EL CHICO PREMONICIÓN

La mano alejó mi brazo de la espada con suma delicadeza; ya no podría huir con ella. Tampoco me opuse cuando esa mano entrelazó sus largos dedos pálidos con los míos. Pero poco a poco un escalofrío me recorrió la columna, se coló en mis venas y llenó la sangre de miedo, y el deseo de escapar se volvió insoportable.

Tenía a alguien sobre mí, una persona, en cuanto lo comprendí comencé gritar a pleno pulmón, debatiéndome con más fuerza que antes, más aterrada que nunca. Luché por librarme de su peso, solté mi mano de la suya y traté de patearlo. Quien quiera que fuese soltó una maldición entre dientes y gruñó, esforzándose en volver a apresar mis brazos con los suyos. Sentía su trabajosa respiración contra mi cuello, no podía ver quien era, así que me esforcé en rodar bajo su peso para poder verle la cara; me lo impidió atrapando con sus grandes manos mis muñecas. Inmovilizada gruñí e intenté zafarme de su agarre.

—¡Para ya! —ordenó una voz que conocía tanto como la mía.

Al instante dejé de moverme, y un mal presentimiento inundó mi pecho, las piezas de un gran rompecabezas cayeron en su lugar con un ruido sordo. En un segundo se formó una terrible idea en mi cabeza, temerosa intenté ahuyentar mis sospechas, no quería confirmarlas.

«No, no, no» sentí mi labio temblar. «Esto no, por favor» rogué.

Aun así, me obligué a preguntar contra mí voluntad.

—¿Cam? —No pude evitar estremecerme.

«No contestes, di que no eres él, por lo que más quieras di que no eres Cam» rogué a los dioses que no fuera él mientras el silencio se prolongaba.

—Soy yo —confesó, sonando derrotado.

Inhalé bruscamente y mis escasas fuerzas se esfumaron. El viento se volvió más frío que nunca, de repente veía todo borroso, el silencio fue haciéndose más extenso, no encontraba mis labios y tampoco sentía las extremidades. Sus finos dedos acariciaban mis mallugados nudillos, veía sus caricias, pero no las notaba en lo más mínimo. Me encontraba totalmente abrumada, los recuerdos se agolpaban inundando mi capacidad de comprensión. Y lentamente cabo tras cabo; palabras, lugares, acontecimientos y sospechas se fueron enlazando, al final la verdad resaltó en brillantes letras rojas. El lobo y Cam, los mismos ojos, la familiaridad que sentía cada vez que los veía, las expresiones humanas en el animal y las animales en Cam.

«Extrañamente sus ojos parecían humanos, fríos y calculadores; pero humanos».

El pensamiento volvió del pasado en un susurro escalofriante, pertenecía a un sueño de otra vida, sueño donde yo vivía en paz y lejos de los conflictos de Sacra. Todavía recordaba haber tenido el mismo pensamiento la primera vez que vi al lobo en esta nueva vida, y como había vuelto pocos días después, cuando Cam y yo nos conocimos. Al verlo malherido en el bosque había tenido la leve sensación de ya conocerlo, de haberlo visto antes; sus ojos y como su mirada parecía íntima, ese día me llevó a pensar que ya nos habíamos visto en el pasado.

«Mi mirada estaba clavada en esos ojos azul grisáceos. Los ojos del lobo. El chico me devolvió la mirada, desconcertado. ¿Cómo si estuviera sorprendido de verme?».

Y ahora volvía de nuevo, después de todo no estaba equivocada. Cam y el lobo tenían una relación, estaban unidos de una manera que antes me rehusaba a creer, relacionados más allá de lo que había sido capaz de imaginar, eran uno solo, ya no me quedaba ninguna duda de ello, ahora todo estaba claro. Cerré los ojos y una temblorosa sonrisa se adueñó de mi boca, recordando la vez que el animal había atacado al Cazador, salvándome la vida. Había hecho bien al no creerle a Cam cuando mintió acerca de la herida en su pierna, no sé había topado con el Cazador como humano, esa herida era el resultado del golpe de mi asesino contra la pata de la bestia. Y mientras yo andaba de un lado para el otro al lado de Cam, creyendo y confiando ciegamente en él, el Cazador siempre había sabido quién era mi compañero en realidad.

—Eres tú —musité, sintiéndome verdaderamente estúpida.

