Capítulo VI: El Pantano Perdido (4)
Y entre los oscuros pasajes del camino de la soledad, y la resolución de la paralela tempestad, los dioses se volvieron a encontrar al final de sus camino. Sus caminos entrecruzados, coincidieron en la misma salida. Se miraron confundidos, y ojos hablaron por sí solos. Ambos sabían hasta donde habían llegado. Y al frente de ellos, una puerta redonda de madera se postraba sospecha, aquella que anhelaba la profundidad del pantano; atesorada hacia un lugar especial.
–¡¿Por qué siempre tengo que avanzar contigo?!–exclama Amsiret.
–Silencio, rebelde– responde Arac–. Estamos a punto de entrar, al hogar real; el jardín de los misterios.
El dios del plasma abrió la pequeña puerta, y sus dimensiones cambiaron de inmediato. Se adentraron a un lugar vasto, y amplio. Verdoso y natural, dentro del misticismo de un pequeño mundo debajo tierra y lodo; un cielo de maravillas, escondido entre el corazón de la caverna, con una familia de flores y animales de su propia naturaleza. Una brisa delirante recorría tenue sobre sus rostros, introduciendo el verde del prado espacioso. Digno para la vista de un rey; con cascadas relucientes cayendo sobre los hombros de esculturas de dioses del pasado, enjaulados y olvidados. Y en el humilde horizonte, pequeñas colinas y montículos florales se pintaban como diseñadores, de un jardín enorme y luminoso.
–¿Qué es esto?–pregunta Amsiret.
–¡Es el hogar de las maravillas! La fábula perdida–responde Arac–. Es el imperio de los misterios, rodeado de naturaleza y belleza. Sin embargo, no te dejes engañar hermano mío, por la preciosidad y sus apariencias. Este es el hogar de la bruja de Clarendēn, donde su nombre solo puede ser susurrado. El lugar donde la vista, será tu mayor traición, y el aspecto, tu mayor discordia.
Los hermanos recorrían lentamente el césped luminoso; a través del mágico cantar de decenas de pájaros de colores. Mientras la luz se iba regocijando entre la visión de los dioses, al encontrar brillo, calor y aire una vez más. Cruzaban un prado esperanzador, de cosechas y cultivos de maíz púrpura.
A lo lejos, entre unos montículos descendientes, se escuchaba el cantar melodioso de una dulce voz femenina. Una mujer por excelencia. Un conjunto de sinfonías armoniosas, suponiéndose entre los pilares principales del cariño, y de la apreciación por lo que es; por lo que será. Aquello por lo que peleamos y existimos; aquello que anhelamos desde el momento que nuestros ojos se toman el atrevimiento de generar un impulso, un empujón hacia la vicisitud. Ampliando la soberanía de lo imprescindible, el llamado a la verdad. El más puro recuerdo del alma, derivado lentamente como cenas del verano, sobre las gargantas secas y hambrientas de los dioses, la gran diacronía del romance.
Decidieron acercarse a las cascadas, cruzando por el pequeño campo repleto de maíz morado, mientras este se cerraba en frondosidades de pequeños árboles descendiendo hacia el caer de las aguas preciosas, tapadas por los cientos de hojas de la arboleda.
Los hermanos fueron atraídos naturalmente a los cantos de Nelva, quien se terminaba de bañar en las aguas de las profundidades. La mujer se tapó entre las ramas, y las hojas, y allí se colocó sus prendas.
–¿Qué hacemos? –pregunta Arac.
–Solo, no mires–exclama Amsiret–. Déjala que ella se acerque. Sabe que estamos aquí.
–¿Cómo sabes eso?
–¡No mires!
La sombra de la mujer se proyectaba a través de las hojas gigantes; una silueta de perfección, mostrando la formación hermosa de su cuerpo. Y de pronto, en la distancia, se escucha el resonar de la voz suave nuevamente, pero esta vez no entonaba las melodías de su voz gloriosa.
–¿Es esta la manera correcta, de apreciar la templanza de todos sus sueños? –exclama Nelva–. ¿Es apropiado, presentarse de esta forma ante la hacedora de sus deseos? ¿Aquella con los recursos ilimitados?
Amsiret de inmediato, pone una rodilla en el suelo, inclina su cabeza y golpea a su hermano para que le siga con la reverencia.
–Oh, preciosa reina de los pantanos y cavernas del este–exclama Amsiret–. Perdona nuestros atrevimientos. Ha sido nuestro error, por querer apresurarnos.
–Parecen ser, seres invasivos– responde la bruja–. Estas tierras parecen desoladas, pero no lo están; ya deberían saber esto. Esperaba más de los elegidos de Elgoneth.
–No volverá a suceder–exclama el dios del aire.
–Levántense–responde la mujer–, hace muchos siglos no me llegaba la compañía de un hombre, ¡y me ha llegado el doble! Fijen sus miradas, al caminar de la dueña de estas tierras.
