Estaba decidida a largarme de esa casa para siempre, así que pasé la mayor parte de la madrugada empacando mis cosas e incapaz de conciliar el sueño salvo por breves lapsos de cabeceo, hasta que llegó la mañana. Lo supe por el reloj pues el cielo estaba totalmente nublado y no permitía pasar un solo rayo de sol.
Fui a hablar directamente con Stephen quien desayunaba en el comedor de la casa asistido por el mayordomo Arthur quien colocaba sobre la mesa frente a él un sabroso desayuno que olía muy bien.
—¿Está la Dra. Crowley lista para desayunar? —preguntó al verme.
—No, gracias, Arthur, estoy por partir. De eso vine a hablarte Stephen —le dije sorprendiéndolo con mis palabras.
—¿Partir? Pero… ¿Cómo? ¡No puedes irte, Alicia!
—Debo hacerlo, lo lamento.
—Pero alguna razón habrá. ¿Hicimos algo que te molestó?
—No, todos han sido muy amables y hospitalarios.
—¿Entonces?
—Razones personales.
—Bueno, si has de partir al menos debes desayunar. Arthur, por favor, tráele a la Dra. Crowley su desayuno.
—De inmediato, señor —respondió el mayordomo al tiempo que sostenía la silla para que yo me sentara. —¿Desea café, como siempre y un cigarrillo, Doctora? —me preguntó.
—Sí, gracias, Arthur, eres muy amable —le dije y el sirviente se dirigió de inmediato a la cocina perdiéndose de vista.
—Buen muchacho ese Arthur. Un excelente mayordomo; trabajador y servicial. No como el que tenía antes. Un tal Figueroa. ¡Agh! ¡Era terrible! Especialmente por su actitud. Siempre quejándose por todo. Un cascarrabias insufrible —adujo mientras embarraba el pan sobre la yema de un huevo frito.
—Si esto es una estratagema para que trates de convencerme de que me quede no funcionará —le advertí. —La decisión ha sido tomada.
—¿Y la traducción que te pedí?
—Lamento no poder terminar con el trabajo. No te cobraré nada, ni siquiera por lo que ya he hecho.
—Algo extraño debió haber sucedido. No eres el tipo de persona que deserta —y luego pareció recordar lo que hizo en la biblioteca el día anterior. Justo en ese momento llegó Arthur cargando una bandeja tapada por una de esas cacerolas convexas que destapó frente a mí mostrando así mi desayuno constituido por huevos fritos, pan francés, mantequilla, tocino, una aromática taza de café, un cigarrillo sobre una servilleta blanca y un florero con una rosa roja. Lo colocó frente a mí y yo le agradecí al tiempo que coloqué una de las servilletas de tela sobre mi regazo. —Si esto es por algo que viste… —continuó Stephen una vez solos.
—No has cambiado nada —le confesé susurrando—, siempre detrás de las jóvenes. ¡Y tú propia nuera, Stephen!
—No es lo que piensas… Yo sé que no es lo correcto —adujo bajando la mirada como avergonzado—, pero soy un hombre mayor y el que una mujer así de bella y joven me hubiera buscado y seducido de la forma en que ella lo hizo…
—¿Así que fue iniciativa de ella?
—¡Por supuesto! ¿Qué clase de persona crees que soy? Pero por favor… si mi hijo se diera cuenta…
—Creo que es claro que no tienes que preocuparte por mi discreción —le recordé con un gesto de mi mano.
—Gracias. Aún así no entiendo por qué un asunto de esa naturaleza, tórrido como es, te motiva a irte así tan intempestivamente. No pensé que fueras tan moralista, yo…
—Mira, mira, Stephen, la verdad es que no es eso lo que me motiva a irme.
—¿Entonces?
—Si te dijera no me lo creerías.
—Tiene que ver con Hekatawi ¿no es así?
—Sí, un poco —admití.