«Eres ambos».

—Si.

En cuanto lo confirmó las imágenes de los hombres destrozados y el tipo gritando... Fue suficiente.

—Aléjate de mí —escupí en tono ácido.

Vaciló, pero al final me dejó libre. En cuanto dejé de sentir su peso aplastándome tomé la espada y rodé sobre mi espalda, con ambas manos alrededor de la empuñadura le apunté. Él no hizo nada, me miraba de pie con desesperación y tristeza, no parecía tener intención de defenderse, sus brazos pintados con sangre se encontraban levantados sobre la cabeza en actitud de vulnerabilidad. Ambos respirábamos con dificultad, bajé la vista y me fijé en su ropa empapada en sangre, la miré sin importarme que Cam viera mi expresión llena de infinita repugnancia. Después levanté la mirada de nuevo a su rostro, el cual no estaba en mejor estado que sus prendas, entorné los ojos al toparme con su mirada asustada.

—No debí confiar en ti —dije torciendo la nariz con desagrado. Cam reaccionó abriendo mucho los ojos, igual que si lo hubiera golpeado—, me equivoqué, me engañaste.

Y en menos de un segundo su expresión se endureció, un músculo en su mandíbula sobresalió y dejó caer las manos a los costados. La tranquila mirada de antaño ya no existía, sus ojos ahora eran la representación de una furiosa tormenta sobre el mar; este era el verdadero Cam, su máscara ya no servía, ya no tenía por qué fingir ser quién no era para engañarme. Hizo ademán de querer acercarse a mí, reafirmé la espada y él se detuvo.

—Lo dice la chica Custodes —escupió con amargura.

Mi semblante también se volvió sombrío, así que estaba bien informado.

«¿Desde cuándo sabía que yo era una Custodes?» ya no tenía caso negar quién era en realidad, por fin lo aceptaba y de buena gana.

—¿Sabes qué es la raza Custodes? —inquirí sin suavizar mi tono. Necesitaba saber claramente quién era yo, pero no iba a volver a ser amable con él.

—Son los protectores de la reliquia —dijo mirándome con otros ojos, unos más recelosos y gélidos. Estaba más que claro que ya no era el mismo, por fin había dejado de fingir—. Custodes viene del latín y significa guardianes, custodios, protectores; eso son ustedes, los tuyos. Su naturaleza es proteger el Cristal, ese es el motivo de su existencia, para eso viven —apretó los labios y su cruda expresión se desvaneció para dejar paso a una rebosante de pena, desolación y sin rastro de furia.

Lástima.

Torcí el gesto, al fin me miraba con la lástima que yo le inspiraba en realidad, en ese momento sentí una infinita repugnancia por él.

—Pero hace más de cien años que los tuyos dejaron de existir, Carol Videla. Como dijeron los Traidores, tú eres la última de tu raza.

—¿Y qué si lo soy? —repliqué apuntando la afilada hoja directo a su pecho, ya no confiaba en él.

Tenía muchas dudas respecto a la extinción de mi gente, pero no se las preguntaría a él, no después de saber quién era en verdad. Después de todo, yo siempre había tenido razón, Cam no era tan transparente como me había hecho creer, ahora ya nada de él podría sorprenderme.

—Jamás me dijiste nada, así que no puedes reprocharme mi silencio…

—No conoces mis razones —siseé.

Torció el gesto.

—Tu tampoco conoces las mías —argumentó.

Entrecerré los ojos, pero no contesté. Él tenía razón, desconocía por qué nunca me llegó a contar nada, quizás tuvo los mismos motivos que yo. No tenía derecho a sentirme traicionada, él y yo éramos iguales al fin y al cabo, yo no era mejor que él.

«¿Acaso no acababa de descubrir que no era una simple humana, sino una Custodes?».

Me rendí, no podía odiarlo, no tenía razones para ello, ni fuerzas. Solo nos quedaba una salida, a pesar de no poder detestarlo y tampoco echar en saco roto todo lo que había hecho por mí, ya no confiaba en él. No creía tener la fuerza necesaria para poder convivir con la premonición de mi caída, la destrucción de mi vida; porque desde el principio Cam significó una maldición para mí, desde que soñé con él en la comodidad de mi hogar mi vida dejó de ser la misma. Jamás olvidaría cómo mi mundo se fue abajo después de esa noche, luego de soñarlo a él.