Capítulo 6

Su aliento se aleja de mi rostro cuando Óláfr irrumpe de nuevo la estancia. Abrazadas contra su pecho están esas matas hasta con su raíz intacta. Lamo mis labios, la resequedad en ellos demuestra el nervio que tocó esa bruja en el momento que dijo tan inflexibles palabras.

Me estremezco. Acaba de darme una sonrisa de un niño pequeño e inocente.

—¿Sucede algo? —Su mirada pasa por ambas.

—Nada. Le sugerí a tu mentora que pueden descansar aquí —exclama la bruja con fingida alegría.

—Pero he declinado su oferta, es mejor que sigamos.

Acaricio la cinta que sostiene mi espada al igual que las cadenas. La sonrisa de Gaela cae en picada.

—Podéis descansar un poco y luego, muy temprano, iros con las panzas llenas.

—No es necesario —rezongo, malhumorada.

Óláfr saca su labio inferior en una mueca ¿tierna? Para una persona de su edad. Bufo.

—Nos quedaremos —suspiro—, pero yo no descansaré ahora, necesito salir un momento.

—Pero, Ariana, estas cansada…

Lo asesino con la mirada, tarda muy poco en cerrar la boca.

—Cuidado. —Palmea mi hombro antes de dirigirse al chico—. Ven, te daré algunas mantas, y —se alejan a pasos frescos, lentos—, quizá te cuente algún mito.

He quedado sola; la casa es agradable, rústica, pero de algún modo extravagante. Se han ido por el único pasillo que hay, digamos que la habitación de Gaela. Vuelvo la atención a aquella puerta que conduce a tan esplendido paisaje, ¿por qué la bruja la tiene? Detengo los pensamientos para salir de nuevo al mundo exterior; las luciérnagas revolotean cerca de mí, la luna parece querer tragarse el cielo y los arboles se bambolean a un ritmo constante. La nieve aquí es poca, no oculta el pasto. Mis pasos se ocultan con el canto de los grillos, mis respiraciones salen como vaho, de algún modo me siento como en mi hogar, en el que me críe y pasé muy buenos ratos con mi madre.

Trago saliva, lo único que me quedó de ella es la armadura y aquel collar, en el ámbito material, pero… sus enseñanzas me ayudaron a ser quién soy, junto las que brindó Einar. Agarro un poco de nieve para moldearla hasta hacerla una bola, sonrío, solía jugar demasiado con ellas, tirándolas a padre que solo me miraba como siempre: neutro, eso me divertía, aunque también me entristecía, puesto que me hubiese gustado recibir afecto a través de sus facciones. Vuelvo a posar los ojos en aquella estrella gigante y pálida mientras me siento, hace mucho que no me sentía tranquila. Me desprendo de la piel, luego hago lo mismo con las cadenas que ocultaban esas marcas, las que fueron alguna vez heridas profundas, causadas por los monstruos que me torturaron día y noche en ese infierno… hasta que logré escapar con algo más: la espada de un dios que murió allí. En mi huida fui a mi morada, no hallé a papá, pero sí lo que siempre llevaré conmigo.

Se fue. No en mi búsqueda, sabía que yo escaparía, estaba seguro de eso, más no esperó, vio el momento de marcharse en silencio sin que yo pudiera retenerlo. Miro a mi lado, esperando traer a mi mente la figura de mamá sentada allí, con sus brazos envueltos en sus rodillas, con el mentón sobre la cima de estos y sus ojos puestos en mí con ternura. Odín me lanzó a ese averno; se ocultó tras el rostro de un anciano amable. Su plan fue que, si me perdía, Einar haría todo lo posible para traerme de vuelta. Aprieto los puños, las bolas se desintegran, un gemido sale de entre las profundidades de mi garganta. ¿Por qué tanto odio hacia mi progenitor? Una noche lo escuché en una discusión con Freya, ella le pedía que, bajo ninguna circunstancia, jamás me revelaría su verdadero nombre.

—¿Por qué hiciste eso, madre? —musito al firmamento—, ¿qué culpa tengo yo de que papá sea un asesino?

La respuesta sale en forma de una ventisca que me arropa. Niego, no puede ser un acto de ella. Vuelvo a estar de pie con la decepción en el paladar. Comprimo los labios al notarla.