—Sé que es excéntrico de mi parte tener a ese hombre acá y todo el asunto de los ritos egipcios. Pero si supieras lo mucho que me ha fascinado el Antiguo Egipto comprenderías por qué me tomo estos pequeños y extraños caprichos. Estoy seguro que estamos ad portas de descubrir algo más que un simple hallazgo arqueológico.
—¿A sí? —pregunté intrigada acercándome como si estuviéramos conferenciando en secreto. Stephen colocó su mano en mi pierna y yo lo toleré, aunque tomando nota del atrevimiento.
—Sí, Alicia, me refiero a un secreto oculto en las arcanas tumbas de los faraones. Poseían el verdadero secreto de lo que existe más allá de esta realidad… el misterio de la vida y la muerte… la puerta al reino de Anubis.
Y al pronunciar el nombre del dios de la muerte egipcio un relámpago rasgo el firmamento y su trueno retumbó estruendosamente. El evento me sobresaltó un poco y Stephen lo notó, por lo que emitió una sardónica risa.
—Que momento tan cliché para que hubiera un relámpago —le dije sonriente.
Pero aquél relámpago resultó más que una jocosa coincidencia, pues fue seguido por una lluvia torrencial cuyos goterones apalearon las ventanas. Me levanté de la mesa junto a Stephen y me dirigí a la terraza para corroborar con mis propios ojos la gravedad del temporal. Se trataba de una ventosa tormenta eléctrica acompañada de una lluvia cerrada.
—Me temo que con esta tormenta no puedes irte, Alicia —me dijo Stephen con ambas manos sobre mis hombros—, al menos espera a que pase.
—Bueno, supongo que no tengo más opción —exclamé bufando.
Terminé mi desayuno y regresé a mi cuarto decepcionada por no haber podido irme —mis experiencias del pasado me han enseñado cuando hay algo maligno en un sitio— y al entrar al lugar refunfuñando me topé con, ni más ni menos, que la propia Nadia.
—Disculpe Dra. Crowley —dijo al verme. —Quería hablar con usted, en privado.
—Muy bien —dije cerrando la puerta. —Qué sucede.
—Sé que vio el encuentro que tuvimos Stephen y yo en la biblioteca. su reflejo en una de las ventanas.
—Lo que ustedes dos hagan no me concierne, sinceramente, y no tengo planeado contárselo a nadie si eso es lo que le preocupa…
—Es que no entiende, Doctora, lo que deseo no es su silencio sino su ayuda.
—¿Por qué? ¿Sucede algo?
—Hago lo que hago porque Stephen Burton me ha estado extorsionando. Descubrió cosas sobre mi pasado que oculté a Robert y que, de enterarse, me pediría el divorcio.
—¿Qué pudo ser tan terrible como para ocultárselo arriesgando tanto?
—Un pasado muy turbio, Doctora… alguna vez fui una adolescente drogadicta que dejó un hogar conflictivo para sobrevivir en las calles… haciendo lo que sea… ¿no se si me explico?
—Sí, creo que es bastante claro.
—Ni siquiera soy realmente británica, nací en Rumania —dijo con tono afligido. —Créame que amo mucho a Robert y no quiero lastimarlo y si se enterara de todo esto lo destrozaría —dijo ya con lágrimas brotando de sus ojos. —Y el que Stephen esté chantajeándome sólo lo hace peor… —y al declarar esto empezó a llorar.
Miré a aquella mujer con desconfianza. Había pasado años sin ver a Stephen pero no podía creer que extorsionara a su propia nuera por sexo, y a ella no la conocía además de que estaba confesándome que le había mentido a su esposo sobre sus antecedentes. Pero de todas maneras su llanto —fingido o no— me conmovió un poco.
—Mire, Nadia, no sé como puedo ayudarle…
—¿Cómo no lo sabe? —me dijo sacando la cara de entre las manos y mirándome sorprendida con los ojos llorosos. —¡Pero es claro! Stephen sigue enamorado de usted.
—¿Qué?
—Sí, sí, él me contó su historia juntos. No me ha dicho más pero es notorio que la desea. ¿Por qué cree que le pidió hacer esas traducciones? Él es egiptólogo también y puede hacerlas solo. Creo que si usted lo convence él me dejará en paz, porque quiere complacerla. Haga que se lo prometa ¡por favor!
