Capítulo VI: El Pantano Perdido (5)
–¡Sus almas estarán condenadas por siempre, hermanos malditos! –responde la bruja entre ecos –. ¡Sus cuerpos no cesarán hasta que paguen por esto! ¡Entreguen el collar ahora, o prepárense para morir!
–¡Arac, que diablos vamos hacer! –exclama Amsiret.
–¡Sigue corriendo!
–¿¡Hasta cuando lo vamos hacer?!–exclama Amsiret–, ¡¿qué no lo ves?! ¡No hay escapatorias!
–¡Pues si no la hay, debemos hacer una!
Los hermanos después de esquivar ágilmente presiones de las sombras, lograron llegar a la puerta redonda. Estaba cerrada, y el dios del plasma emitió un poder purpura que fue conducido como una ráfaga de viento fuerte por el dios del aire. Derribaron la puerta redonda, y cruzaron a través de ella; adentrándose nuevamente a las frondosidades del pantano.
Sucumbieron aguerridos por los pasadizos ocultos y estrechos, en medio del temblor y la sosiega incesante que les perseguía detrás. Una energía oscura, una figura aterradora. El mal dormido había sido despertado en su mayor espectáculo; y la bruja gigante devoraba la poca luz que llegaba de la estrella a la isla; el atardecer se hacía evidente, y las cortinas de la oscuridad favorecían el poderío de Yelvira.
Los hermanos comenzaron a tomar caminos peligrosos por las profundidades del pantano, en búsqueda de la salida. Los rugidos de las sombras recorrían los pasajes, cerrando senderos acuosos con tierra y raíces; bloqueando los caminos disponibles para los hermanos; una carrera imprescindible por sus vidas.
–¡Si el nocturno termina de caer, y aún seguimos aquí, las lunas de este planeta presenciaran nuestra muerte!
–Debemos seguir el sendero de las moras rápido, ¡hay una salida al final de este! –exclama Arac–. ¡Si no logramos salir, las bestias de este lugar pondrán a prueba nuestra carne!
El Dios del Plasma guió asertivamente, entre los temblores y la caída de las ciénagas, el camino que habían escogido ambos originalmente; el sendero de los miles de moras.
Entre la tensión y la adrenalina del momento, reconocen los troncos gigantes que percibieron en el inicio de su travesía; caídos, entre el temblor asfixiante. Y más allá de las sombras atenuantes, se distinguía un rayo de luz, que no interfería con la niebla de las ciénagas malditas. Un resplandor, hacia la cálida esperanza.
–¡Hermano, allí está! – exclama Arac–. ¡La luz!¡Es el final del camino!
La mirada del dios del aire se vislumbraba ante el claro de la salida, aunque rápidamente, los alrededores empezaron a cerrarse; comprimiéndose entre ellos, y el pánico se apodero del tramo final del camino. Los dioses corrían hacia la salida, que ahora se convertía en un agujero pequeño.
–¡Está a punto de cerrarse! –exclama Arac–. Debemos apresu–
–¡Arac! –interrumpe Amsiret, desesperado.
El dios del aire tropezó, y fue agarrado por una rama viviente que lo arrastro por todo el camino pasado, llevándolo bruscamente, hacia las profundidades anteriores. Los ecos del silencio vibraban entre el grito que imploraba por ayuda; por el nombre de su hermano mayor. El dios del plasma detuvo su corrida, se volteó por un instante, pero este le dio la espalda, y siguió corriendo hacia adelante.
Las cavidades del agujero de la salida, se congestionaban con una mucosidad que se desprendía dentro de la caverna; cubriendo sus paredes de tierra, lodo, moho. Esto obligó al dios del plasma a cruzar a través de ellas abruptamente, utilizando sus fuerzas para pasar por el verdoso pegajoso; las sombras lo estrechaban por todas sus extremidades, y sus poderes se hacían irrelevantes para encontrar la luz, ante el consumo de la materia oscura y la magia prohibida.
–¿Por qué se demoran tanto? –exclama Marlina–. ¿Y qué diablos pasa con la humedad en estas entradas?
