Capítulo 11

Me gustaría reírme por el cómo ronca, pero temo despertarlo. La entrada a la montaña es más visible y el cansancio parece no querer hacerse presente, eso es algo que hay que aprovechar, una oportunidad que pocas veces se da. Los colores amarillentos-verdes hacen contraste con la pálida nieve, el caminillo es de césped, uno que jamás había visto, pues el pasto es insulto, en cambio, este parece tener más vida por el brillo que despide y las flores sobre él, el invierno va de la mano con la primavera que reina aquí.

—Creí que se demorarían más.

—Enano, si sigues apareciéndote así no responderé —aseguro al verle saltar de una rama con delicada agilidad, aquello se desmorona cuando escupe, la mueca que hago es evidente porque él no tarda en reír.

—Mira, no te enfades…

—Ajá, ¿qué quieres?

Detengo las pisadas para fijarme en su cuerpo. Ahora lleva una lona que se ve muy pesada atada al pecho, creo que ha encontrado algunos tesoros. Los enanos y la codicia se van de la mano.

—¿Habías escuchado antes que Odín todo lo ve? —Afirmo con el mentón—. Pues eso en este bosque no es tan especial. Bajo las tierras que lo cubren están los cuerpos de gigantes muy poderosos que, con su poder, no sé de qué manera, obstruyen que él vea lo que pase aquí.

—Es cierto que Odín odia esa raza.

—Más bien les tiene envidia.

Alzo una ceja, escéptica.

—¿Envidia?

—Sí. Baldrsfadir siempre ha querido ser el mejor… en todo.

Entierro más los dedos en los muslos del chico, este se remueve, pero no tarda en hundirse otra vez en el sueño.

—¿A qué viene esa entrega de información? —La expectativa me embarga.

—Le debo mucho a Einar y veo que ayudándote pago la deuda. —Se estremece, al instante se acaricia la barba con aspecto petulante—. A tu madre también le debo.

—No me interesa si les debes tu vida —suspiro, vuelvo con la marcha.

—Pero ¡oye!

—¿Qué? —gruño.

—Contestas igual al mandón de tu padre.

—No me digas —mascullo dándole la espalda. Mis piernas se recienten al subir los peldaños que me conducen del todo a la entrada de la montaña.

—Eh, para un poco, tengo las extremidades más cortas que tú.

—Apáñatelas.

—Jum, no debería estar tras de ti con ese comportamiento tan amargado que te traes —gorjea, obstinado.

—Pues qué bien, de ese modo no tendré a un enano arrogante a mi lado —contesto de malhumor.

—En fin. —Mueve su brazo quitándole importancia a lo anterior. Muevo a Óláfr para acomodarlo mejor y aprieto más el afiance para que así no se resbale—. ¿Sabías que Vidar es hijo de Odín?

—Creí que era hijo de otro —murmuro, curiosa.

—Y ¿qué la madre del susodicho era una gigante?

—No.

—Es irónico que odie a los gigantes si tuvo un hijo con una. Ella se llamaba Gýgr, una jotun, fue uno de los romances más extraños que ha tenido este dios.

—¿Qué tiene que ver esa historia con mi travesía?

—Mucho. En la cima de Nior reside su tumba, cerca a un palacio en honor de tu madre, Freya, quizás allí puedas entrar al Fólkvangr.

Detallo su rostro con los labios torcidos de ira.

—¿Cómo sabes que poseo la llave del Fólkvangr?

—Por Freyr, el hermano de tu madre, él me pidió que arreglará eso, puesto que estaba rota.

Me adelanto. Lo oigo maldecir en voz baja, pero si tanto quiere que mi cerebro tenga más información, ha de seguirme al paso que voy. Una ventisca medio fuerte nos envuelve, piso con más fuerza la grava para no dejarme llevar por ella.

—¡En esa tumba quizá se encuentre Einar!

Abro los ojos más si es posible, giro la cabeza y a través del hombro me aseguro que no miente. Salta hasta quitar la piel que solo me cubría para acobijar al castaño que gemía por el frío.

