NICARAGUA: PRIMERA PARTE

LAS ISLAS DE MAÍZ (CORN ISLANDS)

Esa primera noche en tierra nicaragüense, la sentí profundamente. Había amado a Nicaragua desde la universidad, desde que supe de la gloria de sus batallas por la recuperación de su heredad, desde que leí ávidamente la historia del General Augusto César Sandino y su maravilloso e invencible Ejército Loco; posta tomada luego por los Sandinistas, encabezando una revolución que transformó la sociedad nicaragüense de los 70s y 80s, con cuadros poderosos como el Comandante Carlos Fonseca Amador, las estrategias de combate urbano de Edén Pastora y la ejemplar toma del Palacio Nacional de Nicaragua en 1978 en la Operación Chanchera.

El presidente en 1990 era el comandante Daniel Ortega, quien nunca se enteró que fue su gorra y el cincho del FSLN los que me salvaron en un encuentro (en Rama) con una patrulla sandinista.

Cantando por ella, por sus luchas, no soñaba que un día estaría en sus entrañas, ni que fuera acogido de manera tan generosa; todo lo que sabía de ella me sirvió: los escritos de Omar Cabezas, las canciones de los Mejía Godoy, de Norma Gadea, todas las había cantado con el Taller de Música al que me pertenecía, y fueron las que salvaron nuestras vidas en esta tierra lejana físicamente, pero dentro de mi corazón.

Las aulas universitarias en nuestro país fueron buen campo para el sembrado de las ideas progresistas con ese mismo deseo de cambio, tomando como ejemplo el de un país aguerrido, invencible; lejano, por lo de la distancia física, pero cerca, muy cerca por lo que representaba para los idealistas de entonces y de siempre.

La siembra de estas ideas se dio en nuestro país con la aparición de grupos de soñadores que quisieron cambiar las estructuras de las corruptas administraciones que nos habían gobernado hasta ese entonces; motivados por el deseo de tener gobiernos justos, honestos, que eviten que nuestro país sea reconocido en el mundo como el más corrupto de América Latina. Arrasados, acusados de terroristas (porque es la única estrategia que conocen los autodenominados dueños del país) estos patriotas fueron cayendo hasta ser exterminados, sin que nadie reaccione, sin que nadie alce su voz de protesta; las desapariciones, los asesinatos impunes estaban a la orden del día.

En aquel tiempo, el miedo convirtió a nuestro pueblo en su propio censor. Nicaragua, en cambio, fue ejemplo de rebeldía absoluta. Todo el pueblo se volcó a expulsar al sátrapa que, encaramado en el poder no lo quería dejar. Este dictadorzuelo, que quería manejar al país como una hacienda de su propiedad (igual que los demás) fue expulsado y luego olvidado. Tenía mucho por qué amar a Nicaragua, y la amé más mientras estuve en su territorio, confundido con su gente.

La primera noche en su suelo tenía pues, mucho significado para mí; años atrás, nos pidieron que colaboráramos en la cosecha del café, pero teníamos que costearnos nuestro propio pasaje. No pude hacerlo en aquel tiempo, carecía de dinero. ¡Y qué ironía de la vida! Hoy, llegaba a ella, sin ningún peso en el bolsillo, sólo con mi corazón en la mano (¡qué contradicción!), y no era por quedarme...hasta el momento lo que sabía era que había llegado a sus costas (lo cual no era cierto en su totalidad).

Era, en realidad, una de las dos Islas de Maíz que están en la costa atlántica de Nicaragua. No sabía en cuál estaba (no lo supe con certeza en ese momento). Sólo sé que llegamos a una isla, por boca de los mismos lancheros, que desembarcamos y que fuimos a escondernos en una desconocida y oscura playa. Sumado a esto, yo tenía un tremendo problema que agregar: la pérdida de mi mochila. Les dije a Max y a Walter que iba a hacer un “drama” por ese tema, que los culparía a ellos porque me serviría para obtener simpatía y ayuda de los peruanitos, así lo entendieron, me ayudaron bien con eso, hicimos el “teatro”, dejamos sentado que fue una cosa terrible pues la ropa, los documentos y el dinero (especialmente recalcado ese detalle) se quedaron en la mochila, en la playa de San Luis, con Fernando, debido a la rapidez que tuvimos que imprimir a la acción para que no me dejaran los nicaragüenses.

