NICARAGUA: TERCERA PARTE

DIÁLOGO CON LA PATRULLA SANDINISTA

Ya frente a la patrulla, el diálogo se suscitó de la siguiente forma:

_ ¿Documentos?_ inquirió uno de los patrulleros, bajándose de la moto y plantándose frente a mí.

_ ¡No los traigo conmigo!_ les contesté, sosteniéndome con ambas manos la cintura, frotándome el cincho, para que me lo vieran. ¡Y sí que lo que vieron!, el FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional) estaba clarísimo. Hice un movimiento para quitarme la cachucha (gorra) y volvérmela a colocar (con eso aseguraba que se dieran cuenta del nombre del presidente Daniel Ortega)

_ Acabamos de salir del trabajo de reconstrucción de la escuelita que queda río abajo y los zipotes (muchachos) están bebiendo por ser fin de semana_ lo dije con tanta seguridad que estaban confundidos y no sabían qué decir.

_Pero vos sos nicaragüense, ¿Verdad?_ me espetó el otro, mirándome de arriba hacia abajo; para ese entonces ya tenía crecido el bigote, y el sol me había tostado un poco la piel, por lo tanto me había mimetizado, solo faltaba la prueba del conocimiento y del habla.

_ ¿Qué, no se me nota?_ lo dije casi gritando _ Soy ingeniero de la Universidad de Managua y estamos haciendo un trabajo para la revolución triunfadora. Estuve con los Comandantes Celestino Mondragón y Georgino Andrade, peleando en el cerro de la Iguana, montaña adentro de las Segovias; allá, por Telpanelca y por Chichigalpa... etc. _ Todo el material de las canciones que había cantado por la gloriosa Nicaragua afloró en ese instante, esta letra especialmente es la del Cristo de Palacagüina, de Carlos Mejía Godoy, es decir que no quedó nada guardado. Si alguna vez la revolución nicaragüense había estado en deuda conmigo, esta quedaba saldada esa noche. Bueno, con decirles que, según mi historia y mi hoja de vida, hasta entré en la Plaza de la Revolución, codo a codo con Edén Pastora (el Comandante Cero), lo cual ya era mucho decir, si para mí era demasiado, para ellos lo fue más. Quedaron alelados al encontrarse con un héroe de la revolución en Rama y solo acertaron a decir:

_Por favor, ingeniero, decíle a tus hombres que se retiren a descansar y que ya no hagan más ruido_

_Gracias “compas”_ fue lo que contesté, agregando: _ ¡PATRIA LIBRE!_ grité, llevándome la mano derecha a mi sien del mismo lado y mirándolos directamente a los ojos para esperar su contestación.

_ ¡O MORIR!_ contestaron al unísono.

_ ¡PATRIA O MUERTE!_ volví a elevar la voz y esperé nuevamente su contestación.

_ ¡VENCEREMOS!_ fue su respuesta con la cual me di por satisfecho, les di una palmada en el hombro a cada uno y nos despedimos fraternalmente.

En ese momento me acordé de Holger, mi compañero del Taller, quien siempre terminaba nuestras canciones guerreras con esas inmortales palabras. Les había dado una fraternal palmadita condescendiente a los patrulleros sandinistas (perdonándoles que nos hayan venido a interrumpir), se retiraron felices y yo también.

Mientras caminaba hacia el interior de la residencial (porque la conversación la habíamos sostenido en la calle) pensaba en cómo habían llegado ellos allí. Si la dueña de la residencial nos había delatado, se quedó de una pieza viendo cómo ellos se retiraban sin que nos suceda nada malo. Si fue una cuestión casual, la cosa quedó zanjada sin problemas... ¡Cómo no voy a querer a Nicaragua!