—¿Estás seguro?

—Mucho. Él cree que en el sarcófago encontrará el collar y para entrar en él se demorará. La tumba se halla en un hermoso campo de flores blancas refugiado por un inmenso árbol, detrás de este está la residencia que te comenté con anterioridad. El árbol es un espejismo, una distracción.

—Ya. Entiendo —indico con una exhalación. Syl sonríe antes de volverse, el enano solo me siguió para decirme eso.

Subo la mirada hasta la cima, desde aquí puedo ver las flores que se mueven cantarinas. No mintió.

—Padre, espérame —musito esperanzada.

✺✺✺

Me muevo de manera brusca. Pega un brinco, ya despierto.

—¿Qué?, ¿qué pasa? —susurra frotándose un ojo con el dorso de la mano.

—Ya se acabó el descanso, chico.

Me inclino hasta que él se baja y vuelve a la tierra. Lo ayudo a que se estabilice, sus orbes no se ponen en mí, si no a su entorno. El jadeo de sorpresa de él hace que suavice los rasgos. Toca con los dedos extendidos la pared de piedra con moho a su lado, se detiene en las florecillas, luego por las ranuras hasta que se detiene en detallar lo que pisa; su asombro es evidente, dado que la falta de nieve en el paso casi amarillo es extraña para un bosque de invierno, vuelve sus pupilas al frente, los colores se abrazan formando un esplendido paisaje, para mí, lo más hermoso del Evig Skog es este lugar en específico. Las aves graznan al pasearse en el cielo desprovisto de nubes, en donde el sol es más potente y redondo.

Mi cuerpo colisiona con el suyo para cubrirlo, me pregunta en un tono preocupado lo que pasa, pero lo callo con la mano. Nos arrodillamos para escondernos en la gigante roca que casi se apoya contra la pared. Me asomo, ya no están. Suspiro.

—Odín tiene unos cuervos que le informan de todo.

—¿Hugin y Munin? —Jadea. Asiento.

Dejo de envolverlo. Me acerco a la orilla roca, algunas piedrecillas caen al vacío. Con el chico dormido trepé lo suficiente por lo visto, lo curioso es la falta de contrincantes, es… sospechoso.

—Leí una vez en los apuntes de mi papá que esos dos cuervos viajan alrededor del mundo recogiendo noticias e información para Odín. Hugin es el “pensamiento” y Munin es la “memoria”. Ambos son enviados al alba a recoger información y regresan por la tarde. Se posan en los hombros del dios y susurran a sus oídos todas las noticias.

—Y no se equivocaba, lo que escribió es la pura verdad —le aseguro—, son como su segundo ojo. Sin duda alguna, Odín está cerca.

El sueño lo deja del todo en el momento que pronuncio eso.

—¿Es malo…?

—Sí.

—¿Te matará? —Sus ojos se ponen rojos. Aprieto sus hombros para tranquilizarlo.

—No puede hacerlo, si lo hace, Eimnis será libre.

—Pero. Pero… escuché que te quería muerta.

—No es verdad. —Sacudo la cabeza—. Era para meter la cizaña en tu mente, perdona aquello.

Sus dedos se posan en la cima de mis manos para también darles un apretón.

—Lo entiendo.

Vuelvo a alejarme sin apartar el escudriñamiento de su cara. Acaricio mi cabello por unos segundos, se desliza hasta quedar sentado. Junto los párpados, respiro hondo, y lo hago.

—Soy hija de Freya y de Einar (aunque ese no es su verdadero nombre), alguien que no pertenece a esta dinastía. —Mi voz tiembla. Carraspeo, ojalá no lo note—. Cuando tenía ocho años, un dios irrumpió en el campo donde nos encontrábamos mamá y yo mientras padre cazaba; madre intentó defenderse, pero algo hizo que se detuviera, él la asesinó frente a mis ojos y luego siguió conmigo… abusó de mí. Einar llegó tarde, me vio al lado de su mujer casi sin ropas, me abrazó susurrando que iba a mejor la situación, pero no posó sus ojos en el cadáver de Freya, mantuvo distante, sabía que no quería expandir su dolor mirándola. Desde entonces soy como soy, aparento ser igual que él. No recuerdo el rostro de ese malnacido… aunque, tengo una leve sospecha de quién es —casi gruño al recordar su nombre.

