Capítulo VII: Inicio del Fin (2)
Emérita siguió los rastros que había dejado Arac, atónita, pues a medida que esta los seguía, se hacía más evidente el caos que este dejaba a su paso. Decenas de árboles caídos, la frágil tierra resquebrajada, llamas de fuego purpuras por los alrededores que denotaban la furia desmedida y el dolor inmensurable del dios de la esencia plasmática. Este rastro parecía apuntar al único lugar que le quedaba al dios derrotado para desahogar su impotencia, el Palacio de Aravir.
Esta escaló rápidamente la pequeña montaña que daba a la cúspide de ella, donde se formaba el camino de luz azulino hacia la entrada del palacio de cristal. No creyó que este estuviese formado, pero para su sorpresa, cuando llego al ápice de la montaña, el camino de luz estaba encendido. Formado divinamente ante sus ojos.
Cruzó por todo el sendero centellante, hasta que llegó a la entrada del palacio; las puertas estaban abiertas, así que decidió entrar al gélido palacio. Escuchó un sonido espeluznante de cristales quebrándose. Vidrios rompiéndose abruptamente, uno tras otro. Supo de inmediato, donde se encontraba el dios abatido.
La mujer se dirigió a toda prisa hacia el cuarto de los espejos, solo para encontrarse con lo peor. Un cuarto inundado en la oscuridad, repleto de espejos rotos, y corrientes energéticas de color púrpura generando cortos circuitos en todo el cuarto. De espaldas se encontraba Arac, derrotado, respirando agresivamente; arrodillado, sujetando un fragmento de un espejo, de los miles de ellos que se encontraban dispersos dentro de la habitación.
–Arac, soy yo– exclama Emérita–. Estoy aquí
–No, no lo estás, Emérita– responde Arac–. ¿Que no lo ves? Eres una humana, una mortal. No hay nada que puedas hacer por mí.
–¿Cómo vas a decir eso? – responde Emérita–. ¿Acaso ya no crees en mí?
–Sí creo en ti, pero te repito, eres una mortal y no me sirves para lo que necesito–responde Arac–. Yo estoy solo en esto.
–¡No lo estas! –responde Emérita–. ¡Nunca lo has estado! ¡Me tienes a mí! ¡Nos tienes a nosotros! ¡¿Aún no lo entiendes?!¡Hay una esperanza a través de mí! ¡Hay una familia a través de nosotros!
–¿De qué hablas? – pregunta Arac.
–¡¿Crees que estuve en esa maldita reunión porque así lo quise?¡, ¡¿Crees que quería ver el rostro de esa estúpida negándote de esa forma?! ¡Elgoneth me pidió que estuviese allí! –exclama Emerita–. Y así accedí, porque necesito decirte algo importante.
La mujer se arrodilló en frente del dios de los poderes violetas; le levanto su rostro cabizbajo con ambas manos, y con lágrimas en los ojos, le dio una inesperada noticia.
–Estoy embarazada–exclama la mujer.
La mente del dios del plasma quedo en blanco de repente, y su voz se mantuvo en silencio. No podía creer semejante noticia.
–¿No vas a decir nada? No te importa, porque soy un estorbo para ti, ¿cierto? –exclama la mujer con la voz quebrada.
–Amor, no digas eso–responde el hombre–. ¿Cómo vas a ser un estorbo, cuando te he dicho que quiero construir un imperio contigo? Sabes bien que estabas en mis planes, y esto no me molesta. Es solo que, no me esperaba esto. No creí que esto fuese a darse tan rápido. No creí que esta bendición llegaría. No creí que esto fuese posible, es decir, ¿cómo sabes esto?
–Elgoneth me lo confirmó en las sombras de ese árbol, momentos antes de que llegaras–responde la mujer–. No quería decirte nada, pues sabía que estabas concentrado en ella. Pero yo lo sabía Arac. Lo había sentido desde que te fuiste aquella noche, pero para mí también era demasiado. Estuve con esta zozobra, pues algo me lo seguía diciendo Arac. Estos eran los planes que tenía la vida para mí, ¡y no puedo estar más feliz!¡Será nuestro hijo!¡Será el iniciado de la nueva raza! ¡Será el más poderoso de estas tierras!
La mujer abrazo al dios cabizbajo, quien todavía estaba despilfarrado de la tristeza que lo desmoronaba al haber perdido, pero sus ojos ahora brillaban nuevamente de un sueño que compartía con la princesa.
De pronto, una presencia pesada se sintió en el lugar. A ellos, un espectro los miraba repentinamente.