–La noche va a caer pronto–dice Emerita–. No deben seguir allí.
–Ningún a deidad puede sobrevivir la oscuridad de estas tierras; están malditas por hambre de lo siniestro–exclama la mujer–. No podrán escapar. Ambos lo saben bien.
–Pero tú si lo hiciste–responde Emerita–, ¿cómo lo lograste?
–Eme, yo no pue–
Cuando la diosa de la luz iba a responder, de la primera de las entradas al pantano, surge el dios del plasma, caminante; su cuerpo estaba recubierto por una mucosidad maciza y verdosa. Arac volvió a contemplar la luz tenue y natural, adentrándose a las afueras del pantano, finalmente.
Arac cayó rendido al suelo, justo al ver el rostro de las mujeres estupefactas; inédito, ante la sobrevivencia de la prueba máxima.
–¡Arac!¡Lo sabía! –exclama Emerita–. ¡Sabía que er–
–¡Marlina!–interrumpe Arac–. ¡Lo he logrado amada mía!¡Lo he conseguido! ¡Mira el milagro!
El hombre se quitó su pequeño bolso café de la cintura; limpió la mucosidad de este, y el brillo que emanó del interior de él iluminó de inmediato a ambas mujeres, ante la presencia del collar sagrado. El dios del plasma lo había realmente recuperado; la esencia más pura de la diosa, ahora maravillando la dulce mirada de los ojos de los tres dichosos.
Por un instante, la diosa de la luz quedo maravillada de la energía que brotaba del dios del plasma; su acción invitaba la presencia de un hombre honorable, y al estar este inclinado hacia ella, parecía que le hacía clara una proposición, una sentencia firme, que fascino las esquinas del alma refugiada de la diosa. Trayéndole gozo, seguridad; fascinando entre lo más recóndito de su corazón. Pues sus ojos fueron testigos, del espíritu de un verdadero hombre, un verdadero rey.
–Espera–exclama Marlina–. ¿Dónde está Amsiret?
–Se ha quedado–responde Arac–. Me temo, que se ha quedado en el pantano.
–¡¿Qué?!–exclama Marlina.
–Tropezó con algunas ramas, es lo que pude ver–responde Arac–. No pude hacer nada.
–¡Qué asco de hermano eres! –responde Marlina–. ¡Quítate de mi camino!
–¡No debes hacer nada! –grita el Dios del Plasma–. ¡La prueba le ha superado!
Sin embargo, la mirada de la diosa de la luz decía todo lo contrario. Se quitó el dios del plasma con el collar reluciente de enfrente, y decidió entrar al pantano por el tercer camino, la tercera entrada.
Con una luz imponente de su mano, Marlina explotó la mucosidad que se recubría las paredes de tierra del sendero tenebroso. Se adentró al pantano, ante la frialdad de la brisa traicionera, anunciadora de la noche. Las ciénagas empezaban a oscurecerse; la neblina se apoderaba de la poca iluminación que ofrecía la caída del día, y las tinieblas le recordaban los malos recuerdos de su experiencia pasada en Clarenden, su encuentro más cercano con la muerte.
Desesperada, empezó a gritar por el nombre del dios del aire. Las cavidades parecían tratar de derrumbarla, y la tierra intentaba tropezarla hacia las aguas de la perdición; la tensión aumentaba y la falta de colores que se perdía en los llanos húmedos perdían la notoriedad de la visión de la mujer, pero sus oídos agudizados le guiaban más hacia Amsiret, con la urgencia de los gritos espeluznantes del dios del aire; estaba siendo arrastrado en contra de su voluntad, por todo el embrollo pantanoso.
Amsiret no estaba tan lejos de ella. De hecho, la diosa lo percibía cada vez con mayor intensidad; adonde sea que se lo había llevado la bruja, estaba cerca de las cavernas repletas de mucosidades.
Las barreras del pantano se moldeaban de distintas formas; se cerraban y abrían a su antojo. El momento para la luz, se estaba acabando. La mujer no tenía mucho tiempo, pero logró escuchar con más cercanía los gritos de su amado. Y sus pasos la llevaron hacia una puerta de raíces. Estaba abierta, y conducían adentro de una cueva con una pequeña laguna. Y allí estaba, el hombre y la eminencia de la maldad.
