EL CASO MOREAU

Francia, tiempo moderno.

Entre los grupos de científicos que realizaban un continuo lobby para la legalización de la investigación genética humana y la clonación, el más entusiasta siempre fue el Centro Moreau de Investigaciones Genéticas con sede en Francia. El centro fue fundado por el Dr. Alphonse Moreau a finales del siglo XIX con el nombre de Sociedad Moreau de Biología Experimental, aunque después la hija de Alphonse Moreau le cambiara el nombre. La hija y heredera de Moreau se llamaba Charlotte Moreau, y también era doctora en biología molecular, como su padre. Era una figura misteriosa, ya debía ser anciana, pero rara vez se le veía. Era una excéntrica multimillonaria misántropa que pasaba sus días recluidos en su laboratorio. Algunos aseguraban que sufría de una enfermedad deformante, de allí su obsesión por la investigación genética para encontrar una cura. La hija de Charlotte Moreau, Clarisse, quien contradictoriamente tenía fama de ser muy hermosa, administraba el Centro.

Por supuesto que la mayoría de las personas asociaba el nombre del Centro con la famosa novela de H.G. Wells. La postura oficial del Centro era que Wells, un convencido socialista y luchador por los derechos de los animales, había escogido el nombre del verdadero Dr. Moreau en aras de satanizar sus experimentos y desprestigiarlo a él y a su centro, por lo que el Centro Moreau siempre negó cualquier asociación con la obra de Wells declarando que ésta no era sino un simple libro de ficción y una descarada crítica.

Lo que llevó a Samael Valenzuela, a investigar el caso de los asesinatos cometidos en Francia, como agente especial de la Interpol experto en temas paranormales, fueron las oscuras circunstancias que rodeaban dichos crímenes.

La primer víctima fue un activista de los derechos de los animales llamado Jean Pier Melancourt, quien fue encontrado asesinado con horribles marcas de colmillos y zarpas sobre el cuerpo. La siguiente fue una joven periodista francesa llamada Marie Belmont, cuyo cuerpo descuartizado horrendamente fue descubierto flotando en el Sena. La tercera víctima fue un político del Partido Verde opositor férreo al Centro Moreau, quien antes de morir por las severas heridas de garras y colmillos, logró garabatear en un papel con su propia sangre el nombre “MOREAU”, por lo que el Centro se colocó en la mira de las autoridades policiacas francesas.

—Como podrá usted apreciar –le decía la Dra. Clarisse Moreau cuando lo recibió en su lujosa oficina en el último piso del enorme Centro, repleto de oficinas y laboratorios— nuestro centro tiene todos los documentos en orden, oficial Valenzuela. –Clarisse Moreau era una mujer atractiva de casi 40 años, con largo y lacio cabello negro y una mirada penetrante. Conservaba un físico escultural aún con su edad y vestía como una ejecutiva. llamaban la atención las uñas largas y teñidas de rojo que utilizaba. –Se que la policía sospecha debido a que los muertos eran opositores a nuestros experimentos...

—Sus experimentos son bastante polémicos, Dra. Moreau.

—Todos los experimentos científicos pioneros lo son. Los científicos siempre hemos tenido que afrontar la oposición de lo establecido, de las mentes retrógradas y reaccionarias que se han opuesto históricamente al avance de la ciencia. Que lo digan Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Darwin, etc. Cuando se descubrieron las vacunas las personas se oponían a ellas y aseguraban que la gente se transformaría en vaca por aplicarse una. Muchos se opusieron a los transplantes de órganos al principio. Aún hoy la Iglesia Católica se opone a los anticonceptivos. Y sin embargo, gracias a la ciencia hemos curado la viruela, el polio, el sarampión, la lepra, etc. y gracias a la investigación genética curaremos el Parkinson, el Alzheimer, el cáncer y el SIDA.

>>Piense en todos los descubrimientos científicos y su impacto en la Humanidad; Internet, celulares, computadoras...

