Cap. 52 Una y no más

1992, el tiempo como avanza hasta para los que estamos muertos y nada del hijo de puta latino de mierda. Mis muchachos se encontraban siempre alertas por si apareciese, como siempre, yo vagaba por las calles de Caracas, la caminaba de cabo a rabo, a veces hasta un poquito más, ya se había vuelto mi zona de caza, supongo que esa era una de las razones del no volver a aparecer. Un par de llamadas fueron realizadas desde Alemania y Japón, confirmando de ninguna novedad, todo seguía sujetado al plan, las personas seguían llegando y eran guiadas por Oliver a la isla, ¿Cómo lo hacía?, no me lo pregunten, aun no lo sé, hasta la actualidad, no he pisado esa isla.

Supongo que el latino se tuvo que ir, no se esperaba que lo tomaran de sorpresa, y mucho menos de una manera tan comprometida como aquella mañana, fue muy descuidado de su parte y ahora entendía el porqué de los consejos y los reproches de Silvana, Oliver y Eloísa. Cada ocasión, cada paso, me evaluaba y buscaba de ser cada vez mejor en mi oficio en ser Nafalem, estudiaba todo lo que tuve que pasar para… aprender y desprenderme de todo lo humano, ya que lo dejé de ser hace mucho. La noticia de que alguien se infiltrara en el pentágono de los Estados Unidos explotó en las noticias, ellos lo quisieron tapar con un intento fallido, pero sus palabras no congeniaban con lo mostrado al mes de haber sucedido, y con lo que fue destapado desde el ordenador de uno de sus ministros, menos cuadraba todo aquel teatro montado por los medios, achacándole la culpa al pobre infeliz, y mi pregunta no dudó en venir a mi cabeza, ¿Quién fue?, eso no era uno de mis planes, pero favorecía creando una hermosa distracción y lo más seguro es que aquel ministro no fuera nada más que un simple chivo expiatorio, alguien a quien culpar.

Y aquí estoy, a la altura del Paseo de los Próceres, por enésima vez. Iba de paso hacia el terminal de la bandera, cuando de pronto, al otro lado de la calle, frente al mismo terminal, había una jovencita, una niña, no sabría cuantos años tendría porque no he de negar que tenía muy buen cuerpo, pero andaba vistiendo como toda una… ¿prostituta?, bueno si, minifalda de Jeans bastante corta, una camiseta sin mangas de colores que mostraba el ombligo, tacones negros, una chaqueta pequeña haciendo juego con la minifalda, dos coletas en sus cabellos negros, que si lo llevara suelto podría llegarle hasta las mitad de la espalda, excesivamente maquillada, cartera extravagante terciada sobre el hombro. No podía negar que sin toda esa indumentaria podría ser muy bonita, o hasta hacer pensar a cualquier hombre que es casi mayor de edad, ya que su cuerpo contaba con buenos atributos, piel acanelada, ojos ámbar, facciones suaves y delicadas. Con mirada plana suspiré profundamente. Dios santísimo, perdónala o perdona a sus padres por descuidar a un ser de tan… poca edad. Junto a ella y a sus alrededores se encontraban otras más en busca de una buena noche de pasión acompañada de una buena paga, incluyendo un travesti más que otro; como diría Silvana “iiiiiuuu”.