Su cuello se mueve, juega con sus manos, luego decide incorporarse y lanzarse contra mi pecho. La estupefacción crece en mí, jamás me habían abrazado de esa forma, como si tuviera la necesidad de infundirme paz. La rigidez se va esfumando poco a poco, pestañeo, incrédula. Le he devuelto ese gesto.

—Lamento haberte juzgado —gimotea sobre mi pecho—, no debí hacerlo, no sabía esto… perdóname.

—Tranquilo. Solemos juzgar antes de tiempo, y es entendible. —Subo los ojos al cielo descapotado—. Aprendí a medida que crecía, que los dioses nunca me ayudarían, porque les supliqué que cuidarán a mamá y le dieran la suficiente fortaleza para defenderse. Desde entonces sé que no les importa los hombres, es más, se divierten con sus muertes.

—Tampoco me oyeron cuando padre murió —exhala—, ni cuando madre decidió seguirle.

—Ni nunca lo harán.

Lo aparto con suavidad. Levanto su rostro.

—Quién diría que un chico de diecisiete conocería a alguien tan amargado como yo.

Arruga su nariz.

—Tengo quince —aclara.

Me río a carcajada limpia.

—Está bien, quinceañero, mis disculpas por la confusión —ironizo.

Refunfuña por lo bajo. Sin embargo, no le presto atención. Vuelvo a poner la espada en donde iba al igual que la piel, le doy una ojeada para examinar si su carcaj está lleno.

—Si encontramos a tu padre, ¿qué haremos después? —investiga a mis espaldas.

—No lo sé, es decir, me gustaría saber lo que oculta. Después seguir con otro viaje y cumplir lo que te prometí. —Extraigo el mapa. Lo analizo con detenimiento—. Por aquí, muy cerca, habrá ogros, así que atento.

—Sí señora.

—De igual modo, es mejor evitarlos. Ya que nos quitarán algunos preciados minutos como para explorar un poco.

Sus orbes se iluminan.

—¿Explorar?

—Así es. Habrá uno que otro tesoro escondido, esta montaña tiene muchos secretos, sería bueno descubrirlo.

Asiente conforme. El silencio vuelve, aquello es la señal para que piense más a fondo sobre lo que podrá suceder. Lo observo por el rabillo del ojo, el iba por el mal camino, por aquel que cruce a su edad: el de la ambigua soledad. No me gustaría ser entrometida, pero… algo en mí desea saber cómo llegó a estar solo, olvidando lo de sus padres, por supuesto. A esa edad yo medio sabía cómo defenderme, él, aunque sea, sabe manejar un arco, y con lentitud aprende más. Su nombre me sonó de algo cuando lo dijo, no sé, es como si lo hubiese oído antes.

En esta montaña hay una cueva que conduce a un manantial cercano; mientras visitaba algunos pueblos alcancé a escuchar sobre eso y sobre que Mímir reside ahí porque Odín lo desterró y castigó. Si logramos hallarlo, podría inquirirle sobre el dios que asesinó a mi madre e incluso del cómo deshacerme de Baldrsfadir, al igual que su progenie. En el caso tal de que así sea… ya estaría hecha. También, me encantaría tener algún conocimiento de Jörmundgander, gracias a esa serpiente yo pude liberar una parte de Eimnis, pude sacar al castaño de la contienda e incluso huir sin temor alguno; Fenrir debe de estar custodiando el bosque y sus hijos vuelto a Helheim.