—Honestamente no quiero meterme en este asunto… yo… —pero no pude terminar, Nadia rompió a llorar cubriéndose el rostro con las manos y sollozando sonoramente. Eso me conmovió más y tras un largo período de tiempo indecisa sobre como actuar le puse una mano en la espalda tratando de darle confort.
—¡No me toque maldita zorra! —respondió ante mi tacto y yo me separé de inmediato. Nadia me clavó una mirada de furia homicida como pocas veces había visto y que me resultó realmente intimidante, y con la cara enrojecida de la furia comenzó a maldecirme en su lengua natal, para finalmente agregar en inglés—; sabía que no podía confiar en usted, sucia ramera.
Tras esto abrió la puerta y salió intempestivamente del cuarto, dejándome desconcertada sobre tan inusitada reacción.
La noche llegó sin que hubiera pasado la tempestad, y estaba comenzando a impacientarme. No deseaba pasar otra en esa casa.
La cena, que normalmente se hacía de forma comunal, había sido cancelada y a cada quien se le llevó a sus aposentos. Stephen aseguró estar muy ocupado conferenciando con Hekatawi sobre Nefén-Ka, mientras Robert Burton dijo querer seguir pintando y de Nadia no tenía la menor idea de donde se encontraba.
Decidí salir un rato del cuarto o corría el riesgo de enloquecer más rápidamente. Al salir, y ya una vez alejada de la entrada de mi cuarto, al perro alsaciano a lo lejos del pasillo, así que me incliné y le hice señas frotándome las yemas de los dedos al tiempo que hacía susurros con mis labios.
La reacción del perro me fue totalmente inesperada. De pronto lo ladrar furioso con el lomo erizado y expulsando copiosa saliva del hocico. El perro empezó a gruñir amenazadoramente y de súbito se lanzó en mi persecución ladrando escandalosamente. Corrí tan rápido como me lo permitieron mis piernas hasta encontrar una única puerta abierta donde refugiarme —se trataba de la cocina— donde cerré tras de mí apenas escapando de las fauces del animal.
—¡Que demonios sucede aquí! —me dije.
Lo curioso es que no estaba sola en aquel lugar. Escuché a alguien rabiando no muy lejos de donde yo me encontraba. Al caminar hacia el origen del berrinche encontré a Arthur haciendo papilla a un gran pescado con un moledor de carne.
—¡Esta vida es injusta! ¡Muy injusta! ¿por qué? ¿Por qué tuve que nacer pobre y privado de todo privilegio? ¿Tendré que pasar toda mi vida sirviendo a estos ricachones pomposos?
—Ejem —me aclaré la garganta. Arthur salió de sus cavilaciones rápidamente y se puso de pie, secándose las lágrimas con los guantes.
—Discúlpeme, Doctora, no la escuché llegar… yo…
—No se preocupe, Arthur, siéntese. Conversemos.
Aceptó, algo dubitativamente.
—Lamento haber dicho…
—Ah, no se preocupe, entiendo perfectamente su postura. Yo también detesto a los ricachones pomposos…
—Pero… usted…
—Sí, sí, mi familia paterna, los Crowley, son una de las más ricas de Inglaterra, pero nunca me he llevado bien con ellos. Por una buena parte de mi juventud fui criada por mis tíos costarricenses pobres. Pero dígame algo, ¿por qué si tanto le molesta su trabajo no busca algo mejor?
—No es tan fácil. Tengo muchas deudas y no puedo conseguirme un marido rico como la señora Nadia, quien gracias a su cuerpo y su cara bonita se arregló la vida —dijo con resentimiento— aún cuando le sea infiel a su esposo con su propio suegro. —Al decir esto pareció asustarse. —Disculpe, Doctora, he hablado de más.
—Estoy enterada del amorío. Pero ¿Qué sabe usted de eso? he escuchado dos versiones. Stephen dice que Nadia lo sedujo, y Nadia asegura que Stephen la fuerza.
