Capítulo 7

ÓLÁFR

Esquivo el manotazo del Draugr por poco, o sino se hubiese llevado un buen pedazo de mi pecho. Me he quedado sin flechas, así que como segunda opción empecé a defenderme con el cuchillo. He copiado la mayoría de movimientos (golpes) que hace Ariana y los he repetido hasta cansarme. Parece que estos no muertos no descansarán hasta volvernos su cena.

—No te distraigas —ruge, impacta su espada contra la del Dragr que acaba de atacarme. Trago grueso.

Lo patea hasta dejarlo medio acostado, no duda en darle en pisotón en el maloliente cráneo. Me empuja con su mano para deshacerse del último, resoplo, yo quería acabar con él.

—No te dejes llevar por los pensamientos —regaña.

—Sí señora —musito.

—De esta clase de criatura salen cantidades de debajo de la tierra, son traicioneros, suelen rodearte hasta que llegues al cansancio para así derribarte. —Guarda su espada con una exhalación. Me mira—. No te confíes, después de acabar con los primeros cerciórate de que no aparecerán más.

—Lo tendré en cuenta. Pero me…

—Casi te arrancan la cabeza por despistado —corta en un ladrido que me aturde.

—Es que…

—Es que nada, estate más atento para la próxima.

Se agacha para toquetear con su dedo la mano grisácea de uno de ellos, ¡qué asco!

—Yo que tú no lo toco. Puedes enfermarte.

—Mhm. Parece que murió del todo hace mucho, la carne es flácida y el hueso se nota bastante —murmura.

—Yo. —Rasco mi nuca, no quiero verla tocándolo más—. Iré a verificar el alrededor.

—Adelante. Ten cuidado.

✺✺✺

Chapoteos incesantes son los que me dan la bienvenida. Agito la mano frente a mi cara, pues los mosquitos parecen que ya tienen su cena establecida: yo. Sonrío, alegre, ¡es una cascada! Lo extraño de esta es que su agua es verde con reflejos rojos, es… hermosa. Me quito el carcaj vacío al igual que mi armadura para dejarla sobre una afilada roca, hace mucho que no me baño y una lavadita me vendría bien. Sumerjo primero el pie, es también curioso de que esté cálida, muy por el contrario del invierno eterno que atenaza este bosque.

Salto y me hundo, salgo después de un minuto totalmente calmado, el agua refresca demasiado mi cuerpo cansado, me da caricias con sus pequeñas olas y las piedrecillas bajo mis pies parecen tener vida propia, ¿vida propia? Jadeo al sentirlo mejor, algo acaba de rozar mi tobillo. Pataleo hasta regresar a la orilla, boqueo como pez fuera de su hábitat. Allí bajo el líquido verdoso un ser se mueve con rapidez, por poco me atrapa. Alargo el brazo para coger mis ropas y ponerlas de nuevo donde pertenecen.

—Me he quedado sin flechas —murmuro.

Busco en el suelo algo que pueda lanzar, no obstante, puedo ser valiente como Ariana, lanzarme de nuevo a la quebrada y atacar con el cuchillo.

—Vuelve a mí, valeroso guerrero.

Me tenso. Emerge un rostro femenino, los cabellos parecen fusionarse con el color de la cascada, tan verde como un follaje nuevo. Sus orbes azules me seducen junto al movimiento tentativo de sus labios. Me levanto, mi organismo no reacciono, simplemente va por ella como si fuese comida.

—Ven a mí, deja que acaricie tu cuerpo, busque la calma en él y tengamos un dichoso festín.

Su mano sale, es tan pequeña, pero con filosas uñas. Abro la boca al ver su espalda, está corroída como un tronco viejo y lleno de moho. Lo que se movió cerca de mis pies es su cola, que ahora también me saluda… se parece mucho al de un becerro. Extiendo los brazos hacía ella, mostrando el anhelo de que me toque, me sacie, me seduzca y…

Un afiance en mi hombro me detiene y me hace salir de la fantasía. Pestañeo, aturdido. Balbuceo algo que ni yo mismo entiendo. El rostro de la bella damisela se convierte, deja a la luz uno horrible, con ojos de serpiente, nariz fruncida como la de un gato y afilados dientes semejantes a la de un dragón.

—Una huldra. Caíste bajo su encanto con celeridad.

Me refugia tras su espalda. La criatura deja ver su cuerpo curvilíneo, bello como el de una ninfa, pero desgastado por tanto uso. Trago, casi me dejo llevar.

