Chapter 10: Capítulo 9

FREYA

Sus dedos rozaron los míos, más no alcancé a atraparlo. La ventisca hizo de las suyas, se lo llevó como peso muerto. Al sentir su furia, enterré la espada hasta donde más pude para afianzarme a ella, en el momento que busqué la manera de tenerlo a mi lado, fue demasiado tarde. Vi cómo poco a poco su cuervo rebotaba entre los árboles, cómo luchaba hasta que el lago lo engulló. El frenético viento no cesa, de hecho, se torna más iracundo. Aprieto el mango, en cualquier momento también saldré despedida.

Mi mente se llena de las imágenes del chico lastimándose, se repiten una y otra vez. En el ventarrón veo una minúscula gota viajando en él, esa gotita se desprendió de mis ojos mientras que otras le seguían. Estabilizo mis piernas en el momento que se acaba la faena junto a la caída de quién esperaba.

—¿Dejarás que te lleve a las buenas o a las malas?

Desentierro mi compañera fiel. No dejo de vigilarlo con rencor.

—Thor, ¡qué agradable sorpresa! —Blando el filo con dignidad—. Dime, ¿qué se siente haber asesinado a un seguidor?

El cielo se nubla, los rayos relampaguean en lo alto y la laguna se escandaliza más si es posible. Observo sus manos, no trae el martillo consigo, eso significa que el malnacido ya no lo requiere, o más bien: su arrogancia le dictó que la dejase. La Mjǫlnir es una de las armas más temidas de los Æsir, la más codiciada y admirada entre los dichos dioses. Cree que no la requiere conmigo, por eso digo que su soberbia no tiene hasta dónde llegar. Levanto el mentón con dignidad, si he de luchar con él hasta malherida, lo haré, no me dejaré tragar por su rebeldía que tanto aborrezco.

Escudriño el alrededor, está medio destruido por su poderío. No solo examino la arboleada que nos cubre para verificar si está estable, es para saber a su vez si su hermano me traicionará por la espalda, la típica jugada que hacen al estar juntos.

—Mi hermano no va a intervenir, seré yo quién te lleve con Odín.

Los vellos se ponen en guardia, no obstante, vuelven a derribarse al sentirlo envolviéndome. Aprieto la nariz en su pelaje, dejando que mi nariz pueda asimilar de nuevo su fragancia, sin duda alguna, Fenrir no dejará de ser monstruoso. Tres veces más grande que el dios del trueno y más iracundo. Su nariz se eriza, reflejo de su odio hacía el igual de Odín, tan similares que fácilmente se pueden confundir entre sí. Doy marcha atrás con el ardor presente en la depresión de mis pantorrillas.

—Ve por el chico —gruñe, crispado.

Exhalo aire de manera trémula, no solo vino él. Los ojos se me aguan, no me ha dejado sola, sus hijos lo acompañan, Hati y Sköl se parecen tanto a él, sin embargo, su fiereza es elevada, mucho. Muestras sus afilados dientes, el engreimiento del primogénito de Odín lo percibo a por montones, ya tiene con qué divertirse. Agradezco ese acto; lo pagaré de la mejor manera sin que la bestia tenga conocimiento de ello. Mis pupilas aprecian el magnetismo de los tres, juntos son más hostiles, reflejan el terror en todo su esplendor. En está batalla solo uno saldrá muerto.

 Muevo las piernas con dificultad, las heridas yacen en ellas y parece que no quieren desaparecer. Tropiezo, me lastimo más, corro e incluso dejo que la ira se apodere de mí para poder rescatarlo. Trastabillo a lo largo de mi camino con la mandíbula apretada, el dolor debe ser reemplazado por la fuerza de voluntad, el dolor deber ser reemplazado por la fuerza de voluntad…

Llego a mi destino; el cuerpo se me congela más al ver las pocas opciones que tengo, se resiente en el momento que me zambullo en la helada agua, pataleo lo más que puedo hasta hallarlo. La sangre deja de correr como es debido cuando detallo que un tallo perforó su abdomen, la sangre emana descontrolada, llama la atención de los peces cercanos, pero no alcanzo a llegar como deseo.

