HIELO

Cansada desistí y bajé la espada, no pelearía con él. Enseguida Cam se apresuró a acercarse, pero yo levanté una mano en un gesto de alto y él se detuvo en seco. Tomé una gran bocanada de aire, buscando las palabras correctas en mi muy revuelta mente. No soportaría tenerlo cerca, y no por qué no lo deseara; ansiaba abrazarlo, esa era la razón por la que no podía hacerlo: no soportaría tocarlo, aunque me muriera por hacerlo.

—Lo lamento, no puedo —evité mirarlo—. En realidad, no me importa saber quién, o qué eres. Sigo considerándote igual que antes, pero me es imposible lo demás. Quizá sean prejuicios, pero me parece mejor separarnos… No creo poder estar cerca de ti.

Bajé la mirada al suelo, pues no me creía capaz de soportar el efecto de mis palabras.

—Carol, no —suplicó en voz baja.

Su sufrimiento era evidente y me vi tentada a consolarlo, no me gustaba lastimarlo. Pero sólo negué con la cabeza, porque si le hablaba, seguro sonaría igual de derrotada que él.

—Si no es por lo que soy, ¿por qué quieres alejarte?

Solté una risita temblorosa.

—¿Te ríes? —inquirió amenazante y yo paré en el acto.

Lo que menos deseaba era dejarle una impresión equivocada.

—Perdona, es que hablas como si estuviéramos rompiendo un compromiso —expliqué.

—¡Eso es lo que haces! —estalló colérico.

Alcé la vista con el rostro crispado. El semblante de él estaba manchado de sangre y no era otro más que de furia.

—Te equivocas —enfaticé cada sílaba—, nosotros no tenemos compromiso de ningún tipo.

Una vena palpitaba en la sien derecha, su cara habitualmente pálida, se hallaba casi tan roja como la sangre que la pintaba.

—¡¿Y cómo le llamas a lo que te prometí?! ¡¿Acaso no te aseguré que te llevaría con los míos?!

La sangre subió a mi cara y perdí el control.

—¡Tal vez ya no quiero ir a ese lugar! ¡Y da por descontado que no deseo ir a ningún lado contigo!

La mirada que me dirigió fue tan intensa que me acobardé, intimidada como siempre por él y su carácter.

—Eres una egoísta —declaró con hostilidad, apreté los dientes—, solo ves por ti. Desde que te conozco solo te he visto impulsada por tus propios intereses —me dio la espalda—. Apuesto a que nunca has pensado en los demás, desde que llegaste jamás has pensado en las desgracias del resto de los Desterrados, solo en las tuyas. No te importa nadie más que ti misma, el sufrimiento de las personas aquí no te interesa. Buscas una salida solo por ti. No has pensado que se siente crecer aquí, nunca ver algo más que este maldito bosque, y nunca saber nada de lo que hay más allá de Sacra. No tienes ni idea de la oportunidad que supondrías para los Desterrados, todos queremos volver a casa, no solo tú. No eres la única que dejó una vida, pero eres egoísta y en eso exactamente eres igual que tu Cazador, que no ves más que por tu propio bien.

Me quedé con la vista clavada en su espalda y con la lengua pegada al paladar. Aturdida sentí como la culpa y la vergüenza reemplazaban a la furia que hasta hacía unos segundos me invadía. Él tenía razón; yo era egoísta, me estaba comportando exactamente como él lo describía. En toda mi estancia en Sacra jamás me había detenido a pensar en los otros, excepto para imaginar qué aportarían a mis intereses, pero nunca hasta ese momento los había considerado como lo que eran: Desterrados del mundo y de sus vidas, exiliados que también ansiaban volver a casa.

—Es verdad —admití—, nunca me planteé siquiera la idea.

—Por supuesto —resopló.

Me puse en pie entre gestos de dolor, Cam no volteó a verme, estaba furioso conmigo y tenía excelentes motivos. Sin expresión miré como mi magnífica espada se reducía hasta volver a su forma original, la guardé en el bolsillo. Ahora que Cam me había abierto los ojos, mi objetivo principal era otro, y volver a casa pasó a segundo plano.

—Haré todo lo que pueda para ayudarles —limpié la sangre de mi labio—. Pero sabes que no sé más que tú, también que no tengo ni idea de cómo salir de Sacra. Llegué aterrada y sigo casi igual, pero comprendo la situación y estoy dispuesta a buscar una salida para tu gente.

Por fin se giró, ya no parecía estar tan furioso, quizá algo receloso. Su cara ya no tenía ningún rastro de sangre, ¿en qué momento se había limpiado?

—Promételo —se me acercó tanto que tuve que retroceder—, promete que intentaras sacar a mi gente de este maldito bosque. Jura, Custodes. Jura que cumplirás con tu deber. Jura que buscaremos la manera de salir. Jura que haremos lo que sea para volver y liberar a todos del castigo del Fratribus.

Sostuve la intensidad de su mirada.

—Lo juro —dije e inmediatamente sentí el peso de mi promesa aplastarme.

No respondió, pero vi claras sus intenciones y no me negué, lo dejé envolverme en un apretado abrazo. Hundió la cara en la curva de mi cuello, mi cabello aún no crecía lo suficiente, por lo que fue piel contra piel.

—Gracias.

—Haré lo que sea, Cam —acaricié su ensangrentado cabello blanquecino, era reconfortante volver a tenerlo conmigo. Así de cerca no importaba mucho que fuera un enorme lobo de dos metros, así solo era mi Cam—. Ahora lo entiendo. Ahora sé que todo esto no es por mí, sino por ustedes.

Y era verdad, nada era por mí, ni para mí. Saberlo hizo que parte del sentimiento de traición que sentía hacia mis padres se evaporara, al fin entendía el porqué de mi llegada a Sacra. Estaba atrapada, era una prisionera del bosque, pero lo era para ayudarles a los Desterrados a salir de allí.

Ahora veía claro mi objetivo.

—¿Te irás? —preguntó contra mi cuello.

Lo pensé, lo que más deseaba era poner kilómetros de distancia entre nosotros, a pesar de amar tenerlo conmigo, él seguía siendo una maldición para mí. Aunque era imposible dejarlo, si quería ayudarles lo necesitaría.

—Iré contigo —dije al final.

Cam levantó la cabeza tan bruscamente que me sobresaltó, y por el breve lapso de tiempo en el que nuestras miradas se cruzaron, vi una emoción en sus ojos que no veía desde hace mucho, desde la última noche que pasé en casa. Era la misma mirada con la que Alan solía mirarme, halagada abrí la boca para preguntarle por qué me miraba así…

Pero no pude decir nada, de pronto tenía su boca en la mía.

Me quedé en blanco, Cam rodeó mi cintura con los brazos y me atrajo a él cariñosamente; y sin darme cuenta me descubrí devolviéndole el beso de buena gana, sintiendo que estaba destinada a ese momento.

«Hielo» fue lo que pensé. «Sabe a hielo».