Capítulo 27

En un mismo día dos de las bellezas del rey habían fallecido. Una de enfermedad, pero la razón de muerte de la otra no estaba clara todavía.

Con alboroto y miedo ese palacio empezó a llenarse de personas; concubinas, criados y finalmente también el rey. La incertidumbre y tristeza no escapaba de las expresiones del servicio del palacio. Sí, todos estaban reunidos en el palacio de la luz eterna.

—¿Qué pasó? —preguntó el rey en cuanto llegó.

—¡Majestad! —la doncella corrió apenada hasta él—. Ella no está… ha muerto —anunció con lágrimas en sus ojos.

—¿Quién? ¿De qué hablas? —preguntó el rey sin entender lo que la muchacha le decía.

—Han asesinado a la emperatriz Khatri, majestad —soltó para después llorar ruidosamente.

El rey se alejó de la mujer y entró con acelerare a la habitación principal del palacio de Khatri. Se encontró con una imagen que hubiese preferido no ver. Raita bint as-Saffah estaba colgada del techo de su palacio, su rostro se quedó imperturbable.

—Fuera todos de aquí —exigió el rey a las concubinas y criados que se amontonaban en la entrada de la habitación.

—Majestad —Cadi puso una de sus manos sobre el hombro del rey tratando de darle consuelo. Luego, miró el cuerpo de la reina con pena.

—¡Majestad, la reina no se suicidó! —declaró la muchacha en presencia de todas esas personas.

La expresión de Cadi se tornó nerviosa, su piel palideció y empezó a estrujar sus manos con nerviosismo.

—¿Cómo es eso? —interrogó inquieta.

—Majestad, cuando entré a la habitación alcancé a ver a una figura salir por la ventana trasera. ¡Se lo aseguro! —lloró desesperada—. Ella jamás se quitaría la vida, a ella la asesinaron

—¿Estás segura de lo que dices?

—¡Estoy segura!

El rey lucía confundido y triste por ese acontecimiento. En un solo día el hombre había perdido a dos de sus mujeres.

—Majestad, l concubina imperial Azzar tenía una rencilla con la emperatriz, seguro fue ella en venganza por los castigos de la reina para corregir su rebeldía.

—Habla —pidió Cadi, quien vio la oportunidad perfecta para desviar la atención de si.

—Todos en el palacio se dieron cuenta de que Azzar tuvo roces pocos amistosos con la reina, tal vez ella se ha vengado de esta manera. Majestad, el cuerpo de la reina de seguro le dará alguna pista, ella no se suicidó, la mataron.

Ezra Azzar no habló durante la acusación de las mujeres, solo lo hizo hasta que el rey con su mirada la obligó a hablar y dar su versión.

—Majestad, a esa hora estaba en mi palacio. Es imposible que yo haya hecho eso.

—Pero pudo haber pagado a alguien para que lo hiciera! —justificó

—Bien, tomemos tu declaración. Yo investigaré este caso —declaró el rey con incomodidad.

Ezra no esperó que la inculparan más y se levantó de dónde estaba sentada, y llegó hasta el rey. Se arrodilló frente a él. Su frente tocó la suave alfombra del palacio.

—¡Majestad, no lo hice! —declaró con seguridad.

—¿Alguien más ha sido testigo de la pelea entre Khatri y Azzar?

Las demás concubinas presentes y que no habían acatado la orden de retirada del rey empezaron a murmurar en contra de Ezra. La mayoría aceptó que la habían visto peleando con la reina.

—Entonces, ¿Fuiste tú? —interrogó con dureza.

—¡No, no fui yo, se lo aseguro! —defendió—. Majestad, otras veces también he estado acusada de asesinato, pero usted mismo se dio cuenta que no fui yo y que conspiraban en mi contra. Por favor, debe creerme.

El ni siquiera la miró, su vista quedó fija sobre la pared de piedra blanca. El hombre se mostraba reacio y duro para creerle.

Ezra se dio cuenta que nada que dijera iba a ablandar el corazón del rey. En ese momento, también se dio cuenta de lo cierto de las palabras de Badar; ella no podía dejar que el amor nublara su visión. Ciertamente el rey no estaba enamorado de ella, tampoco la consideraba alguien tan importante en su corazón… Ella tan solo era una concubina.

—Esto es diferente, mi reina ha muerto, la han asesinado. Todos te apuntan, Azzar. ¿Qué quieres de mí? —revolvió su cabello con nerviosismo—. ¿Qué más quieres?

—¡Que su majestad me crea!

—Eunuco real —llamó. El hombre llegó tan rápido como pudo al interior del palacio—. Lleva a Madame Azzar de regreso a su palacio. Ella no podrá salir de allí hasta que yo lo autorice.

Ezra miró al rey consternada. Su cuerpo cayó definitivamente sobre el suelo en gesto de rendición. Ella no se esperaba esa actitud por parte del hombre.

