Capítulo VI: El Pantano Perdido (3)
La bestia emanó un rugido que se tradujo rápidamente en corrientes eléctricas; en relámpagos furiosos, que encandecían el terreno letalmente. Las luces grises de las manos de Amsiret perdían poderío ante la intento combatir contra la leyenda perdida.
Un hechizo empujó a el dios hacia las cercanías del pozo; no había salidas, no había escapatoria a los alrededores. El dios se refugiaba como podía, detrás de la sombra de la piedra gigante, mientras la bestia gigante lo buscaba sin cesar.
En la frustración del momento, tapándose los oídos, la vista del dios del aire se fijó accidentalmente en la piedra, y en su escultura se veía claramente un grabado.
“Para el oro encontrar, la oscuridad debes atravesar”
–¡¿Qué demonios significa eso?!–exclama el dios del aire.
Delante de él, la piedra se parte en mil pedazos cuando es alcanzada por a la refulgencia eléctrica del aliento ancestral de la bestia. Esta vez, no perdonaría al hombre, quien comenzó a correr hacia un lado, hasta que encontró un árbol donde se escondió rápidamente; era cuestión de tiempo, para ser encontrado, sin embargo. Y si lo era, significaría el fin de su travesía. Carcomido por las sombras delirantes de las calumnias del pantano desdichado.
–Espera–exclama Amsiret, perspicaz–, ¡el pozo!
El dios del aire descifro la pequeña señal. O al menos, así creía haberlo hecho. Considero que quizás, a través de la oscuridad del pozo, se encontraba el oro; hacía sentido en su mente, ante la protección de la bestia. Aunque, riesgoso para sus instintos, pues si no había nada al final de él, significaría la muerte segura.
Amsiret debía apurarse, pues su mirada le relataba una lava eléctrica acercándose cada vez más hacia él. Brotando por los alrededores; las llamas se adueñaban del lugar. El ataque de la bestia era incesante. El dios se defendía como podía, y decidió correr hacia el pozo. Llegando a él entre las llamas del tenebroso ataque de la criatura infernal.
Asomó su cabeza en el pozo, pero no vio nada en el fondo de este. Miro hacia atrás, y la bestia sobrevolaba hacia él. Su mente le decía que era el din. Su corazón le pedía por rendición, ante la adrenalina de la muerte. Pero sus instintos le susurraban que diera el salto, y cruzará la oscuridad.
El hombre saltó rápidamente, mientras sus gritos se apoderaban en la frondosidad del amplio y oscuro pozo. En medio del instante eterno, golpeo con una superficie de hierro. El hombre aturdido, intentó iluminar el fondo del pozo donde su cuerpo había estrellado, y se dio cuenta que esta era una puerta cuadrada incrustada en el suelo.
La criatura se adentró al pozo enorme igualmente, acercándose rápidamente para devorar a su víctima ineludible. El hombre apretó su puño derecho, y este emano un campo de energía blanco, que brillo en las profundidades. Intentaba golpear la puerta con sus fuerzas, la empujaba con su poderío, le lanzaba sus luces y esta no se abría.
En la refulgencia de la desesperación, el dios del aire vio en una esquina una llave plateada; la agarró rápidamente, y abrió la puerta del subsuelo, pasando atravesó de ella, y estrellándola desde el otro lado en el momento exacto en donde la bestia lo iba a devorar, justo en su rostro.
La bestia se estrelló con la puerta tres veces desde el otro lado, hasta que cesó. El dios pensó que había pasado a otra cámara del pantano, pero cuando este se levantó, se dio cuenta que se encontraba nuevamente en los pasadizos ocultos de este. De vuelta, a los senderos húmedos y desagradables. Una inversión de dimensiones, que solo magia oscura podía elaborar.
Mientras tanto, Arac pasaba su desafío sobre la tranquilidad de un prado oculto, repleto de flores anaranjadas; su caída lo había llevado sorpresivamente hacia el lugar más agradable del pantano. Cruzaba por este, confiado, pero consciente. El dios del plasma era difícil de engañar; y ante semejante templanza y quietud, le parecía sospechoso, por lo que mantuvo los ojos bien abiertos durante el placentero recorrido.
De repente, al llegar al final del prado, se encuentra con tres criaturas de una naturaleza desconocida para sus ojos; tenían un aspecto extraño, rasgos alargados, pupilas negras, y olor pestilente. Parecían hojas mutadas en mortales erguidos. Estos parecían inofensivos, y se postraban ante la cercanía de una puerta grande de cobre, entrelazada entre solidas raíces; indicando el final de la caverna extensa y preciosa.
Arac pretendía avanzar en silencio; había disfrutado de su caminata, hacía visto la salida claramente, y estaba dispuesto a salir sin mayores problemas. Camino lentamente, pasando por el frente de las criaturas, sin prestarles atención. Trato de abrir la puerta, pero esta estaba cerrada.
–Es la soberbia, ¿innata en un rey? –pregunto la primera las criaturas verdes.
–¿Perdón? –pregunta Arac.
–Es la despedida, ¿indiferente para un héroe?–exclama la segunda criatura.
–No entien–
–¿Es acaso el trono, lo que realmente quiere el corazón del dios? –pregunta la tercera criatura–. ¿O existe más inseguridad, en el alma del guerrero?
–¿Qué diablos están hablando?