Pero como siempre yo, de metiche, de entrépita porque… no tengo otro calificativo, me acerqué a pasos casuales con mis manos en los bolsillos de mi abrigo de cuero negro y cuello alto, me paré a su lado y… ─ Buenas noches ─ saludé de lo más normal, como una noche más, un pendejo más ¿Qué carajo?; ella me recorrió rápidamente de hito en hito y asintió con una mueca ligera de sonrisa correspondiendo a mi… saludo, después de un minuto incómodo de silencio… ─ ¿Puedo hacerte una pregunta? ─ ella me miró y no esperó, porque enseguida contestó: ─ Ochenta y cinco mil la noche. Quince mil la hora ─ eso me dejó sin habla solo por un segundo, ¿pensaba que quería de sus servicios? ─ ¿Perdón? ─ ella me escrutó con ceño fruncido, se veía molesta o a lo mejor pensaba que quería regatear por la sencilla razón de… ─ Es la tarifa. Oiga señora, seré honesta, mayormente mis servicios son con hombres, pero supongo que debe haber una primera vez para todo ¿No? ─ ¿Qué?... pero… ─ Y si no está aquí para pagar por una buena noche, por favor, le pido que me deje sola, me espanta a los clientes ─ ¿Los que? ¿Cómo que señora? ¿Cuántos años tienes? ─ No es peo suyo, pero tengo dieciséis si eso hace alguna diferencia ─ Pero… ─ De panita y todo le digo, señora, no quiero ser grosera con usted, pero de pana le pido que se vaya. No me joda la noche ─ ¿Hay hombres que les gusta acostarse con niñas?, o sea, pregunto porque… podrías tener la edad de una de sus hijas ─ (bufido) Coño, eso no es peo mío, se lo digo de una, con tal y paguen lo que pido, además, ni se imagina. Por esta parte abundan en banda, (mueca) y los militares son los primeritos, créame. Ahora… si no le importa… ─ finalizó su contesta agitando su mano en una invitación a alejarme, eso me hizo reflexionar un poco. Y si… ─ ¿Dijiste que eran… ochenta y cinco mil? ─ ella me miró de soslayo, había captado su atención. ─ Si, y no te vas a arrepentir. La vas a pasar divino. Mis clientes no se han quejado ─ contestó estudiándome de arriba abajo, pensaba en las opciones de cómo hacerme pasarla bien y esperando a que yo aceptara la oferta y así hacerse la interesada en mi. ─ Te pagaré el triple ─ eso la tomó con la guardia baja y soltara una risa incrédula. ─ ¿Usted tiene tanto billulle así? ─ ¿Tanto que? ─ Dinero, platica ─ contestó frotando sus dedos para hacerme entender lo que quería decir. ─ Claro ─ respondí con mi mejor cara de póker con un encogimiento despreocupado de hombros. ─ Pero por esa cantidad puede llevarse a dos o tres de nosotras ─ ¿Y?, yo lo quiero pagar en una, ¿Cuál es el peo? ─ No, ninguna, solo decía ─ ¿Nos vamos? ─ Por esa cantidad, lléveme hasta la luna si usted quiere ─ replicó prendiéndose de mi brazo, optando en su papel de estar locamente interesada en mi, de mi parte respondí con un susurro y ligeros toques en su barbilla con un dedo enguantado: ─ Cuidado con lo pides, niña, puedes obtener mucho más que eso ─ Sorpréndame ─ contestó mordiéndose el labio para hacerse ver deseosa, en cambio yo… (suspiro), mi respuesta fue una sonrisa traviesa.

─ Hay un hotel cerca de aquí, donde lo podemos hacer bien de pinga, hasta con bailecito y todo si usted quiere ─ me mostré meditabunda. ─ Bien ─ contesté y ella quiso besarme de una vez. ─ ¿Por qué no mejor esperar hasta el hotel?, las mejores cosas se hacen… desear ─ contesté dulcemente, y su respuesta fue una sonrisa bastante traviesa, una de esas que implicaba sexo bueno de por medio. Una vez en el hotel, ella comenzó a sobarme, a… querer besarme y todas esas cosas. ─ Ponte cómoda ─ recomendé evitándola, habíamos pedido una con jacuzzi y todas esas comodidades para una buena noche, ella se sentó en la cama boxspring con las piernas abiertas y ¡Dios mío!, no tenía ropa interior, casi me hizo respingar del asco y la sorpresa, pero me controlé. ─ ¿Usted es extranjera verdad? ¿Dónde está el dinero? ─ preguntó y de mi abrigo saqué un buen fajo de billetes, los tiré en la cama, ella los tomó estudiándolo como si fuera un mazo de cartas. ─ Si. Soy extranjera ─ contesté y con la barbilla señalé el fajo de billetes. ─ ¿Suficiente? ─ pregunté y ella no dudó en querer quitarse la ropa, se detuvo y… ─ ¿Quiere un bailecito primero? ─ ¿Quieres algo de comer? La noche es aun joven ─ Bueno… ─ contestó con un ligero encogimiento de hombros. Ella ordenó algo de comer y… ─ ¿Me pediste que te sorprendiera? ─ le pregunté sentándome en un parpadear muy cerca de ella susurrándole al oído, eso hizo que se estremeciera de los nervios, suspiró y dijo: ─ Si ─ No pierdes el tiempo ─ Lo hacemos como usted quiera ─ contestó en un intento de gemido. ─ Mírame ─ insté y para la sorpresa de ella, se encontró con mi rostro contorsionado en algo demoníaco.

