Capítulo 19
El banquete entre las esposas y concubinas estaba listo. El palacio de la señora Cadi estaba decorado con pulcritud y excelencia, todas las bellezas del rey estaban reunidas en la sala principal del palacio, entre ellas se miraban unas con otras con inquietud y sorpresa.
—Saludos, señora Cadi —inició Shakti cuando llegó a dicho palacete.
—Bienvenida, princesa Shakti. Siéntate por favor.
Shakti avanzó por todo el pasillo hasta llegar al lugar asignado por la mujer, sintió las miradas sobre sí, era imposible no estar amedrentado debido a todas esas miradas.
—Es una novedad tener en el harén una nueva belleza, no todos tienen la fortuna de estar aquí —habló Malik con prepotencia.
—¿Es una fortuna ser esclavas? —cuestionó
El silencio reinó el lugar, ninguna se atrevió a responder las palabras agresivas de la mujer. Tiempo después, Azzar sonrío amable y retomó las palabras de Shakti.
—No culpen las palabras de Shakti, es normal que piense eso.
—Bien, ¿qué les parece si empezamos a comer? —cuestionó Cadi.
Las concubinas asintieron, luego los criados entraron y pusieron las comidas delante de ellas.
—Me pregunto qué es lo que comen las concubinas del rey, debo admitir que nunca había visto tal comida en mi vida.
—Toda esta comida es tradicional en nuestra cultura árabe.
—Debo entender sus gustos… extraños.
Cadi sonrío con falsedad y tiró a un lado el pañuelo blanco que sostenía en sus manos.
—Y usted debe entender la jerarquía, no puede estar debatiendo las costumbre de nuestros antepasados.
—Se expone a un castigo severo, pero por ser novata y no conocer las reglas del palacio no la juzgaremos con dureza —complementó Malik con burla.
—Me disculpo
Las notas musicales del tar persa resonaron en el ambiente cortando con sutileza la tensión que se sentía entre las presentes en la sala. Los ánimos festivos se esfumaron con facilidad ante la antipatía de la princesa rajput.
—Bien, ya he comido suficiente —advirtió Cadi mientras se levantaba de su silla.
Las demás esposas se levantaron y la despidieron en una sola voz
—Despedimos a su señoría.
La señora Cadi salió rápidamente de la sala de audiencias y se instaló en las afueras de su jardín. La mujer estaba sentada admirando sus plantas y también tratando de aliviar el malestar que le había generado la nueva esposa del rey, que era tan fastidiosa y antipática. Asma cerró los ojos y respiró profundo, cuando los abrió nuevamente, vio nuevamente la imagen de la presuntuosa princesa. ¿cómo se atrevía esa mujer a cuestionar las costumbres de su pueblo? Esa mujer se mostraba tan altanera y ni siquiera había compartido una noche con el rey. Cadi no descansaría hasta apagar dicha actitud en la mujer, nadie podía insultarla, pues ahora ya era la autoridad máxima en el harén imperial. Pero, aún así no tenía el título de reina.
…
La sala principal del palacete de Cadi fue evacuada con lentitud tras la salida de su dueño.
Ezra aprovechó para acercarse hasta la recién llegada para poder presentarse.
—Señora Shakti, me presento. Soy Ezra Azzar, concubina imperial, y estaré atenta a cualquier solicitud —sonrió sin ganas.
—Un gusto, concubina Azzar —respondió sin expresión en su rostro.
—Bien, me retiro —dijo Ezra y ambas se hicieron una pequeña reverencia como despedida.
Pronto todas salieron y la sala quedó sola.
La princesa Shakti llegó rápidamente a su palacio y cerró las puertas tras ella. En cuanto estuvo en la protección de su residencia, se apresuró a buscar con afán su maleta llena de libros y paquetes de medicina.
—Rani, ¿dónde está mi maleta de medicinas?