–Para hallar la apertura al destino, deberás olvidar el oro y las prendas–dice la primera criatura–. El elegido, no es solo uno. Es el todo.
El dios del plasma no le sentó bien la actitud de las criaturas, y emanó un poderío purpura hacia uno de ellos. Sin embargo, el poder reboto de este bruscamente, dirigiéndose a toda velocidad al pecho de Arac. El golpe le estrello a un tronco, en un árbol repleto de trampas venenosas.
–No vinimos a bloquear el camino del padre de la luz violeta–exclama la segunda criatura–. Vinimos a expandírselo, pues su propia mente se lo bloquea.
–¡Silencio! –exclama Arac, enfurecido.
El dios plasmático empezó a lanzar hechizos de sus manos, purpura, pero todos estos eran rebotados hacia él; y curiosamente, este no se detenía. No podía hacerlo, pues sus propios impulsos lo traicionaban. Todo el mal que emanaba, gravitaba hacia él. Haciéndose daño a sí mismo, y dejándose rendido ante la presencia de las criaturas quienes caminaban lenta y apáticamente hacia él.
Arac quedo aturdido, en la esquina de unos aboles secos. El dios del plasma se comprimí más y más, y el espacio lo arrinconaba al suspiro de todos sus miedos. Las voces de las criaturas ahora hablaban directamente en su mente; dejándolo perdido en el misterio, aterrado ante su indefensa.
–¡Déjenme tranquilo! –gritó Arac.
–Cierra los ojos, dios del plasma–exclama una de las criaturas, arrinconándolo–. Despeja tu mente; tu consciencia debe ser adormecida, y una abducción de tu espíritu deberá ser realizada, para soportar los dolores que te esperan después de esa puerta.
–¡Aléjense de mí, nefastos! –exclama Arac–. ¡No voy a permitir que ninguno se atreva hacer nada!
–Vinimos ayudarte–responden las criaturas–¬. Pues tu destino debe ser más grande del que te imaginas.
El dios del plasma cerró los ojos, y comenzó a soñar. Dentro de él, era lucido y consciente. Estaba sentado en un templo, solo. Había terminado de meditar. Se levantó de donde se encontraba, e instintivamente, intentó buscar a cualquier persona que se encontrará cerca. No había nadie, pero por una ventana, el dios del plasma observó una silueta bajo la sombra de un tallo alto de mandarinas. El hombre decidió salir del templo. Estaba lloviendo fuerte. El cielo estaba cerrado. El césped era fértil, provechoso. Las plantas no sufrían con la llovizna; celebraban con ella. Danzaban en la cosecha. Sobrevolaban en el gozo. Aprendían en la gratitud. Y así, el hombre llego a la figura escondida, quien se encontraba con un saco repleto de frutas hermosas, entre la fría ventolina.
–¿Qué estás haciendo aquí? –pregunta Arac.
–¡Que tal! Pensé que nunca vendrías–responde el hombre extraño–. Estoy recolectando frutos para mi amada. Este es el único árbol de mandarinas que tenemos, y después de siglos, ¡está volviendo a dar las mejores de ellas! ¿quieres uno?
–Está lloviendo fuerte–responde Arac–. No es un buen día para cosechar.
–Todos los días, son buenos días para cosechar–responde el hombre–. Solo tienes que aprender a encontrar la belleza, entre la tierra y las marismas.
El hombre entonces, le dio una mandarina al dios del plasma. Este se sintió alabado; se veía jugosa, y apetecida, por lo que este decidió darle un mordisco.
–¡Que es esto! –exclama Arac, escupiendo–. ¡Está demasiado acida!
–¡Sabía que no te gustaría! –responde el hombre entre carcajadas–. ¡No has cambiado en todos estos años!
El hombre misterioso entonces, sacó un cárdigan blanco desde el saco de sus frutos. Una prenda hermosa, y denotaba una energía de reconciliación. Una unción a la ruptura. Una propuesta al entendimiento.
–Toma, póntelo encima, y ayúdame a terminar de recolectar estas mandarinas–exclama el hombre.
El dios del plasma extrañamente, se puso la prenda cocida a mano, y le quedaba todavía un poco grande. Un recuerdo le vino, cuando se lo colocó, pues a pesar que muchas cosas habían cambiado para él, la prenda le parecía saber que él seguía siendo el mismo.
–Vaya que te queda de maravilla–dice el hombre–. Harás a tu madre muy contenta cuando te vea.
–¿Cómo esta ella?
–Está mejor que nunca–responde el hombre–. ¿Pero por qué no te das cuenta de eso tú mismo después de esto, hijo mío?
–Solo estoy de visitante–responde Arac–. No creo quedarme mucho tiempo.
–Arac, no importa cuántos rimeros pasen, cuantos soles veas, tu corazón nunca conocerá del tiempo. Y tu mente, jamás escapara de tus recuerdos. Pues de esto, es de lo que vivimos, en nuestros espíritus.
El dios del plasma se levantó acelerado. Estaba en el suelo, repleto de insectos extraños. Se los quito de encima bruscamente, y se levanto tan rápido como pudo. Estaba del otro lado de la caverna. De alguna manera, había pasado por la puerta de cobre, y este le había devuelto a los pasadizos ocultos y oscuros del pantano. La travesía por el collar del milenio, proseguía.