Y EL POLICÍA DEL PENSAMIENTO LLORÓ

Bernard se desempeñaba como un miembro del Partido Interior, la élite dentro del Sistema del Gran Hermano que regía el superestado conocido como Oceanía y que abarcaba todo el continente del mismo nombre más América y las Islas Británicas, aunque sus reclamos territoriales eran más extensos.

Bernard vivía en la Zona Aérea Cuatro que en tiempos prerrevolucionarios correspondería con alguna región de Latinoamérica y trabajaba para el Ministerio del Amor.

—Y en otros asuntos —dijo el secretario de un comité al que pertenecía Bernard y que estaba encargado del manejo de los datos históricos que eran declarados oficiales por el gobierno— tenemos el problema del Archivo. Está consumiendo mucho espacio en los subsótanos y tenemos necesidad de moverlo de sitio. Mi criterio es que su contenido debería ser destruido. No necesitamos saber que pasó en tiempos previos de la Revolución pues sabemos que, lo que sucedió, fue lo que el Partido diga que sucedió.

—Con todo respeto, Sr. Secretario, yo difiero —dijo Bernard— si bien todos coincidimos en que lo que diga el Partido es la innegable verdad, haciendo uso del doblepensar puedo argumentar que nunca sabremos si la información contenida en dichos archivos resultara necesaria para el Partido en el futuro. Aunque sea para citar la falsa propaganda capitalista que imperaba en aquella época.

—Me parece muy sospechoso, camarada Bernard, que usted proponga preservar los registros históricos, libros, archivos y textos mentirosos de nuestros enemigos. ¿Qué podemos extraer positivamente de la Biblia o El Quijote?

Bernard flaqueó. No iba a promover más la idea pues, aun los miembros del Partido Interior pueden ser vaporizados.

—Lo que el camarada Bernard está sugiriendo es perfectamente razonable —adujo el camarada capitán Sarmiento, jefe local de la Policía del Pensamiento, lo que le provocó un gran alivio. —No solo es deseable preservar esta documentación por fines de mera curiosidad científica, sino además para su estudio y porque no podemos saber cual de esa información será necesaria a futuro. Sin embargo, todos coincidiremos en que nadie, absolutamente nadie, que no sea un miembro del Partido Interior que tenga autorizaciones de seguridad muy rigurosas, debería tener acceso al Archivo.

En eso todos coincidieron, o así lo manifestaron.

La labor de Raquel era considerablemente menos interesante que la de Bernard, pero Raquel era, al fin y al cabo, miembro del Partido Exterior y por ende le correspondían las labores burocráticas más pesadas y tediosas. Su trabajo consistía en observar todo el día las imágenes que transmitían las telepantallas donde se vigilaba cada acción de todos los ciudadanos todos los días a toda hora.

Su función primordial radicaba en detectar hasta el menor desliz de disidencia política incluso en el pensamiento inconsciente (como cuando algún ciudadano hablara dormido y dijese cosas contra el Estado) y reportarlo a la Policía del Pensamiento para su debido proceso.

Pero aquella labor, además de ser bastante aburrida, la llenaba de remordimiento. Había delatado a cientos, quizás miles de personas de todas las edades, por cosas tan simples como colocar por error la bebida sobre una imagen del Gran Hermano. Sin embargo, no podía hacer nada para evitarlo si no quería ser ella misma remitida a las terribles prisiones y centros de tortura en el Ministerio del Amor.

Raquel estaba sentada siempre sobre una silla cómoda viendo diez monitores, cada uno transmitía imágenes de una telepantalla diferente ubicada en un hogar u oficina distintos. En caso de que lo requiriera podía acercar o alejar la imagen para tener vistas más detalladas o panorámicas según fuera necesario.

Tras tres largos años de sangrientos enfrentamientos, el llamado Frente Oriental, fue finalmente tomado por Oceanía y vencieron a las hordas de invasores de Eurasia liberando el territorio antiguamente conocido como Indonesia.

Los soldados de Oceanía celebraron disparando al aire y con expresiones de júbilo. Los años que pasaron en esa intensa lucha habían sido largos, duros y amargos. El Partido con frecuencia había sido negligente y no les suministraba suficientes recursos para librar la batalla, sin embargo, cualquier error de parte de ellos era pagado duramente. Una brigada que fallara en una misión era ejecutada por su fracaso e incluso por el fracaso de uno de sus integrantes y eso obligaba a sacrificios sobrehumanos. Eso sí, una vez obtenida la victoria, el crédito era de los miembros del Partido Interior y del Gran Hermano quien siempre, indiferentemente de donde o cuando, había sido el valiente comandante y brillante estratega que capitaneó a las tropas encabezando él mismo los ataques… aún cuando en la realidad ningún soldado nunca lo había visto.