—Ambos mienten. Yo cuando todo comenzó, fue iniciativa de los dos al mismo tiempo y… —pero Arthur se interrumpió como sintiendo que había hablado de más.
—No tiene que temer Arthur, no voy a decir nada que usted me cuente. Y puede llamarme Alicia.
—Es usted diferente a la mayoría de aristócratas que conozco. En verdad lo trata a uno como a un igual. ¿Desea beber algo? Tengo una botella vino recién abierta.
—¡Mmm! —dije relamiéndome los labios— esa oferta no la puedo declinar.
Y así conversé con Arthur por muchas horas. Era un hombre inteligente, guapo y buen conversador. Tenía muchas anécdotas interesantes y una vida fascinante. No sé en que momento el efecto del alcohol o la amena conversación hizo que mis labios terminaran en los suyos, o su mano en mi cadera, o su boca en mi cuello o, como sea, termináramos amándonos cándidamente sobre las mesas de la cocina.
Finalmente terminamos haciendo el amor en su habitación. Ésta se localizaba al lado de la cocina y era mucho más pequeña que la mía. Dormía también sobre una más modesta cama de metal de sábanas blancas, pero no tuvimos problemas en acomodarnos dentro.
Tras el idilio caí completamente dormida entrelazada con los brazos musculosos de Arthur. ¿Pero era Arthur? A medianoche un relámpago rasgó el firmamento y el resonar de su trueno ensordecedor me sacó de la inconsciencia, al abrir los ojos en el cuarto sumido a medias en penumbras observé a mi lado a Hekatawi quien me clavaba su mirada y mostraba una sonrisa de dientes blancos perfectos. Reaccioné —como era de esperarse— con miedo y desconcierto cubriéndome el cuerpo con las sábanas y luego Hekatawi empezó a emitir una tenebrosa risa histérica.
Entonces desperté.
A mi lado no estaba Hekatawi sino Arthur plácida y profundamente dormido. Yo estaba sobresaltada pero logré tranquilizar mi respiración. Decidí que lo mejor era retornar a mi cuarto y evitar así las habladurías que se suscitarían de quedarme allí hasta la mañana y que otros residentes de la mansión me vieran salir. Ya hablaría luego con Arthur, así que me vestí y me despedí con un beso en la mejilla mientras dormía.
Al llegar a mi habitación me di cuenta que había alguien dentro sobre mi cama. No me asusté pues de inmediato reconocí a Stephen recostado y con los ojos cerrados bajo mis cobijas.
—¡Ay Stephen! ¡No te rindes nunca! —burlé con las manos en la cintura. —Lamento decepcionarte pero tendrás que irte a tu cuarto pues no tengo interés alguno en revivir antiguas… —y al quitarle la cobija con la finalidad de despertarlo no pude terminar la frase pues emití un sonoro alarido. Stephen estaba abierto en canal desde la garganta hasta el abdomen. Una profusa mancha de sangre coagulada recubría su ropa de dormir y chorreaba hasta el colchón y… lo más espantoso… parecía que le habían extraído varios órganos. La que parecía ser el arma homicida —un afilado cuchillo ceremonial egipcio— estaba ensangrentada al lado del cadáver.
Desesperada y con las manos en la boca salí de la habitación pidiendo auxilio.
Pero la pesadilla apenas empezaba. Al cruzar la salida hacia el pasillo principal, que a lo lejos se encontraba el perro alsaciano… pero ahora su aspecto era aún peor; estaba todo mojado y enlodado como si hubiera estado revolcándose bajo la tormenta que aún replicaba en el exterior, tenía además ojos iracundos y un hocico babeante. Se lanzó contra mí emitiendo fieros rugidos y obligándome a introducirme al cuarto de nuevo, pero fui incapaz de cerrar la puerta antes de que una parte de él entrara, y por más fuerza que hice tratando de disuadirlo cerrando la puerta —parecía inmune al dolor— el perro logró entrar a la habitación.
