DEL DIARIO DE UN DESCENDIENTE-04
Dije que había matado a mi hermano. Todavía recuerdo las manos empapadas de la tibia sangre blanca, el olor cremoso, denso, que se impregna en la nariz y te persigue durante días. Un jinete, que azotaba a su caballo sin piedad, saltó de la silla y golpeó la puerta de la posada en la cual nos estábamos quedando. El rostro esta rojo y cubierto de sudor, y ni siquiera se había puesto el protector de las agallas, por lo cual le sangraban debido a la sequedad del aire.
Nos despertaron a gritos y golpes en la puerta, por lo cual salimos a ver qué era tan urgente.
–Señor… señora–, dijo, tratando de recuperar el aliento–. Ha sucedido… un desastre….
–Respira un poco, parece que estás a punto de tener un infarto–, le dijo Laura, haciéndolo sentar en una de las sillas del comedor de la posada. El encargado le sirvió un poco de cerveza, que bebió con dificultad.
–¿Javier? –, reconocí. Su mirada me buscó, algo extraviada y vidriosa. Al encontrarme, estalló en lágrimas.
–¡Señor! –, dijo, entre lamentos–¡Es un desastre, una desgracia!
Se estiró para tomarme de las manos, mientras derramaba la cerveza.
–¿Quién es? ¿Lo conoces, Julián?
–Es… el mozo de mi casa… ayuda en las labores y mandados a Melissa en mi ausencia–, respondí, sintiendo una punzada de ansiedad en el pecho–. Javier–, lo tomé de los hombros, obligándolo a que me mirara–¡Javier!
–¿Señor…?
–¿Qué ha pasado?
–La casa… la señora… vinieron… es un desastre…
–¿Qué dices?
–¡Los zinos, señor! ¡Llegaron por el aire! –se largó a llorar, tapándose otra vez la cara –¡Mataron a la señora cuando protegió a la niña! ¡Quemaron todo!
–¿Qué?
No era posible. Lithos era territorio Nerel, protegido por antiguos acuerdos, lo cual permitía el intercambio cultural entre las dos naciones. El ataque de Zinar era simplemente echar por tierra cientos de años de avances y logros. Así le dije a Javier, quien repitió lo que me había dicho.
–El padre de la señora llegó después de la destrucción–, agregó, una vez que se relajó un poco–. Se llevó a la niña a la clínica de la doctora Kas. Devolvieron a la señora al mar, y me dijo que lo buscara.
–¿Cuándo sucedió todo esto? –, le pregunté.
–Hace una semana–, dijo, secándose las lágrimas–. El señor me pidió que lo buscara, la niña se encuentra mal. No deja de lanzar gritos, hablar en lenguas extrañas, y cada vez que alguien intenta acercársele, se ve envuelto en horrorosas imágenes–. Me tomó de la mano–. Por favor, señor. Debe ayudarla.
Estaba paralizado, incapacitado de moverme de mi sitio. Laura le dijo a Javier que había hecho un buen trabajo, y le pidió al encargado que le preparara una cama, así como que atendiera a su caballo, el cual estaba hecho un desastre por el esfuerzo. Le tranquilizó diciéndole que la orden cubriría los gastos.
–Debes regresar a Lithos–, me dijo, una vez que llevaron a Javier a una cama–¡Julián! ¿Por qué los zinos atacarían a una civil?
–No puedo creerlo–, dije–. No es posible…
–¡Julián! –, volvió a gritarme– ¡¿Por qué los zinos atacarían una instalación civil, en territorio extranjero?!
La miré.
–Por mi culpa.
Me levanté de la silla (no recuerdo cuando me senté), y fui a buscar mis cosas. Laura quiso acompañarme, pero le dije que no.
–Esto no es algo que sea culpa de Julián Nacaris… sino del hombre que murió cuando él nació…
Me monté a mi lobus y partí hacia el puerto, en busca de un barco que se dirigiera a las islas.