—Está aquí, lo puse debajo del lecho —se agachó y rebuscó debajo de las cobijas hasta encontrar el paquete—. Aquí está.
—Bien, debo preparar todo antes de que el rey venga aquí, así que ayúdame.
La muchacha asintió y luego corrió a buscar un mortero para su ama.
—Tráeme verbena, hinojo y pasiflora —demandó a la mujer.
Pronto todas las hierbas se mezclaron en el mortero y Shakti hizo un té con ellos, aquella infusión haría dormir al rey toda la noche, lo mejor es que no tendría que lidiar con el hombre y mucho menos pasar la noche con él.
—¿ Cuando crees que llegue?
—Alteza, todavía es temprano, supongo que llegará un poco más tarde.
—Bien, avísame cuando llegue, no lo hagas tarde.
—Si, alteza.
…
—Majestad, la cena entre las concubinas ha terminado. Tal vez es necesario que visite a la princesa rajput —solicitó uno de los invitados al banquete hecho por el rey.
—Su majestad podrá visitar a la princesa cuando quiera, no debe presionarlo —reprendió el príncipe Jaffar.
—Hermano… tú si… me conoces —dijo a duras penas.
El rey estaba borracho como una cuba, su cuerpo se tambaleaba de un lado a otro sin mantener el equilibrio. No había dejado de ingerir alcohol desde que había empezado el banquete y ya para ese momento, dos horas después, el rey parecía más un verdulero y no un miembro de la realeza.
Según el libro sagrado, el Corán, el beber alcohol estaba prohibido, sin embargo, no siempre se cumplía lo que decía el libro, incluso el rey, entidad política y religiosa no respetaba los estatutos por los que se habían regido generaciones pasadas.
—Me voy —dijo y se levantó temblorosamente, tanto así, que el eunuco real colaboró para que este no se cayera—Suéltame, puedo solo.
—Majestad, se puede caer.
—Déjame, no te necesitaré a ti, solo a la princesa —susurró mientras se alejaba de la sala de audiencias.
[...]
Con pasos lentos y erráticos el rey llegó hasta el palacio de la princesa Shakti, su nueva esposa.
Los faroles de dicha residencia estaban encendidos, iluminando notoriamente la fachada del edificio. Rápidamente el rey entró al interior del palacio, encontrando a todo el personal de Shakti apostado a lo largo del corredor.
—¿Dónde está su ama? —preguntó
—Majestad, ella está esperándolo en sus habitaciones —respondió Rani.
—Bien, iré allí —empezó nuevamente su andar desequilibrado hasta la recámara.
Allí, Shakti estaba sentada sobre el lecho con su traje nupcial de color verde y dorado. Tan pronto como entró el hombre a la habitación, Shakti empezó a dudar de su cometido, su respiración se aceleró y sus manos se tornaron sudorosas.
Sin embargo, a su mente llegó la satisfacción de su padre y su primera dama, por lo que volvió a tomar fuerzas para llevar acabo su cometido. Se levantó del lecho con lentitud y caminó hasta el rey. A penas llegó al lado del hombre, pudo percibir el fuerte olor a alcohol que tenía el rey.
—Majestad —dijo en un susurro.
—Ayúdame a desvestir
Shakti quedó de pie, en silencio en medio de la habitación, luego preguntó dudosa:
—Majestad, mis criados han preparado el té, ¿Desea beberlo conmigo? Prometo ayudarlo a desvestir.
El rey pareció dudar, pero al final aceptó.
—Está bien, vamos a sentarnos a tomar el té un rato.
Shakti sonrió alegre, luego ordenó pasar a la habitación a Rani, su doncella.
—El té está listo —dijo Rani antes de salir.
El rey tomó el pocillo entre sus manos y sonrió lentamente el líquido.
—¿Cómo te han tratado las demás esposas?
—Me han tratado bien —respondió
—¿Necesitas algo para ti? ¿Te sientes incomoda?
