Capítulo VII: Inicio del Fin (1)

El día número cien había llegado finalmente, Marlina se alistó con el mejor traje que tenía en su fantástico armario, aquel que había sido utilizado una sola vez. El mismo traje dorado, con el que la isla recibió sus primeros pasos, aquel día lejano en el que llego a ella. Diseñado por su madre en la generación pasada, aunque conservado y obsequiado por su hermano, el arquitecto de la vida, quien ya podían sentirse sus energías sagradas a punto de llegar, para sentenciar sus propósitos divinos.

Salió de su cabaña recibiendo los primeros rayos de luz de la mañana, aquellos que le iluminaban su camino. Nerviosa, levantó su mirada hacia el distante centro de la región, y cada paso que daba contemplaba con mayor detalle la majestuosidad del Árbol Venerable, ahora imposible de percibir, pues este era imponente sobre las alturas de la isla.

Escogió un boscoso sendero que la llevaba más directo hacia su destino. Un camino en donde no había prados relucientes, ni árboles lúcidos, y las profundidades de lo salvaje era el principal argumento de su recorrido. Y, aunque el camino era peligroso, la obstinación por su asignada tarea de levantar su reino eterno era mucho más fuerte; pues su mente comprendía con claridad, que esto estaba a punto de hacerse realidad. Ahora, todo dependía de ella.

Aproximándose al final de la frondosidad en la que estaba metida, aprecio a cortas distancias el centro de la región como nunca antes lo había hecho. Estaba a unas leguas del árbol, y podía apreciar las siluetas de cuatro seres, estáticos, viendo como la mujer empezaba a descender elegantemente desde las alturas de la profunda colina. Y desde las alturas, se observaba la preciosidad de la diosa; su refinado caminar. Desfilando su vestido, y su postura digna de la nueva Reina de Adnia.

–Es ella– exclama Amsiret, agitado–. Ha llegado, señor

–Prepárense, entonces– responde Elgoneth, mientras dirigía la mirada hacia su hermana–. La elección final esta sobre nosotros, pues la nueva nación, ya está aquí.

–Y el nuevo rey, también–exclama Arac.

La mujer termina de descender la colina, y llega al lugar donde estaban reunidos, debajo de la sombra inmensa del árbol sagrado; el origen ancestral, del nuevo imperio.

–Bienvenida, hermana mía– exclama el dios inclinándose y dándole un beso en la mano de la diosa–. Ha llegado tu momento

–Así parece, hermano mío

–¿Te divertiste? –exclama Elgoneth.

–Así es– responde la mujer–. Aunque no puedo creer lo rápido que ha pasado todo esto.

Elgoneth entonces, levantó su mano derecha y de inmediato, Amsiret, Arac y Emérita tomaron tres pasos hacia atrás. Llevó a su hermana hacia un tronco cercano para elegir su decisión final.

–En este tronco perfectamente cortado, he colocado los dos anillos de plata asignado para los reyes eternos de Adnia. Aquí yace la decisión final de un destino, y aquí, los cuatro fundadores seremos testigos de esta legendaria resolución. Y con ella el inicio de esta nueva nación. Aquellos testigos, quienes tendrán la prerrogativa de presenciar el origen del nacimiento de la luz de este nuevo imperio, a través de ti, Marlina. Estaremos a siete pasos de distancia, que constituyen los siete verminos* que te daré para que tomes tu decisión, empezando desde ahora.

No sabía qué hacer. Sus manos temblaban. Su cuerpo tambaleaba. Su mentalidad hervía en angustia y nervios. Una sensación asfixiante la agobiaba en la indecisión, y un nudo en la garganta se apoderó de ella, pues sabía que era un juicio irrevocable.

Era demasiado pronto; tanto Arac como Amsiret habitaban en los pensamientos, y en los sentimientos verdaderos de la mujer. Aunque, el dios de los aires dominaba en su mente, y el dios del plasma, dominaba en su corazón.

La diosa agarró uno de los anillos de plata, y se lo colocó en su dedo anular. Agarró el otro con su mano derecha, y lo dejo reposando en su palma; con su mano abierta, camino sus siete pasos dirigiendo su mirada solamente al anillo del rey. Y cuando llego al séptimo de sus pasos, levantó su rostro. Vio al dios del plasma en frente de ella. Lo miró directamente a los ojos, y luego desvió su mirada hacia la izquierda; da dos pasos en esa dirección, inclina su cabeza solo un poco, agarra delicadamente la mano del dios de los aires, y coloca el anillo en su dedo.

