Capítulo 18

Salsa Azzar había llegado al palacio imperial. La muchacha corrió la cortina del carruaje una vez este se detuvo. Sus ojos quedaron abiertos de par en par en cuanto vio la fachada del palacete de su hermana, la concubina imperial Azzar.

—Señorita Salsa, hemos llegado —avisó el eunuco jefe.

—Gracias

Tan pronto como bajó del carruaje, Salsa subió las escaleras de piedra rojiza y encontró al final de estas a una imponente y recatada señorita Yasmina.

—Saludos, señorita Salsa.

—¡Hola! —dijo emocionada.

—Sígame, por favor

Salsa siguió los pasos de Yasmina mientras miraba con asombro el recibidor y el trayecto entre las puertas externas y el palacio interior de Ezra. Finalmente, ingresó al palacio de la belleza eterna y se sentó en uno de los sillones mientras esperaba a su hermana.

—Salsa, me alegra verte —dijo Ezra cuando entró a la sala.

—Ezra, ¿cómo estás? Pero si estás bellísima

—Oh, ¿acaso estás ciega? Mi vientre se está empezando a hinchar.

—Vamos, creo que estás preciosa.

—Está bien, te creeré. Ahora dime cómo está padre.

—Está bien, sigue trabajando para su majestad cada vez que tiene oportunidad, pero me ha enviado un encargo.

—¿Qué cosa?

—Dijo que quería traer a la ciudad a nuestro hermano. Quiere que convenzas al rey de darle algún cargo publico.

—¿Padre volvió a pelear con él?

—Si supieras. Padre está enfurecido con él, pues se ha enamorado de una mujer vividora.

—Pero será difícil convencer al rey de eso, soy solo una concubina.

—Has elevado tu rango, seguro que el rey te lo concederá.

—No lo creo, tengo mucha competencia.

—Vamos, solo pon un poco más de empeño. Padre en verdad quiere deshacerse de esa mujer.

—Está bien, trataré de hacerlo.

Salsa corrió a abrazar a su hermana y besó en repetidas ocasiones su cabeza.

—Eres la mejor. Ahora, ¿puedo salir y recorrer tú palacio?

—Vamos, hazlo. Didi irá contigo.

—No quiero, yo puedo sola.

—Está bien.

Salsa recorrió con asombro todo el palacio de Ezra, pero una vez terminó de hacerlo la curiosidad la mató y quiso saber cómo era el complejo imperial.

Salió rápidamente del palacete de Ezra y pudo ver toda la gran cantidad de eunucos y doncellas que corrían de un lugar a otro. Todo parecía muy ordenado en aquel lugar, ¿cómo sería vivir todos los días allí? Siguió caminando y explorando el lugar. Cuando llegó al muro que dividía el harén con el resto del palacio imperial, vio algo que parecía ser un pasadizo. Salsa era demasiado curiosa para su propio bien. Y aunque ella sabía que la curiosidad había matado al gato, entró emocionada al pequeño túnel que estaba oculto entre la maleza y telas viejas, dio unos cuantos pasos, pero chocó con la pared, suspiró desilusionada mientras veía que el túnel no tenía salida.

Sin más alternativa, retrocedió para salir del lugar. Sin embargo, un sonido la hizo detenerse. Por su cabeza pasaron tantas ideas de lo que podría ser; una serpiente gigante o un canal lleno de bestias salvajes.

—Creo que me iré —susurró

Salsa no alcanzó a dar ningún paso, pues sintió unas manos apretaron su cuerpo. Aterrada del susto trató de gritar, pero las manos de aquella persona reprimieron el grito.

—No grite, no le haré nada —escuchó el susurrar de un hombre—¿Está calmada?

Salsa asintió sin dudar.

El hombre la soltó con lentitud, ella aprovechó para correrse hasta el extremo del muro.

—¿Quién es usted? ¿Acaso es un acosador?

—¿Acosador? Usted interrumpió mi descanso.

—Ja, usted es un acosador.

—Usted está loca

—¿Cómo me dijo? —se acercó a él amenazante.

—Dije que está loca —respondió el hombre

Salsa se dio cuenta que no llevaba el hiyab, mucho menos el chador; llevaba su cabello suelto y su rostro al descubierto. De inmediato tapó su rostro con sus manos consiguiendo esconder también su rubor.

—¿Qué hace?

—Olvide lo que dije, si me disculpa, debo salir. —dijo mientras trataba de acercarse al hueco en la pared. Pero, el hombre impidió su paso.