–Arac, quieres explicarme, ¡el semejante espectáculo que has formado ante mis ojos!
–Señor, discúlpeme– exclama Arac–. No pude contenerme
–Necesito hablar contigo, ¡de inmediato! – exclama el ser–. Danos un momento, Emérita.
Arac entonces, se levantó con su amada, le dio un beso en la frente y se dirigió hacia el arquitecto de la vida. Sabía que le venía un sermón agresivo. Se dirigieron hacia uno de los balcones del palacio, y en el borde de este, apreciaron el horizonte de la isla, la cual destellaba una hermosa caída del alba; invitándolos, al desfile de la noche.
–No me gusto en lo absoluto tu reacción–dice el dios supremo–. Mi hermana sintió todo, y se puso muy nerviosa.
–Lo siento señor, no pude controlarme–respondió Arac–, pero no puedo creer que eligió al papanatas por encima de mí. Ese trono era para mí, ese reino era mío- ¿Qué es lo que voy a hacer ahora? Lo siento señor, pero la vida no está siendo justa conmigo.
–¿Cómo vas a decir eso?¡Mírate! –exclama Elgoneth–. ¡Mira el palacio que has construido! ¡Mira con los dotes que te he bendecido! Tienes una mujer hermosa que te ama, la cual está comprometida a estar tu lado. Y del nacimiento de tu hijo, iniciará la nueva raza de hechiceros, los solarianos. Seres mucho más poderosos que los hijos posibles de Amsiret y Marlina. Selo que querías, pero no lo puedes tener todo hijo mío. En cambio, ¡tendrás lo mejor! La raza terrestre más poderosa para toda la existencia, y tu nombre nunca será olvidado. Todo está equilibrado, hijo mío. Quizás no estaba en tu camino desposar a mi hermana, pero no creas que no tenía grandes planes para ti. Todo en esta vida depende de la perspectiva que decidamos escoger, y si te pones a observar con detalle, eres más afortunado que tu hermano. Pues si bien es cierto él ha sido bendecido para ser el rey de esta nación, así mismo se le exigirá como uno, y su responsabilidad será aún más grande. Aun debemos probar su capacidad.
–Es más apropiada para ti, esta posición– continúa Elgoneth–, pues necesito que el general de este ejercito sea el más fuerte de los dos, y ese, eres tú.
–¿El ejército, señor? –pregunta Arac.
–Así es– responde Elgoneth–. De los bosques más profundos, y míticos de esta isla, junto con el dios de la tierra, engendraré trescientos hechiceros como los primeros guerreros de esta nación; doscientos hombres y cien mujeres. Asignare ciento cincuenta para la protección del castillo de Adnia, donde se encontrarán los reyes de estas tierras. Y los ciento cincuenta restantes, serán los mejores soldados. Reservados para ti, y para la formación de la nueva legión, pues yo mismo los he seleccionados para que sean leales a ti hasta tu muerte.
– ¿Cuándo pretende hacer esto señor? –pregunta Arac.
–Esta noche
Así pues, caída la noche, Elgoneth se elevó desde el palacio de cristal y se dirigió al Bosque Tenebroso de Sogni; aquel con las energías más misteriosas de la isla. El único lugar de la isla que ni la diosa de la luz se atrevió a entrar en sus cien años, pues a pesar de su extraña naturaleza, aquí yacían los suelos más fértiles en energía, y los cimientos más acertados para la creación de los soldados mágicos.
Los trescientos soldados nacieron de la tierra manando increíbles ráfagas de distintos colores y la mitad emprendieron su viaje al centro de la región y la otra hacia el palacio de Aravir.
En forma de una magnífica esfera de luz, Elgoneth guió a los ciento cincuenta protectores de los reyes hacia el centro de la región. Y al alcanzarlo, el espíritu del Arquitecto de la Vida se disuelve en miles de energías, que se integraron rápidamente en el subsuelo, ascendieron simultáneamente desde abajo y, en presencia de un cielo profético de vainilla, las estructuras milagrosas y fortificadas de un nuevo castillo, surgió de la tierra sagrada.
La brillante esperanza del espíritu agitado se apoderó del lugar, perdiendo el tiempo y el pensamiento. Y nació la prometida fortaleza de Adnia. Iniciando el feudo de los reyes, bordeando los alrededores del mítico árbol sagrado; deslumbra la venerable exuberancia en el centro del castillo. Así, comenzó el legado, la gran nación. El primero, de la renovada gran nación.