CAPÍTULO IV: LUCES Y SOMBRAS (3)

Se levantó a mitad de la madrugada, la hija dorada. La mente de la princesa de oro, poco a poco, recobró sentido. Había soñado algo terrible. Su corazón se le quería salir de sí misma, y sus manos temblorosas la obligaron a abrir su puerta; necesitaba respirar en las afueras. Sentía que estaba ahogándose.

Estuvo por un pequeño momento vacía, en silencio. Se dirigió a las proximidades del bosque, y atrapó un pequeño dragón mensajero. Encontró un pergamino vacío, y le escribió a su hermana mayor. En él, le pedía que viniera hacia Eldrįn cuanto antes. Necesitaba hablar con ella.

Amara, sin embargo, no podía dormir y se quedó en las proximidades del misterioso bosque, en la infinidad del amanecer. De pronto, sintió una presencia extraña detrás del árbol donde llevaba rato sentada. Se levantó rápidamente y decidió atacar, pero un rostro familiar se le apareció de inmediato, entre la poca luz que habitaba en el lugar.

–¿Hermana? –pregunta la hija dorada.

–¡Amara! ¡Gracias al cielo! –exclama Ceres.

–¿Recibiste mi mensaje?

–¿Qué mensaje? – pregunta Ceres.

–Te mande un mensaje pidiéndote que vinieras–dice la hija dorada.

–Vine porque mis instintos así me lo dijeron–responde Ceres–. No estoy aquí porque quiero estarlo.

–¿Porque estás aquí entonces Ceres?

–Tuve un encuentro con Rita–exclama la hija mayor del rey.

El ambiente se paralizó. Amara perdió de pronto los colores de su visión, y en la mente de la mujer se le venían escenas de su hijo cayendo de un precipicio; implorando por su madre. Gritando y llorando en el vacío de la nada, destinado a la irreverente muerte de su alma.

–Entonces, es cierto–dice Amara

–¿Qué cosa? –pregunta Ceres.

–Mis visiones, mis pesadillas, son todas acertadas–exclama la mujer–. Son evidencias, son hechos. Lo vi todo hermana. Elgoneth me ha permitido ver todo; estaban en los manantiales. Hace un tiempo que se está tratando de comunicar conmigo.

–¿Qué crees que te quiera decir con esto?

–La verdad, Ceres–exclama la mujer–. Ese día que estábamos las tres, en esa cima, yo–tu–

–Sé que debí haber muerto Amara– responde Ceres–. ¿De dónde crees que nace esta pesadumbre? ¿Este arrepentimiento? Debí haber muerto, si esa era la voluntad de Elgoneth. Lo sentía. Estaba paralizada de miedo. Sabía que Rita era esa maldición.

–Pero ella después actuó de otra manera– continúa–, y cerró la boca de todo el imperio. Inclusive yo me sentí orgullosa de ella. Aliviada de que esta ley era solo era un mito extraño, pero ¿en qué es lo que se ha convertido ahora? ¿De dónde surge tanta maldad? ¿De dónde nace tanto dolor, y tanto resentimiento? ¿Por qué destruirnos así ahora, Amara? ¡Nosotros lo dimos todo por ella!

–Esta no es nuestra hermana, Ceres–responde la princesa de oro–. Abhir murió el día que su amado lo hizo.

–¿Que harás? –pregunta Ceres–. Sé que quieres enfrentarla por ti misma, pero, ¿y si vienes conmigo? ¿Y si la enfrentamos juntas?

–Ya lo intentamos Ceres, no funcionó–respondió Amara–. Quiero intentarlo, necesito intentarlo. Y sé qué debo hacerlo sola. He estado preparándome por cuatro rimeros para este momento. Créeme que no ha pasado un solo día el cual no haya esperado esto con ansias, con fervor, con pasión. Sabes ya lo que me corresponde. Es mi destino.