Ella cayó al suelo totalmente aterrada y antes de que cometiera una estupidez… ─ Silencio ─ ordené y ella se quedó con la boca abierta en un grito mudo, se aferró a su garganta en busca de la razón de no poder gritar o… de hablar. ─ Me pediste que te sorprendiera ─ dije cruzándome de piernas mientras que ella buscaba por todos los medios de alejarse de mi. Intentó de abrir la puerta entre tirones, golpes y patadas, pero fue en vano, su desesperación no le dio para darse cuenta que le había pasado llave a la cerradura. Rodé la mirada y… ─ Siéntate ─ ordené y ella se tiró al suelo sentándose mientras me miraba con horror puro, sonreí mostrando mis colmillos por su obediencia.

El corazón de esa chica latía como un colibrí, sollozaba en silencio, aun no le había dicho que podía hablar o hacer ruido alguno, por lo tanto, se podrán imaginar aquel cine mudo de drama que tenía delante de mí. ─ Solo escucha. Necesito saber una cosa, ¿Por qué una niña como tu trabaja de puta? No eres la primera, pero tu… ─ olfateé el aire. ─ Hueles diferente ─ mi rostro aun seguía transformado en el demonio que era, ella únicamente se limitaba a sollozar y temblar como un animalito indefenso. ─ Tienes hijos. Eso puedo olerlo en ti. Pero tú trabajas obligada, puedo notarlo. Tienes moretones en tus entrepiernas y en tu espalda, por más que lo quieras tapar, puedo notarlo, olerlo ─ ella solo podía negar sollozando en silencio, todo su maquillaje se había vuelto un desastre. ─ Ahora… quiero saber tu nombre, ¿Cómo te llamas, niña? ─ Yesenia ─ dijo rompiendo por fin ese extraño silencio que la obligué a tener. ─ Yesenia ¿Qué? ─ Echenique ─ Bien. Ahora, Yesenia, te haré una oferta, pero dependerá de ti, de tu respuesta ─ anuncié volviendo mi rostro de lo más normal. ─ ¿Dónde vives? ─ En el barrio José Félix Ribas ─ ¿Petare? ─ ella asintió. ─ ¿Por qué no damos un paseo y me llevas hasta tu casa? ─ ella guardó silencio, no sabía como reaccionar al respecto, hasta que contestó entre sollozos otra vez. ─ Si, está bien, pero no me lleve, no me haga daño, por favor, yo, yo, yo, yo, yo tengo un chamo ¿Ve? Un niño, y, y, y, vea mire, mire no le estoy cayendo a rollo ─ revolvió su cartera, y entre mentadas de madre y maldiciones volcó todo el contenido en el suelo en busca de la dichosa foto, al dar con ella, me la entregó y pude ver que era un gordito moreno precioso de ojos claros, portaba una pijamita de barcos y pelotas. ─ ¿Cuántos años tiene? ─ Ti, ti, ti, tiene tres ─ asentí y le hice entrega de la foto, ella con cautela y miedo la tomó y se volvió a arrimar lejos de mi, en un rincón de la habitación. ─ Llévame a tu casa, pero antes límpiate un poco ─ indiqué señalando hacia el baño y con labios temblorosos asintió.