Los peruanitos se alejaron de nosotros, desaparecieron de nuestra vista (no sé si nos creyeron en ese instante, después supe que sí había dado resultado la representación que hicimos); la playa era bastante ancha, ellos habían elegido arrimarse a un farallón que se alzaba detrás del grupo como una pared gigantesca; en cambio, los tres ecuatorianos nos quedamos cerca de un gran tronco que encontramos un poco más delante de ellos al cual usamos como rompe vientos para poder descansar y no sentir frío. Nos recostamos en él y tratamos de dormir.

El viento soplaba muy fuerte, sentí mucho frío, pero no tenía nada que ponerme. Max sacó un pantalón de su mochila y me lo dio, junto con una camiseta que me puse inmediatamente, la cambié por la que llevaba encima, ya que estaba completamente mojada por efecto del agua que golpeaba el bote mientras estuve agarrado en la proa. Empecé a sentirme bastante mejor, pero cansado (por la fuerza realizada al sostenerme durante tanto tiempo en el viaje)...no sé en qué momento me quedé dormido.

Al despertar la mañana siguiente, vimos movimiento en la playa, los peruanos se dirigían al mar, para asearse. Eran doce: seis mujeres y seis varones. Hasta ese momento solo los habíamos visto fugazmente, fuimos también nosotros para cumplir con ese ritual comunitario del aseo, aunque bastante alejados porque eran muchos y el tiempo de aseo era supuestamente “íntimo”; por ello, las mujeres se separaron de los varones y ellos respetaron esa distancia.

El total de personas en esa playa era de dieciséis: los doce peruanitos, su coyote y nosotros tres. Al hacer una pequeña contabilidad, el coyote había recibido, como adelanto, alrededor de $48.000,00 dólares americanos; otro tanto recibiría cuando entregara, sanos y salvos a sus “pollos” en Norteamérica; con nosotros no contaba, sólo éramos lastre para él, así que teníamos que comportarnos lo mejor posible, para poder avanzar con ellos, hasta donde pudiéramos. Creo que Fernando influyó mucho en la actitud que el coyote peruano tuvo con nuestro pequeño grupo, ya que por lo menos no se portó mal, no era “protector” (si cabe el término) pero tampoco era agresivo. Notamos eso en las dos ocasiones que necesitamos la ayuda de los muchachos que estaban a su cargo, dejó que ellos mismos tomaran sus propias decisiones y no intervino para nada.

La playita donde estábamos era un espacio muy conveniente para protección, los tipos que nos había dejado allí, sabían lo que hacían. La playa era larga y se curvaba en su parte final, hacia el Noreste. A lo lejos, se divisaba un caserío; era temprano, nos sentamos a conversar un rato con todo el grupo, no hubo presentaciones formales, solamente primeros nombres; conocimos al otro “chino”, no era realmente asiático, pero así lo llamaban sus compañeros, llamaba la atención porque era el más alegre de todos (o el menos despreocupado) por eso no entendí cuando más tarde el chino coyotero lo dejó a él con otro muchacho botados como si hubiesen sido lastre; en todo caso empezó a contar chistes y nosotros a celebrárselos. Se paró en una de las rocas del norte usándola como plataforma o escenario, la primera, la más pequeña y se desató; era gracioso, de tal modo que por algunos minutos nos hizo olvidar en dónde nos hallábamos o qué estábamos haciendo, parecía que habíamos pasado por el umbral de una puerta a otra dimensión; cuando el chino terminó el último cuento regresamos a la realidad, donde todavía no sabíamos ni siquiera a qué isla habíamos llegado.

