Capítulo 30
—¿Vas a tener tiempo esta semana?
—¿Qué? —Me doy vuelta para mirar a mi novio—. ¿Qué querés hacer?
Ángel pone los ojos en blanco, agarrando su juguito Baggio y volviendo a revisar las hojas que trajo para repasar. Santi y Elena están en la biblioteca. Elmo todavía no entiende muy bien un tema de inglés y están haciendo hasta lo imposible para que le entre.
—Sí te estoy escuchando, solo me distraje por un minuto. Como andás repasando, te dejé hacerlo tranquilo.
Ángel suspira, dejando en sus piernas las hojas que estaba leyendo.
—¿Qué tenés? —Ángel pone su mano sobre la mía—. ¿Peleaste con Benjamín?
—No sé si pelea. Yo nunca dije que no quería hablarle, él solito se volvió anti-León.
Cuando intento sentarme con él, me dice que debería ir con Ángel y al rato frijól está sentada en el lugar que antes ocupaba.
Benjamín sí me dijo que estaría ocupado y que me olvidara de pasar tiempo con él por esa razón, pero parece que lo enojé en serio con lo de la fiesta. En esa joda algo pasó; la cuestión es que no me lo va a decir.
Mi novio entrelaza nuestras manos y me lleva a donde está Benja con la frijól.
—Vamos a ver si puedo hacer algo.
Me sorprende que Ángel haya progresado hasta el punto en el que ya no le importa mucho que pase tiempo con Benjamín. Bueno, siendo sincero, Ángel me demostró muchas cosas últimamente.
Cuando estamos frente a los chicos que parece repasaban inglés, Benja desdibuja su sonrisa y quiere irse, pero es tarde porque Ángel ya los saluda.
—¿Qué hacen por acá? —Frijol nos saluda con las dos manos—. ¿Van bien con lo de inglés? Benja me está dando una mano.
—Frijól, ¿podemos hablar con Benja un ratito? —Ángel le clava una mirada asesina al ruiseñor—. Por favor.
—Bueno. —Mili recoge algunas hojas que tenían por ahí y se va—. Se vemos en el curso, Benja.
El ruiseñor asiente, buscando algunas hojas y un libro que usa en el instituto. No anduve por su pieza al pedo, sé más o menos reconocer qué cosas le son útiles y cuáles no. Llegamos hasta ese punto y ahora él me deja de lado sin otra explicación aparte de que tiene que estudiar como poseído.
—¿Por qué andas evitando a León? O sea, de repente lo dejás abandonado, como si ya no te sirviera ahora que andás ocupado. Y sí, mi novio es un poco jodido y no da tenerlo todo el tiempo con uno cuando se estudia porque es como tener un nene chiquito que no sabe comportarse, pero no merece que lo tratés tan mal de repente. Si te cansaste de él, deciseló.
—Le dije a tu León que estaría ocupado estos días. —Benja se levanta y por un segundo cruzamos miradas, pero algo baja hasta mis pies cuando reconozco cierto enojo escondido en sus ojos—. Tampoco es como si tuviera que explicarlo todo.
Ángel abre sus ojos y gira sus pies hasta que me mira con la misma intensa mirada que Benja.
—¿Es cierto? —Ángel frunce todavía más el ceño—. León, ¿al menos escuchaste lo que te dijo?
—¡Sí! ¡Pero vo viste que ni me saludó esta mañana!
—¿Y por qué te importa tanto si te saluda o no? —Ángel se cruza de brazos—. Cuando te hacía lo mismo, ni me dabas bola.
Giro la cabeza y Benja ya no está.
—¡¿Por qué todo lo que me pasa tiene que ser un problema para vo’?! —Enfrento a Ángel. Si quiere pelea, la va a tener—. Si me preocupo por un amigo, que porqué me preocupo, si estoy callado y no te presto atención, que por qué ando así, ¡si me siento mal por cualquier cosa, a vo te molesta más!
En este punto, Benjamín ya se ha ido.
—Tenés razón —murmura—. Perdón, no es que todo lo que te pase va a ser un problema. Es que, como siempre parecés no tomarte nada en serio, es muy raro que de repente algo… No importa. Voy a dejar de hacer problema por todo, solo, no peleemos, ¿bueno?
Ángel me abraza. Quiero poner distancia entre nosotros porque según él nadie tiene que sospechar de nosotros, pero como mi novio sigue apretándome con él, desesperado porque le corresponda, me conmuevo.
No entiendo por qué estoy indeciso o porqué de repente quiero a Benjamín de la misma forma que quiero a Ángel, pero sí estoy seguro de que no tengo el coraje de decirle al que fue mi mejor amigo por tantos años, y ahora es mi novio, que hay que cortar.