Frunzo las cejas, el camino está obstruido por tierra, gigantes piedras y algo parecido a escombros. Extraño, esos escombros pertenecen a un hogar arriba nuestro por lo que se empleó para hacer las paredes, pero ¿quién vivirá ahí? Óláfr se posa sobre sus rodillas para toquetear la escayola con su entrecejo casi rozando el nacimiento de su cabello.

—Es reciente —le digo al posarme a su lado.

—¿Cómo lo sabes? —Levanta la vista.

—Mira arriba, la tierra sigue desprendiéndose —musito. Hemos entrado en una calzada que tiene un techo de lodo mezclado con agua congelada, algo similar a una cueva u hoyo, no tengo idea de cómo explicarlo; de este las raíces cuelgan e incluso algunas ramas violáceas de quizás algún árbol sagrado.

—Vale, tal vez fue un sismo y…

—Lo hubiéramos sentido.

Inclina la cabeza un poco hasta que su mentón medio roza el centro de sus clavículas, cavila en búsqueda de una respuesta coherente. Cojo la espada hasta sacarla de su refugio, acabo de ver una cola de reptil que zigzagueo sobre el derribo.

—Atento, chico —exhalo lo más bajo que puedo.

Se arrodilla de nuevo en una posición cómoda para poder disparar, me preparo de igual modo. La cabeza se asoma al mismo tiempo sale la larga lengua, es como si estuviese relamiéndose después de una productiva cena. No nos ha sentido y por ello el músculo de su boca ha sido liberado, ese es su modo de percibir, mediante eso. Se eleva.

—Prepárate para atacar.

Estiro un poco los labios al observar su disparo limpio, que me da el suficiente tiempo para lanzarme contra el Lindworm con la hoja a la altura de mi pecho, esquivo su zarpazo con una mezcla de gruñido, para luego cortar en su lomo, dándole el remate.

Tiemblo, mis ojos caen a mis muslos, alcanzó a rasguñarme. Cubro mi boca para que la sangre no manche mis ropas, me tambaleo hasta caer de espaldas contra Óláfr. No sentí el rasguñón, pensé que cuando rehuí sus garrar no me alcanzaron. Un fuego crepita en la zona herida hasta extenderse por mis pantorrillas, escucho como el chico me llama, pero es tarde, mi vista se ha vuelto borrosa, tanto, que ya no distingo dónde estoy. Me confié.

—Oh, no. ¡Levanta, vamos! —Me arrastra con dificultad—. ¡Hay más de ellos aquí!, ¿Ariana?

Balbuceo algo intangible, extiendo el brazo.

—Se supone que eres una diosa, levanta… ¡no! No os acerquéis, mugrientos. Ella no es vuestra comida.

Sus pasos se aceleran, el ruido de una cortadura interrumpe el flujo de la brisa, sus gruñidos se tornan más débiles. Por medio del muro a mi lado logro levantarme, enfoco los ojos como puedo a su dirección; mi organismo ha luchado para que el veneno se extinga. Jadeo por la opresión del pecho, agarro su pescuezo y muevo la cabeza de un lado a otro para que sus colmillos no toquen mi piel, sigo en mal estado, pero eso no hará que me amilane. El esfuerzo que pongo para que no me muerda es tanto, que los huesos de los brazos junto a los ligamentos se quejan. Controla tu fuerza, disminuye el pánico y alarga el valor, ¿te dejarás vencer tan rápido?

—¡Déjala, bicho! —Se queja.

—No te distraigas conmigo, estoy bien, ¡defiéndete! —ladro.

Enrosco las piernas en el viscoso pecho del lagarto, aprieto con todo el brío que reúno, deja de proponerse que yo seré la cena; los papeles cambian, el que intenta huir es él.

—¡Ariana!

¿Dejarás que se muera como tu madre?

Tenso la mordida, los dientes crujen entre sí. No dejaré que se vaya, no aún. Grito en el momento que atravieso su gelatinoso corazón con la mano; chilla dando su último aliento. Cae como peso muerto, lo quito de mí con un gemido, sí que pesa.

 Suelto una pequeña carcajada. Vaya, fue divertido.