De regreso al campamento

—Bien, dirás que eres un viejo amigo. Ummm... Diremos que éramos vecinos y vivíamos en la misma aldea hasta que tu padre decidió entrenarte en los bosques de Nim. Entonces, estos últimos meses volviste a la aldea y supiste que yo me uní a la causa de los restauradores y decidiste ayudarnos. —Ana le explicaba su fachada a Dimitri, quien se acercó a ella divertido, alterándole la compostura en el acto. Tenían más de tres días de camino, y él notaba lo nerviosa que ella se ponía con su cercanía, así que lo hacía a propósito para molestarla.

—¡Qué conveniente! Todos pensarán que somos o fuimos algo más que vecinos. ¿No crees? —Acercó su rostro malicioso y Ana empezó a temblar.

—N-no... —Por más que trató, no pudo evitar tartamudear—. No pensarán nada de eso; de todas formas, que piensen esas cosas es lo de menos. Lo importante aquí es que no sepan que conoces a Ulises y a Eli. Cómo te había explicado, ellos están muy paranoicos con la desaparición de ella. Ulises no ha vuelto al campamento, así que me tocará investigar dónde está antes de que ustedes se encuentren.

—Preciosa, sé muy bien qué sabes dónde está. Pero está bien, entiendo que no confíes en mí y quieras confirmar primero con él. De todas formas, todo esto lo hago porque sé que la chiquilla hubiera querido eso, pero por mi parte, solo me importa encontrar un lugar donde vivir tranquilo —dicho esto, se alejó. Entonces Ana pudo respirar con normalidad.

—¿Y por qué quieres vivir en este mundo? —cuestionó con recelo.

—Digamos que en mi mundo no fui muy bueno y necesito un cambio de aires.

—A mí me da la impresión de que huyes de algo o de alguien. —Ella lo confrontó airosa.

Dimitri se acercó tanto que Ana sintió que perdía las fuerzas y sus rodillas empezaron a temblar. A él le era muy divertida su reacción que aún no sabía interpretar y le causaba mucha curiosidad. ¿Sería miedo? ¿Atracción? O... ¿Un poco de ambos? Él solía causar esa impresión de temor e intimidación en las personas, pero en ella veía algo más que eso y aquello le era combustible para molestarla.

—Quizás... —La miró con intensidad—. Puede que huya de los sentimientos. No soy el típico tipo que babea por las mujeres ni me gustan las relaciones románticas. Para mí eso es una pérdida de tiempo y energía. Sin embargo, por cosas extrañas de la vida una guerrera muy poderosa —creo, no, estoy seguro que no he visto a una tan hábil y fuerte como ella en lo que tengo de vida—, al parecer, empezó a gustarme. Al principio fue su osadía y peculiaridad, luego quería quitársela a Jing, mi rival de toda la vida. Entonces, me obsesioné con encontrarla y matarla.

Ana lo miró aterrada y él sonrió al lograr su cometido. Si aquella chica empezaba a sentir cualquier tipo de atracción por él, su confesión quitaría todo deseo de tenerlo cerca.

—Luego descubrí que esa obsesión por encontrarla no era para querer matarla, más bien, corromperla y volverla tan despiadada como yo —continuó—. Le hice mucho daño a ella y a su esposo. Ahora solo quiero olvidar cualquier rastro de esos sentimientos que queden en mí. No nací para esas cosas y no le recomiendo a ninguna mujer fijarse en un tipo como yo. Eso sería una pérdida de tiempo. —Dimitri la miró con intensidad esperando que haya captado el mensaje. Ana tragó saliva y dejó salir un suspiro.

—Si sigues teniendo esa pinta escalofriante será difícil que una mujer en sus cinco sentidos se fije en ti. Y si me estás enviando algún mensaje con esa declaración, te digo, chico creído que, yo nunca me fijaría en un tipo tan raro como tú. Tengo sangre caliente y no soporto a los hombres de sangre fría. Una persona como tú nunca congeniaría con alguien como yo. —Ana respondió molesta por lo presumido y arrogante que ese tipo raro se mostraba ante ella.