—Déjeme pasar —exigió

—¿Dígame quien es usted?

—Si le digo mi nombre será más escandaloso que el que ya haya visto mi rostro.

—¿Eres una doncella?.

—¿Qué? Por supuesto que no, más bien dígame quien es usted, ¿es un eunuco pervertido? —soltó con sarcasmo

—¿Qué? No es así.

—Ya estamos a mano, ahora, si me disculpa debo salir. Si no me puede decir quién es yo tampoco lo haré.

—Deme al menos una pista.

Salsa sonrío con gracia, retiró las manos de su rostro y las ajustó sobre su vientre.

—Mi hermana es una hermosa rosa roja —dijo mientras sonreía.

Salsa salió del túnel dando pasos decididos. El hombre quedó confundido con aquel acertijo, que aunque parecía difícil no lo era.

[...]

Cuatro meses después.

—Alteza, ya todo está listo —susurró una doncella a su ama.

La mujer estaba sentada sobre el banquillo frente al espejo mientras cinco doncellas más se ocupaban de arreglarla. Pusieron pendientes en sus orejas, un vestido verde y rojo con brocados dorados y de plata, un brazalete en forma de hoja de laurel y el sello representativo de su clan. Ella no era cualquier persona, era una de las princesas del reino Gurjara, una que para salvar a su padre, el rey Devaraja tuvo que casarse con el califa abasí al-Mahdi.

El reino al que pertenecía la princesa debía varios meses de tributo al imperio Abasí, no podían seguir escribiendo excusas al rey si no querían que este los conquistara. La candidata perfecta para casarse con el califa y entablar una relación más amena entre ambos reinos fue Shakti.

Su mirada quedó fija en el espejo de cobre, reparó en su maquillaje. Tenía los labios de color rojo carmesí y su piel ligeramente maquillada con polvo de arroz. De repente, una lágrima solitaria escapó de uno de sus ojos arruinando el maquillaje.

La princesa Shakti no podía creer que su padre la vendiera a los árabes como un animal, sin ningún tipo de remordimiento, pues de todas formas era su hija. Aunque no la favorita de su padre. El rey ni siquiera la visitaba con frecuencia, había olvidado a su madre; la segunda esposa dejándose envenenar por su esposa principal. Pronto aquella tristeza se convirtió en agresividad. En ese momento la princesa tomó una decisión, su familia querría saber de ella en el futuro y se arrepentirían de haberla casado allí.

La mujer se puso en pie, miró su imagen en el espejo y sonrió levemente en aceptación de su apariencia.

—Rani, dile a padre que ya estoy lista.

—Si, alteza.

Caminó tras la doncella mientras miraba toda la decoración del castillo, los paños de muchos colores se entrelazaban en el techo con grácil apariencia, los címbalos sonaban con alegría anunciando que la novia se acercaba. Finalmente, llegó hasta su padre, se obligó a tragar la amargura que sentía en el momento y se inclinó con la intención de tocar los pies de su padre.

—Padre, su hija está lista.

El hombre se acercó a ella con lentitud, sus ojos estaban cargados; los párpados envolvían sus ojos casi que en su totalidad, dándole una apariencia envejecida y somnolienta.

—Hija, mi Shakti, sé que no fui un buen padre para tí, pero no hagas nada que avergüence a nuestro clan rajput.

—Haré lo que esté en mi alcance —dijo desviando la mirada.

—El clan está en tus manos.

—Lo sé —se obligó a decir.

Los címbalos empezaron a sonar otra vez. Con unas palmadas el rey rajput hizo traer el palanquín dónde viajaría su hija. Shakti montó el carruaje y esperó a que esté empezara el viaje, corrió un poco la cortina y de inmediato vio a aquel hombre a quién había prometido pasar el resto de su vida junto a él. En los ojos de este pudo ver dolor, pero también frío. De su boca solo pudo salir una pequeña frase:

“Te amo”

Llena de dolor y rabia cerró las cortinas y lloró desconsolada.

Sus manos se cerraron alrededor de sus túnicas con ira y frustración.

La caravana engalanada con ropaje nupcial salido de la ciudad rajput destino a la ciudad capital árabe.

El viaje duró cinco días. Cuando entró a la ciudad su doncella hizo presencia dentro del carruaje con la tarea de rehacer el maquillaje de su ama, enjuagar su cuerpo rápidamente y perfumarla.

—Alteza, ya hemos llegado —avisó cuando el carruaje paró.

—Ayúdame a bajar.