No puedo soltar nada.
No quiero cambiar nada.
Volvemos al curso apenas suena el timbre. Ángel agarra mi mano y sigue hablando, preocupado, por de inglés de hoy, pero ni lo escucho. Mis ojos buscan a Benja.
En su lugar de siempre, él lee un libro de los que le gusta tanto leer. De repente, nuestros ojos se encuentran, el problema es que vuelvo a sentir que mi alma cae a un vacío cuando, en vez de sonreírme, frunce el ceño y corre la mirada.
O sea que ahora soy un producto de descarte en todo sentido. Solo soy chistocito y después ya no sirvo para nada ni merezco alguna explicación si hice algo malo.
Aparte de eso, él nunca me dijo que andaría caracúlico conmigo a partir de ahora, solito se enojó y yo ni enterado.
No sabía que podría doler y enojarme tanto la indiferencia del ruiseñor.
—Ángel —lo llamo —¿Qué decías sobre que vaya a tu casa hoy?
—Podemos repasar para la prueba de mate del viernes —responde—. No sé cómo siga la cosa de tu penitencia, pero, si querés, voy y le digo a tu hermano que te quedás conmigo toda la tarde para eso.
Deslizo mi brazo por sus hombros y lo atraigo a mí hasta que mis labios rozan su oreja.
—¿Repasar solamente?
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—Mmm… ¿Se supone que esto no tenga sabor? —Dejo la cuchara dentro de la taza que tiene pedazos de torta todavía—. Creo que te salió mal.
—¿En serio? O sea, yo pongo todo de mí para hacer una torta en tasa y vo no tenés corazón, me decís que es un asco.
Ángel niega con la cabeza, echándose sobre mi almohada con los brazos cruzados.
—Es una torta en tasa, no una torta torta —digo, dejando lo que queda en un velador porque Pili anda por acá y no quiero que meta el hocico en mi tasa.
Me acurruco a su lado y hago que se enrede conmigo en mi cama. Los gemelos duermen en la cucheta del frente, pero como esos son troncos, no personas cuando roncan, no pasa nada si hablamos un poco.
—La otra semana tenemos la última prueba y ya está —dice, pellizcándome un cachete—. ¿Ahora sí vamos a salir un poco más? Claro, después de decirle a nuestros papás sobre nosotros.
—Mi mamá y mi hermano llegan en seguida, ¿querés aprovechar el momento?
—¿De verdad? —Ángel sonríe, pero después se pone serio—. ¡¿Ahora?!
—Daaleee, si sabés que mi mamá no nos va a decir nada más que un “qué bueno”. Mi hermano ni bola nos dará tampoco.
—Bueno, veamos qué sale.
Al menos las cosas con Ángel van bien; una cosa de todas las que hasta ahora fueron de mal en peor. Benjamín sigue sin decirme ni mu, los aliens toman todos los días un poco de nuestro tiempo ya sea para las actividades que tenemos que hacer o los típicos viernes en los que damos nuestra opinión y ven los avances que hacemos con sus compatriotas de otro planeta.
Ya ni me acuerdo como era la cancha de piedra.
Después de todo lo que pasó, me alegra seguir con Ángel. Al menos eso no ha cambiado, se ha convertido en algo mejor a pesar de que muy de vez en cuando sueño con Benjamín.
—¡Leóóoooon! ¡¿dónde andás?!
—¡En la pieza! —respondo a la mami—. Estoy con Ángel, ya salimos.
—¿Y si mis papás no están de acuerdo? ¿Qué hacemos? Ya no habrá vuelta atrás, León. —Ángel agarra mi mano de repente—. ¿De verdad estás bien con eso?
—Sí. —Le sonrío—. Y si tus papás no me quieren como tu novio, por lo menos en mi casa voy a poder ser libre de llamarte así.
Ángel sonríe y me da un beso en el cachete antes de bajar de la cama. En estos días, su forma de decirme que soy especial va de pequeños cariños como ese a miradas largas y despistadas.
Llego hasta la cocina donde están la mami y Fran.
—Buenas tardes, señora Tébis, Fran —dice Ángel.
—Ángel, hace mucho que no te veía. —La mami se sienta en una de las sillas corridas—. ¿Cómo está tu mamá?
La mami y Ángel terminan de ponerse al día mientras Fran va a despertarlos para que tomen el té.
—¿Te quedás a tomar mate, Ángel?
—Sí, me quedo a comer. Le pedí permiso a mis papás.
Tal vez antes de la comida sea un buen momento para decirle, porque mi hermano no tendrá problemas con eso y la mami tampoco. Lo difícil va a ser enfrentar a los papás de mi novio.