—¿Qué haces espiándome?

—Quería comprobar algo.

Se acerca, retrocedo. Envuelvo las cadenetas, de ese modo sus orbes dejarán de estar puestos en las cicatrices que reinan en mis antebrazos.

—Te pareces mucho a Freya, es como si fuesen gemelas, lo único que las diferenciaría es el cabello, su colar y la obstinada personalidad que tú tienes.

—No me conoces, bruja —ladro, con la paciencia extraviada—, no eres quién para juzgarme.

Inclina su rostro hasta soltar una suave sonrisa. Arrugo las cejas.

—Conozco lo suficiente sobre ti y de aquello que te ata a estar aquí.

El cuerpo se me estremece, el contacto del dorso de su mano con mi mejilla, expone excesivo calor, como si ambas temperaturas chocaran.

—Ese chico eres tú a su edad, ¿verdad?

Bajo los ojos, ella con mi acción ha obtenido mi respuesta.

—Quieres enseñarle a otro lo que tus padres te enseñaron, en él viste ese potencial oculto que solías tener.

Con un manotazo alejo su contacto.

—No diga de más, bruja —escupo, colérica.

—Has asesinado a muchos inocentes y con él deseas redimirte.

Abro los ojos de par en par, mi piel adopta la palidez. Trago saliva con esfuerzo. Ella para mi intento de huida, las ramas del árbol más cercano me aprisionan, se enrollan en mis extremidades hasta dejarme tiesa, sin derecho a evocar movimiento alguno. Su figura se posa frente a mis ojos, no sonríe ni hará una acción como esa, su rostro se ha vuelto impávido. Un tallo se enrosca en mi cuello con fiereza, jadeo, me ahorca con sutileza.

—No pretendía hacer esto, pero veo que es necesario para que escupas la sopa, Freya.

—¿Qué quieres? —digo con esfuerzo, mis pulmones empiezan a pedir oxígeno, sin embargo, solo puedo suministrar muy poco.

—Quizás estés pensando que soy el enemigo, más no soy así. Es el único modo que hallé para contenerte, además de que te sinceres conmigo.

—Estás loca…

Se muerde el labio.

—Tal vez. —Hace un ademán grácil—. Si vas en busca de los trolls, como lo afirmó Óláfr… debes de tener mucho cuidado.

—¿Ahora vienes a protegerme? —Sacudo las piernas, ofuscada. Otras ramas no tardan en impedir mi frustración.

—No solo eso, a hacer que entres en razón.

Dejo las quejas a un lado. Alzo las cejas, llamo la calma.

—Si deseas buscar a esos seres tienes que velar también por la vida del chico que duerme en mi aposento, no solo eso, la tuya de igual modo. Odín está esperando tu siguiente jugada al igual que sus hijos… te enfrentaste a Vidar, eso solo fue una prueba, tan cruel deidad como esa no se vence tan fácil. Mostraste tu verdadero yo con él, esa parte de ti que se consume por el rencor y la ira.

—¡Asesinó a Fenrir! —chillo con la garganta apretándose por las ganas de expulsar ese sentimiento que tanto aborrezco. Pestañeo infinidad de veces hasta que siento ese líquido salado retroceder.

—Fenrir fue maldecido por Baldrsfadir*, con esa maldición le denegó el descanso eterno. El lobo está condenado a vivir para siempre, morir todos los días de diferente manera y revivir con el dolor en su alma. Ese fue y será su castigo.

Respiro hondo, la culpa se va esfumando poco a poco de mi organismo. De ese modo, las ramas empiezan a derretir su fuerza sobre mí, al parecer, el sentirme tranquila las hace reaccionar así.

—¿Entonces él…?

—Sigue en pie, sé que ahora no dejará que la muerte se lo lleve de nuevo hasta encontrarte. Es un animal muy necio, pero comprendo por qué.

—Suéltame —suspiro de manera trémula.

Aletea el viento con su mano y los tallos me dejan libre. Me dejo caer de rodillas, las defensas que con tanto esmero construí, acaban de caerse. Exhalo un sollozo ahogado, arranco hebras de hierba, desquitando ese ardor que acaba de golpear mi frágil alma con ellas. Gaela acaricia mi espalda con perezosas pasadas de sus uñas.

