LA TRANSICIÓN DE ROBERT LAMARCH (I parte)
Múltiples y sutiles son las redes del demonio que sigue a sus elegidos desde el nacimiento hasta la muerte y desde la muerte hasta el nacimiento, a través de muchas vidas.
Clark Ashton Smith
Escuché al bebé lloriquear lo que me hizo despertar. Al lado de mi cama y sobre unos colchones dormía profundamente mi mejor amiga Patty quien parecía no haberse percatado del ruido que hacía el infante. Me levanté de inmediato y me dirigí a verlo. Reposaba en su cuna cerca de mi dormitorio y en cuanto me vio sonrió alegremente pero yo sólo podía contemplarlo sin atreverme a tocarle. Entonces lloró más fuerte y mi prima se levantó.
—Diablos, Alicia —me dijo— es sólo un bebé —y lo alzó en brazos. El niño dejó de llorar ante el contacto de su madrina y emitió unas risas. Patty me observó como interrogándome con la mirada. —Le tienes miedo ¿verdad?
Dudé un poco en responder.
—Claro que no, es mi hijo. Te agradezco mucho que me ayudes a cuidarlo Patty —le aclaré. Ella estaba hospedándose en mi casa para asistirme en el cuido del pequeño, extendí mis brazos y ella me lo entregó, el bebé reaccionó igual de feliz al entrar en contacto conmigo. —Las tres de la madrugada —dije mirando el reloj de la pared mientras cargaba a mi hijo, y en son de broma añadí— este bebé me va a dejar sin vida social.
—¿Cuál vida social?
Algunos me juzgarán duramente por mis aparentemente irracionales temores hacia mi propio hijo, y admito que nunca he sido muy estable mentalmente, pero hay de trasfondo una terrible realidad… un secreto escabroso que me atormenta aún hoy y lo hará por el resto de mi vida.
El bebé tenía ya tres meses de edad y yo estaba por cumplir los 36 años. Un año antes había iniciado la extraña pesadilla que culminó con un niño en mis brazos.
En aquella época me desempeñaba como profesora de antropología en la Universidad de Oxford. Una tarde recibí a una joven un poco menor que yo que destacaba por su grácil belleza, su cabello rojo y sus penetrantes ojos azules. Llegó a donar la biblioteca de su recién fallecido padre a la universidad y pidió específicamente hablar conmigo.
—Mi padre era algo excéntrico, Dra. Crowley —explicó—; perteneció a diversas logias herméticas y teosóficas y fue miembro de una hermandad rosacruciana. Así que su biblioteca está especializada en libros ocultistas.
—Interesante. ¿Está segura que desea deshacerse de ellos?
—No es un tema de mi interés y me parece que será más valioso para el estudio académico. Especialmente con libros como este —dijo mostrándome un viejo y apergaminado volumen de cubierta negra que tenía un extraño sigilo rojo en la portada— le llaman el Libro de Aión. Apuesto a que lo encontrará fascinante.
Abrí el texto y parecía estar escrito a mano, contenía dibujos bastante extraños similares a las ilustraciones alquímicas de antaño, símbolos misteriosos y una serie de rituales con invocaciones escritas en un alfabeto que no reconocí.
—Cuenta le historia de una antigua secta herética —me dijo— surgida en la Edad Media. Casi todos sus miembros perecieron en las hogueras de la Inquisición. Fueron ferozmente perseguidos por sus blasfemas declaraciones como que el dios creador del universo era un ser malévolo, que la humanidad había sido creada por Lucifer y que era posible romper las barreras materiales impuestas por Dios como una prisión para contener a los humanos y mantenerlos como esclavos. La secta planteaba que por medio de este ritual y de lo que la Iglesia llamó un pacto con Lucifer un hombre podía convertirse en un dios.
