NICARAGUA: SEGUNDA PARTE
LAGUNA PERLA
Según los lancheros, íbamos a entrar por un sitio denominado Laguna Perla, el viaje hasta allá fue sin contratiempos, no pasó nada extraordinario. Acostados, a lo ancho de la lancha, intercalados, íbamos más o menos cómodos. Nos salpicaba un poco de agua, y el sol pegaba fuerte, pero nos sentíamos relativamente bien. Eran más o menos las tres de la tarde cuando llegamos a un punto que llamaban “Fruta de Pan” lo cual me recordó una fruta muy sabrosa que tenemos en mi ciudad con ese mismo nombre (no la vi, por lo tanto no certifiqué que era exactamente la misma).
Este sitio quedaba precisamente en la salida de uno de los ríos que van a dar al mar, estábamos precisamente en la confluencia de estas dos corrientes; nos quedamos en la punta, bajamos de la lancha, y fuimos cobijados en la casa campesina de uno de los frentes (las orillas casi se topaban en esta puntilla, no estaban muy separadas, deben haber sido unos 11 o 12 metros como máximo). Walter y Max habían arreglado el asunto costo con el coyote. Los anfitriones eran una pareja de esposos, negros, que hablaban solo en inglés, eran los misquitos de la Costa Atlántica, fueron muy amables, nos brindaron pescado y una especie de yuca que ellos llamaban ñame, o algo parecido; como se hizo un poco tarde, la lancha quedó acodada cerca de la orilla.
Algunos de nosotros entramos en la humilde casa, elevada sobre palafitos, con piso de madera, paredes como nuestra caña guadúa; me había quedado de pie, de pronto, alcancé a divisar sobre la única mesa, que la familia tenía una Biblia; me percaté de eso inmediatamente, me fui acercando a la mesa, y les pregunté: _Is that a Bible?_ Can I hold it for a moment?_ me permitieron que la cogiera y el esposo me dijo: _We’re Seven Day Adventists Church’s members_ por lo que me dejaron gratamente sorprendidos ya que profesaban mi misma fe; les dije: _Me too! Thank you Lord!_ eso me salió desde el fondo de mi ser, entonces les lancé un versículo al aire para saber cómo reaccionarían, me hicieron notar que ellos estaban plenamente de acuerdo con lo que les había dicho y que eso era exactamente lo que profesaban, luego supe que había caído en muy buenas manos (¡una vez más encontraba adventistas en mi camino!). No era raro que los habitantes de la costa atlántica hablaran inglés, por lo de la incidencia de los norteamericanos cuando lo de la propuesta del canal.
Se hizo tarde y el coyote peruano dijo que esperaría hasta el día siguiente para avanzar hasta una ciudad llamada Bluefields, donde compraría algunas cosas que se necesitaban para esta parte del viaje y traería otra lancha para continuar avanzando, porque el que nos trajo hasta Fruta de Pan, no iba más allá; nos vimos obligados pues, a esperar esa tarde y noche en la casa de esta pareja de buenas personas. La noche, aún con los mosquitos atacando, fue más que placentera para mí, porque tuve la oportunidad de seguir conversando con los amigos de la casa, quienes me dieron más detalles sobre cómo moverme en el interior de Nicaragua.
Fueron extremadamente amables, me dieron la dirección de la Misión de la iglesia, donde podíamos acudir a buscar ayuda o consejería cuando llegáramos a Managua, y me obsequiaron dos cosas muy personales, que habían sido parte de su uniforme porque aunque no se involucraron en ninguna batalla usando armas, si ayudaron en la enfermería proporcionando asistencia a los heridos en batalla; me cedieron una cachucha (gorra) que tenía el nombre del presidente Daniel Ortega inscrito en la frente y un cincho (cinturón) que tenía las siglas del FSLN en la hebilla (no podía estar más protegido que eso...¿Verdad?); pero me aconsejaron que si llegara a pasar hacia Honduras tenía que deshacerme de ellos apenas pudiera, porque podía tener problemas debido a lo de los ataques de la Contra (los contrarrevolucionarios). ¡Cómo me sirvieron ambas cosas desde el día siguiente, hasta pasar a Honduras!