—Sé del dolor que llevas sobre tus hombros. Sé que viste como mataron a tu madre a sangre fría, sé que dejaste de ser la misma desde que profanaron tu inocencia… te volviste como tu padre: una persona desconfiada, con el camino perdido, sin ganas ni escrúpulos por demostrar esa confianza que fue arrebatada, un ser que demuestra valor, pero en realidad en antaño alguna vez fue cobarde. Esa eres tú, Freya.

Pellizco la carne de mis mejillas con los dientes, el hipido se desvanece con lentitud, en cambio, las lágrimas emanan con celeridad.

—Ariana. llámame Ariana —gimoteo.

—No es malo demostrar el dolor, te hace más humana a pesar de que no lo seas.

Levanto el mentón, su mirada me es familiar. El rostro femenino es reemplazado por el de un hombre, fuerte, demasiado varonil. Asustada, retrocedo hasta tropezar y volver de nuevo a la posición anterior. Se acaricia la frondosa barba con una sonrisa de disculpa.

—Es bueno que me reconozcas, pero no actuando de esa forma.

—Freyr… —comento sin aliento.

—¿Cómo estás, sobrina mía?

Lo ataco a puñetazos. No tarda en soltar una afable carcajada.

—¿Así me recibes?

—¡Cruel mentiroso, timador!

Me alejo más calmada. Su túnica tan verde como la naturaleza parece tener vida propia, no exhala poder, más bien humildad. Los brazaletes dorados en sus muñecas brillan como la luna, que parece que le haya robado tal luminosidad y puesto en el metal.

—Mi hermana estuviera orgullosa de verte, de observar en lo fuerte que te has convertido.

Se sienta, palmea su lado, pero yo prefiero seguir en donde estoy.

—Vine a advertirte que no des tu vida tan fácil a Odín.

—De algún modo lo estás traicionando —discuto con veneno.

—No si yo soy más inteligente, Ariana. —Se incorpora—. He de volver a Alfheim antes de que el sol salga, pero eso no evitará que te dé esto.

Extrae de su pecho una cadenita que resplandece y vislumbra con su belleza a cualquier ser, la reconozco al instante. Despego mis labios, agradecida y con las lágrimas en las esquinas de mis ojos, a la espera de salir de su cautiverio.

—Ya no tienes que hallar al líder troll.

Agacho la cabeza para que pueda ponerme el collar. Sus dedos rozan mis hombros, una pequeña caricia que solía darme antes de dormir cuando visitaba a su hermana.

—Te doy mi apoyo para que la vengues y traigas de vuelta a Einar. —Besa mi frente—. Como dios del dorado sol y las cálidas lluvias de verano, te bendigo a ti, hija de Freya, para que en tu viaje puedas cometer tus anhelos. —Levanta mi rostro para que no pueda apartar la vista de la suya—. Nunca olvides estas palabras: no confíes en los dioses, ni en mí, porque… en cualquier momento podré traicionarte. No dejes que la fuerza y prepotencia de los míos te intimide, jamás lo hagas.

Luego de esas palabras tan contundentes, Freyr se desvaneció ante mí; la cabaña, las flores, todo lo que hizo para estar a mi lado, se fue, dejando de nuevo la frialdad del bosque y Óláfr tendido en un tronco. Con su discurso hizo que las frases de padre tuviesen más fuerza: los dioses son crueles, no les importan los hombres, solo les importa ellos mismos. Sin embargo, el hermano de mi madre demostró que no todos son iguales.

Apreté el collar y observé por última vez el firmamento antes de regresar a mi travesía y la del castaño.

✺✺✺

—Parece como si me hubieran arrancado una parte del cerebro, pero no sé qué.

—Deja de pensar, chico.

Refunfuña por lo bajo. Suelto una bocanada de aire, ha repetido lo mismo a lo largo de nuestro camino. Feyr le borró lo poco que vio, así que cuando despertó solo le comenté que después de la huida que tuvimos, nos pusimos a descansar porque nos pareció un lugar seguro, la fortaleza como protección que había puesto tío también desapareció con su ida. Tan solo dejó la cadenita y su bendición en mí.