—¿Qué te dije de ser cuidadoso? —Sus ojos vuelven a mí. El filo de su espada evoca un brillo que atrae el interés de la huldra, saca una viperina lengua para relamerse; la primera imagen que me llega con ese musculo es asquerosa—. Tienen un apetito sexual extraordinario, seducen a los hombres y se acuestan con ellos, si el varón la satisface, le dará una recompensa, pero si no lo hace, lo devora. Por lo general… siempre son devorados. —Lo último lo pronuncia con burla evidente. Tiemblo, si no hubiese llegado, partes de mí estarían en el estómago de ese humanoide.

La cola de ella se mece, intenta cautivar otra vez. Ariana inclina su cabeza, curiosa.

—Creo que a esta le falta raciocinio. No pueden seducir a una mujer, jamás podrán.

Levanta su arma y por fin, veo un atisbo de sonrisa. Le complace asesinar, algo que… para unos es horrible, pero para mí es saber disfrutar su supervivencia.

Cerré los ojos con lo que sucedió después, el grito iracundo de la huldra fue lo último que escuché antes de un corte inminente.

✺✺✺

No ha dicho nada al respecto, me agarró y me condujo de nuevo como un niño. He estado con la cabeza gacha desde entonces, me da vergüenza el mirar la decepción en sus orbes, pero no estaba listo para enfrentar un ser como ese, uno que tan siquiera conocía.

 —Para la próxima espero que hagas algo, como correr o gritar —dice con suavidad, me permito mirarla—, sé que esa será tu última vez, si habrá otro suceso igual, espero que te defiendas como se debe.

—Me sentí ¿dormido? Con ansias de estar a su lado, que me… —Aclaro la garganta—. Satisficiera.

Exclama un gemido de burla, su mano palmea mi mejilla enrojecida.

—Cuando aparezca otra, desvía la mirada, por medio del reflejo del agua podrás saber su siguiente ataque. Suelen estar cerca de cascadas, ríos o lagunas, así que… la naturaleza puede estar a tu favor.

La llave que reposa bajo su blindaje tintinea. Junto las cejas; la explicación que me dio tenía un hilo de duda en su voz, la mentira se veía en sus ojos… me sentí traicionado, pero luego comprendí que lo hacía por mi bien. Que su frase habitual “no confíes en nadie” también se refleja en ella. Sin embargo, el que te oculten algo puede ser un bien mayor, como su pasado, por ejemplo. Eso me hace preguntar ¿cómo dejó que la siguiera si se supone que soy un extraño?

—Porque en ti no vi nada malo —contesta.

Abro la boca, sorprendido.

—Sí, lo dijiste en voz alta —aclara con un encogimiento de hombros—, a veces viajar solo no es bueno, así que el verte tan decidido, me hizo recapacitar sobre un compañero, y aquí estás.

—Creo que el no confíes en nadie puede ser más metafórico, ¿no?

—Puede ser —susurra.

Junto los labios, con esa respuesta es suficiente. El orgullo fluye por mis venas… por fin alguien fuera de su pasado ha evocado la confianza que le faltaba. Sonrío, me ignora, pero en sus pupilas veo la felicidad. Como dijo alguna vez mi mamá: la puerta de los sentimientos está en los ojos.

—Chico —flaquea.

—¿Qué pasa?

Su mentón se tensiona al igual que sus puños. Se deshace de las cadenas y no tarda en envolverlas en mis antebrazos. Veo sorprendido esas crueles cicatrices que antes estaban ocultas; ingiero saliva como un trago amargo.

—Quédate aquí.

—Espera, ¿me dejarás?

Niega con su cabeza.

—Escóndete, si ven las tiras de hierro en ti, no te harán daño, creerán que eres peligro y preferirán seguir sin mirar atrás.

—¿A qué te refieres? —Titubeo, no quiero soltarla.

—No puedo dejar que ellos te vean…

—¿Quiénes? —exclamo, no quiero que me deje solo.

Un nudo en mi garganta nace, aprieta con brío al ver su mirada oscurecida, distante.

—¡Busca un escondite! Ya saben que estamos aquí.

Me empuja, tropiezo, pero me equilibro al instante. Con el dolor atravesando mis entrañas, me alejo a pasos apresurados hasta parar en una masa de nieve que me cubre, jadeo. De entre la maleza un lobo monstruoso de pelaje negro aparece seguido de uno blanco, no le ganan en tamaño a Fenrir, pero despiden letanía a cantidades. Ariana se deja caer de rodillas, baja la cabeza y extiende sus brazos, ¿por qué no ataca? Ella es fuerte, puede contra esas bestias.

El blanco la rodea, la olisquea y le gruñe, en cambio, el negro, mantiene frente suyo, cubriéndola con su presencia. Se comunican con ojeadas, ambos llevan un collarín de oro alrededor de sus pescuezos que medio se oculta con su espeso pelaje. La pata del más peligroso se presiona en el pecho de mi mentora, dejándola boca abajo. Se posiciona sobre su cuerpo y le muestra los dientes, Ariana no se amilana, muestra neutralidad. La cabeza casi del color de la nieve del otro se levanta y exhala un tenaz aullido que alerta a los pájaros que gorgotean asustados.

