Reencuentro

—Me encanta este lugar, Matt. El cielo es igual de hermoso que en el rancho de los Mars. —Claudia admiraba el firmamento, emocionada. Ambos estaban en el columpio, ella sentada sobre Matt, y él abrazándola por detrás disfrutando de la brisa veraniega.

—Sí, cuando estuvimos allí recordé este lugar. —Besó su hombro—. ¿Entramos? —propuso y ambos se dirigieron a la casa.

Claudia entró a la habitación seguida por Matt, quien entrelazó sus manos y la miraba fijamente provocando que su corazón se acelere. Él se acercó y besó sus labios con delicadeza, pero ella se apartó con disimulo y se acostó en la cama. Él bajó el rostro entendiendo su evasión. Comprendía su situación y estaba dispuesto a esperar y ser paciente, pero a veces sentía que ella no ponía de su parte. Él frunció el cejo y se acostó dándole la espalda.

—Matt... —Ella susurró, mas él la ignoró—. ¿Tan rápido te dormiste? —preguntó con sarcasmo—. ¿Estás enojado por algo?

Matt suspiró y se volteó, quedando frente a ella.

—¿Debería estarlo? —inquirió atento y medio incómodo.

—¿Quieres... que estemos... juntos? —tartamudeó con nerviosismo.

—Claudia...

—Solo sé sincero conmigo... Sé que no estoy cumpliendo como esposa...

—¡Por Dios! —gruñó—. No lo hagas sonar como si fuera una obligación.

—Lo siento, no fue mi intención. —Bajó la mirada apenada.

—Está bien... perdón. —Matt la miró arrepentido y acarició su mejilla.

—Me da miedo, Matt —confesó de repente—. No tiene que ver contigo, tampoco es que no te deseo, lo hago, pero me da miedo. Temo a eso que llevas entre tus piernas y el dolor que me pueda causar. Cuando él... —dos lágrimas rodaron por sus mejillas—, cuando ese desgraciado me hizo aquello, me dolió mucho.

Matt la envolvió con sus brazos y ella rompió en llanto. No era justo que él aún le hiciera daño. No era justo que ella no pudiera disfrutar de su sexualidad por culpa de ese patán.

***

Matt y Claudia fueron a la playa y allí encontraron viejos amigos de él. Pasaron un día muy divertido y Claudia conoció un poco más de la niñez de su esposo.

Cuando regresaron a la casa se encontraron con dos señoras y dos mujeres de su edad. Claudia notó la tensión de Matt y no le gustó las miradas de aquellas señoras.

—Hola, sobrino. —Una de ellas saludó con sarcasmo.

—Hola tía, Lula. —Matt devolvió el saludo.

—¿Quién es la rubia? —preguntó una de las jóvenes.

—Ella es Claudia, mi esposa —la presentó con frialdad—. Claudia, ella es mi tía Lula, esta es mi tía Carmen y ellas son mis primas, hijas de Lula; Gigi y Maggie.

Claudia las saludó con una sonrisa y las observó con disimulo. Lula era bajita y llenita, mientras que Carmen era flaca y de estatura media. Gigi tenía un cuerpazo roba suspiros, cabello corto y piel mestiza, al contrario de su hermana Maggie que era demasiado flaca, parecida a su tía Carmen. Su cabello era hermoso, abundante y largo. Todas tenían cabellera castaña como Matt y ojos oscuros.

—¡Vaya, primo! ¡Quién diría que saldrías con una modelo! —Gigi espetó recorriendo a Claudia con la mirada.

—Tú sabes que a él siempre le han gustado así, riquitas y finitas. —Maggie añadió maliciosa.

—La diferencia es que ahora se ve bien. Está tan bueno que hasta yo me lo tiraría y mira que somos primos. —Gigi espetó con descaro.

—¡Dejen de hablar babosadas, ustedes dos! —Carmen las regañó—. Este es un ingrato. Te casaste y no nos invitaste. Viniste al pueblo y no te has dignado en visitarnos. Claro, como ahora perteneces a otra clase social.

—No es eso, tía. No tenía contacto con ustedes; cuando me fui no había teléfono en la casa. Además, me dijeron que no somos familia y que no me preocupara en buscarlos. Pero, no he ido a verlos porque acabo de llegar.

