La despertó un rayo de luz solar que se colaba por la ventana. Abrió los ojos con dificultad, estaba demasiado cansada, el día anterior había tenido que arrancar la maleza de toda la hacienda, lo que le tomó un día completo.
Se levantó de los cojines y edredones que tenía por cama,le dolía la espalda, la columna, las piernas... en fin, estaba destrozada. Se puso las desgastadas zapatillas y salió a la cocina.
Al entrar detectó el aroma a té y observó meditabunda a la mujer rubia que revolvía el contenido de una caldera.
— ¡Buenos días madre! — Saludó la chica con un bostezo.
La mujer se giró y sonrió a su hija:
— Buenos días mi niña ¿Tienes hambre? — Preguntó.
Eileen asintió con la cabeza y cruzó la cocina, salió por una puertecilla y llegó al exterior, el aire frío de la mañana golpeó causándole un escalofrío. En la pared exterior estaba una batea de madera y un estanque lleno de agua.
Allí se lavó y terminó de despertar. Retornó a la cocina y desayunó junto a su madre.
— Hoy te toca alimentar a los caballos y a los puercos. — Ordenó su madre suavemente mientras revisaba un pergamino donde estaban anotados los quehaceres diarios.
Eileen hizo una mueca y exasperó con fuerza. Odiaba ser la única a la que le tocaba hacer las cosas más sucias y asquerosas. Aunque no habían más criadas en esa hacienda más que su madre, otra señora que estaba muy mayor para eso y ella.
El resto de trabajadores eran hombres encargados sólo del cuidado de la siembra y los animales.
Fue al establo con un pesado saco de avena en los brazos. Y al entrar tuvo que contener la respiración por el hedor a excremento de caballo. Vació el saco en un gran recipiente y preparó la mezcla de alimentos. Luego con un cubo los fue repartiendo al envase de cada caballo. Hizo lo mismo con el agua.
Al terminar salió desesperada para respirar aire puro. Respiró profundamente un par de veces. Y se encaminó hacia las porquerizas.
Ahí tenía que alejarse cada minuto para poder respirar. Al menos para alimentar a los puercos sólo tuvo que tomar el cubo lleno de cáscaras y desperdicios y arrojarla formando una hilera.
La cocina era básicamente la tarea de su madre, por ello se la pasaba ahí todo el día.
Eileen entró suspirando el olor a carne y verduras. Miró a su madre haciendo lo suyo y se acercó a la olla burbujeante.
— Hum... ¡qué delicia! — Exclamó mientras se relamía los labios.
Su madre la miró mientras sonreía, luego echó un vistazo a las manos de la chica.
— Primero te lavas. — Ordenó mientras alzaba una ceja.
Eileen asintió rápidamente y lavo sus manos en un tazón ahí mismo.
Devoró el guiso con una velocidad poco común. Y fue a su "habitación" para lanzarse en su "cama" y descansar , era lo único que quería en ese momento.
Estaba tan cansada que se quedó dormida en menos de un minuto. Y despertó dos horas después.
Se levantó un tanto confusa. Fue al único lugar donde se sentía a gusto y donde estaba cuando no tenía quehaceres.
Al entrar su madre le lanzó una mirada extrañada y preguntó:
— ¿Estabas dormida?
— Sí, lo siento, es que estaba muerta... — Respondió inclinando la cabeza.
— Ah ya veo... pero terminaste tus tareas de la mañana ¿Verdad? — Interrogó su madre.
— Sí , por supuesto... ¿Hago algo más? — Formuló.
Su madre, que en ese momento cortaba unas verduras, se quedó pensando y negó lentamente.
Eileen sonrió y salió. Se dirigió a las plantaciones de árboles frutales.
Ahí estaban un par de hombres cosechando manzanas. Ella se les acercó y saludó amistosamente.
— ¡Vaya! Hasta que te dignas en saludar... mulita — Dijo uno de ellos sonriente.
— No los había visto, porque estaba ocupada... lo siento. — Respondió ella.
— ¿Que estuviste haciendo? — Preguntó el otro.
— Alimentando a los caballos y puercos. — Respondió cruzándose de brazos.
— Un día duro entonces... — Comentó uno de ellos.
— ¡Mucho! — Exclamó abriendo mucho los ojos.
