Capítulo 26

…—Majestad —inclinó su cuerpo en saludo

—No pensé que fueses tan atrevida, ¿Cómo no cumples mi orden?

—Lo siento, majestad. Fui descarada —Ezra se inculpa sin prestar atención a nada más. Pues, quería salir de su presencia rápidamente. No importaba si era castigada.

—Que bueno que has recobrado la sensatez. Ahora, arrodíllate hasta que anochezca. Solo de esa forma aplacarás mi furia —dictaminó maliciosa—. Oh, no debes preocuparte por la princesa Banuqa, cuidaré de ella mientras cumples el castigo.

Ezra se exaltó en cuanto escuchó esas palabras. ¿Cómo podía dejar a su hija al cuidado de esa mujer? Era simplemente inconcebible. Pero, ¿que podía hacer? No era nadie comparada con la emperatriz Khatri.

—Majestad, permita que Didi la acompañe.

Raita negó con su cabeza lentamente.

—No te preocupes —expresó burlona—, no le haré nada a tú hija, pues no significa ninguna competencia para mí hijo Alí.

Cuando terminó de hablar dio la espalda a Ezra golpeándola suavemente con las telas de su túnica. El frufrús de sus telas se escuchó claramente, pero en poco tiempo desapareció.

—Mi señora, ¿Qué va a hacer? —interrogó Didi asustado

—No puedo hacer nada, pero sé que Yasmina cuidará bien a la princesa.

Didi asintió. Luego, se arrodilló junto a Ezra.

Las horas pasaron lentamente. El sol azotó los cuerpos de ambos, sus rodillas empezaron a flaquear y pronto el calor los hizo jadear. Ezra y Didi estaban sedientos. Ninguno de los dos sabía cuántas horas habían pasado ya. Aquella incertidumbre hacía más desesperante su padecimiento.

—Mi señora, ya es de tarde, el sol ya se ha escondido. Creo que ya podemos irnos.

Ezra asintió débilmente y trató de levantarse del duro suelo de piedras. Sin embargo, sus piernas no respondieron. Su cuerpo tampoco siguió alguna, lo que la hizo caer desmayada sobre su eunuco. Ella no entendía lo que pasaba, se sentía ardiendo, los labios secos y rasposos por la arena. El subconsciente le estaba indicando que su cuerpo no podía resistir más en esas condiciones.

Cuando despertó se dio cuenta que era de noche, no estaba en la terraza del palacio de la eterna luz sino en su propio palacio. También se dio cuenta que estaba rodeada de muchas personas. Estaba el rey, la reina, Yasmina, Didi en un segundo plano y un médico imperial

—Despertaste —el rey se afanó a acompañar en el lecho a la concubina imperial Azzar.

—Majestad —inclinó su cabeza.

—¿Cómo estás? ¿Por qué te has desmayado?

Ezra fijó su mirada en la reina escrutándola con sus ojos. Después, se levantó lentamente del lecho y se arrodilló frente al rey.

—Majestad, su sierva ha desobedecido una orden de la reina y por eso fue castigada —declaró

La reina sonrió levemente y en aceptación.

—Pero desobedecí por una razón, majestad. La concubina imperial Alid está gravemente enferma.. temo que morirá, majestad —lloró—. No podía quedarme aquí sin hacer nada, es por eso que salí del palacio. Majestad, por favor, vea a la concubina Alid —imploró.

—¿Qué tiene?

—Majestad, no me atrevo a hablar y ser castigada

—Habla libremente

—Majestad, envenenaron a la concubina imperial Alid.

—¿Qué? ¿Por qué hasta ahora sé eso?

En ese momento el cuerpo de la reina se tensó. Su expresión tranquila desapareció de su rostro, y en su lugar apareció una de preocupación.

—Majestad, todas las concubinas hemos ingerido alguna cantidad de veneno. La reina nos dio anillos de regalo en uno de sus banquetes, sin embargo, hace poco tiempo, Badar se dio que estos contenían dicha sustancia. Majestad, ¡haga justicia en nombre de Badar!

El rey se levantó furioso del lecho y encaró a Ezra.

—¿Estás segura de esas palabras?

—Sí, majestad. Puede comprobarlo si visita a Badar.

Ezra mintió respecto al anillo de la reina. Si bien era una medicina anticonceptiva y no un veneno, Azzar no iba a ser benevolente con esa mujer y haría todo lo posible por verla caída. Incluso falsificar las pruebas. Luego, iría en contra de la princesa Shakti.

Mahdi recorrió la habitación de un lado a otro como un león enjaulado. Luego, optó por sentarse en el sillón de la habitación.

—Raita, ¿Qué tienes para decir en tu defensa? —interrogó a la reina.

La mujer miró enfurecida a Ezra y se arrodilló también frente al rey. En ningún momento levantó el rostro, solo respondía con voz monótona las preguntas del rey.

—Majestad, esto debe ser una trampa de la concubina imperial Azzar. ¡ haría eso!