—Bueno, pues yo espero que olvides el pasado y empecemos de nuevo. Es más, invítanos a tu casa el próximo fin de semana para hacer una fogata.

—Pues, veremos —contestó no muy convencido.

—Bueno, esperamos tu visita pronto, Matt. —Su tía Lula le pellizcó la mejilla—. Y no dejes de vernos como tu familia, mira que nos enteramos por otros que estabas en el pueblo.

Matt asintió y ellas se marcharon.

Claudia estaba disfrutando de un delicioso baño de burbujas cuando Matt entró al baño envuelto en una toalla. Él se quitó la tela que lo cubría y se entró a la bañera. Claudia sonrió y él se acercó a ella con una mirada llena de deseo.

—¿Lista? —preguntó sobre sus labios y ella asintió insegura. Matt empezó a tocar su cuerpo lentamente y sin dejar de mirar su reacción. Sus caricias iban acompañadas de masajes que la ayudaban a relajarse. Después de un largo rato de masajes y caricias lentas sobre su piel, salieron de la bañera y Claudia se acostó en la cama. Matt se sentó a su lado y continuó las caricias. Él tomó la mano de ella y la utilizó para recorrer su cuerpo. Claudia cerró los ojos mientras sus manos conocían su propia piel. La terapeuta les había dicho que era bueno que ella recorriera su propio cuerpo, como forma de conocerlo y aceptarse. Él soltó la mano de ella y recorrió su piel con su dedo índice hasta llegar allí. Claudia respiró profundo y se entregó a las caricias que su esposo le brindaba. Su piel se tornó roja y temblores la recorrieron ante aquella extraña sensación que no había sentido antes, pero que le gustaba. Un cosquilleo recorrió su cuerpo mientras una ola de placer nubló su razón. Matt se acostó a su lado y la abrazó con alegría.

—Reinita, acabas de tener tu primer orgasmo —susurró sobre su oído con una gran sonrisa.

***

Claudia se levantó más relajada y alegre. Matt salió del baño envuelto en una toalla y ella se quedó mirándolo embelesada. Él sonrió al descubrirla babeando de forma descarada por lo que ella se sonrojó, no solo porque él la descubrió mirándolo como perro hambriento, sino por lo que ocurrió la noche anterior. Era la primera vez que ella se dejaba estimular por él, así que le daba vergüenza verlo a la cara. Él se sentó junto a ella y Claudia se estremeció.

—Si quieres lo repetimos. —Su esposo propuso con picardía y ella se tapó el rostro sonrojada—. Eres muy linda, reinita. —Rio divertido.

***

—Entonces, me dice que ella reaccionó de forma positiva a la estimulación sensorial. —La nueva terapeuta preguntó. Ellos fueron transferidos a ella, ya que su oficina quedaba en una pequeña ciudad cerca del pueblo. La terapeuta era agradable, pero un poco intimidante. Corregía a Claudia a cada momento cuando salía con esos tabúes transmitidos por su tía Clara. La sexóloga la mandó a estudiar sobre sexualidad humana y a ver ciertas imágenes como forma de desensibilización. La idea era exponerla a su fobia en un ambiente relajado, donde ella se sintiera cómoda.

—Bueno... la estimulación sensorial se salió un poco de lo planeado. —Matt la miró con algo de temor porque la morena lo observaba como si traspasara su alma.

—¿A qué se refiere? —preguntó con curiosidad.

—Pues, la masturbé. —Matt confesó y Claudia empezó a toser. La terapeuta la miró entretenida por su reacción.

—Eso suena bien. Entonces vayamos más lejos, ahora. Esa será su manera de tener relaciones por ahora. Usted a ella y ella a usted. Sé que lo segundo será difícil porque ella percibe su falo como algo peligroso. Pero la expondremos poco a poco hasta que logre hacerlo. Quiero que ambos se exploren y disfruten cada parte de su cuerpo, estimulen sus zonas erógenas y descubran lo que le gusta a cada uno. Es importante que vean el coito más allá que una penetración, que no se enfoquen solo en eso. No queremos que Claudia desarrolle un trastorno sexual por su trauma, ya es suficiente con la genofobia. Vamos a evitar un vaginismo o frigidez. No penetración por el momento. —La terapeuta advirtió y luego los miró con picardía—. Pero pueden usar la boca si lo desean.