Aquella joven tenía razón. El contenido de ese libro me fascinó de inmediato. Esa misma noche y durante toda la semana me aboqué a estudiarlo a fondo, leyéndolo y releyéndolo. La historia de la secta parecía plantear en efecto la presencia de una hermandad secreta existente en la Edad Media y perseguida hasta casi el exterminio por la Iglesia, pero que algunos elementos habían sobrevivido a la persecución escondiéndose en órdenes esotéricas y logias muy cerradas hasta, supuestamente, tiempos modernos. Contenía también rituales escritos en un idioma misterioso. Aquel lenguaje extraño, escrito en un alfabeto ininteligible para mí, parecía ser nórdico, pero por más que investigué y consulté innumerables fuentes no lo pude traducir. Entonces recordé a un viejo amigo experto en lenguas antiguas y erudito en sociedades secretas; el profesor William Fochalt, de Oxford.
Lo llamé de inmediato contándole sobre el libro y estaba fascinado. Le envíe una copia fotografiada del libro e hice preparativos para viajar a Inglaterra lo antes posible. Una semana después me reencontré con Fochalt.
—¡Que gusto verte de nuevo, Alicia Crowley! ¡No has cambiado nada! —me dijo al recibirme en la entrada de la universidad. Habíamos sido buenos amigos cuando estudiábamos juntos aprovechando mi doble nacionalidad francesa por parte de madre y británica por parte de padre, y mis excelentes calificaciones, que me permitieron recibir la beca en Oxford. En aquél entonces él era un muchacho tímido e introvertido más interesado en libros polvorientos que en mujeres, en cambio yo tenía ya algo de mundo recorrido. ¡Parecía irónico! En todo caso fue mi mejor amigo por mucho tiempo.
Fochalt me llevó a su despacho. El lugar estaba bastante desordenado y repleto de carpetas, revistas y libros dispersos por doquier. Él realizó algunos improvisados acomodos y nos sentamos a hablar.
—He estudiado a fondo el libro que me enviaste —anunció—; nunca pensé volver a ver a la vieja Hermandad de Armin.
—¿La qué?
—Fue un grupo pagano medieval que buscaba mantener vivo el culto a los antiguos dioses y que se ligó a la Iglesia del Ángel Negro, que era el nombre formal de la secta herética de la que trata el libro. Algunos dicen que existió hasta el siglo XX y que incluso a la misma perteneció Hitler, quien estuvo influenciado fuertemente por su doctrina. Lo que explicaría la fascinación del nazismo por el supuesto ideal del Superhombre.
—Sí, he escuchado que el nazismo tuvo un fuerte componente ocultista. Pero mi mejor amiga es wiccana y no veo que su religión neopagana tenga ninguna relación con el nazismo.
—Y normalmente no es así por parte de la mayoría de movimientos neopaganos, la Hermandad de Armin era un grupo marginal y radical que existió en Alemania y Bretaña. Ellos pensaban que no era coincidencia el que existiera un mismo mito que se repetía entre las principales culturas indoeuropeas; el de los gigantes derrotados.
—Explícate mejor, por favor.
—La mitología nórdica habla de la existencia de los Jotun o Gigantes de Hielo que fueron derrotados por Thor, el dios del trueno, y exiliados a un reino de tinieblas de donde no pueden salir porque Thor lo impide ¿cierto? —asentí— la mitología griega tiene un mito semejante; nos habla de los Titanes que fueron derrotados por Zeus, también dios del trueno, y exiliados al Tártaro. En la mitología hindú a estos demonios se les conoce como Asuras y fueron derrotados por los Devas, los dioses principales del panteón hinduista. Incluso la Biblia menciona a los Grimori o hijos de los ángeles caídos al servicio de Lucifer que fueron desterrados al abismo, como relata el apócrifo Libro de Henoc y que al mezclarse con mujeres humanas dieron a luz a los Gigantes o Nephilim. Los Jotun, los Titantes, los Asuras, los Grimori o incluso lo Grandes Antiguos mencionados en el blasfemo Necronomicón eran, para la Hermandad, distintos nombres en referencia a los mismos seres. Diferentes culturas separadas por miles de kilómetros y cientos de años relatando el mismo mito; la existencia de unos seres malignos y colosales que fueron exiliados al infierno por los dioses benévolos que crearon a la humanidad.