Caminamos todo el trayecto hasta Petare, fue una caminata de alrededor de dos horas, todo ese tiempo porque ella caminaba a pasos de procesión y su corazón no paraba de correr y ella de temblar, tenía aquella cara como si la hubieran condenado a muerte. Se aferraba a su cartera como un escudo, y lo mejor del caso, ya no andaba toda pintorreteada como antes, su cabello lo llevaba suelto y a veces, por culpa de sus nervios, daba traspiés con los tacones. ─ Esto tiene que ser una brujería que me echaron, no hay de otra, yo sabía que la bicha esa de la Maritza me tenía envidia, la coño de madre esa. Es que no hay de otra. Todo por querer quitarme al marido mío, pero si supiera que hasta se lo regalo ─ iba mascullando desde que comenzamos a pasar por los cortijos. ─ ¿De qué hablas? ─ la pregunta la hizo trastabillar cayendo estrepitosamente al suelo. ─ Coño de la… ─ protestó al doblarse el tobillo. ─ ¿No tienes zapatos más cómodos? ─ ella me miró por tan extraña pregunta, no pensaba que me preocuparía por ella, suspiré y vi a varias direcciones. ─ No te muevas ─ ordené y desaparecí. A los pocos minutos llegué con un par de zapatos deportivos. ─ No preguntes ─ advertí al entregárselos, lo malo es que le quedaban un poco grandes, tal vez tres tallas de más.

Entre cojeras de Yesenia, llegamos a la subida del barrio, no había dicho una palabra más desde que se había torcido el tobillo, aunque la noche se encontraba muy avanzada, el barrio se veía muy animado, los bares abiertos a altas horas, fiesta entre las casas, muchachos y señores jugando dominó, cartas y bebiendo cervezas, o en alguna cancha jugando basket, parejas ocultas pasándola bien. Caminamos durante media hora más, dejando toda la alharaca y los jolgorios a nuestras espaldas, ella había saludado a un par de personas en nuestra caminata, pero ninguno había reparado en mi, y antes de que ella hiciera una estupidez, le advertí en un susurro. ─ No hagas nada imprudente, niña. La única que puede verme eres tú ─ ella asintió temerosa y proseguimos nuestro andar.

En mitad del camino le pregunté: ─ ¿De qué brujería hablabas?, ¿Quién es Maritza? ─ me estresó su tartamudeo, sin embargo, logró contestar: ─ Es una vecina que está antojada del marido mío ¿ve?, desde hace burda de tiempo. ─ Entonces… ─ levanté la mano en un gesto para que guardara silencio. ─ Te aclaro… ─ levanté un dedo e inicié avanzado hacia ella, acechando y amenazando, en cambio Yesenia podía retroceder aforrándose a su cartera encogiéndose de miedo a punto de sollozar de nuevo. ─ No soy un producto de brujería de nadie. No conozco a ninguna Maritza y tampoco soy un producto de tu imaginación, soy tan real como la vida de mierda que estás llevando ─ Lo sé ─ contestó chillonamente aguantado los sollozos. ─ Perdón ─ agregó gimoteando arrinconada en la pared, pero su miedo creció cuando escuchó su nombre ser mencionado con severidad y rabia. No podía ser peor para ella, porque cayó de rodillas en el piso llorando a moco suelto.

El hombre se acercó recriminándola con mucho desprecio la razón de su llanto, en cambio ella no sabía como responder, así que él pensó que buscaba excusas por una noche más en haber llegado sin dinero a la casa o habérselo gastado en estupideces, cuando en realidad él quería el dinero para gastárselo en licores y mujeres, y él le reclamaba aun más por no haberle dejado la cena lista. Volcó las pertenencias de ella en el suelo esperando encontrar algo de dinero, pero solo ella tenía su pasaje, le golpeó por ello en la cara, y mientras yo observaba como la humillaba, él tiraba de su cabello, ella imploraba que parara, llamaba por ayuda, pero sabía que era un caso inútil. En un intento de querer golpearla otra vez, intercedí. ─ Que sea la última vez que le pegas ─ advertí atrapando su brazo en pleno balanceo hostil, el intento de querer tirar de su brazo, le costó una fractura, no dudé en apretar con fuerza; los gritos de dolor desesperado inundaron la madrugada, y verle lloriquear como una marica sujetándose su brazo roto, me hizo sentir enferma. ─ ¡¿Dónde está el macho?! ─ reclamé tomándolo por el cuello y lo elevaba del suelo mostrando mi rostro endemoniado, el pobre desgraciado se orinó encima al verme a la cara, toda su hombría había desaparecido en un parpadear, ¡Ja!, después se andan llenando la boca de que son ellos y que no le tienen miedo a nada y todas esas pendejadas.