Cuando les conversé a los muchachos todo lo acontecido, no lo podían creer, pero la realidad era que nos habían dejado en paz, se habían marchado sin apresarnos, esa era suficiente prueba, no necesitaban nada más. Fuimos a descansar. Nos esperaba una nueva jornada el siguiente día y debíamos prepararnos para ello. Pero, todavía no podíamos conciliar el sueño, porque no sabíamos en qué momento regresaría la patrulla por cualquier otra cosa,

Estando todos ya en el cuarto, escuchamos en el aposento contiguo la conversación de la dueña de la residencial con su esposo, él le reconvenía que nos dejara en paz, que ya no nos molestara, que estaba seguro de que éramos viajeros ilegales, que sólo estábamos de paso; además le dijo, parece que el que carga la cachucha del comandante Daniel si es nicaragüense, no te fijaste que tiene el cincho del Frente Sandinista, no los molestes, no sabemos en qué negocio se encuentren y yo no quiero meterme en líos, hasta la patrulla se le cuadró. Bendito señor, la mantuvo a raya, si no, hubiéramos tenido de vuelta a la patrulla. Si el llegara a leer este libro, quiero dejar constancia de que le doy infinitas gracias, en mi nombre y en el de cada uno de mis compañeros, porque su actitud fue de un buen ser humano aquella noche en que más necesitábamos de ayuda. Fue el quien nos ayudó también con el cambio de moneda. Max le cambió algunos dólares a Córdobas; de ese modo terminó nuestra pequeña odisea en la entrada a Rama, primer poblado de Nicaragua que nos recibió con los brazos abiertos, y casi con bombos y platillos.

VIAJE A MANAGUA

Cuando despertamos, fuimos directamente a tomar el camión que nos sacaría de Rama, para llevarnos hasta su capital: Managua; sabíamos que iríamos directamente, eso ya lo habíamos averiguado. Subimos los cinco, los tres ecuatorianos y los dos peruanos; el camión no iba tan lleno, por lo tanto pudimos viajar holgados buena parte del camino. Decidimos no hablar mucho, hasta aprender modismos y vocabulario de los nicaragüenses, le rogamos encarecidamente a Walter que no hablara, que si alguien le preguntara algo, me lo envíe a hablar conmigo. Como yo no cargaba mochila, no parecía que viajaba con ellos, así que disimulaba mejor. Pasamos varios puentes y pueblos, en cada uno de ellos, los vendedores llamaban la atención hacia sus productos, como en todos nuestros países latinos, pero Max cuidaba el poco dinero que le quedaba.

En dos ocasiones vi que se subieron a revisar el camión varios niños soldados, recorrían el interior, miraban a quienes estábamos sentados en los banquitos adosados a las paredes del camión pero pasamos desapercibidos, sin problemas; esto de los niños-soldados lo había visto solo en revistas, o en periódicos, ahora lo estaba constatando, estamos hablando de comienzos de la década de los noventas. Vestidos con uniforme de campaña, y su fusil en las manos, calculé que tenían 11 años poco más o menos; quedé profundamente impresionado, no tenía idea de que me iba a encontrar con algo así; como solo iba viviendo el minuto, jamás me puse a analizar la temática, si apenas iba grabando en la mente que lo que veía.

Aunque amo la revolución nicaragüense, por la unidad que representó un día, también creo que, a pesar de la buena intención de enseñarles compromiso y responsabilidades a los niños, no es menos cierto que se les debe dejar ser niños y que disfruten de su inocencia lo más que puedan, porque luego llegarán los tiempos duros de las responsabilidades y del compromiso con una realidad cruenta como lo es la nuestra, la Latinoamericana. Si les quitamos su franca niñez, tendremos que lidiar después, con adultos madurados a la fuerza; ya está comprobado, que nada que se logre mediante el uso de la fuerza bruta y represión dura eternamente; si no estamos de acuerdo con esto, preguntémosle a Somoza.