Los dos hombres de mediana edad que la conocían desde que nació hicieron muecas de asco y rieron.
— ¿Te apetece una de estas? — Dijo el primero mientras tomaba una de las manzanas dentro del saco y se la ofreció.
Ella sonrió agradecida y la tomó.
— Sí que me apetece... ¡Gracias!
Se despidió con una gran sonrisa. Le dio un gran mordisco y se encaminó hacia la casa.
Al entrar de nuevo en la cocina su madre no estaba, se sentó en la mesita del comedor dentro de la misma cocina en donde ellas comían siempre. Degustó su manzana con deleite y al rato vio a su madre entrar con cara medio preocupada.
La mujer observó a su hija y negó con la cabeza.
— Vete a bañar ahora mismo y ponte decente, que el señor llegará en unas horas, estará para la cena y le vamos a acompañar. — Le ordenó su madre, mientras se apresuraba a preparar una mezcla con la que haría un postre.
Eileen asintió de mala gana y se levantó pesada hacia el cuarto de baño que estaba afuera.
Se duchó pacientemente. Y salió envuelta en toallas. Buscó en su pequeño armario "algo decente" que era un vestido menos desgastado que tenía, de color coral, que le quedaba a la medida, luego se peinó las "marañas rubias" como les decía su madre. Esta subió al rato y también se había bañado.
Al final, se miró en un espejo mediano pegado a unas de las paredes de la habitación. Se giró hacia su madre con una expresión que decía "¿qué tal?".
Su madre ladeó la cabeza, tomó el cepillo, se acercó a ella, deshizo el moño que se había hecho Eileen y comenzó a tejer una trenza formando especie de corona dejando el resto del cabello caer a su espalda.
— Estás hermosa mi niña... — Dijo acariciando su mejilla, luego agregó: — Has crecido mucho ¿Sabes?
— Sí... aunque creo que no demasiado. — Respondió ella.
Su madre permaneció unos segundos con la mirada perdida. Sus ojos estaban vidriosos, a Eileen le pareció que iba a llorar. Esto no era lo que quería para ti hijita... — Se decía.
Se formó un nudo en su garganta.
Eileen la miró expectante, a que le dijera la razón de su escena. Pero al ver que no decía nada le interrogó:
— Madre... ¿Qué te pasa? ¿Por qué tienes esa cara? — Ver el rostro de su madre le oprimía el corazón.
Elena meneó la cabeza, tragó para aclarase la voz:
— No, no es nada... es que realmente estas muy hermosa... — Respondió con un hilo de voz.
Eileen no se lo creyó del todo, pero asintió lentamente.
La puerta se abrió y la silueta de un hombre alto y medio fornido se divisó.
Las tres mujeres estaban en una fila justo en el recibidor. El hombre entró a grandes zancadas y cuando estuvo pasando junto a ellas, las tres dijeron al unísono:
— Bienvenido señor. — Saludaron con la cabeza inclinada.
Les dedicó una corta mirada a cada una y se detuvo más allá.
— Que alguien me prepare un baño ahora. — Ordenó sobre su hombro.
Las tres damas se miraron y Elena fue quien habló primero:
— ¿Quién irá? Está de más decir que la señora Myrial no está en condiciones para eso...
La señora Myrial, quien justo en esa semana tenía una gripe brutal, asintió lentamente.
— Yo debo servir la cena para no retrasarnos, o sino se pondrá de mal humor... — Continuó Elena.— Pero Eileen... — Comenzó mientras le dedicaba una mirada crítica.— No tiene experiencia preparando baños, probablemente lo estropeé y eso lo molestará aún más.
— Creo que deberías ir madre, la señora Myrial y yo podremos servir la cena ¿Verdad? — Propuso Eileen.
Sinceramente, no se imaginaba tener que estar a solas en un baño con un hombre, que además ese hombre no tenía un juicio muy sano y era extremadamente irritable y como cereza del pastel, ella no tenía ni idea de cómo prepararle el baño al alguien más.
— Sí, estoy de acuerdo. — Agregó la señora Myrial.
— ¡Eh, dije que el baño era ahora! — Se oyó la exclamación del señor desde su habitación en la segunda planta.