Lo tiré al suelo y él buscó de alejarse de mi arrastrándose de culo, lanzaba oraciones mientras que yo me reía a carcajadas sin humor. ─ Pide todo lo que quieras, reza todo lo que quieras, que el inútil de Tu Dios no te salvará ─ con un pisotón le partí la pierna a la altura de la tibia, o como decimos los venezolanos: “en plena canilla” y más gritos de desesperación volvieron. Tomándolo de la pierna rota, tiré de él y lo arrastré delante de Yesenia, ─ Pídele perdón ─ exigí con filosa calma, pero el maricón gimoteaba y gruñía de dolor. ─ Pídele. Perdón ─ exigí una vez más retorciendo con mi pie la pierna fracturada, haciendo que más gritos sonaran y más orine en su pantalón brotara. Solo podía contemplarlo como la basura que era, y como no decía nada, lo arrastré a un montón de mierda de perro que había por allí cerca, lo sujeté por la parte de atrás de su cabeza y le restregué la cara allí. ─ ¿Te gusta humillar? ─ pregunté mientras lo ahogaba en mierda. ─ Te hice una pregunta ─ solo podía bufarme de él al dejarlo allí tendido y verle escupir mierda de perro. ─ Vámonos ─ insté y ella me siguió encogida de miedo, lanzando miradas nerviosas al cuerpo maltrecho de aquella piltrafa humana.

Llegamos al pequeño rancho de Yesenia, uno hecho a base de Zinc y tablones, la pobre casita… si soplaba un fuerte viento, esta se vendría abajo sin oponer resistencia alguna, pero no me burlaba de su casa, al contrario, de lo que me quise burlar era las cantidades de estampitas y esculturas de yeso de todos esos santos habidos y por haber, me había quedado en el umbral estudiando el entorno. Me dio un poco de lástima por ella. A mano izquierda una sábana hecha cortina, separaba el cuarto del resto de la casa, juguetes regados por aquí y allá, el suelo aun era de tierra, a mi derecha se encontraba lo que debería ser la cocina, un mesón hecha con tablas y sobre ella la cocinita de dos hornillas y debajo del mesón, se encontraba la bombona de gas, el fregadero se hallaba al lado de la cocinita, llena de utensilios sucios, lo que debería ser la lacena, era una repisa llena de grasa añeja creada por el cocinar constante y lo más gracioso y lo irónico, era ver un pequeño cuadro diciendo, “Dios bendice este hogar”, si claro, con un maricón que maltrata a su mujer, una niña de dieciséis años con un niño de tres, eso quería decir que tuvo su hijo a los… ¿trece?. Sobre el umbral yacía una estampita con la mano poderosa de Dios con una cruz de palma bendita, una penca de sábila y una botellita de agua bendita, la estudié con detenimiento, y al verle a la cara, sonreí.