Me sacan de ese ambiente tan gélido a través del cabello con un tirón furioso que arranca mechones, gruño, me remuevo y araño la mano que me sostiene. Grito de manera entrecortada al salirme de su afiance, no me importa si volverá al ataque, el tiempo corre rápido a la espera de atrapar una vida más como el destino tanto ordena. Lo abrazo contra mí, nado contra las olas que intentan impedir mi logro hasta retomar la orilla, al salir fijo los ojos en desdeñosa escena: Fenrir se lanza a la espalda del gran hombre, su hijo Hati clava sus colmillos en su muslo, de ese modo lo derriban, aunque no tardaría en levantarse de nuevo. Desconecto la atención para fijarla en su rostro que va tornándose violáceo, actúa, no dejes que alguien querido se junte a los otros que dejaste ir.

—Vamos, muchacho. —Mi boca conecta con la suya, expulso todo el aire que he recaudado. Me alejo, acaricio su frente hasta quitarle los mojados cabellos—. Vamos, sé fuerte.

Hago compresiones. El nerviosismo me inunda, el sabor amargo del dolor sube hasta mi lengua, la vista se me torna borrosa, pero eso no me impide seguir luchando. No dejaré que lo arrastren al averno, ¡no es su momento para eso! Es joven, merece experimentar más, tiene el derecho de acompañarme a los futuros viajes que le prometí en silencio… no debe dejarme sola, la soledad es un asco.

Sonrío todo lo que puedo cuando escupe el agua que le llenaba, reacciono rápido sin poner prioridad alguna a las lágrimas que viajan hasta mi cuello. No volveré a estar sola de nuevo, jamás. Lo cubro con la capa de piel sin importar que esta se encuentra húmeda, le servirá de algo. Paso mis dedos por su mejilla con mimo. Haré lo imposible para que cumpla sus sueños, ya no más la Freya amargada, he de retomar mi antiguo yo, aunque me sea difícil… por él. Pero no se dará cuenta de ese avance hasta que lo pueda asimilar con exactitud. Me deshago de las cadenas dejándolas sobre su pecho, mis labios conectan con su frente, él parpadea, asombrado.

—No te irás tan fácil, Óláfr —aseguro, seria.

Cojo su cuchillo, vuelvo al líquido gélido hasta que me cubre la cintura. Corto mis muñecas a profundidad, el oxido huela hasta el flamante Dios que de un puñetazo que aparta a Sköl, más su esfuerzo no servirá de nada. De entre las cumbres la cabeza de la gran serpiente se asoma, sus orbes anaranjados se dirigen a mí y más allá de mi espalda, yo seré su ofrenda, de ese modo protegerá al chico. Junto los párpados en el momento que soy ahogada de nuevo. Floto, sé que Jörmungander me lleva a su lado, después de todo, me redimiré con esta acción. Los truenos caen, alumbran los pastizales, asustan a los lobos más no llegarán a atemorizar al ser que me tiene bajo su colosal cuerpo, se mueve, mostrando su dominio, su capacidad de enfrentarse contra uno de los seres que más odia. Mi espada, todo de mí quedará para el castaño… por el momento.

Contesto cuando me habla en su lengua muerta, asiente, sabio. Me hundo con celeridad, me ha dado lo que quería a cambio de lo que él siempre ha deseado: la venganza.

—Y ¿cuándo podré ver al abuelo? —Acaricia mis dedos con mucha suavidad.

—Cuando el decida venir, aunque no lo creo.

—Pero, mamá.

Su dedo interrumpe mi boca. Le doy una mueca de vuelta.

—Vamos, siéntate de nuevo en mi regazo.

Cruzo los brazos, hago en gesto en negación con la cabeza.

—Mi niña, si no lo haces… papá se enojará.

Me lanzo a su pecho como un mono. Se ríe, su risa me envuelve tan cálida como sus brazos, escondo la cara en sus cabellos.

—Mi pequeña Freya.