Se detuvo algunos instantes mirándome enardecido y yo reculé hasta la cama, allí sentí con mi mano derecha el cuchillo egipcio y cuando el perro se lanzó nuevamente contra mí listo para destrozarme el cuello se lo clavé en el abdomen. Emitió algunos gemidos de dolor pero yo continué enterrándoselo una y otra vez dejando que su sangre espesa se derramara por la alfombra, hasta que desfalleció sobre el piso.
Salí nuevamente de la habitación con el cuchillo aún en mi mano ensangrentada y limpiándome el sudor de la frente con el dorso de la misma —lo que me dejó manchas de sangre en la cara. Entonces me percaté de mi error… de las acciones tan incriminatorias que había tomado al aferrar el arma homicida y la solté por reflejo.
Tenía que encontrar ayuda… tenía que buscar a alguien.
Llegué finalmente al estudio de Robert. Seguía pintando ¿es que no se detenía nunca? Ahora había dejado los cuadros y parecía estar trabajando en un mural… pero estaba todo pálido, ojeroso y despeinado, pintando posesa y obsesivamente como si no pudiera detenerse. La cena que le habían llevado estaba fría sobre una mesa y sin haber sido tocada.
Pero lo más extraño eran los diferentes cuadros que había pintado; cada uno más extraño que el anterior, ya no de bellos paisajes egipcios sino de extrañas visiones de pesadilla; monstruos horripilantes, entidades deformes, espíritus malignos que habitan infiernos dimensionales y fosas abismales sin fondo, rituales horribles con sacrificios humanos e imágenes violentas de torturas, despellejamientos y cuerpos descuartizados vivos. El mural mismo asemejaba un grupo de almas atrapadas en el infierno con rostros atormentados por el sufrimiento. Aquellas grotescas imágenes me crisparon aún más los nervios.
—¡Robert! ¡Robert! ¡Tu padre está muerto! —le grité tratando de sacarlo de su extraño trance obsesivo, pero pareció ignorarme mientras trabajaba en el extraño mural. —¡¡¡Robert!!! —grité y esta vez lo aferré de los brazos y le propiné varios bofetones, pero no pareció reaccionar. Se desprendió de mí y siguió pintando.
Entonces escuché la risa de Hekatawi a mis espaldas. Me volteé para encararlo… pero no había nadie.
Él tenía que estar detrás de todo eso. Al salir del taller me pareció reconocer como él con su túnica blanca de sacerdote egipcio acababa de girar de la esquina, así que fui en su persecución.
No me pregunten por qué hice algo tan imprudente, sólo lo hice, pues mi mente estaba totalmente obnubilada por una absoluta ira.
Perseguí la sombra de Hekatawi por toda la casa, en ocasiones viendo como se escabullía justo antes de poder percibir algo más que su espalda cubierta por las ropas blancas, pero escuchaba su insoportable risa burlona.
Así llegué finalmente al salón principal y ahí la …
Nadia…
Nadia estaba cantando y bailando sola en el centro del salón, justo sobre la alfombra. Estaba toda mojada como si hubiera pasado mucho tiempo afuera bajo la lluvia. Parecía perdida en su propio mundo pero en determinado momento se percató de mi presencia.
—¡Doctora! —me dijo sonriente— ¿Cómo está? ¡Linda noche! ¿Verdad?
—Nadia ¿estás bien?
—Por supuesto… estoy muy bien… muy, muy bien… —dijo acercándoseme—, ahora soy libre Doctora… ¡Libre! ¡¡Libre!! ¡¡¡Ja ja ja ja!!! —dijo con su mirada psicótica. —¿Estamos solas en la mansión? Debemos estarlo ¿desea hacer algo? Haré lo que usted quiera… siempre he hecho lo que los aristócratas desean —dijo rompiéndose la blusa y dejando al descubierto sus pechos salvo por el sostén.
—¡Aléjese de mí! —respondí con desprecio y comencé a caminar en dirección contraria.
—¿A quien busca, Doctora? —me preguntó al ver que me iba. —¿A quien busca? Dígame… ¿a quien? ¿A Hekatawi?