Entierro las manos en la tierra, están mostrando dominación en todo su esplendor. El cielo se oscurece levemente, ambos lobeznos desaparecen en el momento que el sol vuelve a posarse en lo alto.

—Geri y Freki.

Suelto un grito, pero me impiden hacerlo más alto, dado que una mano pequeña aprisiona mi boca.

—Soy yo, Syl.

Dejo de removerme, al hacerlo vuelvo a tener los labios libres. Intento levantarme, pero de nuevo lo impide.

—Ni se te ocurra, Óláfr, las mascotas de Odín aún no se han ido. —Me obliga a posar la vista en mi mentora que volvió a estar de rodillas, cabizbaja—. Ella atacaría y tal vez vencería, pero atraería la furia de Baldrsfadir, y contra eso no está preparada. Así que por ello decidió fingir, se dejó someter, pero hasta que no se levante, es signo de que esos lobos no se han largado.

—Deberían sentirnos —mascullo.

—No. No pueden.

Se arrellena a mi lado, cruzado de brazos.

—¿Por qué? —exhalo.

—¿Por qué crees que te envolvió las cadenas de Einar? —Alza una poblada ceja, invitándome a responder, más no lo hago—.  Pueden parecer muy desagradable o quizá muy mundanas. Sin embargo, protegen, de algún modo, a quien las porta de las mascotas de Odín, la mayoría de esas revoltosas criaturas. Debes estar agradecido. A pesar que porta la armadura de Freya, parece que Geri y Freki no la reconocen.

—No se las hubiese quitado, de todos modos, no la hubieran sentido…

—Pero a ti sí, una cosa llevaba a la otra.

El cabello de Ariana se mueve en un baile silencioso gracias a la brisa.

—La están probando, ella sabrá en qué momento erguirse.

Respiro hondo, airado.

—¿Nos estabas siguiendo? —cambio de tema por un instante.

—No, bueno sí. Os vi y os seguí.

—Maldito enano —musito.

—Eh, cuidadito, un niño como tú no puede llamarme así —sermonea—, solo tu mentora y quienes le siguen.

Masoquista.

La mirada de ella se posa en nosotros. Estira sus piernas, salgo espabilado del escondite para lanzarme sobre su cuerpo y apretarlo con un férreo abrazo. No se mueve, se ha puesto rígido.

—Bonita demostración de afecto, ¿eh?

—Cállate Syl —gruñe. Me separa.

—Creí… creí que…

—Tranquilo, chico. Lo tenía bajo control, ya se han ida. —Fija sus cuencas en el herrero—. ¿Ha habido mucha actividad de Odín?

—Demasiada. Ha enviado a sus sabuesos como acabamos de apreciar, pues Thor y Baldr, junto a Vidar, le aseguraron que no has salido de aquí. Van a hacer una redada en la entrada del monte Nior. Te esperan, Freya.

La esquina de su labio superior se levanta.

—Que lo sigan haciendo… no nos apareceremos por ahí. —Se acerca a él. El enano demuestra su nerviosismo al sentir la presencia fortísima de ella—. Sabes otra entrada, ¿verdad? Escúpelo, enano.

—Sí, te lo diré, pero no me hagas daño —balbucea,

—Prefiero que hagas el mapa y me lo entregues antes de que la luna destierre al sol. Si no lo haces, iré a por tu cabeza —amenaza entre dientes.

No intervengo, veo que no soy necesario en la discusión.

—Claro, muchacha, mi cráneo seguirá en mi cuello…

—Bien.

—Pero, ¡espera!, te he traído lo que me encargaste.

La gran bolsa que descansaba en su espalda ahora se halla en el suelo, rebusca en ella hasta que exclama algo con apreciación, nos muestra con una sonrisa orgullosa la piel del venado que cacé vuelta una casaca.

—Para Óláfr, tengo muy buen ojo y sé que le quedará.

—Mhm, gracias —agradezco avergonzado cuando me ayuda a ponérmela, pero antes, se deshace del carcaj para luego dejarlo donde estaba sobre la suave piel.

—No hay de qué.

Palmea sus manos.

—Syl, ¿lo protegerá bien?

—Sí, descuida, las palmas de un herrero como yo hacen magia.

Muevo mis brazos, me siento muy cómodo. Siguen hablando, mientras tanto, me quito las cadenas para dárselas a Ariana que las coge con una inclinación.

Me despido del herrero en el instante que aseguró que volvería junto al pergamino; según él, ahora entraremos a una verdadera aventura. ¡Lo que esperaba con ansias!