–¡Suéltalo ya, Yelvira!–exclama la diosa de la luz.
–¡Marlina! –exclama la bruja–¬. ¡Qué bueno que has venido a presenciar la muerte de uno de tus elegidos! Conociéndote, ¡creí que dejarías que este pagara por los pecados del otro!
–¡Te dije que lo sueltes!
Marlina lanzó una ráfaga de fuegos dorados a la bruja; este rayo la obligó a soltar el cuerpo adormecido del dios del aire, quien estaba sujetado por la mano gigante de sombras de la bruja. Y al este ser liberado, la diosa de la luz se dirigió rápidamente hacia él.
–¡¿Qué le has hecho?!–shouts Marlina.
–Envenenado, por solo una amigable punzada de las ramas consagradas–exclama la bruja–. Una cortesía de la casa, ¡hacia los ladrones!
–¡Él no te robo nada! –exclama la mujer–. Y para tu información, ¡ese collar es mío!
–¡Silencio terrenal! –responde la bruja–. ¡Parece que se te olvido que te pasó la última vez que estuviste aquí! Pero no te preocupes, ¡yo misma te lo recordaré!
Dentro de la caverna oculta, comenzó una ráfaga de luces entre la bruja y la diosa. Marlina esquivaba los hechizos oscuros, provenientes del nombre de la maldad misma. Con su maldecida wand del este, la ruja emanó uno de estos hechizos a los hombros de Marlina; la diosa evade el ataque, y esta contraataca con un brillo verdosos directamente a los ojos dela bruja gigante. El brillo ciega los ojos de Yelvira, aturden su visión, y en el pequeño momento de iluminación, la diosa de la luz se levantó con su amado adormecido. Colgado por el brazo de la diosa, buscando la salida cueva, buscando la salida del pantano.
Los dioses escapan de la trampa de la bruja. La refulgencia del sol estaba a instantes de desaparecer. El momento era desesperante, y los sonidos de la frustración recorrían los ecos del lugar. La diosa de la luz, encuentra un camino que le resultaba familiar, pero esta estaba cubierta por una mucosidad grande más adelante.
El espectro de Yelvira volvió a recobrar noción, buscando a los dioses entre los pasadizos de tierra. La diosa se ve obligada a seguir por el único camino que confiaba, y corre a través de las paredes mucosas con su amado entre los brazos. La cavidad los adhiere y los atrapa, y por más fuerza que aplicaba la diosa para romper las telarañas del magma verdoso, no lograba cruzar a través de esto. La inercia dejo a los dioses paralizados, listos para ser devorados por el espectro de la bruja. Esta los identifico a lo lejos, y empezó a acercarse ferozmente. Su espeluznante grito y su desfigurado rostro se hacían cada instante más evidente; inmóvil, la diosa de la luz piensa desesperada, y en el calor de la situación siente su mano izquierda muy caliente, y de ella brotó un poder que ilumino la telaraña de mucosidad que les rodeaba, cerró los ojos y de su alma surgió una pronunciación de un hechizo divino.
ITHILIEN VEIDROD
Del hechizó corrió una corriente de electricidad que desintegró toda la mucosidad; el poder iluminó la caverna por completo, y la luz imponente ahuyentó el espíritu de la bruja. Los dioses cayeron al suelo, y la mujer logro cruzar el pasadizo, cargando con su hombre inconsciente, hasta llegar a las afueras del pantano.
Rendida, cayó en la frialdad del terreno, junto con su amado, al pisar tierra bendecida nuevamente; justo al frente de Arac y Emerita. El atardecer había cumplido. La noche había caído finalmente, y la confusión había cesado. Y cuando la diosa miró hacia atrás, realizó que habían escapado por la segunda entrada del pantano.
–¡Eres una porquería de hombre! –exclama la diosa de la luz–. ¡¿Cómo demonios vas a dejarlo atrás?!