—Bombas atómicas.

—La ciencia no es buena o mala, Detective, sólo lo son quienes la aplican. ¿Puedo ayudarle en algo más?

—No, gracias, debo irme ya. Hasta luego.

Biblioteca Nacional de Francia.

Realizando asiduas investigaciones en las bases de datos judiciales, Samael descubrió mucho sobre Charlotte Moreau.

Según la información que recaudó, Charlotte fue reconocida como hija del viejo Dr. Alphonse gracias a una carta manuscrita de éste que siempre sembró dudas en las autoridades por su extraña caligrafía. Se decía que era debido a que Moreau la escribió poco antes de su muerte en aquella isla tropical. Finalmente, un excelente abogado logró que declararan a Charlotte como la heredera de la acaudalada fortuna Moreau, con lo cual, ésta se pagó estudios en genética y biología en las más prestigiosas universidades francesas. Cabe destacar que la madre de Charlotte Moreau es desconocida y que se ignora incluso su verdadero nombre.

—Usted está investigando a los Moreau, ¿verdad? –le interpeló en la Biblioteca una extraña figura. Se trataba de un hombre de cabello corto y relamido, anteojos oscuros, bigote y que vestía una gabardina negra.

—Así es, ¿quién es usted?

—Un amigo –dijo desabotonándose la gabardina y mostrando así un cuello sacerdotal. —Supongamos por algunos momentos que la historia de Wells fuera cierta, y que Alphonse Moreau era un científico loco que realizaba hibridación, injertos y transplantes de órganos entre humanos y animales para “humanizar” a bestias salvajes. Según el libro de Wells, Moreau y su asistente murieron devorados por los monstruos que crearon probablemente a mediados del siglo XIX y, aunque Moreau era evidentemente un genio, murió mucho antes de que se realizaran los mayores descubrimientos genéticos. Tiemblo al pensar lo que Moreau hubiera sido capaz de hacer con los conocimientos actuales, especialmente con el Genoma Humano a punto de ser descifrado.

—¿Y que hay de la hija de Moreau?

—Es parte del problema. Moreau nunca se casó ni tuvo una pareja conocida. Tengo la impresión de que la hija de Moreau no es su hija en el sentido tradicional de la palabra. Supongamos por un momento que ella en realidad es una de las criaturas creadas por Moreau...

—Eso explicaría algunas de las extrañas características que se le achacan a la mujer. Pero entonces, ¿la nieta?

—No lo sé... pero debemos ser muy cuidadosos.

Salieron de la Biblioteca cuando la noche había ya comenzado y una torrencial lluvia azotaba las calles parisinas.

Estaban a punto de llegar al vehículo en el parqueo, cuando Samael percibio una extraña presencia sombría merodeando cerca.

—¿Algo malo? –preguntó el sacerdote.

—Tal vez... –dijo alarmado y extrayendo su pistola conforme el repicar de pasos anormales retumbaba alrededor. Súbitamente, un pesado cuerpo saltó por los aires sobre él. Éste disparó de inmediato ultimando al infortunado cuerpo que cayó sobre el suelo. Aterrado contempló el rostro deforme y anormal similar al de un gorila, un cuerpo peludo y mojado cubierto por ropa vieja y corroída.

Justo en ese momento, tres sombras igual de grotescas se abalanzaron contra Samael y lo golpearon haciéndole perder la consciencia.

Cuando recobró la consciencia, se encontraba sobre una camilla de hospital, fuertemente atado y desarmado.

—Bienvenido, detective Valenzuela –dijo la voz de Clarisse Moreau llegando al lugar rodeada, como Samael lo supuso, de espantosas criaturas deformes. Había todo tipo de animales antropomórficos; un jabalí, un león, un tigre, un cocodrilo, un búfalo, una cabra, un babuino, un lobo e incluso, una espantosa criatura con cabeza de mosca que medía un poco más de un metro. Todos eran seres espantosos porque tenían dorsos humanos y caminaban en dos patas. Además de su pestilente aroma, se movían de manera encorvada y tambaleándose, dándoles un aspecto más bestial. Seres tan horripilantes como esos sólo podía haberlos imaginado en sus peores pesadillas.

