CAPÍTULO V: LA HEREDERA DEL TRONO CAÍDO (1)

La hija dorada contempló la mágica armadura. Era una verdadera leyenda. Amara, desde sus principios en Eleanor, se había perdido entre los textos del Töran de los Elfos, donde se describía el impresionante ensamblaje que tenía. Sabía perfectamente de que se trataba, y esta era idéntica a la descripción. Parecía que estuviese intacta, pulida para ella.

–La acepto– responde la joven princesa–. Pero con una condición

–¿Cuál sería, mi señora? –pregunta Tyon.

–No debo derrotar este mal como Eleanor, pues ella siempre será inmortalizada como la más fuerte del sur. Recuerda, su leyenda jamás se comparará a mis poderes–exclama la mujer.

– Quiero derrotar este mal por mí misma, como Amara–continúa–, como la Princesa de Aramordt. Quiero abrazar este poder, y encarnarlo en mí. Amigo mío, quiero este poder, bañado en oro. Recubierto de preciosas joyas. Quiero que Rita reciba la muerte, elegantemente.

–Señora, esto nos puede demorar un poco, ¿seguro que lo quiere hacer?

–No tenemos más tiempo Tyon–dice la mujer–. Que no se hable más, ¡llevémosla de aquí!

Sobre los recintos sagrados que reposan entre las sombras de una noche caída, el ancho desierto se detuvo; revelando las cortinas del orgullo del sol. Un preludio de un interés, un esfuerzo trabajado hasta el final. Hasta que pudieran descubrirse a sí mismos, bajo el sol que viene de la verdad y la guerra. Un peso sobre los soldados traicionados de una visión poco practicada. Aquella senil sobre los ojos agotados, debajo de las nubes oscuras que arrinconaban el errático firmamento. Junto a una bienvenida arriesgada, a las afueras de un terreno deplorable. Una muchedumbre vestigial. Un escuadrón dejando una batalla, regresando a casa, floreciendo la esperanza.

Y ahí estaba, corriendo hacia el final, mientras apunta a empezar de nuevo y surgir entre los cleros. Acercándose a la tierra levantada por su nombre, por su presencia, por su honor. Una familia real lo esperaba, mientras se acerca con la luz del sol en una espléndida cabalgata; alrededor de los mejores de sus soldados. El viento susurra que ganará, pero su mente le dice lo contrario, porque la realidad de una enemistad infame, cubierta de apatía y miedo, brotaba por toda su gloria futura. El fuego encontrado dentro de los corazones de su soldados finalmente se habían agotado, y su entusiasmo se hundía rápidamente.

Las puertas del refugio de Aramordt se abrieron, mientras el guardián de las puertas indicaba la llegada del rey y su caballería; al darse cuenta de que el amanecer bautizó el camino del triunfo. Al entrar en el campo beatífico. El rey entonces, se bajó de su caballo negro y volvió a cubrir el suelo de esperanza. Llevando alegría a su pueblo, al ver a su afligido rey de pie otro día brillante; sobreviviendo a la brisa de otra noche oscura.

–¡El sol nos quema, para hacernos florecer todos los días!– grita el rey–. ¡Debemos estar agradecidos y abrazar los brazos de la gracia de Elgoneth, porque su buena voluntad no nos ha abandonado! ¡Está aquí mismo! ¡Con nuestra sangre, con nuestra gente! Estamos cerca de la victoria, como siempre lo hemos estado, ¡puesto que hemos llegado hasta aquí! ¡Hemos sobrevivido! ¡Hemos crecido! ¡Y recibiremos la luz como guerreros del cielo! Descansen, valientes; descansen, queridos soldados; fue una gran noche, pero hoy es el último día. Hoy, debemos conquistar o morir. ¡Y venceremos! ¡Nos levantaremos, y ganaremos al fin! ¡Salve Aramordt!

–¡Salve!–responde el gran ejército.

Entonces, entre el repique de las campanas de otoño, el rey de las estrellas alineadas comenzó a cruzar las inmediaciones de su propio refugio. Su presencia fue impecable. Su experiencia devolvió el color a su hogar. Los dragones dan un paso atrás, como un acto de aclamación y reverencia, ligados al padre de su herencia. Ante el señor de todo Raēn. La esperanza la precedió, mientras que el corazón de la leyenda seguía vivo. Su gente sabía que estaban a salvo; reflexionando positivamente, pues sobrevivirían a las dificultades de los vientos del destino, y el dolor cargado por ellos.

Aunque, en su andar, el rey cargaba con un peso que ni siquiera su amada conocía. Fue el ancla de una traición; una herida que arde en las esquinas del corazón de un padre. El remordimiento de no estar ahí para su hija menor, justo cuando más lo necesitaba. Sin embargo, no pudo elegir, porque las voluntades divinas del arquitecto de la vida eran indistinguibles del error. Lo que sucedió fue inevitable; escrito entre los vientos más antiguos. Aunque, su mente todavía estaba en negligencia, su alma deambulaba sobre la verdad. Sus instintos no podían mentirle.

Una voz de amor, con pensamientos de moderación, fue lo único que hizo que la princesa más joven sintiera claridad en su mente atribulada; palabras olvidadas en el aire, desaparecidas en la distancia. Abhir lo era todo para él, y ahora su alma miserable llevaba las sombras de lo desconocido; apresurada por el declive de naturaleza prohibida. Sus decisiones oscuras la llevaron a estar más lejos de su padre que nunca. Invisible desde su hogar solitario. Aquel reino más grande de las montañas infinitas; ahora cubierto de polvo y cenizas.

Argônæth ha pasado por cientos de batallas en su prolongada vida, incluida la guerra actual; sentenciando el fin de todos los tiempos legendarios. Y aunque sus instintos y su poder le hicieron ganar la mayoría de ellos, esta era una batalla que nunca podría ganar. Este era el mayor desafío al que se podría enfrentar. Su hija había integrado en la maldad; impulsada por el resentimiento, enterrado en la incomprensión. Era demasiado tarde, pues el caos se multiplicaba rápidamente en el desierto, y la guerra finalmente sería derrotada, si la princesa de las tinieblas decidía invadir los secos suelos de Nabimia, pues eso significaba el fin del rey. Y por lo tanto, proclamaría destronar a la reina del norte, la propia hija de la vida. El destino de Rita estaba por encima del reino más impetuoso jamás visto en estas tierras. El rey lo sabía muy bien y comprendió cuál era su siguiente paso. Un miedo seductor: enfrentarla. Una próxima caída, un final definitivo para su gobierno; devorado por la sed siniestro de venganza, de su propia sangre. Una vituperación de reprimenda; una calumnia para el epílogo. Una calamidad pesada, repitiéndose en el vacío de la mente del rey.