—Hum… Ma —llamo su atención—. Vo sabés que siempre anduve con Ángel, que somos amigos desde hace mucho.
Ella curva sus cejas, pero después asiente sin ninguna expresión enojada o sorprendida.
—Sí, siempre que no te hallaba en la casa era seguro que estarías en la de él. ¿Por?
—Es que ahora nosotros… bah, no ahora sino hace como un año, somos… eh… ah… ¿novios?
—No me vas a decir que ya es tu prometido, ¿o sí?
Mi hermano se ríe y mis hermanitos le siguen el juego.
—¡Este no tiene ni donde caerse muerto! ¡¿Qué va poder comprar un anillo de compromiso?!
—¡Fraaan! ¡Cerrá el or…! —Muerdo mi lengua antes de que me peguen a mí—. ¡Calláte!
La mami niega con la cabeza, volviendo la vista a mi novio que solo se encoge de hombros. Mi hermano, ahora sentando con nosotros, se ríe de nuevo y la mami lo mira con una cara rígida que hace que carraspee y se componga.
—¿Qué pasa con que sean novios?
—Mis papás piensan que me voy a distraer mucho y descuidar la escuela por tener novio —responde Ángel.
La mami asiente, juntando ambas manos en la mesa.
—Bueno, es cierto que te escogiste uno que trae más problemas que soluciones. —La mami me lanza una mirada un poco amenazante—. Es todo lo contrario a lo que tus papás querrían para vo…
—¡Maaaa! —Me cruzo de brazos—. No soy tan malo.
—So distraído, irresponsable, flojo, renegón, ¡uuufff! —La mami vuelve a mirar a Ángel—. Si decís que llevan como un año siendo novios y tus notas no cambiaron en ese interín, es suficiente prueba para que ellos vean que sí podés ser novio de alguien y un buen alumno a la vez. No creo que hagan mucho problema, salvo por la parte en la que les escondiste esto, pero eso creo yo es manejable. Una retada, una penitencia, y en pocos días estarán bien.
Ángel sonríe.
—Sí, todo lo que dice es cierto.
Yo estoy un poco echado en la silla. Mi propia mamá me describió como si fuera uno de esos chicos que no le conviene a nadie, y no sé si ignorar todo eso o hacer que me importe.
Sé que soy un desastre, pero me esfuerzo por ser mejor. Quizás me tardo un poco más en encontrarle la importancia a las cosas, pero tan malo no soy.
Mi hermano y la mami se preparan el mate y hablan de sus vidas de adultos con miles de problemas, sobre todo económicos. Ángel y yo no decimos mucho. Después de un par de cebadas, con mi novio salimos porque se está haciendo de noche y ya tiene que volver a su casa.
—¿Qué tal si le decimos a tus papás?
Ángel deja de prenderse el abrigo marrón y frunce el ceño.
—¡¿Ahora?!
—¡Ya vuelvo! —le grito a la mami.
Salimos de mi casa y el viento frío casi nos vuelve a meter. Agarro la mano de mi novio y lo llevo hasta la vereda, pero casi me rompe el brazo del tirón que dio para pararme.
—¡Pará! ¿Qué estás pensando? —Me doy vuelta y me encuentro con la mirada asustada de Ángel—. Se los quiero decir, pero…
Pongo mis dos manos en sus cachetes ahora fríos.
—No pasa nada. Ya oíste lo que dijo la mami, nos va a ir bien.
—No sé…
—Ángel —le doy un beso—. Mirá, da lo mismo si les decimos ahora o mañana. O sea, si nos tienen que retar, en cualquier día nos van a retar.
Mi novio asiente, aunque no parece tan convencido.
—Supongo que tenés razón. —Suspira, asintiendo—. Bueno, dale, les decimos ahora.
Caminamos de la mano hasta su casa, pero apenas estamos frente a la puerta, Ángel aprieta mis dedos con fuerza y se para a dos centímetros de la entrada.
—No tengás miedo. Estoy con vo.
Él asiente y abre la reja de su casa.
—¡Ma! ¡Pa! Ya volví —dice, sacándose el abrigo—. León viene conmigo.
El que sale es el papá de Ángel. Apenas me ve, hace un gesto con la boca y rasca su barba tupida.
—¿A qué vino tu amigo?
Ángel suspira, encogiendo y liberando sus labios.
—Pa, ¿la mami y vo están ocupados?
El señor Gauna frunce el ceño, matándome con la mirada. Yo no sé por qué él, cada vez que su hijo dice algo que no espera que diga, me mira como si yo tuviera la culpa.
—Tu mamá ta cociendo en el livin, yo hago sopa de letras, ¿por qué?