—No, majestad.
El rey asintió y siguió tomando el té en silencio. Cuando terminó, se levantó de la silla y se acercó a Shakti.
—Ayúdame —dijo señalando sus ropas.
Shakti obedeció las palabras del rey sin expresión en el rostro, rodeó su cuerpo hasta llegar a su espalda. Comenzó quitando el grueso cinturón de plata que sostenía la daga real. Cuando sostuvo el arma en sus manos, Shakti quiso cometer una locura, al final se obligó a desechar tal idea y seguir con su tarea.
Finalmente, el rey empezó a mostrar síntomas de somnolencia y después de unos largos y casi eternos minutos, la princesa rajput arrastró rápidamente el cuerpo tambaleante del rey hasta el diván y lo arrojó allí como si de basura se tratase.
El rey solo pudo acomodar su cuerpo dentro del lecho y dejarse llevar por el sueño.
Por su lado, Shakti miró aturdida la figura del rey, sin saber qué hacer y a la vez asustada, puso uno de sus dedos sobre la nariz del rey y se aseguró de que estuviera vivo.
—Hombres…. Simples criaturas volubles
—El señor Kumari no es despreciable, alteza —intervino su doncella
Shakti fingió haber ignorado las palabras de su doncella, con pasos tremulos y arrastrados se desplazó hasta el ventanal de si habitación. Allí vio el esplendor de la luna ese día; estaba llena y emitía tanta luz como podía. El sentimiento de nostalgia se apoderó de Shakti, quien estuvo a punto de llorar frente a su doncella.
—Rani, a partir de este momento te prohíbo mencionar al señor Kumari, será peligroso —susurró a la muchacha.
—Sí, alteza.
…
Desde otro lado del palacio imperial, la concubina imperial también miraba la luna de esa noche. Sus ojos se humedecieron levemente mientras trataba de contener las lágrimas y la sensación tan fea e incómoda que contenía en su corazón.
Esa noche el rey pasaría la noche con su nueva esposa, Ezra quería mantener una actitud tranquila y fría, así como las demás esposas que no les importaba en absoluto que el rey pasará la noche con la princesa.
Aunque ella tratara de negar lo que sentía, simplemente no podía ignorarlo. Ella ya sabía que había caído en su propio juego, pero también sabía que tendría que soportar todas esas cosas.
Las concubinas podían tener lujos y muchas riquezas, pero el precio que pagaban por ello era alto; su libertad y su dignidad. Ella era una concubina, y durante toda su vida debía tolerar compartir al rey con las otras bellezas.
—Mi señora, la habitación ya está lista —Sahabat avisó al entrar a la sala.
—Bien, dile a Yasmina que ingresé conmigo.
—Mi señora, puedo ayudarla en lo que quiera. Estoy capacitada para hacerlo —declaró con entusiasmo.
Ezra sonrió complaciente en cuanto vio los ojos brillantes y emocionados de la muchacha.
—Está bien, ve a la cocina y tráeme el té —sonrió
Sahabat asintió y de inmediato salió de la habitación para cumplir los deseos de su ama. Cuando llegó a la cocina sacó de su cinturón, un pequeño broche de oro. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su ánimo pareció venirse abajo. Aquel broche era lo único que tenía para sobrevivir.
—¿Qué es eso?
Sahabat asintió un escalofrío recorrer su cuerpo cuando escuchó la voz de la señorita Yasmina, y aturdida trató de esconder el pasador entre sus ropas.
—¿Qué es eso que tienes allí? —Yasmina volvió a repetir mientras se acercaba a ella.
—No es nada —trató de encubrir.
—¿No es nada?
Yasmina forcejeó con la pequeña doncellas hasta arrebatarle el objeto.
—Es un broche de oro, ¿Cómo puedes tú tener esto?
—Puedo explicarlo —habló nerviosa
—Lo explicarás ante la concubina imperial Azzar.