Las tres se miraron preocupadas y Elena habló:
— Bien, vayan ustedes y sirvan la cena, pero recuerden que todo en exceso y cerca del lugar del señor, como a él le gusta. — Indicó Elena, se giró y fue casi corriendo a subir las escaleras para ir a la habitación de su amo.
Al entrar el señor estaba sentado en su cama, sólo con su túnica cubriéndole la mitad del cuerpo.
— Permiso señor, disculpe la tardanza, yo... — Comenzó Elena.
— Sí, no me importa, ve al cuarto y prepárame el baño. — Cortó secamente el hombre blanco, de cabello castaño y barba recortada. Era bien parecido, pero su actitud grosera lo opacaba totalmente.
Elena asintió con la cabeza y fue hasta el cuarto de baño a hacer su trabajo.
Cuando tuvo todo listo salió para avisar a su señor.
Antes de que él entrara ella agregó: — ¿Algo más señor?
El se detuvo en el marco de la puerta un momento pensativo, sin que Elena pudiera creerlo, se giró sonriente y le respondió con voz socarrona: — De hecho, puedes entrar y frotarme la espalda con la esponja.
Elena tragó e hizo un intento de asentir, eso era algo que nunca le había pedido.
— Entrarás cuando yo ya esté en la tina. — Ordenó ya serio.
Elena se quedó helada, ni siquiera pudo decir palabra alguna.
Permaneció estática hasta que oyó la voz del señor que le indicaba que entrase.
Ella obedeció, al entrar tomó la esponja y con mano temblorosa comenzó a frotar la espalda del hombre. Era la primera vez desde muchos años que estaba tan cerca de un hombre desnudo. A pesar de que no veía sus partes íntimas, no podía borrarse de la mente la idea de que estaba desnudo, que ella estaba tocando a un hombre completamente desnudo.
— Elena, tu hija ha crecido bastante, eh... — Comentó el señor con voz natural.
Era la primera vez que Elena lo veía tan relajado, tragó para aclararse la voz.
— S- sí, así es señor. — Respondió ella. Aún frotaba su espalda.
— ¿Cuantos años tiene ya? — Preguntó el señor, repentinamente sonando interesado por ellas, cosa que no había hecho desde que le había dado trabajo a Elena.
— Eh... quince, hace poco los cumplió, señor.
— Mm... se parece mucho a ti.
— Gracias señor.
Después de eso, ninguno dijo otra palabra hasta que Elena terminó su trabajo, salió casi dando traspié y bajó a la cocina.
Eileen y la señora Myrial habían terminado de servir todo. Las tres se quedaron paradas junto a la mesa del comedor esperando al señor.
Cuando este bajó, tenía una expresión calmada. Se sentó en su puesto de siempre y las damas se sentaron en los puestos habituales, como cada vez que cenaban con él, que sucedía más o menos cada dos años.
La cena transcurrió en silencio. El señor como era habitual, comió de todo lo que había pero en poca cantidad. Ninguna se atrevió a pronunciar una sola palabra.
Sólo Eileen al terminar el postre habló por debajo: — Estuvo muy delicioso todo.
— Estoy de acuerdo. — Comentó el señor mirando fijamente a Eileen.
— Me alegra que le haya gustado señor. — Agregó Elena con una pequeña sonrisa.
Esa actitud era adecuada, pero no habitual en su señor.
Unos segundos después el señor dijo: — Elena, tráeme una botella de vino más.
Elena asintió, no se extrañó, a pesar de que se había terminado la botella que habían servido, era común que se embriagara en una cena.
Eileen y la señora Myrial se levantaron y despidieron del señor. Y este, pasó el resto de la noche bebiendo. Meditando sus ideas, serenando su mente y maquinando decisiones erróneas...
A la mañana siguiente Eileen fue despertada por su madre, luego de incorporarse esta le dijo con voz intranquila:
— El señor nos solicita... a ambas. — Luego de decir esto se levantó, pero se quedó de pie para esperarla.
Eileen se levantó con esfuerzo y trató de aplacarse el cabello. No tenía tiempo para lavarse ni siquiera la cara.
Fueron a la habitación del señor. Este estaba sentado en un mueble de su salita. Al verlas entrar, se incorporó lentamente y Eileen notó algo que la hizo detenerse en seco.