—Es verdad. El infame Necronomicón menciona también a esas deidades superpoderosas que fueron aprisionadas en distintos lugares por los Dioses Arquetípicos. Algunos ocultistas consideran que los Grandes Antiguos podrían ser simplemente formas de vida de otras dimensiones y planos…
—Pues según la Hermandad existía un ritual que podía ser realizado para atraer a uno de estos Titanes a este plano.
—¿Quién querría hacer eso? ¡Destruiría el mundo!
—Estamos hablando de individuos perturbados. En todo caso, es sólo superstición por supuesto. Investigaré más sobre el tema y te brindaré un informe en unos tres días.
Tras conversar un poco más y recordar viejos tiempos, Fochalt y yo nos separamos.
Pero no pude dormir durante los días que tardó en recontactarme. Mi mente se vio asolada por sueños extraños e imágenes monstruosas. Las tinieblas de mi habitación de hotel se tornaban de pronto en abismales prisiones angulosas en donde se formaban túneles hacia planos infernales y por donde me observaban unas formas que no podía describir.
Asfixiada por esa sensación enloquecedora desperté de súbito. Mi habitación hotelera estaba totalmente sumida en tinieblas y la temperatura había bajado mucho helándome la piel. Traté de buscar a tientas y desesperadamente la lámpara que descansaba en el buró contiguo pero tardé en encontrarla lo que sentí era una eternidad, presintiendo que horrendas presencias deambulaban en el ambiente, por el aire, sobre el techo, o me observaban desde las paredes.
Finalmente la encontré y encendí una tenue luz que apenas disipó las tinieblas. Funestas figuras sombrías se formaron por la contraluz y parecían moverse por cuenta propia. Aterrada decidí levantarme y encender todas las luces pero no podía moverme. Estaba como paralizada… sentí entonces una fuerza maligna encima de mí atenazándome con rabia. Percibía claramente todo su odio, su ira y su locura. La Sombra me retenía contra el colchón con fuerza sobrehumana y empezó a susurrarme blasfemias horripilantes al oído y a exudar lujuria.
Haciendo uso de todas mis fuerzas me liberé finalmente de aquella cosa, o quizás simplemente me dejó en paz temporalmente para atormentarme más. La puerta del baño estaba cerrada y empezó a moverse la perilla como si algo del otro lado estuviera tratando de entrar.
Aquello me aterró aún más al pensar en aquello tan tangible como para querer forzar la puerta del baño así que me dirigí de inmediato a salir del cuarto. El pasillo del hotel estaba casi en tinieblas como si hubiera acontecido un apagón pero las luces de emergencia brindaban un cierto grado de iluminación. Corrí entonces hacia las escaleras pero me detuve en seco al observar en el otro extremo del pasillo un perro o un lobo gigantesco, de color negro y ojos de un rojo refulgente. Empezó a rugir horriblemente y a expulsar copiosa saliva y me heló la sangre. Detrás de él había una extraña figura negra, como una silueta pero no era humana pues su forma era retorcida y deforme.
—¡NO! —grité desesperadamente. El apagón pasó y las luces volvieron. La temperatura era normal de nuevo y todo se había calmado. Algunos clientes salieron de sus habitaciones al escuchar mi alarido y me miraron curiosos mientras yo me introduje de nuevo a mi, ahora silencioso, aposento.
Fochalt cumplió su palabra y me llamó en cuanto finalizó para que fuera a su despacho a informarme lo que había descubierto. Llegué, como me había citado, poco después del anochecer y encontré la puerta de su oficia entreabierta y el lugar sumido en oscuridad. Al encender la luz lo que vi me horrorizó; Fochalt estaba muerto con la cara desgarrada y hecha jirones como atacado por alguna zarpa de animal.