El eunuco real llegó junto a otros dos y la custodiaron hasta su palacio. Una vez más Ezra veía como se cerraban las puertas tras de ella. Ese era otro golpe que tendría que soportar. Pero definitivamente sería el último.

…

Las semanas pasaron muy rápido en el palacio de la belleza eterna. Y Ezra se ocupaba cada vez más para despejar su mente. Regaba su jardín lleno de hermosas flores, charlaba muchas horas con su servicio y su hija; la dulce y pícara Banuqa.

Aquella noche, Ezra se acercó hasta la cuna de su hija. Sonrió con ternura al recordar la risa juguetona de la bebé, y movida por ello, rozó su frente. Se dio cuenta que la niña ardía en fiebre y que además respiraba con dificultad.

La tomó en sus brazos y trató de despertarla pero Aisha no hizo caso al llamado de su madre.

—Didi —llamó Ezra.

El eunuco entró rápidamente ante el llamado de Ezra.

—¿Qué pasa, mi señora?

—Aisha no puede respirar —respondió asustada—. ¿Qué debo hacer? No quiero verla morir en mis brazos.

El eunuco pensó detalladamente en las palabras de su ama

—Hay una alternativa, mi señora. Puede recurrir a la emperatriz viuda.

—¿Cómo salgo de aquí?

—Mi señora, podremos distraer a los guardias que custodian la entrada.

Cuando Ezra salió del palacio interior encontrando que estaba serenando. Sin embargo, el cielo de un color tan rojo como la sangre amenazaba con dejar venir abajo todo el agua que cargaban.

Un grito se escuchó en la parte trasera del palacio. De inmediato, los guardias entraron a la residencia de la concubina imperial Azzar dejando las puertas abiertas. Ezra aprovechó esa oportunidad, salió y siguió el camino hasta el palacio de la emperatriz viuda.

Camino a ese palacio el cielo irrumpió en una lluvia fuerte, resonando ruidosamente sobre el camino empedrado. Ezra encorvó su cuerpo en un gesto por proteger a su hija de la lluvia. Corrió lo más rápido que pudo y una vez vio el palacio, se apresuró por subir las escaleras.

—¡Majestad! ¡Majestad! —gritó en cuanto entró a la residencia.

—¿Qué está pasando? —la dama de honor de la emperatriz viuda salió del palacio—. ¿Quién eres?

—¡Su majestad, si no sale su nieta puede morir! —declaró

La emperatriz viuda salió rápidamente del palacio e hizo señas a la dama. Esta entró al palacio en busca de un abrigo impermeable, cuando regresó se acercó a Ezra y le quitó a la niña de entre sus brazos cobijándola de la lluvia y el frío, pero su madre quedó expuesta en medio del palacete. La lluvia penetraban sus ropas llegando hasta sus huesos y haciéndola temblar.

Ezra vio cuando su hija quedó en brazos de la reina y aliviada cayó al suelo.

—¡Llamen a un médico! —exigió la emperatriz viuda—. Tú no te vas todavía —señaló a Azzar.

—Escucharé a su majestad.

—No te tengo aprecio, eres Ezra Azzar, la presunta asesina de la reina Khatri.

—Majestad, usted es madre y yo también lo soy, no la molestaría si no lo necesitara su ayuda. En estos momentos no soy capaz de proteger a la princesa Banuqa, por favor, hágalo por mí —suplicó mientras golpeaba su cabeza con la piedra húmeda.

—Ella es mi nieta, así que lo haré. Sin embargo, no confundas mi generosidad. Esta acción la hago por mi nieta, no por ti

—¡Gracias, majestad! —agradeció

[...]

UN AÑO DESPUÉS…

Las puertas del palacio de la belleza eterna se abrieron una vez más. Por fin tras un año de encierro, la concubina imperial Azzar podía salir del palacio, pues quedaba libre de culpas en el caso de la emperatriz. Durante esos meses el rey no había conseguido ninguna prueba que vinculara a Azzar con la muerte de Raita. Por primera vez en doce meses Ezra salía de su palacio y tan pronto como salió encontró a Shakti, quien pretendía hacerle una visita de antiguos conocidos.

Sin embargo, Ezra no pretendía atenderla dentro de su palacio, le cerró el paso en cuanto ella trató de ingresar a la residencia.

—Shakti —evitó llamarla por un título—, he estado mucho tiempo encerrada… Espero que comprendas que no quiero entrar al palacio —avisó

—Oh, tienes razón. ¡Qué desconsiderada he sido!

—Dígame, ¿Qué quiere? —miró con fastidio.

—Quería hablar un rato con usted.

—Señora Shakti, quiero que le quede clara una cosa, yo no soy ni nunca seré su amiga. ¿Creyó que no me iba a enterar que le dio ese menjurje mortal a la concubina Alid? Déjeme decirle que sé que usted la mató. Y que odio su hipocresía al tratar de buscarme —expresó con severidad.