—Quiero decirles algo —continúa Ángel.
Su papá exhala con fuerza.
—Menos mal que no so china. Hace rato que habría adivinado qué es eso que me querés decí. —Su papá mira hacia el living—. Vení.
Los dos vamos con el señor Gauna. Hallamos a su esposa cociendo los agujeros de los pantalones de su esposo, silbando una canción de Mercedes Sosa.
—Gloria, dejá eso; el chango quiere hablarno. —El señor Gauna se sienta en su sillón—. A ve, ¿qué pasa?
La señora Gauna me mira un segundo, sonríe y yo la saludo con una mano. Ángel, por su lado, revuelve sus dedos y se balancea de atrás a adelante.
—Ah… eh… Es que yo tengo… —Traga saliva y me mira—. Yo tengo novio —dice al fin.
La mamá de Ángel mira con una cara de espanto a su marido que respira con fuerza y por supuesto que clava su mirada asesina en mí.
—No me digás… —El señor Gauna asiente un par de veces, pero sus ojos nunca dejan de mirarme—. Y tú noviecito es el que tenés al lado, ¿no?
Ángel asiente muchas veces, encogiéndose en el lugar.
—¡Ay, Ángel! —Su mamá pone una mano en su frente y se echa sobre el sillón —. ¡¿No podías esperar un poco?! ¡Te dijimos que primero estudiés, seas alguien en la vida, y recién te busqués todos los novios que quierás!
—¡No soy una chica! No me voy a embarazar y a entorpecer mis estudios. Es solo un novio, ma, no significa que esté dejando todo por eso.
Su mamá iba a decir algo, pero el señor Gauna levanta una mano y se hace el silencio en la sala. En seguida trago saliva porque sé que esto no va a ponerse más fácil.
—¿Qué le viste al flaco escopeta que tené al lado? —El papá de mi novio hace un movimiento con el mentón hacia mí—. ¿Es bueno en la escuela? ¿Es responsable? ¿Te ayuda? ¿No anda de ojo alegre por ahí?
Apenas dijo eso, toda mi piel se erizó. No es que anduve engañando a Ángel. Nunca besé a Benjamín, tampoco hubo algo intimo entre nosotros, solo fueron sentimientos que no podían salir a la luz.
—Hay más que eso.
—¡Este a mí no me genera confianza! Bueno, ahora nada me da confianza. ¡Mi propio hijo me andaba escondiendo cosas!
—¡¿Qué querías que haga?! —le grita Ángel —¡No me dejás hacer nada! Siempre te obedezco, siempre hago lo que querés, siempre les traigo las notas que quieren ver, ¡pero yo no puedo querer nada!
—¡Ángel, no le contestés así a tu papá!
—¡Es verdad! ¡Ustedes no me dejan hacer nada!
—¡Andá ya a tu pieza antes de que te faje en frente de tu noviecito! —le grita su papá—. ¡Ahora, de tan pícaro que resultaste ser, vas a ir de la escuela a la casa! ¡No pienso dejarte un segundo libre para que veas a este vagayo!
Ángel endurece los puños, pero no se mueve. Mira a su papá con desafío, pero eso se termina en cuanto el señor Gauna se levanta de golpe.
—¡Ändá a tu pieza!
Mi novio baja la cabeza ante el grito de su papá.
Antes de irse, me mira con tristeza y corre hasta su pieza.
En cuanto el señor Gauna se para frente a mí, no puedo respirar.
—Vo fuiste el de la idea, ¿no?
Los casi tres metros del papá de mi novio me dejan la boca seca. Agacho la mirada y espero sus gritos.
—No so bueno para Ángel. Si fueras responsable, o al menos, si te tomaras las cosas en serio; no le hubieras convencido de que nos desafíe y quiera imponerse sobre nosotros.
Es cierto, al final me dejé llevar por el enojo que me causó el que mi mamá me dijera que no soy bueno para alguien.
—Andate y no esperés ver a Ángel. Me voy a encargar de abrirle los ojos y meterle en la cabeza que lo que eligió para novio no es más que un vagayo ojo alegre que no sabe ni lo que quiere.
—Yo no soy así —digo, pero suena como una súplica.
—Yo sé lo que veo y también me acuerdo de lo que vi. —El señor Gauna logra que lo mire a los ojos—. A ver, mentíme si tantas bolas tenés. ¿Me vas a negar que la vez que vi que entrabas de la mano de un chango a tu casa no eras vo? A tu hermano le gustan las chinas, y tu hermano no tiene el pelo rosado.
—Ese era un amigo.
El señor Gauna ahoga una risa.
—Andate, León. Más que mejorar las cosas, las tás empeorando.