EL LEGADO DEL REANIMADOR
Los recuerdos y las posibilidades son siempre más terribles que la realidad.
El Reanimador
H.P. Lovecraft
¿Quién en mi situación no habría hecho lo mismo? Me encontraba con mi alma atormentada y con mi corazón lacerado por la insoportable pena de contemplar a mi amada prometida muerta una semana antes de nuestra boda. Eurídice era una hermosa mujer joven, de cabellos castaños rizados y unos ojos verdes encantadores. Su muerte había calado terriblemente en todos los que la amábamos y conocíamos como una especie de ángel terreno.
Es por esto que nadie puede culparme por haber hecho lo que hice. Algunos pensarán que cometí un crimen atroz, una blasfemia o una pecado capital contra el orden divino. Pero, después de todo, soy un hombre de ciencia ajeno a los criterios religiosos que imperan en la época.
Porque, diez años en el pasado, fui yo el asistente y único amigo del Dr. Herbert West, cuyas oscuras investigaciones sobre la naturaleza de la muerte, transcribí para el viejo profesor Lovecraft de Providence. Por eso, cuando la muerte de Eurídice aconteció y calló sobre mis hombros esa carga tremenda, tenía que hace algo. Y recordé los sórdidos e infernales experimentos que realizábamos West y yo, hurgando entre las tumbas y trabajando entre cadáveres, para resucitarlos. Y el éxito que tuvimos, bueno, si a eso se le puede llamar éxito, puesto que los cadáveres resucitados rara vez tenían la capacidad racional que poseyeron cuando estaban vivos, y se transformaban en homicidas espantosos. El único que conservó cierta inteligencia, lo cual lo hizo aún más horripilante, fue aquel militar decapitado que revivimos durante la Gran Guerra. ¡Que horroroso espectáculo era aquel! Y fue más horroroso cuando los diversos cadáveres reanimados liderados por el militar decapitado, perpetraron una temible venganza.
Sin embargo, mi amor por Eurídice supera por mucho mi temor a las abominaciones grotescas que presencié. Por eso, no temí en viajar a la casona abandonada donde West vivió y tuvo su laboratorio, la cual ahora, era temida y repudiada en el vecindario por su halo espantoso. Allí, bajé hasta el oscuro sótano en que se situaba el laboratorio donde otrora experimentábamos con los muertos, y conseguí el último suero. Un suero especial desarrollado por West para la resurrección de los cadáveres.
Traje el suero a mi casa donde se encontraba el cuerpo exhumado de la hermosa Eurídice, quien ahora era un cuerpo fúnebre que mostraba cierto grado de descomposición, aunque preservaba, al menos a mis ojos enamorados, parte de su belleza natural. Inyecté el químico en su brazo a la expectativa de que el tiempo no hubiese hecho que la sustancia perdiera efectividad, y esperé varias horas...
El resultado no me decepcionó. Hoy, Eurídice vive aún, resucitada por mí. Su mente ha quedado severamente afectada, y aunque me reconoce, no deja de ser una entidad absorta, brutal y enloquecida. No lastima a nadie, pero tampoco interactúa con nadie. La tengo guardada en secreto en una habitación de mi casa, porque si alguien la descubre sería un caos, un escándalo que removería el orden de la sociedad. ¡Pero la amo tanto! Tanto que no me arrepiento ni cuando escucho sus alaridos lastimeros a causa de alguna dolencia. West estaría fascinado; a pesar del daño cerebral irreparable, y las condiciones de descomposición que no se recobran tan rápidamente como una esperaría, el cuerpo resucitado comienza a recuperar parte de sus funciones naturales con el paso del tiempo. Incluso algo que pensé sería imposible; la recuperación del sistema reproductor, porque Eurídice, contra todo pronóstico, quedó embarazada.
Y ahora me pregunto; ¿qué naturaleza abyecta tendrá nuestro bebé? ¿Será un bebé que nace muerto y vivo desde el principio? ¿El único ser nacido de una madre reanimada en la historia? ¿El único bebé muerto en vida desde su origen?
No lo sé, sólo me resta esperar al alumbramiento para despejar mis dudas. Sin duda, West estaría fascinado.