Después de esa alegría momentánea empezamos a conversar un poco en serio, además a soltarnos un poco, pero a pesar de que no revelábamos todas las intenciones, ni ellos ni nosotros, si se daba por descontado que el destino de todos era el gran país del Norte; en eso notamos que alguien venía acercándose por la playa desde el caserío que habíamos divisado; cuando estuvo cerca del grupo notamos que era un anciano, solo, caminando en dirección Norte – Sur; se detuvo un momento en la orilla, y luego se dirigió directamente hacia nosotros; cuando estuvo a pasos de nosotros, habló en inglés y en español cortado, advirtiéndonos de gente mala que podían hacernos daño, que tuviéramos cuidado de cualquier persona que se nos acerque. Dicho esto, se despidió, fue hasta la orilla nuevamente, nos hizo de la mano hasta que lo perdimos de vista por las rocas del sur.

Mientras tanto, el coyote se acercó donde los muchachos y les dijo que iba a buscar sus contactos para sacarlos de allí; fue el quien finalmente nos dijo que estábamos en una isla, que eran dos, que esta era la más pequeña (Little Corn Island), que no nos preocupáramos, que pronto iban a aparecer más personas por allí y que no diéramos ninguna información; eso no hacía falta decirlo, además, ¿no sabría la gente del caserío que quienes estaban en la playita eran extranjeros ilegales de paso? ¡Por supuesto que lo sabían! Porque no pasó mucho tiempo en que se desencadenó el movimiento de atención al turista ilegal que llegaba a la isla.

Pero, la del viejito no fue la única visita, recibimos más, eso fue lo que sucedió exactamente. La idea del coyotero era conseguir otra lancha para sacar a sus peruanos de allí; él conocía muy bien lo que tenía entre manos, iría al lado sur de la isla, para contactar y negociar con el dueño de la embarcación que los llevaría al continente. Se llevó consigo al otro chino, el resto, quedamos esperando. Era casi el mediodía.

Nos dimos cuenta de que las parejas estaban formadas al azar, que no tenían (todos) relación amorosa, sólo una pareja viajaba junta en ese sentido. No me acuerdo de sus nombres ni tampoco de sus rostros, pero sí de cuatro de ellos: el chino y Roberto, viajaron luego con nosotros una parte de Nicaragua, tomaron rumbo diferente en Managua, estuvieron en la villita de la Misión; María y Esther se mostraron más abiertas con nosotros tres estableciendo diálogos cortos pero amables.

Ya teníamos una relación cordial con los peruanitos, había terminado la fase del sigilo, de la desconfianza; por lo menos no temían que nosotros fuéramos capaces de hacerles algún daño; en esas breves conversaciones el caso de la mochila salió a relucir nuevamente. Por supuesto que acentuábamos el asunto dinero perdido con lo cual el tema quedó más afianzado, de tal modo que luego sirvió a su propósito.

La Pequeña Isla de Maíz y la Gran Isla del Maíz, conocidas en forma conjunta como las Islas del Maíz están ubicadas en el Mar Caribe a más o menos 60 kilómetros de la costa este de Nicaragua. Como otras islas cerca de las costas caribeñas, las islas de Maíz fueron una vez refugio para bucaneros (piratas de alto calibre) y ahora para viajeros ilegales (nosotros, piratas de bajísimo calibre). En la actualidad, las islas, especialmente la más grande, son conocidos como sitios populares de recreación, con aguas muy claras de color turquesa, playas con arena blanca, casi lo mismo como las aguas de San Andrés, excelente pesca, arrecifes de coral para bucear y un paso tranquilo de vida; pero fue en la más pequeña donde llegamos con nuestros sueños (o pesadillas) a cuestas, esperando en esa playita, algo que empezaba a moverse otra vez, desde el caserío que lográbamos ver a la distancia.

El sol estaba en su cenit, habíamos reído y hablado bastante, íbamos a comer algo, cuando vimos una mujer, que venía desde allá, sola, traía una canasta en su brazo; era comida para vendérnosla. Salvando grandísimas distancias (a nuestro modo), entramos en la cadena del turismo convencional; confirmamos que sabían que estábamos allí; algunos de los muchachos compraron su comida y ella, al coger confianza empezó a hablar también.