MANAGUA

Cuando llegamos al terminal de autobuses, vimos que era un campo abierto; bajamos y empezamos a caminar sin rumbo fijo primero, solo queríamos alejarnos lo antes posible de cualquier situación con la policía de migración, para no darles la oportunidad de revisarnos o detenernos para investigación, ya donde las papas queman no me iba a funcionar el drama que hice en Rama con la patrulla aunque todavía seguía usando el cincho y la cachucha. Nos alejamos cuanto pudimos de la estación, y me di cuenta de que casi todas las casas eran de una sola planta. Había unos cuantos edificios gubernamentales que tenían dos o tres pisos, pero la generalidad era la poca altura de los mismos; luego recordé que Managua había sufrido uno de los peores terremotos de las últimas décadas, que la gran mayoría de sus altos edificios fueron derribados por él; los nicaragüenses aprendieron esa dura lección de la naturaleza y no querían enfrentar indefensos otra tragedia de esa magnitud.

En una de las esquinas del edificio del Ministerio de Cultura (viniendo del terminal, casi al frente) había una jovencita, vendedora de caramelos, con una belleza tal, que parecía que estábamos viendo una reina de belleza que había equivocado su papel y estaba perdida allí; nunca supimos su nombre, solo que nos hicimos la misma pregunta los cinco, todo el rato que estuvimos frente a ella, comprando unos cuantos caramelos solo por admirarla, no quisimos hacerle preguntas porque estábamos al frente de un edificio gubernamental, podría sentirse ofendida por unos individuos que parecían foráneos y nos hubiese podido delatar, así que esa anécdota solo quedó para el registro nada más.

Frente a la puerta del Ministerio, se me estuvo ocurriendo entrar, pero lo pensé varias veces, analicé las alternativas; claro que parecía que tenía algo de posibilidades, Carlos Mejía Godoy era músico y yo también, cantaba sus canciones, defendía su revolución, su pueblo; además, tenía argumentos para defenderme si era investigado; incluso pensaba que podía conseguir algún tipo de ayuda; años después, también me di cuenta de que fue mejor el mantener perfil bajo, por la dirección que seguíamos, no hubiese sido conveniente que ellos supieran que estábamos viajando con destino al Norte…y seguimos nuestro camino.

Las siglas del FSLN se veían majestuosas en la ladera del cerro. Una cosa es saber, por diarios o revistas que estaban allí, otra cosa es verlas por uno mismo. Las mismas cuatro letras que por años habían formado parte de mi vida, por las que había cantado, con las que había soñado y que llevaba en ese momento en el cincho estaban allí, frente a mí, en esa bella parte de la montaña, mostrando orgullosas, el símbolo de la redención de todo un país. Con excepción del superado percance en Rama, no hubo en Nicaragua quien nos volviera a molestar, nadie nos detuvo mientras estuvimos en su suelo. Seguimos avanzando por las calles de Managua, buscando una iglesia de barrio, la cual nos conduciría hasta la Misión en donde “supuestamente” se nos podría orientar en la próxima ruta a seguir; tengo ciertas razones para colocar la palabra supuestamente entre comillas, ya hablaré de ello más adelante.

Así estuvimos caminando, preguntando a personas que parecían tener paz espiritual en sus rostros, hasta que finalmente dimos con una que supo darnos una dirección correcta y llegamos a la iglesia de barrio. La parte donde quedaba situada era bastante parecida a alguna locación de mi pueblo: calle de tierra, de un hermoso color café, la subida un poco inclinada, casas pequeñas en ambos lados de la calle, pegadas unas con otras, tipo villas, era una visión agradable, me hacía sentir como en casa; en la iglesia había gente reunida, hablé con ellos, nos regalaron las primeras enchiladas que probamos y saboreamos con gusto, no estaban muy picosas (picantes).