—¿Por qué? —dije parándome en seco— ¿lo has visto?
—Sí, sí, sí, sí… —aseguró sonriendo aún más y caminó hacia la mesa principal. —¡Aquí está! —dijo señalando hacia el lugar, y pensé que estaba irremediablemente loca, pues la mesa estaba totalmente vacía salvo por la bandeja cubierta que usó Arthur para traerme el desayuno…
Entonces Nadia retiró la tapa de la bandeja y tuve que emitir un nuevo grito; allí sobre el frío metal estaba la cabeza cercenada de Hekatawi.
Y su risa resonó una vez más en el ambiente, está vez surgiendo de la nada.
En ese momento estuve a punto de desmayarme y la vista se me puso borrosa. Me sostuve del mueble más cercano y me cubrí el rostro tratando de mantener la cordura que se escapaba cada vez más rápido.
—¿Quién lo mató? —pregunté.
—¿Quién más? ¡Nefén-Ka, tonta! ¡Nefén-Ka! ¡Nefén-Ka! ¡Nefén-Ka! ¡¡Soy tuya mi señor!! ¡¡Oh gran Faraón Negro!! —dijo poniéndose de rodillas— ¡Soy tuya! ¡¡Llévame a conocer el Duat por la maldición de Ra!! ¡Poderes de Nuit! ¡Ra-She-Hashut!
Cansada de aquél espectáculo lastimoso decidí alejarme. Entonces recordé a Arthur y pensé que estaba en peligro. Me dirigí de inmediato hacia su cuarto pero al entrar lo encontré totalmente vacío. Muchos pensamientos turbios llegaron a mi mente. ¿En verdad podía pensar que una momia de tres mil años estaba matando gente? No, no podía ser eso. ¡La maldita risa de Hekatawi en el ambiente otra vez! ¡Como la odio! No dejo de escucharla aunque me cubro los oídos con fuerza.
¡Un teléfono! Necesito un maldito teléfono para llamar a las autoridades.
Salí corriendo de la habitación de Arthur en busca del aparato, pero todo el que encontraba no daba tono, como si las líneas hubieran sido cortadas, ni encontré ningún celular o dispositivo parecido. Finalmente llegué una vez más al taller de Robert Burton… el espantoso mural había sido terminado con todo su enloquecedor horror. Verlo me daba ganas de arrancarme los ojos y no pude sostener la mirada mucho tiempo. Robert yacía sobre el piso agotado y a su lado estaba Nadia como si intentara reanimarlo. Se veía tierna, a su manera acariciándole la cara cariñosamente. Entonces la demencia tomó sus facciones de nuevo y le mordió el cuello. Robert tuvo una última reacción que lo sacó del agotamiento; un gemido entre dolor y sorpresa, y luego no emitió más ruidos pues había muerto en medio de borbotones de sangre que brotaban de su garganta.
—Ignórala, ella no es importante —dijo una voz a mis espaldas, al voltearme reconocí a Arthur.
—Oh, santo cielo, Arthur, me alegra tanto verte. Stephen y Hekatawi están…
—Muertos, lo sé —respondió con tono parco y lacónico.
—Algo terrible está pasando acá, Arthur, algo monstruoso… una presencia maligna… esa momia maldita… ese Nefén-Ka.
Arthur me dio un bofetón, tan fuerte que me hizo caer al suelo.
—¡No insultes al maestro, infiel! —gritó.
—¿Qué? —pregunté sintiendo la sangre brotar de mi labio partido. —¿Viste lo que ese ser horrible hizo?
—Nefén-Ka no lo hizo. Yo maté a Stephen Burton y el perro fue el que le cortó la cabeza a Hekatawi con sus fauces, por órdenes mías.
—¿Tú? ¿Por qué?
—Él me lo ordenó. Su voz me susurraba en las noches… al principio era un susurro tímido e ininteligible como una telaraña en la nieve, pero luego fue creciendo y creciendo y hoy lo escucho tan claro como te escucho a ti. Una voz sagrada de otro tiempo, traedora de arcanos misterios que me ha convertido en su elegido. Todos ustedes serán sacrificios en honor al Amo —dijo extrayendo de entre sus ropas el afilado cuchillo ceremonial que resplandeció por efecto de la luz artificial.