Sus palpitaciones habían bajado al sentirse segura, ya que… tenía la fe volcada en que tales protecciones me impedirían entrar en su casa. ─ ¿Cómo puedes tener fe en eso? ─ señalé y ella contestó: ─ So, so, so, son protecciones de santos, para que ningún mal entre a la casa ─ me reí por ello. ─ ¿El mal? ¡mija, reacciona!, el mal lo tienes en tu casa y es tu “marido” ¿Cómo pudiste caer tan bajo? ─ Bueno… usted sabe… una es chama y usted sabe que bueno… cuando una se enamora… ─ Pero no de esa manera tan pendeja, tú me perdonarás. Es que… mírate, deberías estar en el liceo, no prostituyéndote ─ Bien bello pues, ahora Albita me dice como vivir mi vida ─ ¿Perdón?, ¿Quién coño es Albita? ¿Otra vecina? ─ ella consideró mejor sus respuestas al oírme replicar indignadamente, porque tragó con dificultad y guardó silencio, y para enderezar su error… ─ Disculpe, perdón pues. No quise ofender, pero… ¿De verdad no sabe quien es Albita? ─ No y no me interesa ─ Bueno… yo le iba a decir que Albita era el diablo ─ levanté mi dedo en querer replicar, pero me quedé con la boca abierta. ─ ¿De qué carajo estás hablando? ¿De donde sacaste semejante mamarrachada? ─ No me regañe, yo, yo, pensé que usted sabía ─ ¿Pero de donde sacaste eso, mija? ─ De mi mamá, ella es santera y… bueno, de ella aprendí un poquito pues, y con eso me he defendido de los envidiosos y de los que me quieren lanzar un daño pues ─ enarqué mi ceño con una mirada plana. ─ Si tu lo dices ─ contesté estudiando mi entorno otra vez. ─ ¿Dónde está tu hijo? ─ pregunté cuando ella tomó asiento más tranquila, no había sentido la presencia del pequeño. ─ Está con mi mamá, ella la cuida mientras que yo estoy trabajando ─ ¿Tu mamá sabe lo que haces? ─ desvió la mirada y guardó silencio, respuesta suficiente para mi. ─ ¿Y aun así…? ─ Bueno… yo… pues… ella me dijo que si fui mujer para abrir las piernas, debo ser mujer para defenderme en la vida ─ Y razón de sobra tiene, pero le quito la razón de que no te haya motivado a seguir con tus estudios, de… guiarte a estudiar en vez de alcahuetearte un hombre que podría ser tu papá ─ Ya tenía marido, ¿Qué más me quedaba? ─ ¿No crees que es mucho título llamarlo “marido”? ─ Es el hombre con quien vivo. Es el papá de mi chamo ─ cavilé un poco ante sus palabras, considerando en dejarlo pasar.

Y allí estábamos, mirándonos en silencio, supongo que ya se le habían acabado todos los argumentos para entablar una conversación, pero… ¿Qué podía hablar con una no-muerta como yo? Y si les soy franca, por alguna razón que ni yo misma podía describir, esta jovencita me recordaba a Wendt cuando la conocí en ese bar de mala muerte en Londres, pero la diferencia que las desligaba era que esta niña tenía una madre que no apreciaba, ni mucho menos consideraba a su hija, aunque pensándolo de este modo, a lo mejor ella era el tipo de jovencita malcriada que quería hacer las cosas a su manera y punto, toda una rebelde sin causa. ─ ¿Puedo hacerle una pregunta? ─ su interrogante me trajo a la realidad. ─ Si ─ ¿Su muerte fue muy trágica? ─ ¿Qué? ─ Digo, porque para no descansar en paz y ser quien es… ─ Bueno… ─ Y si es así pues… usted me dice y yo le mando hacer misas y le prendo unas velitas pues, para ver si así usted consigue descansar y le llevo unas flores donde murió ─ Ya que lo dices… ─ dije y entré a la casa. Yesenia se levanta de un brinco y se arrincona cerca de la cocina, volviendo su corazón a dispararse por el miedo y la confusión. Tomando asiento en la pequeña mesa comedor, me le quedé mirando en silencio con sonrisa amena en mis labios, ella discurría su mirada de mi a todos esos santos y estampitas que adornaban su casa, no entendía como rayos podía entrar un demonio teniendo ella tantas protecciones. ─ No me invitas a pasar, ni tampoco me ofreces nada, supongo que como anfitriona te mueres de mengua ─ Yesenia boqueaba como un pez, su mente casi había colapsado por el miedo, no sabía que decir primero. ─ ¡Respira, mija!, te va a dar una vaina ─ recomendé y ella parpadeó. ─ Qui, qui, qui, qui, ¿Quiere café? ─ mi respuesta fue una mueca en un gesto de haber aceptado su oferta. ─ ¿Con o sin velas?, digo… para alumbrar su camino ─ ¿Ah? ─ no pude evitar reírme de eso. ─ No hace falta ─ comenté restándole importancia, miré la hora en el reloj destartalado de la pared y vi que ya eran más de las tres de la madrugada, tenía que entrar en materia.