*-*-*-*-*-*
Jamás se borrarán de mi memoria los gritos que Rina lanzaba en la enfermería de la clínica de la doctora Kas. Se vieron obligados a atarla a una pared, ya que lanzaba patadas, golpes y mordidas, como si se tratara de un animal herido. Lloraba y se lamentaba, y los demás pacientes tuvieron que ser trasladados, ya que se quejaban de horribles pesadillas, que no los dejaban dormir.
–La sangre… el fuego…
–La niña cubierta de sangre…
–Los malvones cubiertos de sangre…
Miriam Kas había sido quien me atendió durante mi recuperación, y me llevo con Rina. Se encontraba en el sótano, donde no llegaba luz natural, pero, al menos, sus gritos no podían oírse desde el exterior.
Debes estar preparado para algo que te sorprenderá–, me dijo, antes de abrir la puerta de la celda. La puerta crujió al abrirse, y lo que vi casi me hace lanzar un grito de horror.
Rina estaba desnuda, colgando de las muñecas que estaban encadenadas a la pared. Se había arrancado las ropas y estaba manchada de sangre roja, comida y heces, a pesar de que el personal intentaba mantenerla limpia. Lo más impresionante era el par de alas negras que brotaban de su espalda, las cuales golpeaban y se lastimaban contra el muro, desparramando las plumas por el suelo.
–¿Cómo…?
–Es una descendiente muy extraña–, dijo Miriam. Al percibir nuestra presencia, Rina volvió a llorar y lanzar un grito.
Fue como su me hubieran tumbado de un puñetazo. La cabeza parecía que me iba a estallar, palpitando de dolor. caí de rodillas, mientras la imagen del fuego, gritos, dolor y sangre vino a mi mente.
…. soldados. Son zinos. Visten el emblema de oro y añil. Fui quien yo – ¿Quién? – los ve llegar primero. Eran hermosos, con sus grandes alas blancas, descendiendo del cielo, como palomas enormes. Uno, que parecía ser el que estaba al mando, no tenía alas, pero aun así se veía majestuoso, siendo cargado por los demás. Era su líder
“¿Quién eres tú?”
“Soy Rina Nacaris”, le respondo, “Hija de Julián y de Melissa Nacaris”. Así me habían dicho que debía responder, cada vez que me preguntaran. Llega mamá y me toma de los hombros, cubriéndome con sus brazos. Estaba asustada, ¿por qué?
“Váyanse. Aquí no hay nada para ustedes”, le dice mamá.
“¿Dónde está quien llaman Julián Nacaris?”, pregunta el líder.
“Mi esposo está trabajando. Es un templario. La ley protege a los templarios, y a su familia, así como Lithos está protegido pos las antiguas leyes”
El hombre da un paso hacia delante.
“¿Así que declaras que eres su mujer?”
Mamá me aprieta con más fuerza, produciéndome dolor. Sentí que temblaba, y miré al zino.
“Sí.”
El zino da otro paso hacia delante, y me obliga a alzar la barbilla con algo – ¿Eso es un latiguillo? –, y me mira a los ojos.
“¿Esta abominación es su hija?”
“No es ninguna abominación”, exclama mamá, retrocediendo sin soltarme, “Y lo es.”
Vuelvo a mirar al zino, y entonces me percato de algo.
“Mamá… ¿Por qué este hombre tiene el mismo rostro que papá?”
El zino retrocede, como si lo hubiera golpeado. Ladra una orden en su idioma, y los soldados me sujetan con fuerza.
“¡Déjenla! ¡Es sólo una niña!”
El líder, con sus hermosos y fríos azules, nos mira con desprecio.
“Mátenla.”
Uno de ellos desenvaina una espada. Lucho, me retuerzo en pos de liberarme, pero son demasiado fuertes. Lloro, asustada. El filo se acerca, pero no me alcanza. Mamá se ha arrojado sobre el soldado, clavándole los dedos en los ojos, lanzando un intenso grito de guerra. El zino aúlla de dolor, y los demás soldados cubren a mamá, atravesándola con sus espadas. Fue entonces que grité, y todo se volvió negro…
La mano de Miriam me hizo salir de mi trance. Me hallaba sentado sobre el suelo de la celda, y me tumbé a un lado para vomitar. Rina había dejado de gritar. Un niño le sostenía la mano, con la frente cubierta de sudor. Domingo, el hijo de Miriam.