—Veo que el encierro de su majestad le ha hecho fundir el poco sentido que tenía. Ese es un cambio —se burló

—Yo en cambio no veo nada en usted… la veo igual.

Shakti trató de reprochar las palabras de Ezra. Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano, pues la Concubina imperial Azzar pasó a su lado sin siquiera inmutarse. Paró a poco pasos de la princesa y susurró en su oído.

—Prometo destruirte, Shakti.

La princesa rajput solo sonrió sardónica, se acercó hasta Ezra y susurró también.

—Veamos quien se destruye primero

Ezra sonrió a sus espaldas.

—¿ Debería tener miedo? —Ezra preguntó con burla

—Deberías.

Ezra se alejó de Shakti y siguió el camino en mente. La brisa fría de la tarde trataba de entrar a través del grueso abrigo de piel de zorro entre las ondulaciones. La concubina imperial Azzar no era la misma que había entrado una vez al palacio, cuando tan solo era una joven del campo.

El harén le había quitado muchas cosas; la felicidad, la tranquilidad y una amistad tan bonita como la que tenía con la concubina Alid. Después de casi tres años viviendo en las sombras de las demás esposas y ser víctima de su crueldad y despotismo había aprendido a las malas que en aquel lugar la única forma de sobrevivir era ser el hostigador… ser el que sostenía el cuchillo.

Ezra había entendido durante el último año que debía conseguir el cetro de reina a todo costo. Ya no importaba nada más, pues ya lo había perdido todo.

—Mi señora, ¿Visitará a la emperatriz viuda? —interrogó Didi

Ella solo asintió.

Y poco a poco se acercaron al palacio de la madre imperial, la mujer más importante del imperio, incluso más que la emperatriz regente, esposa del califa.

—Saludo a su majestad —Ezra saludó a la anciana.

—¿Qué haces aquí? ¿Quién te dijo que podías salir de tu palacio?

Ezra se levantó del suelo y caminó hasta la reina sosteniendo el decreto real.

—Es una orden del rey —avisó.

La mujer solo asintió. Tiempo después, a la cámara principal entró la princesa Banuqa en brazos de una de sus nodrizas. Su cabello castaño llegaba ni siquiera pasaba sus hombros, pero la picardía en sus bellos y redondos ojos no pasó desapercibida para Ezra. Estiró sus brazos a la niña, pero esta se negó y sonrió alegre a su abuela. Ezra borró lentamente la sonrisa de sus rostro ante el rechazo de su hija.

—No debes ponerte triste, solo está acostumbrada a mí. Cuando te la lleves te querrá más que a mí

—Majestad, yo no me la llevaré.

—¿Qué? ¿Por qué? Ya has salido.

—Usted más que nadie debe saberlo, la vida en el harén es muy difícil. Ahora, no soy poderosa, soy una concubina que acaba de salir de desgracia. Si me llevo a Banuqa, temo que no podré protegerla. Por favor, deje que Aisha se quede aquí.

—¿Estás escuchándote? Estás anteponiendo un posible ascenso antes que tu hija. Es totalmente reprochable.

—Majestad, ¿Acaso proteger al rey Mahdi fue fácil? En sus días de juventud estoy segura que enfrentó muchas dificultades e hizo muchas cosas para proteger al actual Califa. Por favor, no lo haga por mí, hágalo por la princesa Banuqa, que es su nieta.

—No, te la llevarás, es tu hija. Mi protección está sobre ella, si alguna de las esposas se atreve a tocar a princesa la despellejaré viva —advirtió

Ezra agradeció la benevolencia de la emperatriz viuda y salió del palacio con su hija.

…

HORAS MAS TARDE...

Ezra Azzar recibió la visita del rey en su palacio. Ella en realidad no tenía ganas de verlo. Sin embargo, habían muchas cosas de las cuales se debía hablar. Además, solo por el rey podría ascender de rango y estatus.

—Saludos, majestad

El rey no respondió. Atravesó la cámara principal del palacio y se sentó en uno de los muebles.

—Yo he cometido un error.

—Su majestad, siempre ha sabido que soy inocente.

—Pero no se trataba de cualquier persona, era la emperatriz. Pero lo peor de todo es que en realidad si fue asesinada, todo es tan confuso. Ya no sé ni en quien creer.

—Majestad, la única que siempre le ha dicho la verdad y que lo ha apoyado en casi todas sus decisiones fui yo. Sin embargo, no creyó en mí, una y otra vez dudó de mis intenciones y me sometió a tal humillación. Ahora, no tengo orgullo para presentar mi rostro ante las demás esposas.

—Sé que te perjudiqué al dudar de ti. Pero quiero que sepas que no volveré a desconfiar de ti. Puedo recompensar el daño, pídeme cualquier cosa y te la concederé

—Su majestad mismo lo ha dicho, me promete aceptar lo que le pida.

—Así haré —decretó

—Cásese conmigo —solicitó calculadora, sus ojos miraron fijamente al rey, entrando en lo más profundo de sus pensamientos.