De entre todas las cosas que dijo, como advertencia, recuerdo una que fue muy importante: que teníamos que cuidarnos de grupos que asaltaban a los viajeros que llegaban hasta esta playa (¿Dónde había escuchado eso?). No lo terminaba de decir cuando detrás de ella apareció un negro joven, como de dieciocho años, alto, se llamaba como mi compañero Walter. Acercándose donde estábamos, en inglés nos dijo exactamente lo mismo que la señora, pero sus palabras no sonaban tan convincentes u honestas como las de ella; ahora, después de tantos años, no se me ocurrió pensar (en ese momento) en que ambos estaban comprometidos en un plan malévolo. Así que había pandillas piratas en esa isla... ¡lo único que faltaba! Por lo tanto, todo lo que pensábamos de este otro Walter era que nos había ido a medir, para asaltarnos quién sabe cuándo; a partir de allí, pasamos la tarde pensando en cuál era la mejor forma de defenderse... (Y la de morir también).

Para terminar de “hornear el pastel” la señora nos dijo que las horas más peligrosas eran las de la noche (¡por supuesto!), no necesitábamos ser magos para saber eso. Dentro de toda esa negatividad que nos estaba imbuyendo la señora, le pregunté si habían adventistas en la isla... ¡me contestó que sí!, que en el caserío habían unas personas que profesaban esa fe (lo cual era un buen dato para anotar; para mí, era conseguir tranquilidad). Los dos chinos no regresaban y empezamos a ponernos nerviosos. Walter, el isleño ya se había retirado dejando al grupo con una tremenda preocupación.

Cuando la señora regresó al caserío, Max, Walter y yo fuimos con ella, para que nos llevara con los adventistas. Llegamos al punto, buscamos la casa de estas personas, las llamó, les dijo que éramos de los recién llegados a la playa y nos dejó allí, con ellas; me presenté, les dije que éramos hermanos en fe, les mencioné cosas claves que ellos sabrían interpretar, con lo cual nos atendieron sin temor; ellos explicaron mejor el asunto de las dos islas, también nos dijeron que en el lado Oeste de la misma había un pequeño puerto, donde había autoridades y que, desde allí podríamos zarpar para tratar de llegar al continente, pero que deberíamos tener cuidado con ellas ya que éramos ilegales.

Al mencionar la palabra autoridades, vimos que se cerraba la opción del puerto; ya que no podríamos embarcarnos sin despertar sospechas y temíamos que exigieran documentos. Nos regalaron agua para beber ese momento y para llevar al grupo, también mencionaron que eran visitados por el pastor de la Misión en Managua, o por misioneros cada semana, especialmente los sábados, por eso no estaban en la isla por el momento. Agradecimos su gentileza, optamos por regresar a la playita para informar lo que habíamos averiguado.

Empezamos a caminar, estaba muriendo la tarde; llegábamos a la mitad del camino, nos cogió la oscuridad y no teníamos con qué alumbrarnos, ni siquiera podíamos vernos entre nosotros. Fuimos un poco más a la orilla, para guiarnos por el ruido que hacían las olas llegando a la playa, tratando de lograr enfilar hacia el farallón donde estaban los demás. ¡Qué largo se nos hizo ese trayecto! A pocos pasos de llegar al refugio, llamamos a los peruanitos, pero no nos contestaban, ni siquiera podíamos verlos; fue raro ese momento, porque el ángel rojo me decía que el coyotero había llegado mientras estuvimos en la comunidad, que se habían embarcado en el bote que consiguieron y nos habían abandonado (claro que no tenían por qué esperarnos); el ángel blanco me tranquilizaba, me decía que hubiéramos notado movimiento en la playita si hubiese llegado un bote a recogerlos; ese pensamiento me calmaba y empezamos a revisar a fondo el lugar, constatamos que de verdad era el refugio, allí estaba el tronco que habíamos preparado la noche anterior como rompe vientos, estaban las mochilas de Max y Walter, pero no había rastros de ellos.