Esa noche nos acomodamos en catres, en el suelo y como pudimos; conversamos un poquito más y empezamos a adormecernos hasta quedarnos dormidos profundamente; la mañana siguiente me encontró muy alegre, había conseguido algunas cosas para continuar el camino algo más tranquilo con esa valiosa ayuda de los misquitos adventistas (y la de los peruanos también). Max y Walter tenían algo de dinero, así que ellos solventarían su parte del trato si el coyote peruano lo requería en el tiempo que quisiera; yo, por el contrario, estaba pensando cómo hacerme humo. Estaba en un tremendo predicamento, no llegábamos a tierra firme propiamente dicha, por eso no podía darme el lujo de ser orgulloso y trataba, por todos los medios de ingeniar una forma para conseguir algo de dinero y esquivar el problema que se me venía encima.
El coyote salió para Bluefields a conseguir el nuevo transporte y comida para el viaje hacia el interior. La información que nos adelantó fue que teníamos que recorrer el río Rama hasta llegar a la ciudad del mismo nombre; aquí, vale la pena hacer un pequeño paréntesis para tratar lo del asunto coyote. Esta gente hace negocio llevando personas en un comercio de increíbles proporciones; según pude ver, bastantes personas están envueltas en este negocio, pero la seguridad del coyote debe ser primero. La identidad del mismo es cubierta lo más que se pueda; si los “pollos” son atrapados, el coyote jamás será denunciado, por varias razones: una, la más poderosa, éste lleva tanto dinero encima que lo pueden asesinar para robarle y, porque perdería su inmunidad o pasaporte, aquellos que tienen visas legalizadas para moverse alrededor del mundo.
Bueno, volviendo a la historia: estábamos esperando en la puntilla, nos habíamos trasladado al frente de donde estuvimos la noche anterior, en otra casa, el paso era muy fácil ya que no había mucha distancia entre una y otra orilla, esta otra casa se veía también acogedora, sencilla, muy bonita; tenía una escalera pequeña, el piso de la casa era de tablas, estaba a un nivel más bajo que la del buen vecino, y era muy ventilada, tenía ventanas por doquier; subimos los tres ecuatorianos a conversar con la señora de la casa para ganar su aprecio, además ayudarla en lo que pudiéramos; tras de nosotros subieron tres peruanitos que pensaron exactamente lo mismo: dos chicas y el chino alegre; estábamos en la cocina, en franco diálogo con la señora que hablaba español también, lo cual hizo que su curiosidad aumentara e interviniera con muchas preguntas que hacía referente a los países de donde proveníamos.
Como si estuviéramos siendo entrevistados por periodistas nos aflojamos, o era la necesidad de contacto con un ser humano que no estuviese en nuestra misma situación, cada uno iba hablando de sí mismo, así nos enteramos de varios detalles que aunque no eran íntimos permitía que nos conociéramos un poco más. En el momento en que me tocó el turno (al final), lo hice con una convicción profunda acerca de lo que me estaba pasando; hablé sobre lo que me había sucedido con mi familia, la llamada telefónica fallida, pero principalmente ahondé en los detalles de la pérdida de la mochila con el dinero, además de mis documentos que fueron a dar al fondo del mar cuando nadaba hacia el bote. No sabía qué tan profundo había calado en el corazón de los oyentes hasta que los vi pensativos; una de las peruanitas me estaba mirando fijamente, con unos ojos celestes increíbles pero con tanta ternura que me hizo bajar la mirada para disimular el efecto que provocaba; fue un instante de empatía absoluta, que hizo que mi cerebro se perturbara y pusiera en guardia.