–Marlina, you cannot be with this guy, ¡just look at him!–exclama Arac–. ¡He is too weak! ¿Crees que esa es la actitud de un Rey? ¡Tu anhelo al romance te vuelve débil!
–¡Y tu arrogancia te ciega por completo! –exclama Marlina–. Estuviste a punto de perder a tu hermano, ¡¿y te importo más engrandecer tu ego?! ¡¿Cómo se supone que tratarías a tu reina? ¿Cuéntame, mi rey? ¡Hipócrita!
–¡No seas necia! ¡Despierta mujer! –responde Arac–. ¡Míralo! ¡Apenas puede respirar! Se quedó atrás desde que empezamos el pantano. Me necesito cada momento. ¿Crees que ese es el carácter de tu verdadero elegido? ¿Crees que él puede con tanta responsabilidad? ¿Crees que merece tanto poder? ¡Tendrás que cargar con él toda tu vida!
–¡Pues así será, si este es aquel que sabe amar de verdad!–exclama Marlina–. ¡No será débil toda la vida! Y opto mil veces por la nobleza del corazón, por tener al leal a mi lado, antes que aquel corazón manchado. Antes que aquel machista y egocéntrico. Le has dado la espalda a tu propia familia, ¿cómo se supone que harías frente a mí? ¿Qué valor le darías a tu reina? ¡No la honrarías jamás! ¡Mírate a ti! ¡No eres capaz de honrar ni tu propia sangre!
–Ignoraste tu único compañero– continúa la diosa–. Y recuerda, él también es mi amigo, ¡y le diste la espalda estando este ante la muerte segura! ¿Cómo quieres que confíe en ti? ¡Eres un traidor!
La mujer se levantó con su amado, quien recuperaba lentamente la consciencia; y ambos empezaron a retirarse hacia la vía contraria, hacia los bosques misteriosos del este, entre el despojo de la noche intensa.
–Pero, el collar, Marlina–exclama Arac.
–No quiero saber nada de ti, ¡ni de ese maldito collar! –exclama Marlina–. Considérate, prohibido a cruzar cerca de mi cabaña, ¡o allí si conocerás de verdad el hervir de un relámpago! ¡Eso va contigo también Emerita!
Marlina y Amsiret se perdieron entre la frondosidad de la noche, dirigiéndose en camino hacia el norte; sus miradas cansadas repudiaban el aludir a una pérdida de tiempo, pero que instauró en el corazón de la diosa de la luz, un alivio cálido al ver el dios del aire respirando, lentamente.
Emerita estaba todavía estupefacta por lo que había visto, no tuvo oportunidad de mencionar ni una sola palabra, ante la imposición de la diosa de la luz. Y la mortal contemplaba a distancia la ida de los dioses; el fracaso de su plan.
–Lo siento, amor–exclama la mujer–. Realmente pensé que iba a funcionar.
–¿De qué hablas? ¡Ha funcionado a la perfección! –exclama Arac.
–¿En serio?
–¡Claro que sí! –exclama Arac–. Un poco más agresivo de lo que pensaba, ¡pero mejor para mí! Estoy ya en sus sentimientos, solo falta el siguiente paso. El último de todos.
–¿Cuál es este? –pregunta la terrestre.
–Mostrarle la belleza de la diferencia–exclama el dios del plasma–. La acentuada desemejanza. La secuencia de la intensidad. El contraste definido, de mi amor hacia ella.
–Si tú lo dices–exclama la mujer–. Ahora bien, ¿qué haremos con el collar?
–¿Haremos? –exclama Arac–. Este collar es tuyo, amor mío. Porque a pesar de que el plasma se te escabulle, el oro es y siempre será de tu pertenencia. Es el mejor de mis regalos por siempre de mí, para ti; justo como lo había planeado. Y nunca te harán falta estos, pues estos regalos te caerán en abundancia, como la eternidad de nuestros recuerdos.
–¿Lo prometes? –pregunta Emerita.
–Lo prometo, Eme–responde el dios del plasma–. Hasta el fin de todo los tiempos.