Pensé que iba a morir, pero entonces una idea se me vino a la mente.
—¡Tu no eres el elegido del Amo! —grité— ¡Es Nadia! ¡Eres un impostor! ¡Quitándole a la Gran Sacerdotisa y Encarnación de Isis su legítimo lugar como consorte de Nefén-Ka! ¡Queriendo usurpar su lugar al lado del Amo en el barco que viaja al mundo de los misterios!
Nadia me escuchó, como era mi intención. Dejó de lado el cadáver de Robert del que succionaba la sangre y con su rostro manchado de rojo y su mirada enloquecida se lanzó furiosa rugiendo como un animal contra Arthur. Éste la retuvo el aire y ambos se enfrascaron en una lucha mortal.
Los dejé allí para que se mataran y escapé tan rápido como pude. Salí de la mansión en medio de la insoportable tormenta que no había dejado de caer sintiendo la copiosa lluvia empapándome de pies a cabeza, corriendo con mis pantuflas sobre el piso lodoso acompañada de sonoros relámpagos, tratando de salir de la enorme propiedad y llegar a donde alguien me pudiera auxiliar.
Finalmente llegué hasta el enorme portón metálico que separaba la propiedad del resto del mundo, pero estaba cerrado. ¡Cerrado! Me aferré de los barrotes con furia sacudiéndolo violentamente en simple y llana desesperación.
Arthur salió de la casa con los brazos empapados de la sangre de Nadia y con el cuchillo aún en la mano y su mirada de maniático odio. Yo me giré y recosté de espaldas contra el portón esperando lo peor, pero al aproximárseme Arthur colapsó de rodillas con el rostro compungido por la culpa.
—¿Qué he hecho? ¡Por Dios! ¿Qué he hecho? ¡Fue él, Alicia, fue él…! —clamó soltando el arma y aferrándome de la cintura, sumiendo su cara llorosa en mi abdomen. —Esa maldita cosa se metió en mi mente, Alicia… ayúdame… ¡tienes que ayudarme! —dijo y retomó el cuchillo del suelo fangoso para mi temor, pero en realidad lo que hizo fue colocarlo en mi mano. —Mátame, Alicia, mátame por favor… —dudé, y él lo notó— ¡mátame, maldita sea! No se cuanto tiempo podré controlarlo… ¡mátame antes de que yo te mate a ti…! —exclamó y entonces se frotó el rostro con las manos como si estuviera enfrentado a una lucha interna, finalmente la maldad que lo poseía ganó y al levantarse se lanzó contra mí y empezó a estrangularme el cuello con todas sus fuerzas. Yo sostenía aún el cuchillo así que se lo enterré en el costado una, dos, tres… quien sabe cuantas veces. No parecía tener efecto y ya sentía mi vida escapándose mientras los goterones de agua empapaban mi rostro moribundo, pero finalmente la fuerza en sus manos flaqueó, sus ojos se cerraron, y desfalleció sobre mí.
Y así terminó aquella larga y extraña noche.
En caso de que se lo pregunten, la momia de Nefén-Ka estaba intacta en su sarcófago sin una sola venda fuera de lugar… o eso me dijeron los médicos, pues no tuve oportunidad de verlo. Lo siguiente que supe fue cuando fui montada a una camilla por la policía que llegó a la mansión a encontrarse con aquel dantesco espectáculo. Dicen que todo fue un simple caso de homicidio múltiple… que Arthur sencillamente estalló y se sumió en una matanza trágica y sin sentido… pero yo sé más… sé que hubo algo detrás de toda esa locura… algo que nos susurraba en la mente hasta desquiciarnos y que lo desenterramos en Egipto y lo trajimos con nosotros. Esa —la capacidad de sacar nuestra oscuridad afuera hasta vernos consumidos por ella— era la verdadera maldición de Nefén-Ka.