Los soldados derrotados de Eurasia en general preferían suicidarse que ser tomados vivos. Sabían que de ser prisioneros les esperaban torturas, humillaciones y ejecuciones públicas por el ejército enemigo y, de ser regresados a su país, probablemente serían vaporizados por la derrota. Nadie los culpaba. Recientemente los soldados de Oceanía perdieron cien metros de terreno en el área disputada de África del Norte con los mismos resultados pero los tres superestados en general perdían y ganaban terreno de forma aleatoria y los pocos metros de frontera que ganaba en un lugar generalmente los perdía a los pocos días en otro.

¡Por ahora a celebrar! Los soldados conocían la rutina pues era casi obligatoria cuando se tomaba control sobre un nuevo territorio. Violar a todas las mujeres y niñas posibles, realizar extensas masacres, y poner en práctica campañas de infanticidio en donde se pasaba a cuchillo a la mayor cantidad de niños y lactantes del Enemigo.

Los pueblos esclavos que trabajaban durante jornadas agotadoras en insalubres condiciones y que carecían de cualquier derecho iban a ser liberados. En una de las fábricas maquiladoras donde laboraban por 17 horas diarias los indonesios de piel morena desde que eran niños y hasta que morían ancianos llegaron los soldados encabezados por su comandante Rodolfo quien les dijo usando un megáfono:

—Hemos venido a liberarlos de la opresión euroasiática, camaradas. A partir de este momento los abusos y maltratos que sufrieron a manos de esos cerdos enemigos de la Humanidad cesarán para siempre.

Y dicho esto cambió la bandera de Euroasia y la pisoteó y puso en su lugar la bandera de Oceanía. Los trabajadores indonesios lo observaron. Estaban flacos, desnutridos, harapientos, sucios y enfermos y miraron a sus nuevos amos. Fuera del cambio de banderas nada más cambiaría. Una vez hecho el anuncio el comandante Rodolfo y sus hombres partieron y dejaron la fábrica en manos de capataces del Partido Interior que inmediatamente pusieron a los esclavos a trabajar otra vez. Ellos lo sabían, antes de Oceanía habían sido “liberados” por Eurasia, antes de Eurasia por Estasia, antes de Estasia por Oceanía, y así ad infinitum.

Esa noche se terminó con el usual marasmo horripilante de sangre, dolor y muerte. Montañas de cadáveres amontonados en los rincones, mujeres vejadas hasta morir cuyos cuerpos profanados estorbaban en el suelo, incendios que destruían viviendas en barriadas humildes y que consumían a sus mismos moradores, etc., hasta limpiar el territorio de cualquier euroasiático. Si hubieran sido ellos los que tomaban territorio de Oceanía o Estasia habrían hecho lo mismo. Las víctimas siempre eran proles o miembros del Partido Exterior, nunca… y hay que enfatizarlo… nunca del Partido Interior. Atacar a un miembro del Partido Interior (o mejor dicho su equivalente en el otro superestado) estaba expresamente prohibido. En eso se cuidaban mutuamente y habían llegado a un tácito acuerdo entre los tres gobiernos.

Rodolfo sentía algo extraño en medio de tanta matanza aunque no sabía realmente que. Era un sentimiento inusual… imposible de dilucidar para él. ¿Sentimiento? ¿Era esa la palabra correcta? Rodolfo había sido seleccionado desde niño para ser soldado. Se le había entrenado observando videos de asesinatos, torturas y crueldad animal para desensibilizarlo desde que era muy pequeño y luego, siendo algo mayor, se le entrenaba observando las atrocidades en persona y luego ejerciéndolas él mismo. Se le instruyó en las formas más apropiadas de infringir dolor y sufrimiento siempre enseñándole que esto era para el bien, para la supervivencia de la patria, la defensa de la Revolución frente a sus enemigos. ¿Estaba dudando de aquel dogma sagrado? ¿El proceso de deshumanización que lo había convertido en un monstruo estaba flaqueando? No… lo que sentía era… ira…

Bernard era el supervisor oficial de Raquel. A él le reportaba cualquier irregularidad en comportamiento o pensamiento que ella viera en las telepantallas. El propio Bernard comenzó a notar que Raquel estaba siendo más indulgente de lo normal. Otrora denunciaba prácticamente cualquier cosa que siquiera asemejara un acto de deslealtad y ahora, en cambio, se hacía de la vista gorda a menudo.

