nuevo algo
─ ¿Qué?
─ ¿Por qué quieres que viva contigo? No hago cosas a los hombres ni a las mujeres.
─ ¿Cosas a los hombres?
─ Si, tocarle las partes bajas y besarlos. Eso no lo hago ni lo haré por un techo.
─ Claro que no. Tranquilo. Te dije que vivía solo y que podemos hacernos compañía.
─ De acuerdo.
─ ¿Vamos por tus cosas?
─ No, no tengo nada que buscar en ningún lado. Lo que tenía lo repartí entre mis amigos de la calle.
─ ¿Qué tenías? ─ le pregunté por curiosidad.
─ Los tenis que me regalaste, dos pantalones cortos que no me quedaban y un vaso plástico con su plato.
─ Bueno a partir de hoy tendrás tus cosas y luego veremos cómo logramos comparte algo de ropa más de tu talla porque mis franelas te quedan demasiado grandes.
─ Pero es que así no se ve que el pantalón lo llevo amarrado con una cuerda.
─ Entonces compraremos una correa.
─ Gracias, eres una buena persona.
─ No lo creo, solo no quiero seguir viviendo conmigo mismo y tener con quien conversar. ¿Quieres un poco de pastel? Aún falta unos minutos para que termine el partido.
─ Si tú quieres, por mi está bien.
Me levanté y llegué hasta la caja para pedir un trozo de pastel que estaba en el mostrador. Sabía que quería porque no había dejado de verlo durante todo el partido.
Desde ese domingo lo acepté en el apartamento y confieso que fue la mejor decisión que he tomado. Este chico al crecer se había convertido en mi compañero, en mi hermano de infortunio, en el confidente y en el único que acudía a prestarme ayuda, aunque muchas veces me negase a pedirla.
Recuerdo que para ese tiempo no bebía tanto, había días que solo bebía dos o tres botellas de cerveza y salía a trabajar, me sentía responsable del pequeño. Sin embargo, cuando Daniel cumplió veinte años las borracheras fueron más largas, dejé de trabajar en una empresa como empleado fijo y lo cambié por destajo porque muchas veces no podía ni levantarme de la cama.
Siempre le discutía que solo yo podía beber y que aprendiera a controlar sus impulsos, para saber cuándo debía parar de manera que no lo dominara como a mí, por lo que Daniel solo me acompañaba y no bebía.
Para poder ayudar con los gastos Daniel empezó a trabajar en un restaurante cercano, con unos amigos en ese restaurante chino cercano de donde me gusta la comida. Éramos frecuentes comensales así que le ayudaron y se inscribió en una escuela nocturna para graduarse de bachiller, ya hoy tiene veintiséis años. Un logro compartido, aunque debo reconocer que realmente es de él, me engaño pensando que es de los dos, le quiero mucho debo reconocerlo como a un hermano de sangre, más que eso como a un verdadero hermano. Mi vida sería nula si no estuviera aún conmigo, aunque debo reconocer que lo he maltratado mucho verbalmente, pero creo que igual que yo hemos aprendido a vivir uno con el otro y no podemos estar separados por mucho tiempo. Es una extraña forma de amor de familia, o al menos eso creo, tal vez de esa manera que lo hago con él lo fuimos hace muchos años mi familia y yo. No sé como comportarme con él, es decir, cómo hacerlo sentir que somos una familia, aunque sea una familia de soledades.
Daniel
Mi nombre es Daniel, fui hace unos años atrás un chico de la calle, ahora soy un hombre de la sociedad que se esfuerza por ser alguien y estoy estudiando con mucho sacrificio porque quiero ayudar a otros que como yo crecen en esta ciudad.
Trabajo en un restaurant chino y soy el jefe de los mesoneros. Empecé sacando la basura y limpiando los vegetales cuando Carlos me llevaba los sábados y algunos domingos, para que celebráramos, viendo en el televisor del restaurante, los partidos de fútbol. No teníamos televisión en ese apartamento, allí donde había comenzado mi vida como si acabara de nacer teniendo catorce años. ¡Qué ironía! Disfrutaba mucho su compañía, y aunque muchas veces tuve miedo, había algo en mi que me decía que ese joven era buena gente. Durante el tiempo que me ayudo lo hizo sin interés particular, jamás me pidió algo a cambio, nunca de acercó a mi para tocarme ni pedirme nada. Muchos de mis amigos me habían contado que los hombres mayores o los chicos de más edad que nosotros, pedían que les tocaran sus partes bajas, a cambio de dinero o drogas. No pude hacerlo nunca porque recordaba que mi madre me decía que no debía dejar que me tocaran.