—¡Es que me hace falta algo!

—Lo recordarás más tarde —afirmo.

—No lo creo —rechina cruzándose de brazos.

—Entonces no lo hagas.

Sacude su cabellera.

—En fin… ¿iremos al sur?, ¿por qué este desvío?

—No iremos. Mientras descansabas el líder troll me encontró, después de conversar tranquilamente, me dio lo que esperaba —miento. Le muestro el collar con la llave—, así que vamos al monte Nior.

—¿La montaña más alta?

—Así es.

—Pero… espera.

Me detiene. Elevo las cejas, comprime su boca y sus ojos titubean.

—Suéltalo, chico.

—¿Por qué ese troll tenía ese collarín?

—No lo sé, a lo mejor mi padre se lo dio para que lo cuidara. —Dejo caer los hombros—. De todos modos, eso es irrelevante ahora.

—¿Por qué vamos a la montaña?

Se hace a mi lado, pues me he puesto a caminar de nuevo.

—Allí probablemente este Einar, mi padre.

—¿Cómo lo sabes? —balbucea.

—Porque esa era su idea para cuando madre falleciera, en ese lugar ella dejó algo para él.

—Pero ya lo tuvo que haber recogido, porque él se fue hace mucho.

—Sí. Es posible. Sin embargo, tengo una fuente confiable que afirma que volvió, no se sabe por qué.

—¿Quién es esa fuente?

—Chico —gruño—, enfócate.

Baja su mirada, tímido y avergonzado.

—Si señora.

Lo observo por el rabillo del ojo. Feyr se aseguró de dejarme un pergamino escrito con su puño y letra; en él afirmó que padre está en la montaña, que regresó por algo que madre dejó en ella, un objeto de valor muy sagrado. No explicó de dónde venía Einar, más sí dejó una posible respuesta: volvió después de vengarme… asesinó a quien me hizo daño esa noche, un foráneo, alguien de los suyos.

Además, también regresó por la llave que ahora poseo, así que mientras estemos subiendo la cima nos encontremos.

—Ariana, ¿cuánto tardaremos?

—Una semana por lo mucho.

—Oh. Hay tiempo para entrenar, ¿verdad?

—Sí. Ahora nuestro viaje se tornará más peligroso, porque para donde vamos hay muchos enemigos.

—Estamos cerca de la gran laguna, quizá podamos ver a Jörmundgander que descansa allí.

—¿Jörmundgander?

—Para ser de aquí sabes poco —bromea. Tensiono la mordida—, es la Miðgarðsormr, la serpiente que rodea todo Midgard, todo el mundo; es muy sabia. Pues Odín lo lanzó al mar que nos rodea, y descansa parte de su colosal cuerpo en el lago. Dicen que Jömundgander creció tanto que al final del mundo se mordió la cola para rodearlo mejor, pero después de su titánica batalla con Thor dejó de hacerlo; odia tanto como tú a los dioses.

—Ya veo.

—¡No nos enfrentaremos con él! Es amable, no nos notará.

—No confíes, chico.

—Sí, sí. No confíes porque luego te traicionarán de la peor manera —imita mi voz.

—Pues dime, muchacho sabio, ¿por qué Thor se peleó con la serpiente? —ironizo.

Señalo con el mentón que se pegue más a mí, dado que nos acercamos a una zona desolada, que no tiene árboles.

—Nadie lo sabe.

—Uhm.

—Esa llave abrirá el palacio de tu madre, ¿no es así? —Asiento—. Serás muy afortunada, a mí me encantaría visitar el Fólkvangr, allí qué tesoros no habrá.

Agrando los ojos. Palmeo con efusividad su espalda, jadea por la fuerza. Gracias a él he dado con la respuesta: padre necesita la llave, porque en el palacio está lo que le dejó madre.

Dejo de pensar en el instante que oímos un gruñido a nuestra izquierda. Óláfr saca una flecha y la apunta hacia la dirección del sonido; hago una mueca.

—Draugr —susurra con apreciación e incluso más emocionado que yo.

—¿Preparado, chico?

Sonríe.

—Claro que sí.