CAPÍTULO IV: LUCES Y SOMBRAS (4)

Amara no durmió en lo que quedaba de la fría madrugada. Se quedó entrenando en el bosque hasta que, llegaron los primeros rayos claros de luz de la mañana. Lo presentía en la atmósfera: el día de su venganza había llegado.

Levantó a todos los lugareños, y preparó a todos los elfos. Los guió hacia la preparación, y la venida de la inaplazable batalla. Juntó los mejores ciento cuarenta arqueros, y les ordenó a esconderse en las alturas de los árboles más altos de las proximidades del bosque. El plan era sorprenderlos allí, derribar los apremiantes dragones sobrevolando el bosque élfico, y batallar dentro de este. El Reino de Eleanor debía permanecer oculto, y protegido. Y ante la pronta venida de La Legión, era necesario el refugio de todos ellos dentro de este.

Amara se alistó, y se colocó ambas dagas de fio aceradas en sus espaldas. Cargaba con ella un arco fenomenal, junto a miles de flechas, todas envenenadas. Preparadas cautelosamente por ella misma. Con ellas pretendía derrumbar a las bestias voladoras, pues su veneno inyectado en el cuello los derribaría de forma letal.

Cargaba puesta la misma armadura verde, que le habían diseñado los Elfos de Eleanor, desde el primer día que llegó a Eldrįn. Lo recordaba como si hubiese sido ayer. Cuando entre rosas y arbustos primaverales, apareció en el reino una inocente y quebrada princesa, con el corazón roto; pero con el rostro más hermoso jamás visto por todas las naciones del sur y del norte.

–Señora, ¿hacia dónde se dirige? – pregunta Irene.

–Voy hacia el consejo– responde–. Necesito a todos con los ojos muy abiertos, los niños y ancianos a los escondites. Debes refugiarte con ellos.

–Señora, ¡yo quiero pelear también! –dice la mujer– ¡Permítanos pelear a su lado!

–¡Ya te dije que no Irene! – dice la princesa–. Es demasiado peligroso, y no podemos arriesgarnos a perder más gente. Ustedes son mi familia también.

–Señora, dejen–

–Ya he dicho–dice la mujer–. ¡Apresúrense!

Amara entonces llegó al gran consejo de los Sabios Siete, y allí se encontraba solamente un hombre. El subconsejero.

–¿Tyon?– pregunta Amara.

–¡Bienvenida princesa! – dice el hombre–. Estaba esperándola

–¿Dónde están los demás? –dice la hija dorada.

–Están todos en sus refugios– responde el hombre–. El consejero Fyier solo me pidió a mí, esperar aquí en el consejo.

–¡Pues no esperes más! –dice la mujer–. ¿Qué haces aquí? ¡La invasión se dará pronto, y los necesitó a todos en sus refugios!

–He permanecido aquí, esperando precisamente por usted señora–dice–. El consejero Fyier me asignó la tarea de entregarle algo. Sígame por favor.

El hombre entonces, se dio la vuelta, sin decir una palabra más. Se adentraron al Templo Real. Pasaron algunos niveles, hasta que llegaron a la parte posterior del templo. Detrás de este, había una puerta grande de piedra. Dos piedras enormes que se juntaban, alineadas perfectamente una con la otra. Había cuatro antorchas, con sus fuegos apagados, las cuales estaban incrustadas en las puertas.

El hombre entonces, levantó una piedra, sumergida entre la tierra seca. Dentro de ella se encontraba un hueco, cubierto de hojas y raíces ancestrales; con pequeños orificios internos que funcionaban como canales. El hombre depositó en el hueco, una pócima que poseía una energía de fuego azul, y esta corrió por todas las raíces subterráneas. Dispersándose entre el subsuelo, hasta que conectó con el canal que guiaba la energía hasta las antorchas; prendiendo las cuatro al mismo tiempo; denotando un fuego azul incandescente.

Cuando las fogatas se prendieron, las puertas de piedra se abrieron lentamente hacia adentro. Ellos entonces prosiguieron, y se adentraron adentro de la cámara secreta.

La cámara estaba muy desordenada, pero repleta de joyas, coronas. Prendas oro y de plata. Habían escritos y pergaminos por todas partes, y las paredes estaban aún marcadas; la humedad y el moho, se había apoderado de todas las esquinas. Y en el centro de este se encontraba una armadura, suspendida dentro de un cristal. Era completamente azul, con finos detalles de plata y oro encajados por toda la estructura de ella.

–He aquí la legendaria armadura sagrada– dice Tyon–. La ultima armadura, elaborada con los cristales más preciosos de los bosques de Eldrįner, para la reina eterna del sur. La Reina Eleanor.

–Entonces, ¡el mito es cierto! – dice Amara.

–Al menos en la parte de la armadura, así lo es–responde el hombre–. El resto de la leyenda, reposará en tus manos Amara.

–¿A qué te refieres?

El hombre entonces, abrió un compartimiento secreto; hecho a base de raíces. Encontraron debajo de este, una placa de bronce donde recitaba el nombre precioso de la legendaria armadura. Además, dentro del compartimiento, se encontraban tres raíces principales. Este cortó una de ellas, y la puerta la cámara de cristal se abrió ante ellos.

–Señora, en nombre de todo el Pueblo de Eleanor, queremos obsequiarle esta armadura– dice el hombre–. Según el Töran, solo con ella es posible derribar al príncipe de las tinieblas, y usted más que ninguno, la va a necesitar.

–Tyon no puedo aceptar esto– dice la mujer–. Esta armadura es sagrada, es bendita. Reservada para la resurrección de la reina.

–Señora, si en todo caso estos mitos son ciertos, nosotros sabemos que usted es esa mujer–dice el hombre–. Señora, usted es mejor que esa resurrección. Porque usted es real. Mis generaciones tienen miles de años esperando en vano una fantasía, una perfección que jamás había nacido. Mi pueblo jamás había sido apoyado como lo está siendo ahora. Este pueblo olvidado, ahora ve la luz a través de usted, mi señora. El pueblo cree en Elgoneth nuevamente, debido a usted señora. Y le repito, usted es mejor que esa resurrección, porque usted es real.

–Usted está aquí– continúa el hombre–. Usted está con nosotros. Nos ha levantado, nos ha cuidado, y nos ha llenado el corazón de amor, de esperanza, de fe, de triunfo. Y es lo mínimo que el consejo puede hacer por usted. Es lo mínimo que este pueblo puede hacer por usted. Señora, usted es, la verdadera Reina del Reino Eterno.