Dimitri dejó salir una sonrisita de satisfacción y se fue a dormir debajo de un árbol. Pronto llegarían al campamento, razón por la que decidieron descansar hasta el siguiente día.

Llegaron al campamento en la tarde donde Dimitri fue la sensación del momento. Las chicas lo miraban intrigadas por su pinta rara y su escalofriante expresión. Todas hablaban de él y de cómo les gustaría ser las afortunadas de romper el hielo en su mirada y ser el centro de interés de un chico que mostraba indiferencia y frialdad hacia las demás personas. Reka lo observaba con extrañeza y un poco de interés, le gustaba lo que veía en él y lo poderoso que sabía que era. Darian, sin embargo, lo escudriñaba con recelo y escepticismo, pero al pasar de los días, todos notaron lo poderoso y hábil que era en la batalla y vieron una luz de esperanza en las tantas derrotas que habían tenido en esos días.

—Algo me dice que tú no eres de este mundo y me intriga saber cómo rayos llagaste aquí. —Reka se acercó con una mirada coqueta y media sonrisa. Dimitri la miró de arriba a abajo y sonrió.

—¿Cuántos años tienes chiquilla? A mí me intriga saber por qué todos te tratan como si fueras una anciana. Tienes mucha autoridad para ser tan joven.

—Soy más vieja que tú, niñito. —Se acercó con flirteo—. Tengo más de cien años y me veo como una adolescente porque soy una guardiana. Pero de algo debes estar seguro, yo no soy una niña en ningún sentido de la palabra. A diferencia de ti que a pesar de que estás en tus veintes largos, nunca has estado con una mujer.

—No sé en qué momento la conversación tomó este rumbo, pero para mí eres cómo te ves, una niña. —Sonrió malicioso y se alejó de ella. Reka lo miró con un brillo especial en los ojos, el reto que él presentaba le era muy excitante y estaba dispuesta a asumirlo.

***

—¿Ulises? —Ana entró a la oscura y desordenada casa mientras buscaba a Ulises con la mirada. Salió al patio y, al no encontrarlo allí, se dirigió al laboratorio. Le dio pesar verlo tirado en el piso, sucio, con barba y despeinado; aferrado a la almohada de Eli.

—¡Ulises! —gritó con lágrimas en los ojos. Estaba peor que la última vez que lo vio. Por lo menos, antes limpiaba su casa y se aseaba, pero el hedor y el desorden le daba a entender que hacía mucho dejó de hacerlo. Lo tomó por el cuello con furia, ganando la mirada desconcertada de él—. ¡¿Qué crees que haces?! ¡Es así como piensas encontrarla! ¡Es esa la forma de afrontar esta situación! No, Ulises. Eli estaría decepcionada de ti si te viera en estas condiciones.

—¡¿Qué quieres que haga?! ¡No la percibo! No la puedo contactar... —Dejó salir el llanto—. No sé qué hacer. ¡Me estoy volviendo loco!

—¡Sé un hombre! Ten amor propio y afronta este problema con dignidad y madurez. Estás echando a perder tu vida y no aportas nada. Sin embargo, Eli está luchando en contra de su dolor y está buscando la forma de regresar.

—¿Qué estás diciendo? —Ulises la miró desorbitado.

—No diré nada hasta que te bañes de pies a cabeza, afeites, peines y comas algo. Después te ayudaré a limpiar este lugar y entonces, hablaremos.

—¿Pero sabes algo de ella? —Ulises la miró esperanzado. Ana negó con su dedo índice.

—No te diré nada hasta que hagas lo que te dije. Es mi condición para contarte todo lo que sé.

Ulises corrió a la casa con ansias e hizo todo lo que ella le dijo. Se pasaron toda la tarde arreglando la casa y el laboratorio y decidieron que él debía pagarle a una persona para el mantenimiento de los terrenos. Ya estaba anocheciendo cuando se sentaron en la sala a conversar. Ana le explicó todo lo que Dimitri le había dicho, entonces Ulises dejó salir algunas lágrimas. Abrazó a Ana con gran alegría y la fuerza de voluntad volvió a él. Tenía tanto miedo de que ella estuviera muerta o en peligro. Saber que su esposa estaba con Leela y Jing, y que ellos buscarían lo forma de llevarla de regreso inundaba su corazón de una felicidad inexplicable.