Me cubrí la boca y cerré los ojos. Luego miré en el escritorio ensangrentado como sobre su superficie estaba aún el libro al lado de las últimas notas del académico. Me acerqué y las leí…
“…en Baviera en la Universidad de Ingolstadt… en el siglo XVII… la Iglesia del Ángel Negro funda una orden que se tornaría en una de las sociedades secretas más poderosas y peligrosas del mundo… Los Illuminati…”
—¡NO! —rechacé haciendo trizas aquel papel. ¡No los Iluminati de nuevo! Había tenido una amplia experiencia de esa horrible organización y la maldad de la que eran capaces ya que mi propio padre había sido un alto maestre de la misma. Y ahora la sombra de ese pasado regresaba a atormentarme.
Entonces alguien me golpeó la cabeza y perdí el conocimiento.
Cuando desperté me encontré con la cara cubierta por una funda negra que me imposibilitaba ver nada. Estaba sentada sobre una silla con las manos esposadas al respaldar y la boca amordazada por cinta adhesiva. En cuanto notaron mis movimientos me quitaron la funda de la cabeza. La luz me hirió los ojos pero pronto empezó a aclararse el panorama.
—Bienvenida Dra. Crowley, es un gusto verla de nuevo.
—Robert Lamarch —dije al reconocerlo.
Lamarch era un hombre de unos cuarenta años, francés, de piel blanca y nariz aquilina, tenía una sonrisa perfecta y blanca, el rostro afilado, el cabello negro, largo y ondulado, barba de candado y contextura delgada. Vestía siempre de negro pero impecablemente con ropa muy elegante, en ese día usaba una camisa de cuello de tortuga y una chaqueta de algodón. En el centro de su pecho pendía un medallón de oro con el símbolo de los Illuminati; el ojo del Diablo que todo lo ve en medio de un triángulo. Era el máximo líder de la Círculo Illuminati, sucesor de mi padre y uno de los hombres más poderosos del mundo.
Lamarch estaba sentado en un escritorio amplio y sobre una silla grande y cómoda. Su despacho era un lugar increíble, con una enorme biblioteca, bustos del Marqués de Sade, el Conde de Rochester, Marc Twain, Friedrich Nietzsche y otros pensadores. Había una pintura de Dalí ¿original? y la música de Mozart que resonaba en el ambiente.
Rodeándome se encontraban dos personas al servicio de Lamarch, una mujer y un hombre. Una de ellas era la mujer pelirroja que me había dado el Libro de Aión, la otra persona era un sujeto alto, grueso, fornido y rapado que parecía ser ruso.
—¡Me estuvieron manipulando desde el principio! —dije encarando a la mujer de cabello rojo.
—Usted es una científica brillante, Dra. Crowley —me dijo Lamarch— y como tal sus servicios son invaluables, pero sabíamos que no serían voluntarios.
—¡Por supuesto que no! ¡Jamás serviría a una maldad tan grande como la suya!
—Nosotros no somos malos, como usted cree. Simplemente somos elitistas. Observe —dijo abriendo las cortinas a sus espaldas en un ventanal que mostraba la ciudad de Londres. —Millones de personas en el mundo, la mayoría son gente inferior, la masa estúpida y no pensante. Muchos no podrían diferenciar a Wagner de Hayden. ¿Deben gobernar nuestro planeta? No. Nosotros creemos que solo la élite de la humanidad, la gente de una estirpe, de una clase superior, es la que debe regir el destino del hombre. Que la moral y la ética son creaciones artificiales de las culturas, de las sociedades; creaciones variables, relativas, que solo sirven para retener al hombre de espíritu supremo. Nos consideramos genuinos Superhombres, lobos, no ovejas, cuya labor es pastorear al resto, mantener el orden social. Decidir por ellos, guiarlos, no mezclarnos, no permitir que nuestro incalculable potencial se desperdicie reduciéndonos a actuar con la hez humana.
