Capítulo 10

Aparenté durante muchos años ser una persona con empatía solo para resguardarme del dolor, las miradas intensas y las falsas confianzas; la benevolencia no estaba en mi repertorio. Vi a muchos siendo asesinados, suplicando con los ojos que les ayudara, sin embargo, seguía de largo, aparentaba que sus gritos de clemencia no los oía sin importar que en el fondo de mí quería hacer algo. En este instante niego la existencia de esa personalidad gracias al muchacho que camina a mi lado, porque el él no solo me veo de pequeña, también veo el sujeto que quería ser de grande, aseguraré todo el tiempo que Óláfr es aquello que siempre faltó en mi vida, esa espina que abunda la nostalgia y serenidad, la humanidad y la felicidad. Ojeo su postura, está bien, pero sé que su cabeza es un remolino de pensamientos que contienen preguntas en abundancia.

Decidimos pasar por algo lo que aconteció en la laguna, como si no hubiese sucedido nada; una excelente decisión dado que de ese modo las distracciones en nuestro camino no serán tan sugerentes, pero… esa simulación de olvido es simplemente una forma de persuadir la verdad. Tanto él como yo hemos cavilado sobre ello, más que todo él. Yo, por el momento, no dejo la imagen de Fenrir junto a sus hijos, la de Jömundgander enfrentándose a Thor y mi reflejo en el agua, aquello es lo que más rebobina: me parecía a madre por las intricadas runas que finalizaban, o eso creo, en mis hombros, el cabello implacable y una mirada azul tormenta, como si el gris se hubiese extinguido sin más. El poder de Eimnis sigue latente, se demuestra por la picazón de mis dedos por querer manipular de nuevo el entorno.

Madre lo describía como un león gigante con la punta de su cola en llamas, no tan grande como la serpiente de Midgard, pero se asemejaban por su presencia caótica. Ella comentaba muy a menudo que padre tenía que estar con los ojos puestos en sus movimientos cada vez que se enojaba, porque ese era el incentivo de la bestia para poder huir, ser libre como tanto anhelaba. Las runas de contención en sus brazos mantenían ahí, siempre, en cambio, conmigo, solo salen cuando dejo que la fuerza de Eimnis tome parte del control en mi organismo. Odín fue implacable en el momento de su batalla con Eimnis, pero las consecuencias fueron brutales.

—Eh, mira.

Vuelvo la atención a su figura, despabilo los razonamientos para enfocarme lo que sostienen sus manos, frunzo las esquinas de los ojos.

—Parece oro, lo encontré mientras pateaba algunas piedras —explica, fascinado.

Se la arrebato, la analizo con detenimiento.

—No es oro, es algo más que eso —le digo con un ápice de desconfianza—, guárdalo. Tal vez nos encontremos con Syl y él podrá decirnos qué es.

—¿Acaso es un sabio?

Afirmo con la cabeza.

—Sí, tiene muchos conocimientos.

—Mhm —carraspea, desvía su interés en los pinos—, ¿sabes que Syl fue el mentor de mi papá?

—Nunca sacó el tema a colación. Nunca le pregunté más allá de lo necesario. —Dejo caer los hombros. Enfoco la mirada al frente, arriba de ciertas ramas que se interponen, la montaña está ahí, por fin se deja inspeccionar. Estamos cerca.

—Pues te contaré. Mi padre solía ser un nómada, ya sabes, iba de aquí para allá en busca de lo que quería ser, hasta que encontró al enano sacándole filo a una lanza. Desde ese momento, después de más suplicas de las que te di, Syl accedió a enseñarle cómo ser un buen herrero —argumenta con el orgullo tintando su voz.

—Eso es excelente, chico —comento distraída. La nieve se ve demasiado en el monte, será una ruta más helada que Jötunheim o quizá peor—, falta poco para que arribemos a nuestro destino. Observa.

No tarda en acatar, su expresión denota furor en toda su gloria.

—¿Allí encontraremos más enemigos?

—Peores que los draugr y las huldras. Allí habrán trolls, ogros, hechiceras, lindworm…

—¿Lindworm?

Se cuela en mi camino, interceptándome con agilidad.

—Parece una mezcla de dragón y serpiente, son altamente venenosos. —Lo aparto para seguir, curioso, se acerca más de lo debido. Bufo.

—Uf, un buen enemigo…

—Tú te mantendrás alejado si uno de esos sale, no estás preparado para un rival de esa magnitud.

Hace una mueca, enfurruñado.

—Eso no lo tenía planeado —espeta. Se cruza de brazos—, pero, de todos modos, atacaré ¿no?

—De lejos.

—Ah, vale, me conformo con eso.

Tiene más cambios de humor que yo.

—¿Tendremos que enfrentarnos a las valkirias en algún momento?

—Si Odín desea darles la orden, vendrán a por nosotros y créeme, son muy hábiles. —Inclino la cabeza un poco—. Y también traicioneras.

Se queda en silencio hasta que sus orbes se iluminan de nuevo. Oh, no.

—¿Puedo hacer una pregunta?

—Acabas de hacer una y has hecho varias —gruño.

—Pues otra.