—No veo la hora de volver a estar con mi enana. —Ulises dijo emocionado.

—Para eso debes dejar de lloriquear como una niñita berrinchuda y venirte conmigo al campamento.

Ulises frunció el cejo al escucharla.

—No me mires así —le regañó—. Yo también tengo mis sospechas, es por eso que Jonah y yo estamos atentos y pendientes de todos los movimientos que se hacen allí. Con alejarte no vas a descubrir nada, si personas que pertenecen al campamento están involucradas con la desaparición de Eli, pues la mejor manera de descubrirlos es estando ahí. Si nos unimos y somos sabios descubriremos la verdad. Además, no es justo que los habitantes de Lucero Verde paguen por los culpables. Los lucerianos te admiran y creen en ti como su líder, abandonarlos no es una decisión noble.

Ulises hizo silencio y se quedó pensativo por un rato. Ana tenía razón, fue muy inmaduro y egoísta de su parte, abandonar todo de esa forma. Personas inocentes dependían de él, quienes habían sido víctimas de todo lo que provocó la desaparición de Eli.

Ana lo siguió con la mirada expectante cuando él se dirigió a su habitación. Minutos después, regresó con su mochila y un cinturón que amarró a su cintura, donde envainó su espada. Ella le sonrió satisfecha y llena de admiración.

Llegaron tarde en la noche al campamento y Ana le dijo a una de las criadas que preparara la tienda de Ulises. Él se fue a dormir al instante, suponiendo que Dimitri ya estaba dentro de su tienda. Darian estaba en Estrella Verde, así que ellos no le habían avisado del regreso de Ulises, lo que les dio tiempo de ponerse de acuerdo en cómo responderles a todos en cuanto a su decisión de regresar.

Ana decidió darse un chapuzón en el río que estaba en el bosque. Necesitaba relajarse y combatir el calor para poder dormir tranquila. Se quitó la ropa, pero se quedó en interior, no vaya a ser que a alguien se le ocurriera lo mismo.

—¡Qué delicia! —expresó con los ojos cerrados. Sentir la frescura del agua llevarse el calor y la incomodidad de un día tan difícil, se sentía bien.

—¡Vaya! Al parecer tuvimos la misma idea.

Ana saltó del susto al escuchar a Dimitri dentro del río.

—¿Qué haces aquí? —preguntó nerviosa. Eso no era lo que necesitaba para relajarse.

—Lo mismo que tú, al menos que me estés siguiendo. —Sonrió airoso, mas ella lo miró mal. No soportaba a ese tipo. Se creía la gran cosa y aprovechaba cualquier situación para molestarla.

—¿Y por qué te seguiría?

—Creo que soy yo quien debe preguntarlo. —Fijó su mirada en ella y al encontrarse con su sostén blanco, el cual se llenaba muy bien, se quedó con la mirada fija allí. Ana lo frunció el ceño avergonzada y cruzó sus brazos sobre sus pechos.

—Mi rostro está más arriba, irrespetuoso. —Lo confrontó con la mirada y él sonrió con cinismo.

—No te creas tanto. Solo miraba el encaje de tu sostén, se ve muy femenino para una guerrera que se cree muy ruda.

—Por lo menos no eres tan cínico como creí, a menos que estés siendo sarcástico.

—Créeme que no me interesan tus senos. A decir verdad, no me interesa nada de ti. Si algún día pusiera mis ojos en una mujer, esa no serías tú. No eres mi tipo y eres muy parlanchina y molesta. Además, no eres tan linda cómo te crees —soltó sin reparo y salió del agua, perdiéndose en la oscuridad del bosque. Ana suspiró, pues tenía su corazón a mil. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Nunca en su vida se había sentido tan humillada, pero lo que más le molestaba, era el efecto que sus palabras le causaban. ¿Por qué le afectaba tanto lo que él pensara de ella?