La señora de la casa nos interrumpió, diciendo que necesitaba unos limones para hacer jugo, nos ofrecimos para ir a buscarlos, ella señaló el sitio donde teníamos que dirigirnos a buscar los limones, luego bajamos con Max. Las peruanitas y el chino también lo hicieron, bajaron detrás de nosotros; Walter se quedó arriba con la señora, en la planta baja había una banca larga de madera, donde estaba recostado otro de los peruanos. Max y yo nos dirigimos en la dirección que había señalado la señora; las dos peruanitas y el chino siguieron también detrás de nosotros; lo cual era correcto porque mientras limones recogiéramos, más cantidad de jugo habría.
Caminamos hasta donde estaba la arboleda, al entrar nos dividimos con Max; en ese momento miré hacia atrás, la peruanita de los ojos celestes me miró directamente a los ojos y empezó a caminar sola por uno de los senderos, regresó a ver hacia atrás nuevamente, como diciéndome que la siguiera…y la seguí hasta que la alcancé, anduvimos juntos un momento, no hablamos, nos tomamos de la mano, avanzamos más hacia adentro donde nadie nos pudiera ver; cuando nos vimos solos, no hubo palabras, la empatía demostrada en la casita cuando nos miramos, hizo que nos diéramos un abrazo que dejaba notar una necesidad urgente que no podía ser negada, nos besamos y sin siquiera decir nuestros nombres en ese momento, empezamos a quitarnos la ropa inferior, ambos usábamos pantalones, lentamente primero, más rápido y en forma urgente después. ¡Craso error! Mientras integrábamos nuestros cuerpos en una fusión peruana-ecuatoriana, los mosquitos, que eran los dueños absolutos de ese territorio empezaron también a picarnos sin misericordia, especialmente a mí que les estaba entregando mi espalda sin condiciones.
De vuelta a la casa, con pocos limones recogidos, con mi espalda y su parte baja masacradas, con mi orgullo hecho pedazos, empezamos a hacernos un poco más de confidencias, sin llegar a establecer un vínculo eterno, porque no lo había. El encuentro fue casual. María S., que así se llamaba también lo comprendió de ese modo, ambos sabíamos que ese mismo día nos separaríamos; por lo tanto, no iban a quedar sentimientos ni corazones rotos; teníamos demasiadas cosas en qué pensar, como la de mantenernos con vida por ejemplo, o culminar el viaje; subí a entregar los limones recogidos y bajé para sentarnos con María en ese banco largo que ya estaba desocupado, continuamos conversando entre nosotros, luego con los demás cuando se nos acercaron poco a poco, actuamos como si no hubiera pasado nada, volvimos a reír con los chistes del chino que tomó la batuta del momento de la comedia nuevamente, lo importante es que ya interactuábamos entre todos, eso era beneficioso para nosotros.
Mientras eso sucedía, la dueña de la casa llamó a Max para que la ayudara a bajar la olla de jugo; éste, al escuchar su llamado subió rápidamente, luego descendió con la olla, la señora con 4 vasos pequeños de cristal y empezaron a repartir la bebida que dicho sea de paso tenía poca azúcar, lo cual ahora entiendo, es bueno para la salud. Le agradecimos el gesto, y por toda la buena voluntad que demostró al ayudarnos. En ese momento, a la distancia vimos que se acercaba un bote, nos pusimos tensos, pensamos en escondernos, pero desde la embarcación alguien venía agitando un pedazo de tela como saludando, entonces asumimos que era el chino.
Regresó el coyote con la lancha y los comestibles para la nueva travesía, apenas descendió se dirigió directamente donde estábamos y dijo que a los ecuatorianos nos tocaría pagar 100 dólares por cada uno, le dijimos que no teníamos esa cantidad de dinero, y lo redujo a 30 por persona (como se acordarán, a mí me daba igual el monto), Max y Walter dijeron que estaba bien, que ellos pagarían; como el coyote estaba de prisa, los peruanitos empezaron a preparar sus cosas se despidieron de la señora dueña de la casa y se embarcaron, nosotros tres fuimos a despedirnos de la señora con abrazos y subimos al bote; al final subió el chino guía, nos acomodamos como pudimos, con el hablaría después de ese pequeño detalle financiero que me estaba corroyendo el espíritu aventurero.