Teníamos casi media hora de llamarlos y de gritarles cuando decidieron dejarse ver. Deben haber reconocido nuestras voces, pues dos de ellos salieron desde la pared del farallón, se habían camuflado entre las ramas que colgaban de él. Uno por uno iban saliendo hasta que estuvimos todos completos, nos dijeron que los dos chinos no habían regresado, que se habían preocupado (y asustado) por eso tomaron la decisión de esconderse, cuando sintieron que alguien (nosotros) se acercaba al sitio donde se encontraban escondidos.

Definitivamente, el chino coyote tenía bien entrenada a su gente; nada los podría sorprender a menos que no siguieran sus instrucciones; apenas terminamos de conversar sobre lo que habíamos averiguado en el caserío, la hora siguiente la usamos para apertrecharnos, para estudiar nuestra estrategia de supervivencia, el ataque, la defensa (yo creo que más era la resistencia que podíamos ofrecer), el único ataque que podíamos hacer era con palos, piedras, uñas y dientes...o quedarnos quietos, con la esperanza de que no nos encuentren, lo cual era más aconsejable. Fue esto último lo que decidimos hacer, esperar, sin movernos.

Los peruanos regresaron al farallón, pero antes de que se mimeticen con él, hicimos una oración. Yo la dirigí. Ya como estrategia, les dije que nosotros montaríamos guardia, al frente, en el tronco (nos ofrecimos para hacerlo, ya que ellos eran los dueños de la salida en el bote que el coyote había ido a conseguir) y nos acostamos boca abajo, arrimados al tronco para esperar lo que viniera.

En breve, vimos una luz amarillenta que barría la playa, de izquierda a derecha, pero ninguno de nosotros se movía. Los lancheros empezaron a hacer señales, prendían y apagaban las luces, gritaban desde donde estaban pero nadie se movió. Los dos chinos no habían regresado, podían haber sido ellos, pero no quisimos arriesgarnos, habíamos escuchado que la policía también rondaba por las playas haciendo redadas; pensamos en lo que nos aconsejaron el viejito y la vendedora en relación a las pandillas que asaltaban en ese lugar; la verdad es que no queríamos cometer errores. El ruido que las olas hacían cuando llegaban a la playa, no dejaba escuchar absolutamente nada de lo que ellos gritaban, supongo que querían que saliéramos, momento que aprovechamos para dirigirnos donde los peruanos y decirles que no se muevan para nada, porque no estábamos seguros de que fueran el coyote y el chino. No fue preciso recalcarles eso, ellos lo sabían bien.

Los tipos en la lancha se cansaron de rastrear desde el bote la playa, tampoco ellos se atrevieron a bajar; cuando se fueron, recién allí empezamos a movernos con plena libertad, fuimos donde los peruanos y les pedimos que salgan, que todo estaba tranquilo, que la lancha se había marchado ya. Salieron y empezamos a conversar sobre lo sucedido; concordamos en que no podíamos estar completamente seguros de que era el chino. Lo cual fue confirmado al siguiente día. Nos recostamos para descansar, la noche de piratas había terminado y todos estábamos cansados. Dormimos en calma.

Cuando despertamos, después del tiempo de aseo, llegaron los chinos al fin, las noticias eran de que habían cerrado el negocio pero que teníamos que avanzar hasta donde estaban ellos, al lado sur de la isla; el coyote se dirigió luego hacia nosotros y nos dijo que también teníamos que aportar nuestra parte para poder embarcarnos en la lancha; los peruanitos no tenían que cancelar nada porque constaba dentro de su contrato inicial, y, como sabían de nuestro problema con respecto al dinero, intervinieron para pedirle que nos dejara embarcar pagando aún menos de lo que nos estaba pidiendo. También agregaron algo sobre nuestro comportamiento en la noche anterior, y el corazón del coyote se ablandó un poco… ¡Nos sumó al convoy!

