Capítulo treinta y seis
NARRA GISELLE.
— ¿Qué mierdas haces aquí? —pregunto, apretando el pomo de la puerta por la misma rabia que surge en mí—. ¿Cómo supiste donde estoy viviendo?
— Tú misma me diste tu dirección cuando te viniste, chiquita.
Aprieto la mandíbula ante aquel apodo.
— No me digas así.
— Antes te encantaba.
— Porque no sabía la clase de basura que eres tú —digo, rencorosa—. Ahora largo.
Negó suavemente, calmado.
— Primero tu y yo hablaremos.
Ahora es mi turno de sacudir la cabeza en negación.
— Nosotros no tenemos nada de que hablar.
— Yo creo todo lo contrario.
— Tú, no yo.
Intento cerrarle la puerta en la cara para así irme a hacer lo que planeaba hace un momento, pero el que el muy imbécil ponga su mano en la puerta y la impulse hacia atrás forcejeando conmigo no me lo permite.
— Chiquita, hablemos —me pide, con un tono de voz meloso—. Lo nuestro no puede terminar así por algo tan simple.
— ¿Por algo tan simple, Matías? —repito, sin creerlo—. ¿De verdad te parece simple el hecho de que te hayas enrollado con mi mejor amiga?
— Estaba ebrio...
— Claro, ahora cuéntame una de vaqueros.
— Estaba ebrio —repite, sin titubear—. Y ella se aprovechó de eso, siempre le he gustado.
— No te creo —cruzo los brazos sobre mi pecho, seria.
— Pero es la verdad, chiquita —intenta tocar mi mejilla con sus nudillos, pero volteo la cara impidiendo que me toque—. Nunca te engañaría, menos con alguien tan especial como lo es ella para ti.
— Lo era —le corrijo—. Y no sigas porque digas lo que digas no me hará cambiar de opinión.
Matías tensa la mandíbula, mostrando enojo por mis palabras.
— ¿Es por ese imbécil? —pregunta, de pronto.
— ¿Eh?
— Por el de tu instituto, el rubio —me dice—. ¿Estás saliendo con él?
— No es tu problema.
— Si lo es.
Niego con la cabeza.
— No lo es, ahora lárgate.
— Yo digo que no —dice, ignorando mi pedido—. No veo a un chico así saliendo con alguien como tú.
— ¿Alguien... cómo yo?
— Si —afirma con la cabeza—. Ya sabes, alguien sin gracia, aburrida y... bueno, fea no eres, pero...
Le doy una sonora cachetada, haciendo que guarde silencio y se tambalee hacia atrás mientras siento como la sangre me hierve debido a la rabia que ha incrementado en mi por sus palabras.
¿Siempre pensó eso de mí?
¿Incluso cuando estuvimos juntos?
Sin duda, lo mejor que hice fue terminar con él.
— Lárgate antes de que te dé una patada en los testículos, Matías.
Él se toca la mejilla que he golpeado y me mira con rabia en sus ojos, pero aún así no logra intimidarme, ni siquiera cuando se acerca a mí a paso firme y se posa frente a mí.
— No me iré sin antes darte algo.
— No nece...
Callo cuando de pronto el imbécil y mujeriego de mi exnovio toma mi rostro entre sus manos y planta sus labios sobre los míos.
Forcejeo con él para apartarme, pero falló cuando me toma de la cintura y me pega mas a su cuerpo mientras me besa a la fuerza.
Por un momento dejo de resistirme, la familiaridad de su boca me hace seguirle el beso por breves segundos en los que el beso no me sabe a nada, no siento nada y en mi cabeza solo está la imagen de cierto rubio que desde que lo conocí volvió mi mundo de cabeza.
Chillo cuando siento que toma mi labio inferior entre sus dientes y lo muerde, no con delicadeza como solía hacer, me muerde hasta que logro saborear mi propia sangre y es cuando se aleja de mí.
— Adiós, chiquita.
Me guiña un ojo y se da media vuelta hacia el elevador con una sonrisa triunfante en su rostro.
[***]
NARRA SAMUEL.
— ¡Samuel, cariño! —escucho como mi madre me llama desde la sala—. ¡Hijo ven!
Suelto un bufido, dejo de lado el control remoto del televisor y me pongo de pie para después ir a la sala.
— ¿Qué quieres? —le pregunto a mi madre.
— ¿Puedes hacerme un favor?
— De que puedo, puedo —digo—. Ya que quiera es otra cosa.
Mamá me da una mala mirada y señala una bolsa negra en el suelo de la cocina.