En el suelo habían un par de botellas vacías y el rostro del hombre denotaba que había pasado toda la noche y madrugada bebiendo.
Elena también se alertó, pues ella sabía que cuando él se embriagaba mucho se volvía violento si lo contradecían en algo o no le complacían.
— Buenos días señor, qué se le ofrece... — Saludó Elena con un hilo de voz.
El hombre que había estado observando a Eileen de arriba a abajo le dedicó una mirada a Elena junto con una minúscula sonrisa.
— Buenos días Elena, las he llamado a las dos para decirles algo importante. —Al decir esto se levantó algo tambaleante y se acercó dos pasos a ellas.
Eileen no pudo evitar retroceder, no tenía ni idea de lo que podría ser capaz de hacer ese hombre de unos cuarenta y algo años, ebrio y de mal genio. Pero se imaginaba que podría ser muy malo.
— ¿Cómo? ¿De qué habla señor? — Preguntó Elena. Se estaba empezando a asustar.
— Yo... — Comenzó el señor.— He decidido que me casaré con su hija. — Al decir esto pasó la vista de Elena a Eileen. No había ni una pizca de tono bromista en su voz.
A ambas se le cayó la mandíbula. ¡¿Que qué?!
Elena no había sido feliz esos años trabajando para él, era un hombre grosero, altivo, poco caballeroso y violento. Lo había soportado todos estos años porque no tenía opción, pero nunca permitiría que se casara con su hija, su tesoro, lo más valioso que tenía en su vida.
— ¿Se siente bien señor? — Preguntó Elena. Aún tenía la esperanza de que hubiese sido una broma o un síntoma de la borrachera. Tal vez no sabía lo que había dicho.
El hombre frunció el ceño y asintió con la cabeza.
— ¿Por qué lo preguntas? — Inquirió él.
— Es que... no tiene sentido lo que dice señor. — Contestó Elena.
No, eso no podía ocurrir, ella siempre había soñado que cuando Eileen fuera adulta pudiera irse de ese hueco oscuro y miserable en el que vivían, que pudiera ser libre y sobre todo, ser feliz.
— ¿Cómo que no tiene sentido? Te he pedido la mano de tu hija ¿Qué tiene de raro? — Interrogó el hombre comenzando a ponerse tenso.
Eileen estaba petrificada. Creía que estaba en una pesadilla. Una muy realista y loca. A veces tenía sueños en los que su madre y la señora Myrial se iban, eran rescatadas por caballeros en camellos o en grifos, que las sacaban da la mano fuera de la casa, luego ellas se giraban para que ella las acompañara, ella corría hacia ellas pero antes de que lograra salir también, la puerta se cerraba y ella quedaba atrapada, todo se volvía oscuro y por más que intentaba no lograba abrir la puerta. Se quedaba sola tirada en el suelo llorando hasta que despertaba.
Eso no podía estar ocurriendo realmente, deseaba con todas sus fuerzas que su madre se negara que no permitiera por nada del mundo que ella pudiera llegar a casarse con ese hombre al cual ella le había temido desde siempre.
Hubo silencio por un largo rato, el señor inquieto exclamó: — ¡Eh responde mujer! ¿Qué pedirás para darme su mano?
— No sabe cuanto siento contradecirlo señor, pero me temo que rechazo su solicitud... — Respondió Elena con voz seca.
El hombre frunció el ceño y dio un paso más hacia ella.
— ¿Estás rechazando una propuesta de mi parte? — Preguntó el hombre con ojos entrecerrados y voz desafiante.
Ninguna de las tres habían sido capaces de negarse a una de sus ordenes anteriormente. Pero eso sí que no podía permitírselo, no maltrataría aún más a su pequeña.
— Así es señor, he dicho que rechazo su propuesta. — Contestó Elena tratando de no sonar temerosa, sino firme.
El hombre apretó la quijada y los puños.
— ¡Insolente! Yo te di trabajo cuando no tenías a nadie más, cuando ese hombre se burló de ti y te dejó sola. Las he mantenido a las dos todos estos años... ¡ahora quiero un pago!
Elena se posicionó enfrente de Eileen cubriéndola con su espalda. Ella por su parte se aferró a los hombros de su madre. No sabía si huir o quedarse junto a su madre.