Después de conversar, de entrevistarme con las preguntas concernientes a la doctrina y atendernos después muy gentilmente, nos indicaron cómo llegar a la Misión. Ya se estaba haciendo un poco tarde, teníamos que apresurarnos, para que no nos cogiera la noche en las calles, así que agradecimos, nos despedimos de esa maravillosa gente. Teníamos que tomar un bus, eso lo debíamos manejar con cuidado, no sabíamos cómo reaccionaría la gente al vernos desaliñados, extraños, si se quedaría quieta o nos delatarían, pero teníamos que arriesgarnos, así que nos embarcamos en el que nos llevaría por la dirección que nos dieron. Bajamos en una de las paradas que hizo el conductor, sin que tuviéramos que pedírselo, para evitar hablar o incurrir en alguna equivocación de dicción, ya iríamos aprendiendo.

No quedaba muy cerca la Misión, pero llegamos sin ningún contratiempo; el problema ahora era cómo conseguir hospedaje que era lo más difícil; pero si Dios no deja sin abrigo a sus animalitos, tampoco a nosotros, lo cual quedó demostrado, porque en esa residencia ya nos estaba esperando otro de sus ángeles.

Timbré sólo una vez y salió una mujer embarazada, de rostro dulce, se notaba bondad en su rostro (_ ¡Esta mujer estaba en paz con Dios!_ pensé); preguntó qué era lo que queríamos e inmediatamente le puse al tanto de nuestra situación, le hice un breve resumen de lo que nos había pasado hasta el momento en el viaje, le conté de qué países éramos, le dije que pertenecía a su iglesia, entonces como ocurría siempre me preguntó cosas precisas que ella sabía que yo tenía que conocer hasta que se convenció y se tranquilizó.

Nos dijo que su esposo, el pastor no estaba por el momento en la ciudad, que había salido justamente a las islas de donde habíamos salido y que regresaría en cinco días. Pensé que esa era la manera más diplomática de decirnos que no podía recibirnos, por lo cual ya me resignaba a escuchar ese “No” que nos obligaría a tratar de refugiarnos en cualquier otra parte, casi estaba seguro de que ese iba a ser un obstáculo para conseguir la ansiada ayuda en su residencia; mis pensamientos fueron interrumpidos cuando comenzó a hablar y me sacó de mi negatividad; nos dijo que había una villita interior, muy pequeña, que servía para dar alojamiento a huéspedes (misioneros) que llegan a la Misión, que podíamos usarla por el momento, porque no había nadie allí, hasta que llegara su esposo para que converse con nosotros ya que él nos ayudaría a resolver nuestro problema.

A ver, repasemos un momento la escena: esta mujer estaba sola, con una niñita de cinco años y un bebé en espera; sin pensar dos veces en lo que hacía, sin duda, le dio albergue a cinco individuos desconocidos, mal presentados, barbados, sucios, etc., y además les ofrece estadía por cinco días, hasta que llegue su esposo. ¿Estaba o no estaba en paz con Dios esta mujer? ¡Qué FE!

Durante el tiempo que estuvimos en su casa, tratamos de molestarla lo menos posible, salíamos a comer algo, con el dinero que Max tenía de reserva, los dos peruanos tenían planificado seguir sin nosotros, fue una decisión que tomaron por su propia voluntad, ellos aparentemente sabían lo que hacían, partieron antes que nosotros y nunca los volvimos a ver.

Managua es hermosa, y por las noches lo es más aún, cerca de la misión en una calle aledaña, se colocaban vendedores ambulantes (como los nuestros), en sus carretas, a vender sus productos los cuales eran generalmente comidas, probamos otra vez las enchiladas, aunque las pedíamos sin chile, para disimular decíamos que era por salud; pero lo que más me encantaba era el atole (bebida caliente que se parecía a una bebida nuestra llamada maicena), la compraba en funda de plástico y la saboreaba toda. Una sola vez fuimos a comer en un restaurante de mediana clase, y probamos el “gallo pinto” (para nosotros era el arroz con menestra) pero era exquisito, no cabía la menor duda.