Abro los ojos al emerger. Soy expulsada de esa cárcel con estruendo, inhalo hasta que los pulmones se quejan por la presión, miro de soslayo la titánica batalla que hay a mi lado, a cientos de pasos. Muevo el cuello hasta que libero la tensión en él, recojo del húmedo suelo piedrecillas que levitan en las plantas de mis manos y de ese modo inspecciono las runas que madre solía tener a lo largo de sus brazos. Ella se aseguró de darme su poder, su encanto, casi todo. Giro en mi eje hasta que he reunido las suficientes rocas sobre mi cabeza, desde las más grandes hasta las más pequeñas. Camino a pasos reducidos, calmados, no puedo extralimitarme, pues las consecuencias no dejarán que vea de nuevo a Óláfr. La serpiente ruge yendo al ataque mientras los lobos esperan su momento de morder; con un suspiro derribo al omnipotente dios que cae a unos metros, cerca del tumulto de pinos. Esa distracción es suficiente para que me deslice por las sombras hasta agarrar de nuevo el chico y abrazarlo contra mí.

Se revuelve inquieto, pero lo tranquilizo al levantar su rostro. Con una pequeña ojeada, Fenrir se inclina, para luego desaparecer junto a sus hijos en los delicados matorrales. Nos cubro con más piedras creando un muro con ellas, como aquellos que madre hacía para mostrarme en sus teatros algo más cómico, algo que yo creía una fantasía, un producto de mi imaginación.

Colisiono mi frente con la suya, está quieto, asustado. Mi aspecto ha de hacerle sentir ese sentimiento, me veo salvaje, como una bestia.

—Es hora de partir. He de cumplir mi promesa, Jörmundgander —suspiro—, no te preocupemos, solo sentirás un leve mareo.

✺✺✺

Vomita bajo mis pies de nuevo, desvío los ojos. Le arranco la piel que vuelve a estar en mis hombros al igual que mi espada que se amolda a mi espalda. He calmado esa criatura que habita en mi interior con esfuerzo, dominarla y hacerla entrar de nuevo tras los barrotes de mi alma es un trabajo que, sin el suficiente valor, dejaría que saldriese y dominase mi cuerpo en un chasquido. LA ira es mi debilidad, siempre lo será, ese era el lado oscuro de mi madre, el que Odín tanto quería en su poder. Sin embargo, ella fue más astuta y lo encerró en mí como su padre lo hizo con ella. Ayudo a que se incorpore, sus ojos se mueven sin un enfoque exacto, sigue confundido.

—Te… te parecías a la mismísima Freya que mi pueblo mantenía diciendo en sus reuniones, esa amenaza que mantuvo bajo el domino de Baldrsfadir hasta que… dejó de serlo.

—Raseri av eimnis —susurro—, Eimnis fue una bestia que solo los gigantes junto a Odín pudieron vencer en Muspelheim, solo allí pudieron dominarla, solo ellos saben cómo era; fue sellado en Njörðr por los brujos de Helheim. Hasta que abuelo no pudo controlarlo, así que se decidió sellarlo en el cuerpo de Freya cuando era joven. Aconteció lo mismo, fue ocultado en mí y hasta que mi ser pierda las fuerzas que lo contienen, mi descendencia o alguien valeroso que pueda contenerlo, lo tendrá. La historia se repetirá una y otra vez sin descanso alguno.

Se limpia la saliva que mancha su barbilla, empieza a inspeccionar la herida que antes se posaba en su abdomen, es cómica la manera que reacciona, pues sus ojos viran, se vuelven blancos por cierto tiempo, para luego retomar su vista en mí.

—¿Cómo fue la pelea de ese bicho?, ¿de dónde viene?, ¿quién es? Y… ¡¿qué pasó conmigo?!

—La gran serpiente como unas gracias, te curo, no sé cómo ni me interesa. —Volteo para seguir analizando el lugar—. Lo otro te lo contaré cuando terminemos este lío.

—¿Me lo prometes?

Vuelvo a él.

—Te lo prometo.