Suelto otro suspiro exasperado, ¿en qué momento se callará?

—Ahora no, chico, enfócate y haz silencio.

Se queja malhumorado de nuevo.

Después de todo, me será difícil sonreírle.

✺✺✺

Giro hasta probar la tierra, la cabeza rebota e intento incorporarme con un gemido, me han agarrado, rodeado y lanzado al suelo con facilidad. La nieve ha servido como amortiguador para no causar una herida más severa; una flecha impacta justo al lado de mi cuello, me erizo, un paso más y estaría desangrándome. Golpeo de manera repetitiva la nariz del draugr sobre mi pecho, logro de ese modo que se aparte. Tanteo la superficie hasta hallar la espada, no dudo en clavársela en el pecho, la sangre emana y salpica mi cara como un efluvio menos salvaje que la lluvia. Al levantarme lo aniquilo con la vista, retrocede, pasmado.

—Te dije que cubrieras mi espalda, y ¡no lo hiciste!

—Me distraje, lo lamento —lloriquea cabizbajo.

Paso mi mano por mi rostro, quitando esa viscosidad roja casi negra.

—Sé que había muchos…

—Precisión, mejor que rapidez… estaba siguiendo lo que me dijiste.

Muevo la mandíbula, de ese modo diluyo la frustración.

—En casos como ese la rapidez le gana a la precisión, era una horda. —Señalo los cuerpos apilados—. Y si hubieses estado solo con ese ideal en tu cabeza, te hubiesen asesinado y posteriormente sido la cena de ellos. De vez en cuando es bueno romper las reglas.

Sus ojos se elevan de nuevo, la disculpa en sus facciones es reemplazada por la comprensión. Palmeo su hombro mientras tuerzo los labios con amabilidad.

—Entonces, cuando sean muchos contrincantes, la velocidad es mejor que la precisión.

—Exacto, chico. —Revuelvo su cabellera antes de apartarme—. Están inquietos, al parecer hay más de estos llegando a la montaña. Nos divertiremos mucho.

Examina la cantidad de flechas, una mueca aparece y la lástima vuelve a él.

—Tengo pocas flechas —musita avergonzado.

—Te he enseñado el cómo hacerlas, ¿no?

Afirma con un movimiento casi imperceptible con el mentón.

—Por lo tanto, empieza a buscar ramas rectas y piedras planas.

—¿Me ayudarás?

—Esta vez no. Solo lo harás mientras yo busco algo de comer. He oído tus tripas gruñir en todo el camino.

Sus mejillas se colorean de nuevo.

Carraspea para que yo quite la atención de dicha zona, hago lo que pide con la ironía plantada en mis pupilas.

—También haz una fogata —ordeno dando un giro.

—Sí, Ariana.

Muevo la cabeza como un gesto de despedida, quizás unos conejos alimenten su hambre.

✺✺✺

Me arrodillo sin hacer el mínimo ruido, he estabilizado la respiración para que no se escuche lo suficiente. Saco de mi cinturón el cuchillo de Óláfr que le pedí prestado hace unas horas, o, mejor dicho, que le quité sin que se diera cuenta. El roedor levanta su cabeza y olisquea el ambiente, sabe que estoy aquí, espera el momento adecuado para echar a correr. Sin embargo, su estrategia se entorpece cuando le agarro de las orejas.

—Ojalá te hayas reproducido —musito al degollarlo. Amarro sus oídos con una fina cuerda en la esquina del cinturón, con él no es suficiente, requiero más.

La rigidez embarga mi cuerpo, pero no pasa ni siquiera diez segundos para que se largue. Alzo una ceja en su dirección, alza los brazos como si estuviese pidiendo permiso. Se camufla bien con la nieve gracias a sus ropas y, además, se contrasta con las hojas de los árboles. Enano inteligente.

—Vengo a darte un mensaje.

—Escúpelo —mascullo sin observarlo.

—He oído que han visto a Sleipnir cabalgar rodeando el bosque.

—¿El caballo de ocho patas sin Odín? —Atisbo en él el miedo que se hierve a fuego lento.

—Sí, pero sin su jinete, sin Atridr*.

Sopeso sus palabras.

—Eso da mucha mala espina. —Achico los ojos—. Es una muy mala noticia. Muchas gracias, Syl.

—Es bueno que me agradezcas, algo que antes no hacías —ovaciona.

—Cállate. Sigue con tu viaje, enano —bufo.

No tarda en dar media vuelta; es normal en ese cretino el no despedirse al igual que yo. Examino el entorno; el sol está por esconderse, los pinos se mueven en un baile sinuoso, los animales van a sus madrigueras para descansar, el bosque es monótono, pero no del todo, puesto que hay ciertas zonas extravagantes que no hemos tocado ni lo haremos más tarde. El tiempo se pasa volando y hay que saber apreciarlo. Vuelvo con el castaño que yace sentado al lado de las llamas con las manos extendidas, el frío se ha tornado peor, ya cala más allá de los huesos. Esta vez no comeré, no hace falta. Curiosea lo que traigo.

—Es lo único que logré cazar. Lo asarás, para luego seguir.