— Baja a botarla —me ordena—. El camión del aseo vendrá en unas horas.
Ruedo los ojos, fastidiado.
— De acuerdo.
Voy a mí habitación otra vez, cuando entro me coloco una camiseta y mis zapatos, tomo mi celular y vuelvo a la sala.
— No tardes, que ya voy a servir la comida.
Muevo la cabeza en un gesto de afirmación mientras tomo la bolsa de basura.
Voy a la puerta del departamento, salgo y la cierro detrás de mí, cuando me giró para ir hacia el elevador me detengo en seco al verlos.
Suelto la bolsa y ésta cae sobre el suelo, mientras cada músculo de mi cuerpo se tensa y siento como la rabia se apodera de mi al ver como la pelirroja fastidiosa está besándose con su exnovio afuera de su departamento.
¿Volvieron?
¿Así de simple lo hicieron?
¿Le perdonó todo?
Siento unas terribles ganas de ir a dónde están ellos, apartarlos y romperle la cara a ese imbécil, pero por más que intento moverme o dejar de mirar no puedo.
Giselle le sigue el beso y eso es lo que más me jode, que lo esté disfrutando como si tiempo atrás no hubiera estado llorado abrazada a mí, aun cuando no nos llevábamos bien, porque ese desgraciado la engaño con su mejor amiga.
Ella suelta un chillido justo antes de que él se aparte, logro oír como se despide y cuando se da media vuelta sus ojos se desvían hacia mí, haciendo que una sonrisa de pura satisfacción aparezca en su rostro mientras yo trato de controlarme para no partirle la cara.
Desaparece por el elevador y mis ojos se clavan en la pelirroja que parece sumida en sus pensamientos mientras ve un punto invisible frente a ella, ni siquiera me ha visto y cuando planeo acercarme ella cierra la puerta de su departamento detrás de ella y camina hacia las escaleras de manera apresurada.
Sin pensarlo dos veces la sigo, bajo las escaleras de forma apresurada sin verla por ningún lado, cuando llego a la planta baja del edificio por instinto voy al área de la piscina y ahí la encuentro.
La piscina está en mantenimiento, por lo que no hay nadie a aparte de ella que está sentada en la orilla de la piscina, sus zapatos están a un lado y sus piernas dentro del agua.
Un peso se me quita de encima cuando veo que no fue detrás de él como por un momento creí que haría.
A paso lento e indeciso me acerco a ella, el que enderece la espalda me indica que ha notado que estoy aquí también, pero no dice nada así que tomo asiento a su lado y permanezco en silencio mientras observó su perfil, y es ella quien termina hablando de primera.
— ¿Crees que soy... aburrida y sin gracia?
Su pregunta me hace fruncir el entrecejo notablemente y deje de mirar sus facciones detenidamente como venía haciendo desde que me senté.
— ¿Por qué lo preguntas?
— Solo responde.
— No —digo—. No lo creo.
Desvía su mirada de golpe hacia mí, y es cuando notó que sus ojos están cristalizados por las lágrimas que está reteniendo.
— No mientas.
— No miento —digo, mirándola a los ojos. Y acerco mi mano hacia su rostro, no aleja su rostro, así que acarició su mejilla con mis nudillos—. Para mí tú eres alguien extraordinaria e increíble, incluso mucho más que eso.
Ella esboza una media sonrisa genuina que me hace sonreír también, pero esa sonrisa se borra cuando llevo mi pulgar a sus labios para acariciarlos y los veo rojos e hincados después del beso que se dió con el imbécil de su exnovio.
— ¿Volvieron? —pregunto con temor a que su respuesta sea afirmativa.
Dejo de mirar sus labios, pero no de pasar la yema de mi pulgar por los mismos y conecto mi mirada con la suya azul grisácea.
— ¿Tú y...?
— No —su respuesta me quita un peso de encima—. No volvimos.
— Arriba los vi... besándose.
Su expresión cambia con lo que digo y aparta su rostro de mi tacto, clavando la mirada en el frente.
— Él me beso y...
— Y le seguiste el beso porque sientes algo por él —concluyo.
Ella niega suavemente.
— No siento nada por él.
Aquello hace que me sienta mucho más tranquilo, que se me quite otro peso de encima.
Otra vez todo queda en silencio, pero no es incómodo, es relajante y más que cómodo, la noto mirarme de reojo en dos ocasiones mientras que yo sí la miro de frente, detallando cada pequeño detalle en su rostro, como esas pecas sobre su nariz que son casi invisibles a la vista, pero que están ahí.