–Viste una proyección de sus recuerdos–, dijo Miriam, mientras me ayudaba a ponerme de pie–. Rina es una poderosa telépata, mucho más de lo que podría esperarse.
–Vi a Melissa… y a…
–Viste sus recuerdos, más o menos tal cómo los puede invocar–, me dijo, mientras salíamos de la celda–. Domingo se quedará con ella. Cree que es posible hacerla salir de ese trance, pero llevará un tiempo.
Me acompañó a su oficina, y me dio un vaso de agua para limpiarme el mal sabor de boca.
–Ese hombre que vio Rina…
–Es tu hermano, ¿no es así?
Asentí.
–Debe haber creído que tuve un hijo natural–. Bebí un sorbo–. La corona de Zinar es extremadamente purista, y desprecia a todo aquel que pueda reclamar derechos sucesorios. Deben haber creído que Melissa y yo… éramos los padres de sangre de Rina…
Todo era mi culpa, por haberme negado a morir en aquella playa de arena roja. Porque que mi madre se hubiera negado a matarme. Ahora, dos personas inocentes habían pagado por mi egoísmo.
–No es tu culpa–, dijo Miriam–. No, no te he leído la mente, esa es la especialidad de Domingo. Pero conozco a la gente que se culpa a sí misma. Por lo que sé de los reportes y los soldados que llegan aquí en busca de tratamiento, el rey Scotland Shart está loco, teme a su propia sombre y ve complots donde no existen. Hizo ejecutar a su consejero de toda la vida, cuando le dijo que debía hacer una tregua y acabar las hostilidades con Nerel.
–Sigue siendo mi culpa que fueran atacadas, por el vínculo que tengo con él.
–Que alguna vez tuviste con él–, dijo ella–. Cuando te cortaron las alas y mutilaron el cuerpo, comenzó el proceso de separación. Gracias a que poseemos técnicas que pueden proteger la psiquis, no caíste en la locura que podría causar el desgarro que sufrió tu alma. Aparentemente, en Zinar no son tan listos.
Me llevé una mano al rostro. Si eso era así… Scotland era demasiado peligroso, no solo para sus enemigos, sino también para sus aliados, su familia. Estaba casado con la reina Micaela, quien le había dado el (los) príncipe(s) heredero(s), y la princesa Tamara. ¿Cuánto pasaría hasta que comenzara a fabular, creyendo que sus hijos no eran propios?
Como si me leyera la mente (y aquí estoy seguro de que o hacía), ella me pasó una carta, escrita en la lengua circular de Zinar.
–El padre de Melissa consiguió capturar a uno de los soldados, y le extrajo esto. No quise traducírselo, porque sabía que saldría a buscarlo.
La carta explicaba que, en el caso de verse separados, debían reportarse en un campamento al norte de Dilamo. El rey se hallaba allí, finalizando la campaña de verano y regresaría a Zinar. Le agradecí a Miriam su ayuda.
–Debes regresar–, me dijo, antes de que partiera–. Hazlo por Rina. Y, si no es por ella, hazlo por Melissa. Ella amaba a la niña.
*-*-*-*-*-*
Era un campamento pequeño, que no tenía aspecto de campaña militar, sino, más bien, de vacaciones. Había unos pocos guardias, y muchos sirvientes yendo y viniendo de las carpas en que se hospedaban. En el centro del campamento estaba la carpa principal, de color añil y oro, señal de ser la del monarca. Estaba rodeada de otras carpas más pequeñas, las cuales eran habitadas por la servidumbre y nobles de inferior categoría.
Me pinté el cabello de negro y robé el uniforme de un sirviente de cocina. conocía los horarios, ya que los zinos son específicamente estrictos en cuando hacen cada cosa: a las seis de la mañana desayuna el servicio, a las 10 los amos, a las doce el almuerzo, a las cuatro la merienda de té y las ocho de la noche la cena. Pasarse de esos horarios podía ganarse un despido o incluso la muerte, en caso de un esclavo.