El sacerdote yacía sobre el piso, con una espantosa herida de zarpas en el estómago.

—Así que usted siguió los pasos de su abuelo –dijo Samael a Clarisse.

—Por supuesto que sí. Mi abuelo fue como un dios para las criaturas en su isla, y ahora yo soy como una diosa para éstas creaciones.

—¿Y que pretende?

—Piense en el potencial de éstos seres como soldados, como obreros, como sirvientes. Conforme tenga más y más de ellos mi poderío será imparable.

—Ellos cometieron esos asesinatos, por órdenes suyas, ¿verdad?

—Por supuesto que sí. Ellos son simples animales sin sentimientos reales de ética o moral más allá de mi guía. Es la ley de la selva, detective. No existen los animales éticos, son bestias brutales que se asesinan mutuamente y que sacian todas sus necesidades de forma inmediata y frenética. Son simples...

—Clarisse... –llamó desde lo alto, en una sala de laboratorio aledaña, una voz rasposa y chillona muy extraña.

—¡Ya voy, mamá! –dijo Clarisse evidentemente molesta. –Mátenlo –dijo a sus esclavos horrendos— pero intenten conservar algunos de sus órganos para futuras experimentaciones.

Clarisse se dirigió a la sala donde aparentemente se encontraba su madre, y lo dejó solo con los espantajos deformes que se aproximaban hacia él con miradas hambrientas. La mosca derramó una baba ácida de su boca que corroyó el piso, mientras que el resto de seres se relamía con avidez.

—Ella los está manipulando –dijo intentando razonar con ellos. –Ella no es una diosa... los quiere como esclavos, solamente.

—Cállate –dijo el hombre búfalo— no hables mal de la Señora...

—Para ella ustedes son simples monstruos, simples bestias para el trabajo. Los ha transformado en asesinos...

—Silencio –dijo el hombre tigre ya encima suyo y clavándole sus filosas garras, mientras el hombre cocodrilo abría su bocaza de reptil con evidente hambre.

Un disparo resonó fuertemente en el laboratorio, y al suelo cayó el tigre, asesinado con una bala en la cabeza. El remanente de monstruos giró hacia el origen del disparo, y encontraron al sacerdote con el arma de Samael humeante en las manos, débil y tembloroso por el estrés y la pérdida de sangre. Los monstruos se lanzaron contra él quien disparó lo mejor que pudo, pero siendo inexperto, fue sólo capaz de matar al hombre cabra.

Samael pudo escuchar como los espantajos bestiales asesinaban horripilantemente al sacerdote. El sonido grotesco de sus alaridos mezclados con los cortes en su cuerpo, rasgando su piel y mordisqueando sus huesos.

Como pudo, logró liberarse de sus trabas gracias a su entrenamiento policial, y aprovechó que se encontraban distraídos para correr hacia la sala donde Clarisse atendió el llamado de su madre. Era un laboratorio similar a los demás, con una puerta de vidrio que impedía que el sonido se filtrara adentro o afuera. Abrió la puerta y penetró en el lugar.

Dentro de la sala, encontró a Clarisse consumiendo a alguna infortunada mujer secuestrada por las calles galas como si de un festín se tratara. Clarisse consumía ávidamente su sangre del cuello sobre una mesa de experimentación. En cuanto Samael entró, alzó la mirada de pupilas dilatadas que hacían sus ojos totalmente negruzcos, su boca manchada de sangre mostraba horripilantes colmillos, y sus largas y afiladas uñas se clavaban en la carne humana como las de una fiera.

—Así que después de todo –dijo Samael dejando la puerta a prueba de sonidos abierta— la creadora es también una creación.

—¿Cómo escapaste?