Bernard, como la mayoría de Policías del Pensamiento, era razonable a la hora de ejercer justicia. No era casual que los miembros del Partido Interior fueran escogidos entre la población más inteligente a través de una serie de exámenes psicológicos y mediciones de inteligencia en la niñez. El Sistema necesitaba que los que ejercieran el poder fueran astutos y aplicaran un criterio racional a la hora de actuar, muy diferente de los soldados y guardias ministeriales que sólo debían seguir órdenes sin cuestionar, o los miembros del Partido Exterior que debían obedecer y ser sumisos.

Por ejemplo, él no siempre aplicaba los castigos de arresto, tortura o vaporización sólo por pequeñeces e incluso podía de vez en cuando ser indulgente si era la primera ofensa de la persona. En muchos casos era preferible mantener al ciudadano asustado y temeroso de que la próxima falta será la última antes que ejecutarlo a la primera. Si se fuera excesivamente riguroso y estricto, no quedaría nadie. Incluso las oficinas de Recursos Humanos manifestaban disconformidad por la pérdida masiva de personal a veces imposible de recuperar (si la población diezmaba demasiado) tras una serie de Grandes Purgas cuando las comandaba el Gran Hermano. Así que Bernard era mesurado, y probablemente la mayoría de Policías del Pensamiento también. ¿Por qué estaba Raquel tan afectada últimamente como para encubrir a los transgresores del Sistema? ¿Se estaba empezando a sentir culpable? ¿Se estaba encariñando con esas personas que veía día con día… y que dejaba de ver cuando eran vaporizadas? Peligroso, muy peligroso.

Tres semanas después del triunfo al recuperar Indonesia se declaró la paz entre Oceanía y Eurasia y juntos se hicieron enemigos de Estasia que, hasta entonces, era aliada de Eurasia y enemiga de Oceanía. La violencia y las atrocidades quedaban olvidadas porque Oceanía siempre había sido aliada de Eurasia. De pronto habían sido Estasia la que había cometido las atrocidades en Indonesia, no Oceanía. Igualmente había sido Estasia la que había cometido las atrocidades contra los ciudadanos de Oceanía al tomar Marruecos… no Eurasia.

La excelente labor de Rodolfo le valió un ascenso. La guerra se movería a las fronteras más orientales pero el Partido decidió que era necesario desmovilizar a los soldados veteranos de la Guerra de Indonesia. Rodolfo fue reasignado como guardia ministerial y enviado a la Zona Cuatro a trabajar en el Ministerio del Amor. Sus nuevas responsabilidades ahora consistirían en mantener el orden entre los prisioneros del Ministerio, aplicarles las torturas y palizas de rigor y llevarlos a las cámaras de ejecución. Era un trabajo mucho más sencillo y seguro para él que ser soldado.

Cuando Rodolfo llegó al Ministerio del Amor de la Zona Cuatro fue recibido por el Policía del Pensamiento Bernard quien sería su jefe directo. Este lo recibió bien y lo felicitó por su excelente labor en la guerra contra el eterno enemigo, Estasia.

—Fue mi deber, señor —le dijo.

Bernard le encomendó la tarea de interrogar junto a otros cuatro guardias a un anciano que había sido recientemente identificado por Raquel por tener pensamientos sexuales impropios y pornográficos como se demostraba por el hecho de que había hecho dibujos obscenos. Él aseguraba que era arte y que en el pasado se acostumbraban los desnudos en las expresiones artísticas, pero para efectos del Sistema era un criminal sexual. Rodolfo y sus compañeros debían golpearlo y torturarlo hasta que confesara sus crímenes.

Rodolfo rió. El anciano era débil y flaqueó rápidamente. Después de torturar aguerridos soldados de Eu… de Estasia, como él, un anciano pusilánime como ese era pan comido. El hombre finalmente confesó haber abusado de muchas mujeres y niñas y fue ejecutado.

Y Bernard se encontró con Raquel llorando en su puesto de trabajo. No supo que hacer… no podía tocarla o ir a consolarla. Raquel había visto por años a aquel inofensivo anciano que, a pesar del cruel mundo en que vivía, era amable y sonriente. Le hacía dibujos a los niños y le regalaba retratos a las vecinas. Raquel no soportaba más la culpa y estalló en llanto.

—Ejem… —se aclaró la garganta su superior el camarada capitán Sarmiento y Bernard se le aproximó.

—¿Sí, señor?

—La camarada Raquel del Partido Exterior está bajo su autoridad, ¿no es así, camarada Bernard?