El cocinero había preparado una fuente y estaba lista para llevarla a la carpa principal. Un guardia probó cada bocadillo, buscando venenos. Cuando estuvo satisfecho, me ladró que me apurase a llevarle la comida al señor. Crucé el campamento con paso veloz, pero tranquilo. Mantuve la mirada fija en el camino, evitando mirar a los guardias u otros sirvientes. Los guardias o nobles no prestaban demasiada atención al servicio, pero los del servicio conocían a sus compañeros a la perfección. Me detuve en la entrada de la carpa, esperando a que el guardia me anunciara. El rey ladró desde dentro una orden, y el guardia abrió dejándome entrar.
Adentro de la carpa estaba agradable, cargado de perfume de pachuli (el favorito de Scotland), e iluminada con lámparas de cristales nijita. Había una gran mesa redonda, con tres sillas, y un biombo ocultaba la parte trasera de la carpa, donde debía encontrarse el lecho del rey.
Scotland estaba de pie, inclinado sobre un documento. Tosí con educación, y me señaló un lugar donde dejar la bandeja. Obedecí, mirándolo de soslayo. Él no levantó la cabeza, pero era consciente de que me había visto.
–¿Su majestad precisa algo más? –, dije, apartándome de la mesa unos pasos.
Scotland se levantó, y el corazón comenzó a latirme con fuerza. Mi sombra…
No, es la sombra de Seth. Yo soy Julián.
–Te tardaste demasiado–, dijo, sentándose a la mesa. No demostraba miedo, ni enojo. Solo cansancio.
Di un paso hacia delante, sacando el cuchillo que había ocultado entre mis prendas. Destelló con un brillo azul bajo la luz de las lámparas. Scotland miró el filo, y luego me miró a mí.
–Seth…
–Seth Shart murió hace diez años, cuando le mutilaron y arrojaron al mar–, respondí, conteniendo el tono de voz–. Mi nombre es Julián Nacaris, y vengo a hacer justicia por mi esposa, Melissa Nacaris, y mi hija adoptiva, Rina.
Eso le hizo fruncir el ceño.
–¿Adoptiva…? ¿Mutilación…? – apartó la mirada, cabizbajo–. Creí que solo te habían cortado las alas y las orejas–. Sus ojos brillaron, comprendiendo mis palabras al fin–. Quieres decir que…
–Silencio–, ordené, dando un salto y clavando el cuchillo en el vientre. No gritó, ni intentó apartarse. Me abrazó, como una vez abrazó a un hermano que perdió.
–Seth…
Se desplomó de lado, derramando su sangre sobre el suelo. Tenía los ojos abiertos, mirando al vacío. Dejé caer el cuchillo, sintiéndome extrañamente asqueado de mí mismo. Había cobrado mi venganza, pero no me sentía en paz. Deseaba llorar y lamentarme, me sentía solo y extraviado. Había perdido mi vida, así como a mi esposa, y mi hija estaba al borde de la locura. Había matado a mi hermano, quien solo había hecho lo que creyó correcto. Lo cubrí con los brazos, y lloré sobre su pecho, como un cachorro perdido, esperando al que el guardia entrara y descubriera el desastre. La muerte me daría paz.
–Levántese–, dijo una voz femenina. No deseaba obedecerle, tenia frio y estaba cansado.
–Le digo que se levante–, ordenó, con un tono mucho más firme.
Me obligué a levantar la cabeza, y la vi. Tenía largo cabello negro, brillando bajo la luz. Su piel era blanca como la leche, y los ojos de un azul intenso como la noche misma. Sus alas estaban amarradas por cadenas de oro y gemas preciosas, que casi parecían una vulgaridad que intentaba oscurecer su hermosura natural. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida, y me di cuenta de que Scotland debió amarla con locura. Fue entonces que lo comprendí. Nuestras almas no se habían separado. Yo sólo le había dado la espalda a mi hermano menor, quien me estuvo llamando durante años.