Dejo de mirarla y clavo la mirada en el frente, justo como ella al cabo de unos minutos en completo silencio.
— Lo que te he dicho esta mañana es cierto.
De reojo veo como desvía su mirada hacia mí y frunce el entrecejo sin comprender a que me refiero.
— ¿El qué?
Tomo una bocanada de aire para después expulsarla y mirarla a los ojos.
— Que te quiero, Giselle.
Sus cejas se elevan con sorpresa, está claro que no esperaba que dijera aquello otra vez, justo como en el instituto.
— Y no te quiero solamente como a una amiga.
— ¿A-ah, n-no?
Niego suavemente y acerco más mi rostro hacia el de ella, notando como se pone más nerviosa con el pasar de los segundos.
— No —murmuro, antes de seguir me humecto los labios haciendo que ella baje su mirada a los mismos—. Porque estoy enamorado de ti, Giselle.
Sus ojos se abren como dos inmensos faroles por la impresión que le han causado mis palabras, sin dudas no se esperaba esto, ni siquiera yo que no planeaba decirlo, pero las palabras salieron por sí solas de mi boca.
La veo abrir la boca, pero a la final la cierra sin saber que decir y así dura un par de minutos hasta que de pronto, para mí sorpresa, la pelirroja suelta una carcajada un tanto forzada que me hace fruncir el entrecejo, confundido.
— Buena broma, casi me la creo —me dice.
— No es una broma.
— ¿Eh?
— Te lo digo en serio, Giselle —me acerco un poco más a ella y vuelvo a acariciar su mejilla con mis nudillos—. Tú me gustas, me encantas y... te quiero como no tienes idea.
La sonrisa forzada se borra de su rostro y veo el momento justo en que traga saliva con nerviosismo.
— Y-yo... y-yo...
Calla al no saber que decir y niega con la cabeza a la vez que toma sus zapatos para después ponerse de pie.
— Debo irme.
Se da media vuelta con la intención de irse, pero soy mucho más veloz que ella y pronto me pongo de pie, luego la tomo de la muñeca.
— ¿A dónde vas?
— Y-yo... —tartamudea, y se humecta los labios negando con la cabeza—. Mamá me pidió que limpiará el departamento, debo irme.
Intenta darse otra vez la vuelta, pero la rodeo y me coloco frente a ella.
— Te acabo de confesar que estoy enamorado de ti, Giselle —suelto, un tanto molesto por su actitud de querer evadir las cosas—. ¿Y solo dirás que debes irte?
— Es que tú no... no puedes...
— ¿Enamorarme de ti? —termino por ella—. Lo siento, pero eso es algo que ya hice.
Niega con la cabeza, repitiendo lo mismo.
— Giselle, si te lo confesé es porque quería que lo supieras, porque quisiera que tú y yo...
— No —dice, incluso sin que yo terminé de hablar—. No tendremos nada, nunca.
— Tú no me eres indiferente, Giselle —digo lo obvio—. Puedo sentirlo, lo veo en tu mirada.
— Eso no es así.
— No mientas.
— No lo hago —dice—. Te quiero, sí. Pero como quiero a Xavier, a Louis, o a cualquiera de mis amigos. ¿Pero yo enamorada de ti?
Niega con la cabeza, soltando una pequeña risa.
— Eso jamás, nunca podría enamorarme de alguien como tú.
Aprieto la mandíbula ante sus palabras, sintiendo una sensación extraña apoderarse de mi cuerpo y es justo en ese momento que algo a lo que no le había dado importancia hasta ahora viene a mí mente.
"— Carajo, estoy enamorada de él hasta la médula."
— Hay alguien más —murmuro lo obvio.
Ella me mira a los ojos y mueve la cabeza en un gesto afirmativo, logrando que sienta una punzada cruzar mi pecho.
— Y a él no solo lo quiero, Samuel —dice, con los ojos cristalizados otra vez por alguna razón que desconozco—. Lo amo.
Escuchar aquello es como si me echarán un barrio de agua helada encima, o peor todavía, un barrio con cemento dentro.
— Lo amo porque es una persona increíble con la cual puedo ser yo misma sin miedo a ser juzgada, con la única persona que puedo sentirme en paz, sin inseguridades ni miedos... —hace una pausa, mientras veo como una lágrima se desliza por su mejilla—. Lo amo como no te puedes imaginar, y lo siento Samuel, pero tú no estás ni cerca de hacerme sentir todo lo que él me hace sentir.
Y tras decir eso se marcha, dejándome ahí de pie mirando a un punto fijo en el suelo mientras no puedo sacarme sus palabras de la cabeza.