Estábamos en plena “fiesta”, porque habíamos casi olvidado que éramos nómadas y vivimos en un nirvana completo esa semana, hasta que llegó el hombre de Dios, Rodrigo T., esposo de la buena mujer, pastor de la iglesia, director de la misión. El hombre se mantuvo escéptico en cuanto a nosotros, no sabemos qué sucedió en el interior de la familia, cómo reaccionó ante la voluntad de su esposa, qué le dijo, qué le preguntó, pero inmediatamente pidió hablar conmigo; cuando me presenté ante él, sentí su animadversión, era chocante la presión que se sentía en el aire y mantuvimos una conversación que más o menos fue de la siguiente forma:

_Me dice mi esposa que son del Sur, del Ecuador y que están de paso por aquí... ¿es cierto eso?_ esa pregunta fue de corte normal, tranquilo.

_Sí pastor, es verdad; ¡y que pertenezco a su iglesia también es verdad!_ le respondí tranquilo, en la misma forma.

Aquí, el pastor me preguntó ciertos temas doctrinarios que yo debía saber, también lo hizo sobre la localización de la misión ecuatoriana y sobre mi iglesia; yo sabía que este interrogatorio debía darse, porque en esos momentos Nicaragua atravesaba momentos difíciles en cuanto a los combates en las fronteras con la contrarrevolución y que todos debían estar seguros de a quiénes trataba o ayudaba.

La conversación con el pastor empezó a tornarse un poco ruda, cuando manifestó su disconformidad con las vicisitudes de un viaje como aquel, porque (según él) nosotros, los llamados cristianos debíamos permanecer en nuestros países, esperando la venida del Señor, lo cual me pareció absolutamente lógico y cuerdo (solo recuerden que yo no me llevo mucho con la lógica, ni tampoco con la cordura).

_ ¿Qué es lo que está pasando con ustedes que arriesgan sus propias vidas para llegar a la Babilonia?_ lo dijo profundamente convencido y en un tono bastante fuerte, como recriminándome el haberme equivocado en la intencionalidad de mi viaje. Lo que quiso decir era que muchas iglesias consideran a los Estados Unidos como la Babilonia profética, es decir que los denominados cristianos deben mantenerse alejados de ella.

_ Mire...pastor, las cosas en nuestros países no andan bien. Vivimos apretadamente, trabajamos muy duro para ganar una miseria de salario, el cual no alcanza ni siquiera para poder comer en forma “normal”. ¿Cómo podemos quedarnos a esperar que ocurran milagros?_ le contesté, todavía sereno. Seguí hablando y señalando ciertos puntos que tenía atragantados le hice notar:

_ Usted no sufre de eso, porque tiene una buena casa, vive bien, gana muy bien, tiene auto y un trabajo que le permite darse ciertos lujos. Además pastor, déjeme decirle que yo, ya estoy aquí...a más de la mitad del camino. He llegado tras mucho sacrificio y usted me está diciendo que me he equivocado. ¿Me está pidiendo que regrese? Equivocado o no...Ya estoy aquí, si me va a ayudar deje de recriminarme, dígame cómo podemos avanzar, oriéntenos para salir de aquí y pasar a Honduras. Eso es lo que estamos pidiendo; hablo en mi nombre y en el de mis compañeros_ el pastor me escuchaba en silencio, entendió lo que le quise decir, vio que la decisión estaba tomada, que nada de lo que dijera iba a hacerme cambiar de parecer y aceptó ayudarnos.

Le pedí autorización para que Max pida dinero a su familia, usando su nombre y dirección; también le dije que le pedía de favor que le hiciera llegar una carta que enviaría a mi hijo mayor, quien en ese tiempo tenía once años y estudiaba en uno de nuestros colegios; la carta le fue entregada dos meses después de que llegué a los Estados Unidos; pero bueno, lo importante es que llegó, supongo que fue por esas cosas de nuestro no tan eficiente correo.

Max hizo lo suyo, el dinero le llegaría en dos o tres días. Yo, hice lo mío, le escribí la carta a mi hijo, en la cual volqué mi desesperación oculta. Le conversé parte de lo que me había ocurrido hasta allí, con eso estaba certificando que estaba viajando hacia el norte, que no era mentira lo del viaje. Pero hasta que recibieran el mensaje, seguiría siendo un demonio mentiroso para algunas personas.