— ¡Le he dicho que no! Estoy muy agradecida con usted, por eso hemos trabajado aquí sin descanso. Por favor señor, no haga esto... — La voz de Elena se apagó y comenzó a sollozar.
— ¡Si no fuera por mi, no hubieses podido darle de comer a esta niña, me lo debes a mi!... — Gritaba el hombre perdiendo los estribos, en eso apartó a Elena de un empujón y agarró a Eileen de un brazo bruscamente. — Si no me la das, me la llevaré igualmente...
Eileen no ponía resistencia, no gritaba no hacía nada, estaba en shock, no podía creer que en serio eso estuviera pasando. Estaba aterrada, pero congelada.
El señor la arrastraba fuera de la habitación.
— ¡No! ¡Señor por favor, no lo haga! — Gritaba Elena detrás de ellos. Intentando soltarla de su agarre.
— ¡Yo soy tu señor! ¡Obedece! — Sentenció su señor mientras bajaban las escaleras.
¡Qué pasaba por la mente de ese hombre! ¿A donde pensaba llevarla? ¡No, la llevaría lejos de ella! No podía permitirlo. Elena se abalanzó sobre él y ante la impresión soltó a Eileen quien reaccionó al fin y corrió lejos de él.
Ya estaban en la planta baja y al escuchar el alboroto la señora Myrial se asomó sigilosamente desde su habitación. Al ver la escena se escondió de nuevo en su habitación, no sabía si intervenir, o ir en busca de ayuda, tal vez lo mejor fuera ir a buscar alguien más, ella estaba muy débil. Ella mejor que nadie conocía el carácter de su señor. Pero no sabía bien qué era lo que estaba pasando en ese momento.
Tal vez no fuera necesario hacer nada, tal vez eso se resolvería sin más. Si Elena le daba lo que sea que estuviese pidiendo, la ira del señor se calmaría...
El hombre intentaba zafarse de la mujer que no paraba de gritar y llorar.
— ¡Suéltame mujer! — Exclamó él empujándola con fuerza.
Elena cayó unos cuantos escalones y quedó en el suelo. El hombre bajó directamente a donde estaba Eileen para tomarla de nuevo. Esta que se había congelado otra vez, sólo pudo gritar antes de que él se aferrara a su brazo de nuevo.
Pero no logró agarrarla porque Elena estaba de nuevo sobre él, tirando con fuerza para alejarlo de su hija. Al tirar de él se estaban conduciendo al pie de la escalera.
— ¡No la toques de nuevo cerdo asqueroso! — Estalló Elena con toda la repulsión que había acumulado a lo largo de los años.
Su señor que ya se había hartado se esa mujer no midió la fuerza que empleó al lanzar a la mujer lejos, ellos estaban al pie de las escaleras forcejeando, por lo que la cabeza de Elena se impactó contra el borde de uno de los escalones.
Elena quedó tendida en el suelo. Inconsciente.
Muerta.
Al hombre que pareció no importarle, se volvió hacia Eileen y le sonrió malévolamente.
— Ahora estamos solos... Tú serás mía. — Decía mientras se acercaba a ella.
El corazón de Eileen se rompió en mil pedazos, su madre estaba muerta, ese hombre, quien las había ayudado al principio, en realidad no había hecho más que mal tratarlas, la había matado, a su madre, la única persona que la había amado en este mundo... Estaba muerta, no lo podía creer.
Estaba harta ya, se había cansado de tanto maltrato, de tanta oscuridad, de estar atada, lo único que había de bueno ahí era su madre, y ese hombre se la había arrebatado por un simple capricho.
Las lágrimas caían sin parar por sus mejillas y su pecho se ensanchó tanto que explotó.
En el segundo que el hombre la tomaba por el brazo algo ocurrió dentro de ella. No habría forma de describirlo de una forma exacta. Eileen sintió que una electricidad extraña comenzó a recorrer sus brazos, se acumularon en sus manos y salieron disparadas de ellas hacia su señor con un brillo increíble. Como rayos dorados.
Eileen no estaba segura de lo que estaba pasando, realmente estaba sintiendo eso, pero ¿Qué era eso? ¿Cómo era posible? ¿Qué rayos estaba pasando?
Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, el cuerpo del hombre yacía en el suelo, con marcas negras de quemaduras en el pecho...