El cuerpo del hombre yacía en el suelo, con marcas negras de quemaduras en el pecho.
Estaba muerto también.
Eileen miró la escena a su alrededor, observó sus manos que estaban echando chispas, pequeños rayos salían de ellas sin saber cómo lo hacía. Corrió hacia su madre y se arrodilló en el suelo junto a ella.
— Madre, madre por favor... despierta... ¡Madre! — Sollozaba Eileen.
La señora Myrial aún estaba llegando a la conclusión de salir en busca de alguien que ayudara o si esperar, cuando oyó los gritos de la niña Eileen, al asomarse por la puerta, se encontró con el cuerpo de su amo y el de la señora Elena inertes en la sala y la niña Eileen echando chispas por las manos y brillando como lámpara.
Quedó espantada a tal punto que no sabía qué hacer, ¿Qué había pasado ahí? Eso pasaba por quedarse pensando sin hacer nada...
Elena había permanecido inmóvil desde que cayó, pero por un segundo pareció que era consiente de nuevo y aferró la mano de su hija y con voz casi inaudible susurró:
— Mi sol... mi... luz... — Fueron sus últimas palabras, antes de que sus ojos se apagaran por completo y el agarre de su mano perdiera fuerza alguna.
— Madre, madre... no por favor, ¡Madre! — Gritaba Eileen desesperada.
La había perdido. Su madre era lo único que tenía en el mundo, la única persona que amaba y que la había amado a ella. Y había muerto. Estaba muerta por su culpa, por defenderla a ella que no pudo ser capaz de hacerlo por sí sola. Su madre había sido valiente y ella una cobarde total.
Miró a su alrededor, no sabía que hacer,los rayos eléctricos seguían saliendo de ella sin control, se estaba levantando cuando vio que la señora Myrial estaba parada en el marco de su habitación observando la escena con una inquietud exagerada, un miedo estupefacto reflejado en su rostro. Eileen se quedó congelada y su mente comenzó a maquinar velozmente; El hombre había matado a su madre; pero ella había matado al señor, al señor de la hacienda.
¡Ni siquiera sabía lo que había hecho ni cómo!
La señora Myrial estaba pálida como papel, posó sus manos sobre su rostro y gritos de agonía y espanto salían de su garganta.
Eileen no sabía qué hacer, se fue acercando paso tras paso hacia la señora Myrial. Esta no paraba de dar alaridos.
— ¡Pero niña qué pasó! ¿¡Qué fue lo que pasó aquí?!
Eileen no encontraba su voz y la de la señora Myrial se le hacía distante. Su mente no estaba con la señora Myrial, estaba con su madre, con lo que estaba sintiendo en ese momento, lo que pasaba con su cuerpo...
Pasaron unos segundos luego de que la mujer hecha un manojo de nervios insistiera en preguntar, Eileen llegó a oírla y la observó como si la oyera por primera vez. Tenía un nudo enorme en su garganta que no la dejaba hablar con claridad.
Sentía un calor recorriendo todo su cuerpo, sentía que las manos le ardían como fuego. ¿Qué podría hacer para que eso se detuviera? Pero empleando un esfuerzo olímpico, se aclaró la voz para intentar responder.
— Yo... — Comenzó, no podía borrar de su mente el rostro del hombre sin vida, ni el de su madre, ambos, muertos, por su culpa. — No quería, yo, no sé qué... cómo...
No pudo decir una palabra más, porque su voz se quebró en un llanto sordo.
La señora Myrial que lloraba, ahora estaba un poco más calmada, le susurró:
— ¿Tú lo hiciste?
Eileen miró a la anciana de ojos claros que ahora lloraba, igual que ella, sólo pudo asentir. Su cuerpo no era capaz de nada más que de irradiar electricidad sin parar.
Quería un abrazo, lo necesitaba. pensó que la anciana también querría uno, pero al acercarse dos pasos a ella, la señora Myrial retrocedió con una expresión de terror impresa en su rostro.
— No te acerques a mí, ¿¡Qué has hecho niña!? Eres.... Uno de esos.... Dotados.... Un demonio...
Eileen meneó la cabeza, las lágrimas le comenzaban a nublar la vista. Quiso hablar de nuevo, tratar de explicarle lo que había pasado, cuando oyó pasos que se aproximaban a la casa.
La señora Myrial, que estaba más que aterrada, impactada. Sintió compasión por esa niña, que había nacido sin padre, ahora había quedado sin su madre. Supuso que lo que había hecho fue en defensa propia. Pero la ley no era justa con los pobres, mucho menos... Con los dotados.
Si había matado a alguien importante, lo pagaría muy caro. Hizo un esfuerzo por aproximarse a ella antes de que los hombres que venían, que de seguro eran obreros que habían oído los gritos se acercaban a ver qué sucedía vieran aquel desastre.
— Escucha niña Eileen, yo no seré quien te juzgue por defenderte. Pero tampoco puedo hacerle frente a la ley, lo único que te aconsejo es que huyas ahora... ¡Corre niña! —Le hizo gestos para que corriera por la puerta de la cocina.
Eileen que tenía el corazón en la boca, aceptó el consejo vacilante.
¿A dónde iría? ¿Al bosque? Ahora la tomarían por asesina, pero no quería que la encerraran para siempre, mucho menos morir ejecutada.
Por suerte para ella, sus pies se movieron más rápido que su cabeza. Antes de entrar a la cocina, se volvió a darle una última mirada al cuerpo de su madre, al de su señor y se encontró con la mirada penetrante de la señora Myrial, al verla sólo pudo agradecerle con un gesto.
Los hombres irrumpieron en la sala del recibidor, al aproximarse al salón donde estaban las escaleras, y los muertos, Eileen se escabullía por la puerta de la cocina que daba al exterior.
Los hombres miraron la escena del crimen perplejos. Observaron a la anciana ahí de pie, llorando en silencio. Ella los miró con recelo.
— ¿Qué ha pasado señora? — Preguntaron.
— Yo no he sido, si es lo que creen... pero sé quien lo hizo. Pero lo que puedo decir, es que ya es tarde. — Respondió la señora Myrial.
— ¡Cómo! ¿¡Quién ha sido ese miserable asesino?! —Interrogaron.
La anciana no respondió.
Los hombres se acercaron a los cuerpos, observándolos más detenidamente. Uno de ellos, que conocía de vista a la hija de la mujer muerta, miró fijamente a la anciana.
— ¿Donde está la niña?
La señora Myrial negó lentamente.
— Sólo hablaré enfrente de los oficiales.
— Pues ya la llevaremos... —Sentenció uno de ellos.
La señora Myrial pensaba en esa niña.. Ojalá logré escapar, ojalá pueda ser libre, cosa que ni su madre ni yo pudimos ser...