Agitando nuestras manos nos despedimos también de la gente del otro lado, mis amigos-hermanos adventistas quienes habían salido a pararse en la orilla para observarnos; les hicimos de la mano, y partimos. Cosa curiosa, aquí, por el momento, podíamos ir sentados sin temor de ser descubiertos hasta antes de entrar al río Rama; me senté junto a María y su amiga, seguíamos conversando; ella me preguntó si podíamos comunicarnos de alguna manera cuando termináramos el viaje, le hice anotar un número telefónico que le di, yo anoté el suyo en mi pantalón, en la parte inferior interna del mismo; fue entonces cuando se me ocurrió la idea más descabellada y terrible que podía haber llegado a planear hasta ese momento (llegarían otras, pero esa fue una de las más vergonzosas). Estábamos conversando:
_Te deseo toda la suerte del mundo, Augusto, ojalá llegues _ dijo María, se notaba toda su buena intención en ese deseo.
_A ustedes también, María, espero que todo les salga bien_ fue mi respuesta_ pero tengo todavía un problema que no he podido resolver_ empecé a decir y ya no podía retroceder. Salían estas palabras de mi boca, me estaba escuchando decir eso y sentí que me estaba convirtiendo en una de las personas que siempre había odiado: un vulgar pedigüeño.
_ ¿Y qué es?_ preguntó ella, bajando más la voz, como presintiendo lo que venía.
_ ¿Crees que me podrías “prestar” los 30 dólares para pagar lo de la lancha al coyote?_ ¡Increíble!, lo había soltado con toda la desesperación que guardaba en mi corazón, con toda la vergüenza acumulada y sentí pena de mí mismo, por lo bajo que había llegado.
Si María me decía que no, lo hubiese tenido merecido; pero se agachó un poquito, buscó entre sus cosas, y me entregó los treinta dólares.
¬¬_Toma Augusto, espero que te sirva_ me dijo con voz apenada, yo sentí ese cambio y me produjo una sensación muy fea. La amiga se dio cuenta de que algo pasaba entre nosotros y le preguntó qué sucedía; ella le contestó esta frase que por sí sola merece ser tema para un libro:
_Nada amiga…es la historia de mi vida_ sentí que me envolvía un calor extraño, fuerte, era mi propia vergüenza y lo penoso de haber sido otro elemento negativo en la historia de esta mujer, una vez más alguien no la ayudaba, sino que le quitaba. No hablaba conmigo, se lo decía a su amiga, y yo la escuché...lo cual fue peor. Esa frase fue terrible, la guardé por mucho tiempo y de vez en cuando aflora en mi propia vida, en circunstancias de necesidad.
Tomé los treinta dólares, me levanté hasta donde estaba el coyote, le entregué el dinero, y me volví a sentar, ahora, un poco distante de María y de su amiga, no había razón para seguir allí, al menos hasta que me llamara para conversar o se le pasara el bochorno que le hice pasar; lo hizo después de unos minutos, me pidió que olvide lo que había dicho, que ella había comprendido por lo que yo estaba pasando con lo de mi mochila; recordó que mi problema la enterneció, además de lo que había hecho por ellos la noche de la oración y el asunto de la “guardia”; agregó también que si algo le llegara a pasar en el camino y si yo hubiera llegado a mi destino, posiblemente tuviera que ayudarla; le contesté que eso si era una realidad.
Me pidió que la disculpara y que siguiéramos conversando. Me sentí un poco mejor, pero no del todo, lo que ella había dicho era la verdad. Pero, era como estar en guerra, y todo se valía (pensaba para mis adentros) aunque no quería hacer daño a nadie.