Para salir del refugio, pidió que nos pusiéramos en fila india y nos dirigiéramos en dirección a las rocas del sur, luego tendríamos que subir al farallón, pero por otro lado, por donde había un camino, así lo hicimos; empezamos a caminar, subimos al farallón, entramos en una trocha angosta hasta llegar a una casa de madera, donde estaban dos negros muy altos esperando por nosotros. Eran casi las diez de la mañana, aproximadamente.

Mientras se ponían de acuerdo sobre el viaje, yo estaba tratando de obtener información y de hacerme el amigable con uno de ellos, le estaba preguntando por lo que íbamos a emprender: el bote, el trayecto, qué enfrentaríamos en el camino, a qué pueblo o ciudad llegaríamos, cómo saldríamos de allí, del pueblo; conversamos por largo rato, mientras contestaba mis preguntas el tipo fumaba, era marihuana, me brindó, no acepté, me preguntó por qué, le contesté que no fumaba ni cigarrillo, le conté brevemente el caso de la muerte de mi padre a causa del tabaco, asintió comprensivamente, seguí inquiriendo lo que me interesaba conocer acerca de Nicaragua continental y su gente.

La conversación se detuvo ese momento porque me miró como sorprendido y me preguntó si yo también iba a viajar con las personas que habían llegado hasta allí, le contesté que sí y me dijo que me apure entonces porque su hermano ya había ido a embarcarlos (recién me daba cuenta que los muchachos ya no estaban). Asustado, corrí por donde me señaló el tipo, corrí cuanto más pude, hasta que llegué hasta la cima del farallón, donde ya no había maleza. Debe haber sido unos treinta metros de caída casi en vertical.

Los muchachos ya estaban en la lancha, a punto de partir cuando me vieron; me gritaron que me apurara, los lancheros querían dejarme, pero Walter y Max le “vendieron la idea” de que era yo quien tenía el dinero para pagarle y esperaron hasta que yo buscara la forma de bajar. La desesperación era cada vez mayor, empecé a descender, tenía puestas las botas, las cuales aguantaron la frenada de la bajada, el pantalón de Max cumplió un gran papel, porque evitó que me raspara las piernas. Bajaba sin darme cuenta de lo que hacía, sólo resbalaba; cuando llegué a la base, empecé a saltar sobre el montón de rocas que entraban en el mar; al llegar a la última de ellas, la usé como trampolín, me lancé al mar y nadé hasta donde estaba la lancha, la cual felizmente habían detenido.

Fue en ese momento, en el que nadaba hacia ella, cuando sentí que la cartera con mis documentos que se encontraba en el bolsillo derecho de atrás del pantalón se me caía, ya no podía hacer nada, intenté bucear para encontrarla, pero no había tiempo, además que estaba bastante hondo; también tenía miedo de que algún bicho marino se me acercara, eso me tenía en pánico, sabía nadar lo cual presentaba una ventaja, pero la desesperación pudo más, llegué hasta la lancha, Max y el coyote me ayudaron en el esfuerzo de subir, no recuerdo si alguien más, pero lograron hacerlo; una vez dentro, el lanchero emprendió la marcha y nos pidió a todos que como estrategia nos mantuviéramos acostados para que no nos vieran desde las orillas (de ese modo sólo se los vería a ellos).

En el bote cabíamos todos sin problema, pero al acostarnos nos apretamos bastante, íbamos a estar incómodos por algún tiempo, preguntamos cuánto, nos dijeron que no era mucho, sólo hasta pasar unos puntos de control, porque había lanchas que vigilaban las entradas, debido a que Nicaragua atravesaba momentos políticos graves; los miembros de la “Contra” tenían gente en las fronteras, al Norte con Honduras y al Sur con Costa Rica, por donde los disidentes pretendían atacar al proyecto reivindicador social de la Revolución Sandinista; y, por supuesto que había que resguardar las fronteras con gran celo patriótico.

Nicaragua se mantuvo incólume, no pretendo hacer una defensa política del Frente en el poder, pero sé que éste a menudo corrompe aun a las personas más fieles a una consigna; espero que no haya sido el caso de esta querida nación.