Tomo su cuaderno para leer lo que escribe, cada vez que llego a casa. Debo reconocer que tiene talento, pero lo desperdicia, sin embargo, no puedo dejarlo solo, no ahora que me necesita. Es un pago por lo que ha hecho por mi durante estos años, tanto, que me dio su apellido pues cuando nos conocimos no recordaba el mío y al buscar a mi familia, ya se habían marchado. Mi familia me abandonó.
Al terminar mi turno de fin de semana paso a verlo. Ya no vivimos juntos pues la escuela me queda muy lejos y con lo que gané en el restaurante logré hacer un curso y soy ayudante en una clínica. Quiero estudiar para ser médico, pero por ahora me preparo como paramédico. He decido contar la historia cómo la veo, así como él escribe la suya. Tal vez el que la lea tenga una visión completa de esta cruda realidad de la vida de un alcohólico.
Hoy es viernes, en realidad la madrugada del sábado, pasé para verificar que estaba en casa y no se había metido en problemas. Al llegar las luces estaban encendidas, todo estaba igual que cada viernes había cosas dispersas, sucio incluyendo los trastos de la semana sin lavar, las cajas de la comida china de la semana y las botellas vacías por todos lados. Estaba peor, cada vez peor.
Llegué a la cocina y lo ayudé a despertarse para llevarlo a su cuarto. Se molestó diciendo improperios, pero ya estaba acostumbrado a escucharlos, sabía que no me reconocía, me empujó, pero logró apoyarse en el marco de la puerta. Tambaleándose recostándose en las paredes del pasillo logró llegar a la entrada de su habitación y se dejó caer en la cama, era como si de manera consciente supiera el punto exacto para arrojarse y no caer al piso.
Regresé a la cocina a apagar las luces y tropecé con los vidrios dispersos por todos lados, busqué la escoba y barrí el desastre que había. Igual hice con la sala y el resto del apartamento. Recogí las botellas, la ropa y la basura, cuando la saqué había empezado a llover de nuevo.
Carlos me había dado la habitación que estaba al final del pasillo justo al lado del baño y esa era la única que siempre estaba limpia y ordenada. Era la que aseaba porque decía que así cuando llegara tendría una cama limpia donde dormir. Mientras que la habitación de Carlos estaba empezando el pasillo, siempre con la puerta abierta, así que recogí del suelo las camisas que había disperso por varios lados y los tenis negros sacudiéndolos y guardándolos en el closet casi vacío de ropa. Apagué la luz y abriendo un poco la ventana, lo dejé descansar su borrachera.
Llegue a la habitación y quitándome los zapatos acomodándose enfrente de la cama, me deje caer, ya el sol se asomaba por la ventana pues estaba amaneciendo. Cercano a las doce del mediodía me desperté, tomé un baño y me asomé viéndolo aún en la misma posición como lo había dejado. Estaba realmente mal, tal vez no despertaba ni siquiera para comer.
Salí, hice una compra de comida básica un poco de pan, vegetales y un pollo para pasar con él el fin de semana. El lunes tenía clases así que el domingo en la tarde logró levantarse comió algo para luego volver a acostarse y seguir durmiendo.
No puedo verlo así, verlo consumirse sin hacer algo por él. Tal vez no le agradaría la decisión que había tomado, pero no tenía alternativa que no fuere internarlo en el psiquiátrico de nuevo.
El psiquiátrico, o el hospital como lo llamaban, eran dos grandes edificaciones de construcción antigua de varios pisos y a las afueras de la ciudad, rodeada de una espesa vegetación siempre verde y florida. Tenía un hermoso, tupido y gran jardín que rodeaba a la edificación gris de cemento limpio adornada sólo de grandes ventanales de vidrio y en cada piso gigantes balcones que casi se confunden con las copas de los árboles, siempre verdes, que lo rodeaban.
Había decidido ir a verla, solicité una cita con ella, era la psiquiatra Inés Márquez según lo que Carlos me contó lo había ayudado a recuperarse. Era día viernes así que después de clase regresé a las cuatro de la tarde para poder reunirme con la psiquiatra y estando en su oficina le conté con tono de preocupación y desconsuelo las cosas que hacía Carlos.
─ Tomó del suelo una botella casi vacía, pero estaba tan borracho que se bañó con el poco alcohol que quedaba y comenzó a reírse como un loco, desaforadamente. Me da lástima verle así, eso es terrible. Es cierto que compro alcohol porque si no es capaz de matar a alguien por eso que él llama su tabla de salvación diaria. Recuerda cómo era antes que se dedicara a eso, ya lo olvidé, doctora. Por eso vine a verla, porque él la necesita, sé que usted es la única que puede ayudarle. Hágalo por mí, porque Carlos es la única persona que tengo en esta vida y no quiero perderlo.