La lancha continuaba su recorrido por el río Rama; transcurrido algún tiempo, el lanchero nos pidió que asumiéramos la posición de acostados, para poder pasar un control que había en una de las riberas; cuando volvimos a tomar posición de sentados otra vez, desde donde estaba, alcanzaba a ver una escuelita parcialmente destruida (esta observación me sirvió después con mucha efectividad en una situación que nos salvó de la prisión), lo de la escuelita lo comenté con María, su amiga y Max que estaban cerca. Ellos también la vieron; poco tiempo después, nos acercábamos a Rama, el pueblo.
El coyote les empezó a dar instrucciones a los peruanitos, debían desembarcar de dos en dos (en parejas, hombre y mujer) como habían venido viajando hasta entonces, separarse apenas toquen tierra y seguirlo, el iría a la cabeza. Se despidió de nosotros, pero nos pidió un favor: que acogiéramos en nuestro pequeño grupo a dos peruanos que le significaban lastre (aunque no lo dijo), creo que estos habían decidido llegar hasta allí, porque se les agotó el dinero o por lo que fuera pero les tocaba seguir solos; los aceptamos, se habían portado muy bien con nuestro problema que era lo menos que podíamos hacer por ellos. Empezamos a despedirnos de los peruanos, nos estrechamos las manos con todos, les deseamos buen viaje y una buena vida. Con María nos deseamos lo mejor para cada uno de nosotros, le confirmé lo de la ayuda si algo le legara a pasar en el camino; le pedí que cuidara bien el número de teléfono.
RAMA
Listos para bajar la lancha. Tal como lo habían previsto, los peruanos bajaron de dos en dos, siguiendo al chino coyote; el otro chino el que se quedaba esperó hasta el final, bajaron con el otro compañero, se reunieron con nosotros, entonces volvimos a ser cinco. Bajamos al muellecito, empezamos a subir una cuesta no muy empinada, la cual tenía escalones, para nuestra suerte no había control policial en ese momento y accedimos a la calle principal.
Íbamos conversando con los peruanos integrados a nuestro grupo para saber algo sobre lo que habían planificado hacer con el coyote; les había dicho que tomarían un camión (como los de carga) porque en esa ciudad no había buses; los camiones iban directamente a Managua, pero como eran cerca de las 5 de la tarde, no estábamos seguros de que habría turnos para viajar, cuando llegamos a la estación de donde salían los camiones ya era tarde, había partido el último de ese día.
Es más, desde ese momento no volvimos a saber nada del chino coyote y las parejas. Habían tomado ese último camión que salía para Managua, la capital, nosotros ya no teníamos la opción de salir del pueblo por ahora; propuse a mis cuatro compañeros que pasáramos la noche en campo abierto, era más seguro estar fuera de la ciudad para dormir, de ese modo evitaríamos llamar la atención con las mochilas, pero los muchachos insistieron en buscar una residencial y fuimos a buscarla en la misma calle principal.
Empezaba a caer la noche, caminamos hasta dar con una, dudamos antes de entrar, pero tuvimos que hacerlo, no había marcha atrás; entramos, nos recibieron los dueños, aparentemente eran esposos nos miraban fijamente, con desconfianza, con ese tema de los contrarrevolucionarios era generalizado ese temor (ése era otro punto por el cual no había querido ir a un hotel o residencial), era de mucho riesgo; incluso, deberíamos haber pensado que al registrarnos necesitábamos documentos que comprobasen nuestra ciudadanía nicaragüense, lo que no teníamos.
Como entramos en grupo, mis compañeros se dejaron ver primero; yo entré al final; pero eso fue conveniente porque tuvimos que improvisarlo todo desde ese momento, aquí fue la primera vez en que la cachucha y el cincho funcionaron a la perfección; cuando noté que dirigieron su mirada con respeto hacia los dos símbolos revolucionarios ni siquiera me pidieron los documentos; me paré frente a ellos, pedí un bolígrafo para firmar, lo cual hice por todos, estampé una firma con el nombre del Comandante Augusto Naranjo, Ing. de la Universidad de Managua y firmaba también en nombre de mis trabajadores con los que veníamos trabajando en la escuelita que vimos río abajo, ellos (mis compañeros) tendrían que hacer notar que era su jefe y que sólo queríamos descansar (recuerdo que era viernes); en realidad no sé si la mujer nos creyó totalmente, parece que dudaba un poco, pero no hizo problema, se quedó callada dándonos posada; nos condujo a unos cuartos que quedaban en el piso superior; la escalera y los pisos eran de madera, las tablas sonaban cuando las pisábamos.