–Levántese. Si tuvo el valor de matar a un hombre desarmado, debe tenerlo para enfrentarme–. Ella recogió mi cuchillo, y me apuntó con manos temblorosas. Sus ojos eran helados, pero no parecían odiarme, sino, más bien, estaban tristes. Me puse de pie, y ella me apuntó con un poco más de firmeza.
–Su majestad… –gemí. Lagrimas se deslizaron por sus mejillas, mientras intentaba sostener el cuchillo firme.
–Con la muerte de Scotland, ya no soy una reina–, dijo, mirando el cadáver de Scotland–. Una mujer es reina mientras su rey vive. Ahora, el rey es mi hijo, Scott, quien tiene sólo diez años. La corte se lo devorará.
Se puso a llorar con más fuerza, y dejó caer el cuchillo. No había pensado en ella, o en los niños. La corte le quitaría a su hijo, y la obligaría a entrar en la orden de Cryo, o morir en el fuego de la Apasionada. Pero no podría protegerlos de la voracidad de los otros nobles y su ambición.
–Yo le prometo que protegeré a sus hijos–, dije, tomándola de los hombros. Ella me miró, reconociendo algo en mis facciones. Me tomó el rostro con las manos, y la comprensión cubrió su rostro hermoso.
–¿De verdad?
–Sí. Es lo mínimo que puedo hacer para compensarla–la tomé de las manos y la hice ponerse de pie. Le pedí que vigilara la puerta, mientras arrastraba el cuerpo de Scotland a su cama.
–Nadie ingresará aquí. El rey… no le gustaba que nadie más entrara a su cama, mientras no fuera yo.
Me alcanzó la jarra y me lavé las manos. Iba a guardar el cuchillo, pero me pidió que se lo dejara.
–Dile al guardia que su majestad se fue acostar temprano, y que pidió que nadie lo moleste. Llévale la bandeja a la carpa de atrás, y pide hablar con María–. Se quitó su collar, y me lo entregó–. Enséñaselo cuando estén a solas. Ella comprenderá.
–Majestad…
–Micaela–, dijo, recostándose junto al cuerpo de Scotland–. Soy Micaela.
–Micaela–, deseé besarla. Deseé abrazarla contra mi pecho, y no soltarla nunca. Pero estaba fuera de lugar. Le besé la mano, y ella me sonrió con tristeza.
–Adiós.
–Adiós, Micaela.
*-*-*-*-*-*
María, para mi sorpresa, era una descendiente, aunque me explicó que desde la muerte de Seth, habían cambiado todo el personal de palacio por descendientes, para evitar que los secretos de su interior s divulgaran. Tenía el cabello castaño y los ojos de color de la miel. Lloró cuando le entregué el collar de la reina, consciente de que su señora pronto la abandonaría.
Los príncipes dormían en la tienda, tomados de la mano. Se veían muy frágiles, como pequeños polluelos que recién habían roto los cascarones. María los despertó con cuidado, sacudiéndolos y hablándoles con mucha dulzura.
Scott era el mayor, y su mirada era mucho más aguda que la de James, el hermano menor, quien hacia lo posible por ocultarse detrás de él. Tenían los mismos ojos de su madre, de un azul intenso y lleno de estrellas. Las facciones eran más similares a las de Scotland, pero era evidente que su carácter estaba más influenciado por Micaela.
–¿Dónde está la niña? –, interrogué.
–La princesa no sale de la casa de su tía, a quien se le ha encomendado su crianza–, dijo María, ayudando a que los príncipes se vistieran.
–¿La hermana de la reina?
–La señora Sandra vive en la zona sur de la capital. Su casa es segura.
–No por mucho–, dije, mientras le apremiaba con la mirada–. Cuando se sepa que…
–¡Shhh!
–¿Cuándo se sepa qué? –, interrogó Scott, ya listo.
María le dijo que ignorara sus palabras, pero el príncipe no cejó.
–Le ordeno que me responda–, dijo, poniéndose firme. Podía ver que tenía algo de miedo, pero no se rendiría. Chico fuerte, sería un buen monarca, con la guía adecuada.
Que no tendría, si lo dejaba allí.