Los peruanos no aguantaron tanto tiempo; se prepararon para la marcha, intercambiamos números de teléfonos, lo cual uno hace en sentido de diplomacia, casi nunca los utiliza, a no ser que sea un momento desesperado…y se fueron. Nos quedamos los tres ecuatorianos: Max, Walter y yo hasta que el pastor nos comunicó que los dólares habían llegado que los fuéramos a recoger. Seguidamente, tuvimos una nueva conversación (él ya estaba más calmado), respecto a la forma en cómo saldríamos de Nicaragua ya tenía la idea; lo haríamos por Somotillo, el mismo se encargaría de llevarnos y saldríamos en dos días. Nos fuimos preparando.

SOMOTILLO

Era muy temprano cuando empezamos a prepararnos para viajar a la frontera; nos despedimos de la esposa del pastor “el ángel”; salimos de la casa de la misión, nos embarcamos en su auto, un sedán azul y nos dijo que tenía que pasar por alguien, un primo que recogería, para no viajar solo por el peligro latente con el tema de loa Contras.

Pasamos por León, lo cual trajo a mi memoria algunos sucesos acaecidos durante la época de los combates por la transformación del país, por su lucha en contra de la dinastía Somoza, que eran descritos en los periódicos del mundo; y llegamos a Somotillo, con sus calles parecidísimas a algunas de las de mi pueblo (a mí me pareció llegar a Mariscal Sucre, una de nuestras parroquias).

El pastor se despidió de nosotros, le agradecí fraternalmente, le ofrecí disculpas por mi comportamiento, le pedí que hiciera una oración conmigo, finalmente nos indicó por donde dirigirnos, teníamos que tratar de hablar primero con una persona, para que nos ayudara en el paso y para deshacerme del cincho y de la cachucha, porque eso sería un serio problema para mí en forma particular, pero para mis compañeros de viaje también, por contagio, una vez que estuviera dentro de territorio hondureño. Fuimos a buscar al hombre que nos había indicado, pero no lo encontramos, lo buscamos en la iglesia, en su negocio, no lo pudimos hallar; sin embargo, uno de los familiares que nos atendió en la tiendita, se dio cuenta de que éramos extranjeros por lo cual se ofreció a ayudarnos; me deshice de la gorra y el cincho. Luego, nos acompañó hasta mostrarnos una especie de galpón inmenso, donde se veía gente como en un mercado; sobre nuestro lado izquierdo, el sendero descendía hasta el borde mismo de un riachuelo que teníamos que pasar en una especie de balsa.

El riachuelo no era muy ancho, no más de 15 metros; y, en ese sector, tampoco muy hondo...pero si uno no se quería mojar, tenía que alquilar por fuerza, una de aquellas balsitas. Veíamos todo eso, desde una distancia prudencial, porque primero estábamos tanteando el terreno, dimos una vuelta por esa especie de mercadillo (debía ser un recinto aduanero, o algo parecido), hasta que tomamos la decisión.

Avanzamos lentamente, Max iba primero, lo seguía Walter y yo, al final. Como ya tenía bigote pronunciado y no llevaba mochila, casi daba por seguro que pasaría desapercibido. Si pasaba algo con ellos ¿tendría que dar la cara? Siempre pensaba en ello y, por la Ley de Murphy terminaba haciéndolo, creo que por eso mismo es que ambos optaron por apoyarme totalmente en el viaje (desde aquí en adelante fue esa la posición que tomamos: que yo era un coyote nicaragüense que llevaba a estos dos ecuatorianos hasta los Estados Unidos); llegamos a la orilla del riachuelo, tomamos una de las balsas y cruzamos.