Nos acomodamos en dos cuartos; fuimos a bañarnos en el único baño que había en ese piso, ya eran como las seis o siete de la noche; tratando de no hacer ruido para no molestar ni llamar la atención; nos acostamos inmediatamente para despertarnos temprano y largarnos lo más pronto posible de allí. Mientras intentaba cerrar los ojos, muchos pensamientos empezaron a dar vuelta por mi cerebro, especialmente los que se relacionaban con una emboscada; tuve desconfianza de la señora, no del esposo porque a él lo sentí convencido de lo que el mismo había visto; pero su esposa dejó un amargo sabor en mi boca que no me dejaba conciliar el sueño; pedí a mis compañeros que traten de mantenerse despiertos y por si acaso…también vestidos.
No había pasado más de una hora cuando sentimos el ruido de una motocicleta en la calle frente a la puerta de la residencial, como no teníamos ventana hacia la calle no veíamos quiénes eran, podrían ser clientes, pero resultó ser una patrulla sandinista. No supe si la señora los llamó, o, si por cumplimiento del deber, los soldados tenían que revisar los archivos de los hoteles y residencias cada día (creo más, en esto último); por lo tanto, fuimos despertados por la dueña de la residencial especificando que había una patrulla que deseaban investigar a los residentes, pero le dije que solo yo saldría a dialogar con ellos, que no era necesario que salieran mis trabajadores.
En ese lapso, entre el adormecimiento, la duda, el miedo, me encomendé al Todopoderoso, mientras me colocaba la gorra del comandante Daniel Ortega y el cincho del Frente Sandinista de Liberación Nacional, miles de ideas se agolpaban en mi mente, queriendo salir atropelladamente; pero, ya tenía más o menos bosquejada el argumento general de lo que iba a decir. Bajé pues, como ya estaba acordado, a dar la cara; además, debía hacerles notar a los muchachos que no me habían ayudado por gusto; éste era otro de los momentos precisos que había estado esperando.
Cuando iba bajando las escaleras, me planté en el cerebro la idea de que estaba justamente en la tierra en la que había querido estar desde que había abrazado la lucha social en mi propia patria; desde que creamos la trinchera de arte que llamamos Taller de Música Inti-Chasqui, para ejecutar el proyecto de colectivizar la realidad social de nuestros pueblos a través de las obras musicales creadas en el marco de la Nueva Canción Latinoamericana y exponerlas a la comunidad local o nacional.
En muchos de los cantos actuamos como cajas de resonancia, pero también transmitíamos nuestras propias composiciones. Justamente, en aquella primera etapa de nuestro grupo, tocábamos y cantábamos canciones del gran autor nicaragüense Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina, de su hermano Luis, de Norma Gadea; todo ese repertorio de cantos comprometidos, incluyendo los de músicos y cantantes sudamericanos como la chilena Violeta Parra, Inti-Illimani, Quilapayún, el argentino León Gieco, Víctor Heredia, los grandes poetas cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, todos ellos, toda su música estaban en mi cabeza ese momento que bajaba las escaleras y pensé que nada malo podría sucederme en la tierra cuya lucha había defendido desde hacía mucho tiempo.
Debo aclarar que nuestra ideología no tiene nada que ver con ultra-izquierda, con la izquierda revolucionaria, con el centro democrático mentiroso, con la derecha o la ultraderecha; lo nuestro tiene que ver directamente con el tema de JUSTICIA O INJUSTICIA, luchábamos, luchamos y lucharemos siempre contra todo acto injusto que se de en contra de cualquier prójimo.
Con ese pensamiento en mi cabeza…salí.