“Usted, Dra. Crowley, es material Illuminati. Es el perfecto ejemplo de alguien superior al humano promedio que sería ideal para nuestra sofisticada Orden. Una mujer hermosa, inteligente y culta. Usted es la hija de uno de los más grandes e importantes Maestres del Círculo Illuminati, legítima heredera del legado del Maestro. Usted hubiera podido aspirar a ser la cabeza de la sociedad secreta más poderosa del mundo entero. Claro, cuando no lo hizo me correspondió a mí asumirlo.
—No deseo estar conectada a nada que tenga relación con mi padre.
—Él fue mi maestro y mentor —prosiguió— sé que lo odia, pero debe comprender que él la amaba, y estaba muy orgulloso de usted. Siempre presumía de su inteligencia y belleza. Él deseaba que usted fuera su sucesora, siempre lo dijo. También… bueno, quería que usted y yo nos casáramos. Nuestra boda estaba planeada, creo que desde antes de que fuéramos adolescentes. Las familias Illuminati tienden a casarse entre sí —explicó— es la manera más segura de preservar la pureza de sangre y la lealtad a la Orden. Quiero que usted sea mi mano derecha, que rija a mi lado los destinos de la Humanidad. Mi fortuna personal es discreta, comparada con los recursos y privilegios que maneja la Orden.
Bajé la mirada. No quería discutir nada que tuviese que ver con mi padre o mi familia... no con él… Sentí ese ardor en el corazón, ese resentimiento que te desgarra como una inyección de amargura en tu sangre… que emponzoña tu alma.
—No me interesa el dinero… el poder… ¡no me interesa nada! —dije ya rozando en la histeria. —No quiero saber nada que haya tenido que ver con el monstruo que fue mi padre. ¡LO ODIO! Y lo odiaré por siempre… ¡Lo maldigo! ¡Y maldigo su nombre! ¡Y espero se esté pudriendo en el infierno! Ahora… en cuanto a usted… libéreme ya, termine este secuestro o mátame, pero no obtendrá nada de mí, nunca, ¿entendió?
El ruso se puso enfrente de mí y me propinó un bofetón tan fuerte que me hizo tronar los huesos de la cara.
—Lamentable… sin embargo su cooperación es necesaria pues solo usted puede traducir el ritual del Libro de Aión…
—¿Está loco? Aún suponiendo que no sea una sarta de incoherencias escritas por algún loco ¿para qué quieren traer al mundo a un demonio?
—Usted está malinterpretando la finalidad de la ceremonia. El Titán es liberado, pero no en forma literal, sino que su esencia se absorbe dentro de un ser humano que se convierte en receptor de su poder. El humano se transforma en un Titán… invulnerable, inmortal, todopoderoso…. Se convierte en un dios…
—Eso es lo que quiere ¿verdad?
—Terminado el Rito seré invencible y usted —dijo aferrándome el mentón—; me ayudará.
Entonces sonreí sarcásticamente.
—Primero muerta —dije pronunciando las palabras con énfasis. Lo decía en serio.
—Usted vio de lo que somos capaces ¿no? pudo contemplar el cadáver de Fochalt. Solo bastó con invocar una de esas entidades que deambulan entre las sombras y que desafían el tiempo y el espacio. Podríamos enviar uno de esos demonios contra su prima y podría hacer cosas mucho más terribles que sólo matarla.
—¡No! ¡No! —dije, ya sin tono de reto, sino al contrario, suplicante— ¡no por favor, Lamarch, no le haga nada! A ella no…
—¿Cooperará?
—Sí, sí, está bien —y entonces Lamarch ensanchó una gran sonrisa de dentadura blanca perfecta.