Al bajar en el otro lado, los soldados nicaragüenses les pidieron los papeles, a mí ni me miraron, yo venía un poco separado; como no los tenían, me llamaron a un lado y uno de ellos me pidió que le diéramos 5 dólares por cada uno; puse cara de sorpresa que no me sirvió de nada, me dijo que él sabía que veníamos juntos y que le diéramos ese dinero o “tendríamos que regresarnos en el mismo bote en el que desembarcamos en Nicaragua” – no se necesitaron más palabras, Max sacó los 15 dólares me los dio, yo se los entregué al tipo y seguimos nuestra ruta, después de ese tremendo susto (la moraleja de este micro cuento es que en todas partes se cuecen habas).

Vale decir, el cohecho o “mordida” está en nuestro ADN por la herencia que nos legaron los barbados invasores; casi todos hemos participado de una u otra forma, en alto o menor grado de esa característica negativa que hace que se nos reconozca como campeones o subcampeones mundiales en corrupción. Habiendo participado de esta “negociación”, con la calma que nos brindó el pago del pontazgo, subimos la lomita donde vimos bastante movimiento comercial en ambos lados del camino.

Ya en el otro lado de la frontera (Honduras), había un conjunto de quioscos bastante desorganizados, los cuales pasamos rápidamente tratando de conseguir la forma de salir de allí, no veíamos ningún tipo de bus o camión; aunque si vimos camionetas que hacían servicio de fletes, idéntico que en mi país; pero antes de embarcarnos, teníamos que tomar algo para la sed, por el trago amargo que habíamos pasado en el riachuelo que habíamos dejado hacía breves momentos.

Así que íbamos a pedir nuestras “colas” pero mejor optamos por escuchar primero si alguien las pedía, porque sabíamos que algunas palabras no son lo mismo en todos los países. Las “colas” por ejemplo, son “gaseosas” “aguas”, éstas últimas son también los jugos de frutas. En Puerto Rico a la naranja le dicen “china” y “china” es jovencita en Colombia; en Nicaragua, a los niños les dicen “cipotes”; y así, la variedad es increíble, tanta, que debería editarse un diccionario con los vocablos y fraseologías de cada país, en un cuadro comparativo (especialmente los de Centro América) para uso particular de los turistas legales e ilegales que pasan por sus territorios. Tomamos las gaseosas, nos subimos en la parte de atrás de la camioneta, y empezamos otra historia, en otro país.

Este paso iba a ser muy rápido, Honduras la pasamos en dos días, pero fue una de las más accidentadas. Miré hacia atrás, al camino que iba uniéndose en el infinito, allá donde la Geometría pierde un punto, porque en perspectiva las paralelas terminan uniéndose y dije adiós Nicaragua, la bella, te llevaré en mi corazón hasta que muera, nunca pude imaginar cuánta ayuda me iban a brindar tus canciones, tu gente, tu tierra.

Cuánta gratitud llevo en mi corazón por todo lo que tuvimos en tu seno, nos acogiste desde que llegamos a ti, en la costa atlántica; en Rama pusiste a prueba todo lo que conocía sobre ti: tu territorio liberado, tus hijos comandantes, tus hijos cantores, todos quienes ofrendaron sus vidas por verte libre de la escoria que te oprimía. Fuera yo, necio, al no reconocer tu ejemplo de bravura y unión, cuando nos demostraste a toda América Latina que los sátrapas no son invencibles, que el amor que te tuvo todo tu pueblo en ese momento y desde siempre, hizo que la sangre de Sandino fluyera como río de bravura y ñeque bañando todo su ejército loco multiplicado en cada uno de los nicaragüenses decididos a expulsar al tirano de tu suelo.

Bendita seas por siempre Nicaragua, por hacernos recordar que la unión hace la fuerza y que la fuerza de tus hijos, limpia y engendra nuevas patrias. Si llego a morir lejos de tu suelo, una bandera rojinegra cubrirá mi féretro, construido de madera simple, solamente cepillada, para que se sienta el olor del pino, del roble o del mango que me encierra. ¡Vivirás por siempre en mi recuerdo!