–El rey Scotland ha muerto–, le dije, mostrándole mis manos, que aun olían a sangre–. Yo lo maté.
James soltó una exclamación y Scott apretó los labios, conteniéndose.
–Mi padre no era un buen hombre–, dijo–, pero, aun así, el honor me obliga a vengar a mi sangre.
Intentó tomar un tenedor de la bandeja, pero le sujeté la mano y se la torcí, haciéndolo gemir de dolor.
–Ni siquiera eres capaz de cuidar de ti mismo–, le dije, con tono firme. Scott gimió, pero no dejo de sostenerle la mirada–. Cuando tengas la fuerza para cuidar de ti mismo, podrás decir esas palabras sin avergonzarte.
Lo solté, y el príncipe se acarició la mano adolorida. Estaban listos para salir, pero entonces nos percatamos de un problema. Para el resto del servicio, existía un único príncipe en la familia real. Si alguien veía a María salir con ambos, llamaría la atención.
–Yo me llevaré al primogénito–, dije, tomándolo del brazo–. Tú, sal por detrás con el otro. Nos veremos en la entrada sur, en diez minutos.
–¡Suélteme!
–Su majestad, por favor, vaya con el–, dijo María, con tono maternal–. Hágalo por mí.
Scott bajo la cabeza y asintió. Lo tomé del brazo, pero se liberó de un sacudón.
–Ningún sirviente lleva a su príncipe del brazo. Recuérdelo.
Le miré con severidad, pero no dije nada. Aparté la cortina, y salimos. Los sirvientes que nos cruzamos bajaron la cabeza al verlo, pero no nos detuvieron. Evitamos a los guardias, y al cabo de diez minutos estuvimos en el punto de encuentro. Silbé y mi lobus llego pronto, sigiloso como una sombra. Subí al príncipe a su lomo, y le ordené que se quedara en silencio, y luego ordené a lobus que se alejara para escapar en el caso de que algo pasara.
Regresé a la entrada, pero entonces me encontré con el desastre. Alguien descubrió los cuerpos de los reyes, y la alarma se había dado. María sostenía a James de la mano, pero los habían rodeado. La vi agacharse y decirle algo al príncipe, quien se volvió a verme, desesperado. María le soltó la mano, y enfrentó a los guardias.
–Mi nombre es María–, dijo–, y yo maté a los reyes.
Alzó la mano, mostrando el collar de Micaela.
–He aquí la prueba, dijo.
Los soldados la tomaron de la mano, y la obligaron a regresar adentro del campamento. Un noble cubrió a james con sus brazos, susurrándole palabras que no llegué a oír. El príncipe se volvió a mirarme, pero ya no pudo verme, porque me había escondido. Una vez que el ruido se alejó, me volví y salí al bosque. Silbé y mi lobus corrió hasta mi encuentro. Scott seguía sobre su lomo, y noté que había escondido sus alas.
–Me molestaban–, dijo, al ver mi mirada–. ¿Dónde está James?
–No vendrá–, dije, montando detrás de él.
–¿Cómo?
–Los descubrieron, y María se quedó para protegerlo–, mentí. Scott se quedó pensativo, pero luego me miró.
–Es mentira–, dijo–. María ha muerto, tras decir que fue ella quien mató a los reyes… y James… decidió quedarse para protegerme.
No respondí. Ordené al lobus que corriera, y nos alejamos del campamento, en dirección a Dilamo. Según me habían comunicado, Tristán se hallaba allí, así que mandé un mensaje con un águila azul que hallé en el camino. Me respondió que lo encontrara al sur de ese pueblo, en una posta semi permanente de la orden.
*-*-*-*-*-*
–Qué estupidez–, gruñó Tristán, una vez que le conté todo lo sucedido. Acababa de encontrarse con su padre, y su humor no era el mejor que podía esperarse–. ¿Dices que mataste al rey de Zinar por venganza, y secuestraste a su hijo? ¿Es que acaso te volviste un demente?
La verdad, para ser honestos, no estaba demasiado alejada de eso. Tristán deseaba matarme, podía verlo en la expresión de su rostro.