El rey se movió inquieto y enojado por toda la habitación.

—Lleven un médico a la concubina Alid, verifiquen su enfermedad —ordenó al eunuco real.

—Majestad, no hace falta, ya un médico la ha atendido. Por favor, vaya usted —imoloró.

El rey Mahdi aceptó ir al palacio de la concubina imperial Alid. En poco tiempo, tanto él, la reina y Ezra ingresaron a dicho palacio. La condición de Badar hizo sorprender a la reina, quien se negó a mirar la cara demacrada de Badar.

—Majestad, gracias por verme —Badar sonrió triste.

—Mi concubina, ¿Cómo estás?

—Majestad, no me siento bien. Estoy muy débil.

—No te preocupes, buscaremos la razón de tu enfermedad.

—Gracias, majestad —inclinó su cabeza sobre el lecho

Tiempo después el mismo medico que la había atendido antes entró a la sala principal del palacio para ver al rey. Ya hacía una hora que había entrado a la habitación de la concubina para examinarla y también el componente del anillo.

—Majestad, efectivamente el anillo tenía una sustancia. Sin embargo, no es un veneno, es solo una fórmula anticonceptiva.

El rey miró de inmediato a la reina. La mujer bajó la mirada con pena.

—¿Qué has hecho, Raita? —interrogó el rey enojado.

—Majestad, ¿qué quería que hiciera? Necesitaba una forma de asegurar el futuro de mi hijo. Sin embargo, no tengo nada qué ver con la enfermedad de la concubina Alid.

—Sabes que lo que hiciste te traerá un castigo, ¡no puedes controlar la natalidad de mis herederos! —bramó enfurecido—. Te he permitido todo Raita, pero no voy a permitir que pases por encima de mí. Y vuelvas este palacio un lugar aborrecible.

—Su majestad, yo no he hecho este lugar aborrecible. ¡Usted lo ha hecho al traer a esas mujeres! Usted quiere quedar como el bueno del momento, pero fue usted mismo el que ocasionó esto, ¡me empujó a hacerlo! —exclamó también enfurecida.

—Khatri, me has vuelto a provocar. La última vez te lo advertí, y hoy pretendo cumplir lo que dije ese día. Vuelve a tú palacio, no creas que te visitaré.

Raita salió rápidamente del palacio tras las palabras del rey. Ya estaba claro, nuevamente volvía a perder el poder, era una reina sin voz ni voto en el harén y todo por culpa de Azzar. Esa mujer desde que había entrado al palacio le había hecho la vida menos pacífica. Ella no podía estar tranquila cuando Azzar podía igualarla o incluso superarla con tan solo hablar con el rey… Para ella Azzar era una víbora, una trepadora.

—Maldita, te aseguro que acabaré contigo —golpeó con ira el tocador de madera en el que estaba sentada.

[...]

Aquel día significó un gran avance para Ezra sobre la reina. Sin embargo, estaba claro que Badar no viviría lo suficiente como para ver la caída completa y desastrosa de la emperatriz. Si bien el rey estaba enfurecido con ella por la aplicación de medicina anticonceptiva en sus concubinas, seguía protegiendola. Después de todo la caída de esa mujer sería difícil, pero con pequeños pasos llegarían a hacerlo.

Durante esa noche, Badar habló largo y tendido con la concubina imperial Azzar. Ambas hablaron de sus vivencias en el pasado y sus deseos en el futuro. Fue una charla relajante que reforzó aún más su vínculo fraterno.

—Ezra, ¿Prometes cuidarte bien cuando yo no esté? —Badar interrogó.

Ezra bajó la mirada en un gesto por contener las lágrimas.

—No morirás, Badar. El rey no lo permitiría.

—Vamos, Ezra. ¿A quién quieres engañar? El rey puede ser poderoso, pero sigue siendo un hombre… no podrá hacer nada. Solo quiero que en un futuro te cuides bien, que no caigas en ninguna trampa

—No caeré, te lo prometo.

Badar descansó sobre el lecho sin dar más palabras a Ezra. Luego de unos largos minutos regresó sus ojos hasta ella.

—¿Te acuerdas cuando quedé embarazada? —Inició nuevamente

—Sí, lo recuerdo —respondió Ezra.

—¿Sabes cuál es la persona que más odio?

Ezra movió su cabeza de un lado a otro indicando una negativa.

—No es la reina, ni ninguna de las demás esposas… Quien más odio es al rey

La concubina Azzar tensó su cuerpo debido al nerviosismo y fijó su mirada en Badar, esperando que siguiera hablando.

—Lo sé, estás enamorada del rey, pero no dejes que ese amor nuble tu visión.

Ezra no dijo una sola palabra a lo dicho por Badar. Tan solo se dedicó a asentir con su cabeza.

—Vete, ya es hora de que regreses a tu palacio… es muy tarde.

—Pero, estás enferma y necesitas ayuda.

—Estoy bien, Ezra. Además, tengo a mi servicio.