—Así es, camarada capitán.

—¿Puedo saber por qué llora?

A Bernard se le congeló el corazón. Pensó en mentir pero era demasiado peligroso.

—Se siente mal por haber delatado a alguien.

—Pero esa es su labor.

—Lo sé, camarada capitán.

—Creo que es notorio que la camarada Raquel simpatiza con el enemigo. Quizás es incluso una agente infiltrada de la Hermandad. ¿No está de acuerdo?

No había forma de estar en desacuerdo, y asintió.

—Sí, camarada capitán.

—Aplique el procedimiento estándar para miembros del Partido Exterior a menos que desee ser usted el que sea vaporizado… camarada.

—Comprendo perfectamente, camarada capitán.

En general a los miembros del Partido Interior no se les torturaba salvo que hubieran hecho algo demasiado malo. En caso de ser encontrados culpables de alguna falta se les vaporizaba indoloramente. Pero aún eso no era muy frecuente. Además habían pasado décadas desde que un Policía del Pensamiento había sido vaporizado. Pero Bernard sabía que nadie, absolutamente nadie, tenía asegurada la vida en Oceanía.

¿Por qué se estaba planteando siquiera la posibilidad de desobedecer? ¿Qué tenía Raquel que le movía a pensar en arriesgar su propia vida de esa manera?

Bernard cumplió sus órdenes y también lo hizo Rodolfo. Raquel sabía lo que le esperaba. Ella misma lo había visto muchas veces. Cuando los guardias la arrestaron en su asiento desde donde monitoreaba la vida de sus compatriotas no se resistió. Tenía miedo al dolor físico pero actuó con resignación. Incluso pensó que aquello había sido justicia poética, el merecido castigo tras años de delatar personas y llevarlas a su perdición. Al levantarse su reemplazo estaba esperando. Se trataba de un chino de contextura delgada que se sentó de inmediato en su silla, señal inequívoca de que ella nunca más regresaría.

Y Bernard la observó. Era su deber interrogarla y aplicarle las torturas del caso. Una parte de él deseaba suministrarle una muerte rápida, para que no sufriera. Pensó en esa sensible jovencita que sentía culpa por cada persona que delataba… en esa sensibilidad pueril que le tocaba el alma e intentó disipar esos pensamientos.

Los días pasaron. Bernard interrogaba decenas de personas cada día en la Cámara de Torturas o en la Habitación 101 donde manifestaban sus peores terrores. Trataba de distraerse del caso de Raquel y se ensañaba con otros desgraciados como si intentara desquitarse.

Pero tarde o temprano tuvo que enfrentar el interrogatorio de Raquel.

Allí estaba ella, atada a la cámara de torturas. Había pasado por Rodolfo quien le había infringido todas las vejaciones a las que estaba entrenado junto a sus colegas guardias. Por primera vez Bernard se sintió mal de ver a una persona en esa situación.

Raquel estaba severamente golpeada. Mostraba en su cuerpo y, especialmente, en su rostro, las marcas de palizas, abusos y vejámenes. Pero lo que más atormentó a Bernard era esa extraña quietud resignada. Esa aceptación de que aquello que le pasaba era natural… consecuencia lógica… destino.

¿Habían llegado a ese nivel? ¿A estar acostumbrados a la idea de que ese sería el final de todos?

—Camarada Raquel… —trató de recomponerse y hablar con fuerza— …tiene usted claro que… tiene usted…

Pero no pudo terminar la frase. Le ordenó a Rodolfo que le disparara a la cabeza. Rodolfo (que no estaba entrenado para pensar o cuestionar órdenes) obedeció de inmediato y los sesos de Raquel se dispersaron por la celda. Su cuerpo sin vida quedó inerte sobre la silla.

Al lugar entró Sarmiento. ¿Estaba supervisando todo?

—Estaba enamorado de ella ¿verdad? —le preguntó.

—Sí —respondió Bernard. No había nada que ocultar.

—Es notable. Hizo lo correcto en matarla. Un amor entre miembros del Partido Interior y Exterior es imposible e hizo bien en ahorrarle dolor. Debió ser más honesto en principio, tenemos potestad de darle una muerte rápida a la gente, si queremos.

—Es que no quería matarla.

—Pero no había otra alternativa. Raquel no fue vaporizada por haber llorado en su silla, eso es normal y aceptable, hasta cierto punto, que le suceda a los monitores. Lo tenemos contemplado. Raquel debía desaparecer porque era obvio para todos que usted sentía algo por ella. Lamento decirle que usted la condenó.

Y entonces fue Bernard el que lloró.