La mujer cruzó entre las inmensas hojas, pasando una después de la otra. Delirando su belleza entre la mirada perdida de los elegidos, sobre las líneas de las proyecciones. Haciéndose descubrir entre las siluetas y las sombras. Arropada en un vestido cubierto de liana y hojas del verde primaveral; y alrededor de su cuello, una refulgencia llamaba particularmente la atención de los hermanos. Una prenda que, relucía una luz brillante, un poder impetuoso. Y en el centro de la prenda, un diamante amarillento, cuyos destellos dominaban el espacio y sus alrededores.
Arac se mantenía estático, contemplando. Amsiret mantenía la cabeza inclinada, mientras la mujer se acercaba gradualmente a ellos. Esta acaricia el rostro de ambos, subiéndoles sus inclinados rostros, invitándolos a descubrir, porque el momento divino los había reunido allí.
–Cuéntenme, futuros reyes de esta isla–exclama la bruja–, ¿por qué han venido a visitar mi corazón destronado?
–Vinimos a pedirte un deseo, Nelva–responde el Dios del Plasma–. Vinimos ante ti, pues aun creemos en la belleza detrás del mito. Aún añoramos la preciosidad, detrás del monstruo, detrás de la leyenda. Es primera vez que nos conocemos, pero no primera vez que nuestras almas se encuentran, ¿no es así?
–Vaya que conoces tus instintos, Dios del Plasma–responde la bruja.
–¿Es eso un inconveniente mi señora?
–Para nada–responde la bruja–. Es exactamente como me lo imaginaba.
Arac agarro gentilmente la mano de la preciosa entidad, y le dio un beso frío y delicado, antes de que la mujer continuara hablando.
–Acepto su petición–exclama la bruja apreciada–, pero antes deben saber que no confío en ustedes, y entre mayor es su deseo, mayor será su costo.
–Para ganar mi confianza–continúa–, les haré una simple pregunta que solo podrán contestar con el corazón. Y sus respuestas, me dirán si merecen la intervención de mis capacidades, en las intenciones de sus caminos.
La mujer termina de hablar y se acerca lentamente al rostro de Amsiret; lista, para entrar a su consciencia.
–Dios del Aire– exclama la mujer–, ¿qué es lo que más desea tu corazón en este momento?
Las palaras parecían no salir de la boca del dios prevaleciente, quien, en la versatilidad de su mente, estaba estupefacto ante la mirada fría de la bruja; y por un momento breve, se sintió arrepentido de haber llegado hasta allí.
–Quiero ser, el rey de todas estas tierras–exclama Amsiret.
–Vaya–responde la bruja–. Admirable, mi rey.
La mujer voltea rápidamente su mirada hacia Arac, quien se encontraba su lado izquierdo. Este se notaba inquieto. Sus rodillas temblaban, el sudor corría por su rostro; sabía que no podría mentir.
–Ahora bien, ¿qué me puede responder el Dios del Plasma–exclama Nelva–. ¿Qué es lo que más desea su corazón, en este momento?
Arac suspira profundamente; cierra los ojos por un momento, exhala el aire acumulado, y abre sus ojos nuevamente.
–Lo que más desea mi corazón ahora–exclama Arac–, es a ti.
El Dios de Plasma no tuvo que aventurar sus labios a la dimensión de los de la bruja, pues ella estaba ya en los de él. Y en un instante, los soplidos de los vientos primaverales corrían grises, mientras transcurría el episodio imprevisto del amor, entre las sabanas de lo desconocido.
La mirada del Dios de los Aires lo decía todo, y más que todo. Perplejo, confundido; atónito ante los actos impulsivos de su hermano, pero sobre ello, perdido, entre las preocupaciones de un mal presentimiento que se desplegaba en los alrededores; el ambiente se carcomía entre lo siniestro, la luz se perdía entre las nieblas, y una ventolina de augurio y terror se apoderaban del jardín.
Y mientras el dios del plasma besaba a la dueña del pantano, le arranca rápidamente la prenda dorada, el collar de oro; la bruja se desmayó, cayendo hacia atrás, a la percepción de la traición en su propia tierra. Se integró en el césped; entre las raíces de dos árboles cercanos, y sus sombras se recubrieron en una masa negra espeluznante, emitiendo un grito macabro de varias voces. Una energía proveniente del infame reino de las tinieblas.
Su espíritu se convertía rápidamente en aquel monstruo oscuro. Amsiret y Arac corrían hacia la entrada de la caverna, tratando de salir del jardín maldito, que ahora se distorsionaba en todos sus rincones. El rugido de la bruja gigante proclamo el inicio de un huracán desmedido, expandiendo su furia con cada uno de sus pasos gigantes; con risas macabra, con energías grisáceas y oscuras que se adueñaban del prado y de la luz; transformándose levíticamente, en dos espectros gigantes, en formas de manos enormes hechas de sombras y polvo, que intentaban sujetar a los hermanos a como dé lugar.
–¡Nunca dejan de sorprenderme tus estupideces! –exclama Amsiret, en plena corrida– ¡¿Cómo se te ocurre engañar a Nelva así?!
–¡No pronuncies ese nombre en alto! –exclama Amsiret–. ¡La harás enfurecer aún más! Esta ya no es la mujer de las cascadas, esta es Yelvira, ¡la bruja expulsada de las tinieblas!