—¿No descansaremos?

Niego.

—El peligro se acerca, entre más nos alejemos, mejor.

—¿Qué quieres decir?

Me poso a su lado con una larga exhalación, las llamas se mueven, persuasivas, como si quisieran ser acariciadas.

—Tal vez Odín este aquí.

Traga saliva con el temor demasiado claro.

—Se supone que sus hijos están a cargo, de… eliminarte. ¿Por qué vino?

—Eso mismo me pregunto, chico —rechino.

—Es raro —objeta. Alarga sus dedos cuando le extiendo el conejo, su nariz se mueve al dejarlo cerca de las rocas apiladas que sirven de campo para la pira, a su vez me permito entregarle el cuchillo—. Sabía que lo tenías.

—Apresúrate. No debemos darle el gusto a ese arrogante.

Indica con un además que está de acuerdo. Mejor.

Me arrelleno contra el tronco con las cavilaciones de vuelta. Por algo Fenrir y sus hijos no se han atrevido a buscarnos ni tampoco Baldr junto a Thor, pero tal vez no estén cerca porque Jörmundgander hirió al dios del trueno dejándolo delicado, y su hermano a lo seguro lo llevó de vuelta a Asgard. Aprieto los dientes. No obstante, pudieron haberse deshecho de la serpiente, sé que Baldr tuvo que haberse acercado al sentir a su prójimo en amenaza. Y gracias a ello, quizá su padre vino a auxiliarlos, no sé, es raro que alguien tan prepotente como esa deidad desee hacerse cargo de algo “tan pequeño e irrelevante” como yo. Su mezquindad es muy elevada, ¿qué estará planeando?

✺✺✺

La luna ilumina el sendero y es nuestra guía, de noche hay más actividad de nuestros adversarios, así que el chico mantiene adelante y yo tras su espalda mientras lo guio. De ese modo podré cuidarle mejor. Si ese caballo gris se aparece, no sabría como reaccionar; el nombre de este bosque no solo se dio porque parece que no tiene fin, si no también por el hecho de que es un lugar que casi no es tocado por los dioses, pero si es muy común que quienes huyen de ellos se refugien en él. Es como un santuario. Así que para las criaturas que no desean hacer daño a nadie, estarán escondidas, en cambio, las que quieren devorar estarán muy activas. Hay que mantener con un ojo puesto en cada esquina, y más si las desgraciadas piden a gritos la sangre que tanto mancha su orgullo o lo alimenta. Padre siempre decía que en la oscuridad la hostilidad se agrandaba y que no podía dejar el brazo a torcer con facilidad, o se aprovecharían de esa falta, alimentándose de la debilidad.

Sé sobre mis enemigos por madre, que siempre me convidaba a que la acompañara cada vez que cazaba, así sacaba una parte de su noción para enseñarme lo que necesitaría para este momento. A ambos les agradezco sus consejos, todo.

—Ariana.

Típico de que interrumpa mis pensamientos.

—¿Uhm?

—¿Realmente cumplirás las promesas?

Arrugo en entrecejo.

—Claro que sí, chico. Mi palabra siempre será cumplida si es que sigo en pie, claro está.

Exhala una bocanada de aire, se frota los ojos con el dorso de la mano y bosteza. Comprimo la boca; me quito la cinta que mantiene la espada en mi espalda para enrollarla en mi cintura.

—Ven, duerme. Súbete a mi lomo.

—¿Qué? —ríe—. No es necesario.

—Chico —riño en advertencia.

—Vale, está bien.

Me agacho un poco para que se trepe. Sus brazos envuelven mi cuello y no tardo en agarrar sus muslos para que el afiance sea mejor. Oculta la cabeza en mi hombro con un suave suspiro, me alegra que su comentario la primera vez que me vio en combate no fuera acertado, pues mi estatura no es pequeña y con facilidad puedo cargarlo, además de que pesa menos que una insulsa pluma.

—Te despertaré con un meneo brusco, ¿sí?

—Entendido —resopla.

Me aseguro de que ya ha entrado en el sueño para movilizarme, mis pasos se oyen un poco más, pero eso no me hará detenerme, porque estamos a muy poco de llegar.

Muerdo el interior de mi mejilla; tengo la oportunidad de redimirme, pero algo falta para que eso sea resuelto y el qué no lo hallo. Suspiro, sé que Óláfr ya sabe que no soy como él, una mortal, que soy una semejante a un dios, pero sin saber con exactitud la habilidad que me diferencia de ellos. Aunque, puede ser que esa diferencia sea que yo contengo a una bestia que está entrelazada con mi alma o que mi padre es un extraño, a pesar de que eso es irrelevante. Cuánto me gustaría envolver mis dedos en la llave que tintinea detrás de la armadura y el poder saber con precisión con lo que me encontraré tras el palacio que solía ser de Freya, mi progenitora. Quizás en ese lugar podré saber sobre Einar, todo lo que oculta. Sacudo la cabeza, eso será resuelto en ese mismo instante, no mataré mi cabeza con pensamientos como ese ni me dejaré envenenar con la preocupación.

 Hoy es hoy y mañana no sabremos qué pasará.