El viaje a la iglesia

Como quien no tiene más nada que hacer en su vida, a la mañana siguiente fue a la iglesia local con el firme propósito de hacer mis averiguaciones.

Al salir del apartamento, noté que el ascensor no servía y tuve que bajar por las escaleras. Estas estaban congestionadas, ya que parece que ese día todo el mundo tenía algo que hacer en la calle. Faltando solo un piso para llegar a la salida, una señora que venía con bolsas de mercado me dijo que, por favor, la ayudase a subirlas, ya que ella vivía en el piso 3.

Accedí con una sonrisa falsa porque no quería ser grosero y decirle que andaba apurado, pero, en realidad, nadie me estaba esperando en la iglesia así que nada me costaba ayudar a la señora con sus bolsas de mercado.

Al llegar al tercer piso, la señora me dijo que entrara al apartamento con ella y pusiese las bolsas en la cocina. Luego de que lo hice, ella me preguntó si quería tomarme un jugo de mango y amablemente le dije que lo agradecía mucho, pero que tenía premura porque debía ir a la iglesia local.

«¡No puede ser!», exclamó la señora, y agregó que su nieto de 8 años también tenía que ir para allá, pero sus papás estaban trabajando y ella estaba preocupada porque tenía que cocinar y no sabía con quién enviarlo. En ese instante me llamó ángel del cielo y me preguntó si podía llevar a su nieto, que no me preocupase por traerlo de vuelta porque su mamá lo iba a buscar en cuanto se desocupase.

Volví a sonreír, esta vez con los dientes apretados, y le dije que no se preocupara, que yo llevaba al niño.

Cuando logramos salir, le pregunté al niño si no le molestaba que fuésemos a pie, ya que la iglesia no estaba muy lejos y a mí me gustaba caminar por la ciudad. Él me dijo que estaba bien, ya que aún le quedaban como 45 minutos para llegar a tiempo.

Yo también quería caminar para esclarecer la mente y pensar muy bien en lo que haría al llegar a la iglesia, pero, por lo que llegué a notar, el niño sintió confianza conmigo y pasó todo el trayecto contándome lo que pasaba en cuanto episodio había visto de Los jóvenes titanes.

No le pedí que se callara porque sentí que aquello era un castigo que debía pagar por todo el tiempo que había pasado sin visitar la iglesia.

Al fin llegamos, y justo antes de entrar a la iglesia, el niño me dice que se acaba de acordar algo que me quería contar, pero que yo debía prometerle que no le diría a nadie. Le dije que estaba bien, que no se preocupara, porque me acordé que de niño yo también era muy inquieto, parlanchín y travieso.

El niño me miró a la cara y me dijo casi susurrando que él hablaba con los muertos. Me dio un susto tremendo y me sentí Bruce Willis en El sexto sentido. Abrí los ojos más de lo normal y le pedí que me explicase que qué era eso que me estaba diciendo. Él me dijo que, bueno, no es que veía muertos ni fantasmas, ni nada de eso, sino que cuando su abuela estaba viendo las noticias pasaron la foto de una muchacha que había muerto y él a veces hablaba con ella por mensajes de WhatsApp, ya que ella iba a venir a la iglesia.

Incrédulo, le pregunté por el nombre de la chica y él me lo dijo. Ahora sí que me sentía petrificado, ese muchachito que el azar había puesto en mi camino conocía a mi ex.

Pero, justo cuando le iba a hacer preguntas acerca de ella, una señora lo llamó por su nombre y él salió corriendo, me dejó hablando solo y se metió en un salón donde cerraron la puerta después de que él entrase.

Me volvió el alma al cuerpo y sentí que había llegado al lugar correcto.