─ Daniel, esta vez no puedo hacer nada por Carlos ─ me miraba directamente al rostro. Estaba serena, dejando sus manos sobre los papeles del escritorio. Estaba indiferente, pero sabía que cuando le contara aparecería aquella dulce chica de la que él hablaba.
─ Discúlpeme que le lleve la contraria, creo que sí puede hacerlo, solo usted puede hacerlo. Ha convertido su apartamento en un lugar sucio, no le importa nada. Traté de sacarlo, pero él no quiso. Por favor ya no puede estar si no bebe ─ le imploré apoyando los brazos en el escritorio mirándole directamente al rostro.
─ Tal vez no recuerdas, pero se había curado, había mejorado mucho, o al menos eso creí. No regresó a sus consultas, sencillamente se mantuvo alejado y luego llamó diciendo que no era necesario los medicamentos, el tratamiento, que ya estaba bien. Simplemente se fue. ¿Lo recuerdas? ─ me respondió recostada su espalda a su silla con sus manos sobre su regazo en total control de sí misma.
─ Usted más que nadie sabe las razones que tuvo para irse Doctora y me perdona porque fui yo quien le ayudó a regresar al apartamento. Quiero traerle y quisiera que lo viera por lo menos, le pago lo que sea, usted lo sabe ─ tenía que insistir, insistir hasta convencerla.
─ Daniel sabes que no es cuestión de dinero. Para entrar aquí el enfermo debe querer quedarse, debe ser por voluntad propia ─ me habló con suma delicadeza para que entendiera, pero no quería hacerlo, así que continúe.
─ Pero usted sabe que él no lo hará y menos sabiendo que sigue aquí ─ le aclare visiblemente angustiado, manteniendo la mirada para que reconociera que no me movería hasta convencerla.
─ ¿Qué esperas que haga? ─ respondió observando atentamente esperando la respuesta y dejando sus manos sobre los papeles del escritorio, inclinando su cuerpo hacia adelante para verme a los ojos.
─ Dele la oportunidad, evalúe, véalo y luego dígame lo que podemos hacer por él. Sé que usted cuando lo vea no va a dejar que me lo lleve si no lo ayuda ─ le dije acercándome al escritorio para quedar frente a ella y mirarla al rostro por unos minutos. Nos mirábamos esperando la reacción del otro.
Inés se levantó del asiento detrás del escritorio para acercarse a la ventana justamente a sus espaldas. Respiró hondo y corrió la oscura cortina que impedía que la luz saliera y entrara libremente, bañándole la luz el rostro blanco y puro. Volvió a respirar, esta vez observando atentamente todo el panorama que se asomaba a la ventana, un hermoso jardín totalmente verde y rodeado de flores, podía verlo desde mi lugar y su reflejo en el vidrio.
─ Daniel ─ dijo ella sin mirarme y colocando las manos en los bolsillos de su bata blanca de médico ─ si es verdad lo que dices, si de verdad está tan mal, tráelo.
─ No le miento doctora, solo le pido que lo ayude ─ sabía que la convencería así que sonreí triunfante, pero ella seguía de espaldas a mí.
─ Tráelo como puedas, buscaré un cuarto para él ─ dijo y estoy seguro que se le quebró la voz, aunque no volteo a verme.
─ Gracias ─ supe que debía irme de una vez para dejarla sola antes de que cambiara de opinión. Sabía que cuando le contara sobre su salud no se negaría a ayudarle.
Aunque esto me cueste que no me hable más y me prohíba verlo de nuevo, debo intentarlo. Tengo miedo que se le metan ideas locas y trate de suicidarse, eso sería terriblemente duro para mí. No quiero estar solo y sé que él sabe que necesita ayuda solo que no sabe cómo pedirla y si no estuviera tan borracho, la buscaría para que lo ayudase. Estoy seguro.
No sé qué fue lo que pasó con ellos, nunca habla de esas cosas sobre todo después que regresó conmigo al apartamento. Ella fue muy importante para él, lo sé y sé que es la única que puede sacarlo de ese abismo donde está.
En su cuaderno había dejado de hablar de ella, ya no la mencionaba, pero sé que aún la quiere. Solo hace referencia siempre a esa pregunta ‘¿Por qué lo haces?’.
No he visto a otra mujer en el apartamento, por lo menos el tiempo que viví con él y las veces que he llegado. No sé si las busca cuando sale y por eso no las trae a casa. Creo que no ha vuelto a estar con otra mujer como cuando vivía con ella, en esa casa de la playa, esa vez me pidió que le acompañara para entregarle sus cosas en el psiquiátrico mientras él recogía las suyas y las traíamos de nuevo al apartamento escondido en esta parte de la ciudad.