Claudia la miró escandalizada. Su tía les había enseñado que las relaciones sexuales se utilizaban para tener hijos y que esas cosas como sexo oral era para prostitutas.

—No me mire así, señora Páez. —La morena reprochó—. Háblenlo. Si a ambos les gusta no hay problemas para eso. No es nada malo y si se hace con higiene y precaución, no hay de qué preocuparse. Al contrario, es un buen estímulo que le ayudará mucho a tener más orgasmos y a prepararse para la penetración. Todo lo que ustedes quieren hacer que no dañe su salud ni integridad como personas, siempre y cuando ambos estén de acuerdo y AMBOS lo disfruten, es bienvenido a su intimidad.

—Pero... —Claudia dudó. Nunca había visto la sexualidad como algo tan natural y variado.

—La sociedad, la religión, los medios de comunicación, la pornografía, la mala educación sexual o en su defecto, la falta de esta, han tergiversado las relaciones de pareja. No hay un patrón. Cada pareja es diferente, así como lo es cada persona. Lo que les funciona a unos, no necesariamente les funciona a otros. Lo importante es que ambos disfruten su sexualidad al máximo y aprendan juntos a como satisfacerse.

Claudia bajó el rostro apenada. Ella era ignorante al tema, ya que la única que le hablaba de eso era su tía. Pero, su tía tampoco sabía del asunto y hablaba según sus traumas y la mala información recibida por sus padres, quienes eran muy estrictos y cerrados.

—Señora Páez, es bueno que entienda que un hombre nunca va a adivinar lo que usted quiere o le gusta. Vemos o leemos novelas y nos comemos el cuento de que el hombre conoce todo lo que nos gusta o nos da la mejor experiencia sexual sin nosotras tener que esforzarnos. Las relaciones sexuales pueden llegar a ser muy frustrantes si pensamos de esa forma. Le digo esto porque veo que usted no pone mucho de su parte y es muy pasiva en el asunto. Olvídese de todo lo que le dijo su tía y aprenda junto a su esposo y lea. Le voy a dar un libro que le será muy útil.

Claudia asintió. La terapeuta tenía razón, ella evadía mucho el tema más por los complejos que por el mismo trauma.

***

Matt y Claudia regresaron de la terapia y decidieron comprar algunas cosas en el mall que quedaba antes de llegar al pueblo. Matt estaba esperando a Claudia quien empezó a medirse cuanta ropas veía, cuando vio a aquella mujer. Inmediatamente se tensó y su expresión cambió a fría e incómoda. La joven se acercó incrédula y lo observó por un largo rato.

—¿Matt? —La pelirroja preguntó sorprendida—. ¿Eres tú? —Lo miró de arriba a abajo. Él se quedó sin habla y no le quitaba el ojo de encima.

—Grandulón, ya escogí lo que voy a comprar. —Claudia se acercó a él y paró en seco al ver a aquella chica. Parecía de su edad y era hermosa. Definitivamente, muy diferente a las personas que había conocido en el pueblo. Se notaba a leguas que ella era una de esas mujeres ricas que tenían el mundo a sus pies y la arrogancia y el aire de superioridad emanaban de su mirada. Hasta le recordaba a ella en tiempo atrás. Parecía una modelo de revista con su ropa de diseñador y su linda figura. Su cabello rojizo le llegaba por encima de los hombros, cayendo un unas ondas perfectas y muy sedosas. Sus ojos grandes y rodeados de maquillaje, resaltaban un lindo color verde. Todo su rostro era hermoso y simétrico y su piel blanca y bien cuidada. Claudia frunció el cejo al ver la tensión de Matt. ¿Por qué ella le afectaba tanto?

—Hola, soy Claudia. —Extendió su mano con rapidez—. La esposa de Matt.

La chica apretó su mano sin quitarle el ojo de encima. No podía creer que el chico que ella tanto humilló y utilizó a su antojo se había convertido en hombre tan atractivo y se había casado con una modelo. Por alguna razón extraña, escuchar que ella era su esposa le molestó y verlo tan hombre e imponente removió su interior. Tal vez, sería muy divertido demostrarle a esa modelo de ciudad que su esposo lamería el suelo por donde pisaban sus pies con tan solo ella pedirlo.