Shakti bajó con cuidado del palanquín, acomodó sus ropas y alzó la mirada encontrando al rey Abasí arriba en las escaleras de piedra. La mujer acomodó sus manos sobre el vientre y caminó con presteza a través del pasillo; la suave brisa refrescó su acalorado rostro y movió con ligereza su velo y las faldas de seda amarilla.

—Shakti se presenta a su majestad —dijo con voz fuerte.

El rey asintió con la cabeza luego avanzó con pasos determinados y rápidos hasta entrar al gran palacio imperial, allí estaba la familia imperial incluidas algunas concubinas y esposas del rey.

La princesa rajput caminó tras el rey, pero no pudo evitar mirar de reojo a las otras mujeres del rey; todas llevaban atuendos hermosos y joyas por doquier. Incluso se dio cuenta que una de las mujeres estaba embarazada. Llegó junto al rey hasta el hombre que esperaba en un asiento de madera, dicho hombre era el magistrado que supervisaría la ceremonia. Ese mismo hombre abrió el libro del registro y la hizo firmar en él, dando entendido la legalización de su matrimonio con el Califa.

El rey le sonrío levemente y después salió del lugar. Shakti dio la vuelta confundida, ¿debía abandonar la sala también? Agarró sus manos con nerviosismo y miró directamente a las mujeres presentes en la sala, en poco tiempo, una de las mujeres se le acercó y la arrastró hasta la salida del salón.

—Me presento, soy la señora Cadi, esposa de tercer rango del harén. Debes estar poco relacionada con las costumbres de nuestra gente y la etiqueta del palacio, pero te explicaré mejor. La boda se acaba de legalizar, sin embargo, el rey solo acudirá a ti cuando nosotras las esposas oficiales te celebremos la boda.

—¿Celebrar?

—Hablas muy bien el árabe —anotó la mujer.

—Mi padre lo hablaba a la perfección, él me enseñó.

—Bien, te sigo explicando. La celebración dura tres días, hoy es tu primer día siendo esposa, pero mañana será tu segundo día así que se te celebrará un banquete, de igual manera lo hará al rey pero con los hombres, nosotras solo entre mujeres.

—Lo entiendo —respondió.

La muchacha sonrío a Cadi cortésmente y se dejó guiar hasta el palacio que sería suyo, el palacio era bonito, y hasta cierto grado lujoso pero no tanto como los de otras esposas como Cadi, Raita o Azzar, las mujeres poderosas del harén.

—Este será tu palacio. Tras la fiesta enviaré tu servicio.

—Gracias, alteza —respondió.

—No soy tan elevada como para recibir ese título, llámame señoría. —Corrigió.

—Lo siento, señoría.

—Bien, te dejo, puedes instalarte.

—Agradezco, señoría.

Shakti bajó los hombros aliviada y entró en el palacio. El lugar estaba muy limpio, las instalaciones se veían nuevas o por lo menos remodeladas.

—Alteza, iré desempacando las maletas.

—No —susurró antes de acercarse a Rani—, desempaca mis medicinas

—Alteza, pensé que las había dejado. Su padre fue muy estricto al revisar que no trajera sus drogas y los implementos.

—Los guardé en el palanquín antes de la boda. Ahora, sácalos.

—Pero alteza, no puede jugar con eso aquí. Vea que es peligroso.

—Soy experta en medicina y plantas puedo ser cautelosa.

—¿Qué va a hacer con eso?

—No consumaré este matrimonio.

…

—Majestad, el gran príncipe Jaffar está afuera —imformó el eunuco real.

—Anúncialo —pidió emocionado.

El eunuco dejó entrar al príncipe Jaffar a la sala de audiencias. En cuanto sus miradas se encontraron corrieron para abrazarse.

—Majestad, enhorabuena.

—Jaffar, no me avisaste que estabas de regreso, me alegro de verte —expresó enérgico.

—Majestad, he regresado ya hace meses, pero he querido darte una sorpresa hoy.

—¿Qué es?

—Estuve preparado esto durante estos meses, mis hombres han conseguido esta espectacular opera proveniente de Chang’an, la capital de la dinastía Tang.

—¿Es eso así? ¿qué te parece si los vemos pasado mañana durante la finalización de mi matrimonio? Podemos convocar a las demás concubinas.

—Su majestad, usted es quien decide.

—Entonces está decidido.

—Arreglaré todo para usted, ahora me retiro —dijo para luego salir de la sala.

Justo antes de pasar el umbral, Jaffar se detuvo y giró el cuerpo hacía el rey.

—Majestad, ¿me puede ayudar a encontrar a una persona?