Ceres entonces, inclinó la cabeza y sintió un mal augurio. Amara instintivamente, sintió el remordimiento que existía dentro de ella, y le continúo diciendo unas palaras que quedarían grabadas en la mente de su hermana.

–Si debemos, la enfrentaremos juntas– exclama Amara–. Pero me corresponde a mi primero lidiar con ella. Es lo más sabio, y además, una ventaja para el ejército y para el reino. Para el pueblo, y para nuestro padre.

–¡¿Tú crees que mi padre quiere esto?! –pregunta Ceres–. ¡Para eso estoy aquí Amara!

–¡Me arrebató todo lo que tenía sentido para mi Ceres! ¡¿Qué quieres que te diga?!– responde la hija dorada–. ¡No voy a descansar hasta que esa bruja desgraciada sea eliminada!

–¡Es nuestro honor, y el valor que late en nuestras almas! –continúa–. Dile a mi padre, que no necesito que me mande a mi hermana para guiarme. Yo sé exactamente lo que quiero. Sé exactamente adónde voy. Y sé exactamente lo que debo hacer. Dile que el día de mañana, levante su mirada hacia el claro, pues Aramordt se levantará en el Norte nuevamente, como su gran imperio. Como la renovada gran nación. Como el contraataque de nuestro pueblo. La justicia se hará cumplir. La Ley Divina será derramada sobre este miserable mundo, ¡y yo lo convertiré en el cielo de todos los cielos! Dile que cuando vea la Bandera Dorada de la victoria ondeando en Eldrįner, sobre los aires de este caótico planeta, confirmaran la defunción total del Reino de Las Tinieblas. Te prometo hermana, que no voy a salir de ese bosque hasta ver a esa infeliz muerta, aniquilada y entregada al bosque. Como debió haber sido desde el principio.

–Es lo que me preocupa Amara–responde Ceres–. Cuando se enfrenten en ese bosque, una de las dos va a pagar con su vida. No queremos perder a ninguna de las dos

–¿Aún piensas que Rita puede recuperarse? –pregunta Amara.

–Mi madre estaba pensando hacer los Hechizos de Clarendēn para sacar el demonio que habita dentro de ella; aquel que la controla, y la sigue controlando.

–Ese demonio está dentro de ella, ¡porque ella así lo quiso! – responde Amara–. ¿Tú crees que ella no es consciente de todo lo que hace? ¡¿Que no lo ven?! Ella fue atormentada toda su vida por sus demonios, hasta que se adueñó de ellos, los venció y ¡ahora es la más poderosa de estas tierras malditas!

–Ella es la única dueña de sus males–continuó–. Los usa como le place, y al ser ella la reina de todos ellos, te preguntó, ¿Cómo mi madre piensa que está haciendo esto bajo las órdenes de un demonio? ¡Ella los controla a todos! ¡Ella los domina a todos! ¡Ella triunfó su lucha, y ahora ellos actúan en base a lo que ella les dice! Ella sabe exactamente lo que hace, y lo había querido hacer desde que era una niña. Su lado amoroso no existe. Su corazón está manchado. No hay un equilibrio en su energía, y la otra cara de la moneda ahora se integró completamente en ella. Es el mal vivo. Es la calamidad encarnada. Y si no la eliminamos, ella eliminará todo lo que se conoce. Es este, su destino.

–Es tu decisión– exclama Ceres–. Solo no quiero perderte.

–No lo harás, Ceres, te lo prometo–exclama la mujer–. Elgoneth está de mi lado.

Ceres entonces se volvió a montar en su caballo. El momento de partir había llegado. Se dio la vuelta, y antes de marcharse le dedicó unas últimas palabras a su hermana menor.

–Te deseo la mejor de las suertes hermana–dice la mujer–. La vas a necesitar.

–La suerte no juega ningún papel en la sentencia del destino, hermana–dice Amara–. Confía en mí, sé que vamos a triunfar.

–Así espero. Por el bien de toda esta nación–exclama Ceres.