–¿Y pretendes llevarlo a la orden? Ni en sueños–, dijo, llamando a los otro templario–. Devolveremos al príncipe a su país, y tú serás detenido por traición. El gran Maestre estará desilusionado por su traición.
El otro templario me apuntó con su lanza, y yo alce las manos. Pude oír a mi lobus gruñir desde afuera.
–Señor Douglas–, dijo Scott, interviniendo–, yo fui quien aceptó acompañarlo. Por lo que a la corona respecta, nunca me fui, ya que mi hermano gemelo se quedó atrás.
Tristán se inclinó ante el príncipe, en señal de respeto. El joven pareció incomodo ante su gesto.
–Es mi deseo solicitar el apoyo de la orden para mi instrucción, si no es demasiado pedir.
–Su majestad, debe comprender el compromiso que eso implica…
–Ya le dije, por lo que respecta a Zinar, el príncipe Scott nunca desapareció. Será coronado como el rey de su país, cuando tenga la edad propicia. Ante usted solo tiene a un simple huérfano, que pide el auxilio de la orden.
Tristán me miró con odio, pero aceptó la solicitud del príncipe. Se comprometió a acompañarlo a la sede de la orden, y ocuparse de que se hallara a gusto y seguro.
–En cuento a ti–, me dijo, una vez que el príncipe fue llevado por el templario que me estuvo apuntando con la lanza–, cuando regreses a la sede, hablaremos.
–No escaparé, se lo juro–, dije, asintiendo–. Pero, primero, debo regresar a Lithos. Mi hija me necesita.
–¿Qué pasó?
–EL trauma de haber presenciado la muerte de su madre la afectó gravemente. Necesita que esté a su lado. Se lo prometí.
Meditó un momento.
–De acuerdo, estás autorizado–, dijo.
–Se lo agradezco…
–Pero no creas que esto quedará así.
–Lo comprendo.
Tristán pareció repentinamente demasiado abrumado y agotado por la situación. Su espalda parecía encorvada por el peso del deber y el juramento que había hecho hacía años.
–Antes de partir, descansa un poco. Come algo, cámbiate de ropas, duerme unas horas–, dijo.
–¿Es una orden, señor?
–¿Debe serlo?
Sacudí la cabeza. Me hizo un gesto con la mano, y me retiré.
Mi sueño fue inquieto, con la constante imagen de Melissa, corriendo entre un jardín de llamas ardientes. Se volvía a verme, y detrás de su sonrisa brillante era evidente una profunda tristeza. Alzaba la mano para saludarme, y luego se volvía para tomarse de la mano de Micaela, quien me miraba llorando sangre. Luego, ambas eran tragadas por una monstruosa ballena dentada, quien se sumergía en las profundidades del mar rojo. entonces, bajé la mirada a mi pecho, donde el corazón me dolía, y pude ver que, en realidad, lo tenía en la mano, latiendo agonizantemente.
–Seth…
Alcé los ojos, y me encontré a Scotland, quien me miraba con infinita tristeza. En su pecho, había un hueco, del cual manaba la sangre blanca y espesa. Me alargó la mano, intentando alcanzarme.
–Estamos rotos, nosotros dos…
Arrojé el corazón e intenté huir, pero Scotland me había sujetado de una pierna, para llevarme a la oscuridad que se lo estaba tragando.
–Papá…
Oí la voz de Rina, la cual era como una pequeña luz en la oscuridad que me rodeaba. Me volví a buscarla, pero no podía encontrarla.
–¡Rina! –, grité, nadando entre la oscuridad y lanzando patadas a Scotland para que me soltara.
–Papá… no me dejes…
–¡Rina!
Desperté con el hocico de mi lobus sobre la cara, que resoplaba sobre mis cabellos. Al notar que me había despertado, me lamió el rostro, lanzando un gemido lastimero. Le acaricié el cuello, luchando por disipar el sueño. El animal soltó un gruñido de alegría, y le di una palmada para que se apartara. Me senté sobre la cama, y vi el cielo clarear. Había amanecido al fin.