–¡Te hice un árbol indestructible!¡Legendario! –exclama Arac, a gritos–. ¡Hicimos el amor anoche!¡Me prometiste tu corazón! Me quieres explicar, ¡¿qué demonios es lo que estás haciendo?!

–Arac, por favor, cálmate– le dice Elgoneth.

–No, no, señor, ¡esto es un error! – continúa el dios del plasma–. ¡Te vas a arrepentir el resto de tu vida!¡¿Me estas escuchando Marlina?!, ¡vas a pagar caro por esto!

Unas nubes oscuras comenzaron a invadir el lugar. El firmamento grisáceo cubrió repentinamente la zona, y una tormenta de color violeta rugía ferozmente en los alrededores del árbol gigante. El dios del plasma se recargó de poder. Sus ojos tornaron un color oscuro, sus manos brotaban corrientes con destellos morados, y a pesar de que todos estaban listos para el aparente ataque del dios impotente, este simplemente se volteó, se adentró a las profundidades del bosque a toda velocidad y se perdió en este.

Emérita, casi sin pensarlo, abandonó el sitio igualmente. Siguió el rastro del color magenta de Arac, corriendo a toda velocidad, pues podía sentir su dolor con igual intensidad, y decidió perseguirlo ante la denotada preocupación de esta.

El enojo del cielo cesó repentinamente; la calma volvió al lugar, y los tres seres restantes volvieron a la armonía, para así enfocarse, al inminente inicio de la nueva gran nación.

–No se preocupen por Arac– dice Elgoneth–. Hablare con él, y me encargare de arreglar las cosas. Es normal que reaccione de esta manera. De hecho, esperaba algo peor; ahora bien, deben enfocarse en lo que verdaderamente es importante, el inicio de su imperio, el forjar de su castillo angelical, eternos reyes de Adnia. No puedo estar más orgulloso de ustedes.

–Les doy mi bendición– continúa el dios supremo–, y recuerden, esta tierra siempre estará protegida por mí. No deben olvidar a Arac, pues él será el general del ejército de este reino, y por ende necesario para mantener el equilibrio del mismo.

En forma de una magnífica esfera de luz, Elgoneth guió a los ciento cincuenta protectores de los reyes hacia el centro de la región. Y al llegar a este, el espíritu del Arquitecto de la Vida se disuelve en miles de energías, las cuales se integraron rápidamente en el subsuelo, ascendieron simultáneamente desde abajo y, en presencia de un cielo profético de vainilla, la estructura milagrosa y fortificada de un nuevo castillo, surgió de la tierra sagrada.

La brillante esperanza del espíritu agitado se apoderó del lugar, perdiéndose entre el tiempo y el pensamiento. Y nació la prometida Fortaleza de Adnia. Iniciando el feudo de los reyes, bordeando los alrededores del mítico árbol sagrado; deslumbrando su venerable exuberancia en el centro del castillo. Así, comenzó el legado, la patria elevada. El primero, de la renovada gran nación.

–Mi tiempo aquí ha terminado– exclama Elgoneth–. Que inicie entonces, la prometida y milagrosa nación de Adnia.

El dios supremo empezó a elevarse, desapareciendo en las alturas. Marlina y Amsiret entonces, se dieron un abrazo fraternal, observándose a los ojos firmemente pues podían ver sus almas gozando de la alegría a través de sus miradas.

–No quiera tener que preguntarte esto– exclama Amsiret–. Pero sé que debo hacerlo, ¿por qué me elegiste?

–Porque veo un futuro contigo, mi rey. Porque a través de tus ojos, me pierdo en el resonar de las campanas de nuestro reino–exclama la mujer–. ¿No las escuchas tú también? En ti veo estabilidad Amsiret, en ti veo un hogar, en ti veo una familia, porque tu corazón es noble, tus intenciones son leales, y sé que para la misión que ambos tenemos de forjar este imperio, eres el indicado para ayudarme a sostenerlo, para siempre. No te voy a negar que Arac logro cautivar mi corazón, pero este deber nuestro va más allá de sentimientos, va más allá de pasiones, va más allá de deseos desmedidos, o ilusiones caprichosas. Este deber es un deber de almas, este deber es un deber de caminos, este deber es un deber de destinos. Un destino de reyes, aquellos que proyecten visiones claras, y renombrarte seguridad. Y jamás me había sentido tan segura de alguien como lo siento contigo. Mi intuición realmente me lo ha dicho, tu eres el verdadero Rey de Adnia.