—Pero…

—Nada de peros, regresa y descansa. Mañana me vienes a visitar otra vez, no pasará nada —Badar no la dejó atrás—. Prometo que estaré bien.

Ezra sonrió ampliamente en aceptación a la orden de Badar y regresó a su palacio. Ya era muy de noche, y empezaba a hacer mucho frío. Lo más sensato en ese momento era volver a su palacio. Ezra confiaba en las palabras de Badar, y tendría otro día para cuidarla.

...

Al día siguiente, Ezra recibió una noticia que desgarró su corazón. Ella no entendía las palabras que le estaba diciendo Sahabat, ¿Cómo iba a estar muerta Badar? Si había hablado por muchas horas el día anterior con ella, eso era imposible.

—Concubina Azzar, la concubina imperial Alid ha muerto —expresó apenada

Ezra no pudo mantener la compostura y salió corriendo de su palacio. Al llegar a la habitación de Badar pudo comprobar por sí misma las palabras de Sahabat. Todas las otras esposas miraban asombradas la escena, como si de un teatro se tratara. ¡Alguien había muerto! Pero crear rumores era su mejor pasatiempo.

Ezra se abrió paso entre las concubinas y llegó hasta la cama de Badar, la mujer tenía los ojos cerrados, su piel lucía como la cera e imperturbable en el tiempo. Badar ya no estaba… había muerto.

—Badar, me prometiste que estarías bien, dijiste que hoy cuidaría de ti.

Ezra abrazó el cuerpo de la joven concubina y lloró amargamente, lloró por la desgracia de su amiga, por la desgracia de estar en aquel lugar y ser víctimas de maltratos excesivos.

Las lágrimas formaron un camino salado en sus mejillas, la mujer lloraba sin descanso y ruidosamente frente la vista de las demás bellezas.

“Oh, mi pobre amiga, no pude hacer nada por ti” —se lamentó con dolor.

Después, de llorar lo suficiente y ser otro espectáculo para las demás concubinas, regreso su mirada a ellas. Como una fiera empezó a atacar verbalmente a las mujeres dentro de la recámara.

—Váyanse, esto era lo que querían todas, matar a Badar. ¡Lo consiguieron! Deberían estar alegres, malditas.

Ezra lanza todo tipo de palabras insultantes contra las concubinas. Los ojos enrojecidos por el llanto no paraban de acusar constantemente a las mujeres.

Por fin, el rey hizo presencia en la habitación de Badar y ordenó salir a sus esposas.

—Concubina Azzar, por tu dolor te dejaré pasar las faltas.

—Usted —Ezra apuntó al rey con un dedo acusatorio—, no hizo nada por ella. Dejó que las demás esposas la maltrataran. ¡No hizo nada! Ni siquiera se interesó en ella cuando perdió a su hijo.

—Ezra, son mis mujeres, debes tratarlas bien.

—¿Cómo espera que nos tratemos bien cuando todas compiten por su atención? ¡Es imposible!

El rey pasó por alto las palabras de la concubina, más bien trató de abrazarla.

—No me toque—. Exigió Ezra

Ezra impuso distancia con el hombre y salió apresurada del palacio de la concubina imperial Alid. Caminó hasta llegar a su propio palacio. Ese día las puertas no se abrieron para el rey. La Concubina imperial Azzar no aceptaría por ahora que el hombre ingresara a su palacio.

…

La noche fue lúgubre y oscura para Ezra. Sin nada embargo, ella no era consciente de la intriga que se estaba entretejiendo en un lugar muy lejano a su palacio.

Lejos de la vista de las bellezas y criados del palacio, un cuerpo fue colgado sobre la barra horizontal que sostenía el techo de ese palacio.

Las flores plantadas en el hermoso jardín dejaron de crecer y cerraron definitivamente sus pétalos. Ese día Badar no fue la única incapaz de salir de los pasillos giratorios y perfumados de la flor, del harén. En aquel momento, otra vida se había apagado en el gran jardín imperial.

Por la forma en que el cuerpo se vio, se podía creer que era un suicidio. Sin embargo, cuando la criada encargada de vigilar durante la noche entró al palacio no solo vio el cuerpo colgado de su ama. También, pudo divisar una figura que se perdía entre la oscuridad interminable de los pabellones del palacio.

Un búho ululó en la noche. Aquel sonido hizo estremecer el pequeño cuerpo de la mujer. Su piel se puso de gallina producto del pánico. Gritó con todas sus fuerzas tratando de llamar la atención de todo el personal del palacio. Y al final lo logró.

Pronto la habitación principal estuvo llena de todo el personal y servidumbre. En ese momento, las palabras de la mujer eran muy valiosas. Sin embargo, el cúmulo de emociones se atascaban en su garganta impidiéndole hablar. La mujer estaba realmente sorprendida, muy asustada con lo que sus ojos presenciaron y seguían viendo.

La criada estaba rodeada de todo el personal, quienes estaban ansiosos por escuchar las palabras de la mujer.

—Han asesinado a nuestra ama —soltó, luego se desmayó