—Tenía un arma escondida que no encontraron –mintió. –Todos tus seres han muerto ya. ¿Nunca les dijiste que eras igual que ellos?

—¿Por qué habría de hacerlo? Son simples experimentos estúpidos. No importa si los mató a todos, puedo crear más.

—¿Usted fue otro experimento? ¿Hecho por Charlotte Moreau de forma similar a como Charlotte Moreau fue creada por el Doctor.

—Originalmente fui un murciélago, ¿lo ve? –dijo descubriéndose levemente la espalda donde aún conservaba dos pequeñas alas de murciélago repulsivas. –Pero soy una mutación mucho más avanzada y desarrollada que esas repugnantes criaturas de abajo...

La conversación –como era la intención de Samael— fue escuchada por las criaturas, quienes defraudadas y furiosas subieron las escaleras lenta, pero inexorablemente.

Con conocimiento sobre la dantesca escena que seguramente seguiría, Samael escapó por una puerta lateral del salón justo cuando los monstruos entraron al lugar y confrontaron a Clarisse.

Cerró la puerta tras de si mientras escuchaba los alaridos desaforados de Clarisse siendo devorada por los monstruosos seres, así que no notó la lúgubre oscuridad del cuarto donde estaba, ni su pestilente olor, ni la repugnante presencia en su interior.

—¿Quién eres...? –dijo la misma voz rasposa— ¿quién eres...? ¿Dónde está Clarisse...?

—Usted debe ser Charlotte Moreau –dijo dudoso de querer acercarme a la extraña criatura que se sentaba en una silla de ruedas, totalmente cubierta por una sábana blanca. Eventualmente le ganó la curiosidad, así que se acercó más y más, hasta que el hedor era insoportable, y sobre la silla de ruedas pudo contemplar una de las imágenes más horrorosas de su vida. Un ser tan horrendo y contrahecho, una abominación tan terrible, un aborto de la ciencia horroroso, un engendro, una parodia grotesca de ser humano. Así que partió inmediatamente del lugar, escapando por una ventila de aire acondicionado.

Lleguó hasta un extenso pasillo donde una serie de fetos y de cuerpos humanos deformes yacían sobre horrendos tubos repletos de agua verdosa. Los cuerpos eran mutantes mezclados igual de repulsivos, cuya gestación había fracasado y fueron colocados como una especie de museo de horrores. Ya que los laboratorios del Centro eran gigantescos, supuso que muchas personas trabajaban allí, sin embargo, parecía encontrarse vacío de momento, como era lógico considerando la necesidad de secretismo que obligaban los experimentos, era de suponer que no hubieran cámaras ni personal de seguridad.

Caminó hasta una vieja y abandonada bodega donde se resguardaban diversos artículos de construcción, y encontró justo lo que necesitaba para poner fin a tan horrenda pesadilla; dos tarros de gasolina con los cuales subió de nuevo a la sala de donde había escapado poco antes, y donde los monstruosos seres aún se sumían en un bacanal de sangre y muerte con el cadáver descuartizado de la Dra. Moreau. Derramó el líquido inflamable en las inmediaciones y luego lo encendió con un fósforo, en espera de que el fuego consumiera a todas las horribles criaturas, incluyendo la horrorosa madre cuyo aspecto aún le llena de escalofríos en cuanto recuerda a esa criatura que alguna vez debió tener un aspecto más humano, que se fue degenerando con el paso del tiempo hasta reducirse al horripilante guiñapo que era en ese momento.

El incendio destruyó la mayor parte de las instalaciones del Centro Moreau de Investigaciones Genéticas, y esperemos que con ello, se pudo haber puesto fin a la pesadilla.

Aquí termina el reporte sobre el Caso Moreau, recomiendo que se prosiga la investigación en general con toda la Corporación ya que, como ustedes saben, el Centro Moreau de Investigaciones Genéticas es una empresa subsidiaria del Instituto Frankenstein.

Director

Sección Especial de Investigación Paranormal

Policía Internacional