DEL DIARIO DE UN DESCENDIENTE - 03
Donne se convirtió en un gran entrenador de lobus. Los animales lo amaban, y le encantaba dormir con ellos, así que al cabo de un tiempo terminó instalándose en las cuchas, junto con el maestro criador. El lobus le movía la cola y le caía a lametazos cada vez que regresaba a su guarida. Siempre me preguntaba cómo se comportaba, si le daba bien de comer, o me llamaba la atención si le veía alguna herida o falta de pelo.
Un templario recién nombrado aún debe seguir con su preparación. Se le asigna un tutor, quien lo entrenará por al menos otros dos años, llevándolo en misiones de reconocimiento y para conocer el mundo. Como un padre, el tutor debe contener y enseñar a su pupilo, pero también, como un amo, debe castigarlo con la severidad que crea necesaria. Conocía los casos de pupilos que habían desertado de la orden, y era deber del tutor buscarlos y hacer que regresaran a la orden, vivos o muertos.
Mi tutor fue Laura Damiano, una nerel que había abandonado a su familia cuando su matriarca intentó casarla con un varón de otra familia, para ganarse un favor político. Estaba enamorada de otra nerel, ya casada, pero aquella no quiso quedarse con ella.
–Se puso a llorar cuando llegamos aquí–, me contó–. Teníamos apenas catorce. Ella lloraba que extrañaba a su madre, su cama y las comodidades de Nerel. Incluso a su esposo, que era un tipo patético –, escupió con asco–. Al final, mandó una carta y vinieron a buscarla.
–¿No te produjo problemas con la orden?
–Para nada. Los que venimos a la orden es por propia voluntad. Nadie puede llevarnos si no lo deseamos.
–Pero… ¿qué pasa con los desertores?
–Una vez que te han nombrado, no hay marcha atrás–, dijo, mientras terminaba de afilar su espada–. Tomas un juramento. Si lo rompes, es culpa de tu tutor de no haberte guiado de manera correcta. Además, está el peligro del espionaje. Los zinos desean destruirnos, y no todos los nereles están de acuerdo con las normas y modos de la orden.
La maestra Laura me llevó hasta a Nerel, donde me maravillé admirando las calles cubiertas de caracolas, y el palacio de Nácar. A diferencia de lo que uno puede esperar, el reino no está totalmente cubierto de agua, sino que se encuentra dentro de una burbuja donde sus habitantes pueden caminar como cualquier otro. El problema es llegar, ya que sólo puede entrarse con la ayuda de los nereles, quienes transportan a los exteriores por medio de grandes globos de aire, creados con vejigas animales.
Laura me señaló la morada de quien había sido su amada, pero se guardó decirme su nombre o el de su familia. Yo también me guardé de preguntarle, ya que era pareció algo de mal gusto. Llegamos a la casa de su familia, y si bien la matriarca de los Damiano no estaba feliz de vernos, que la reina haya decretado a los templarios como amigos del reino le impedía rechazarle el hospedaje. Los sirvientes eran en su mayoría hombres, los cuales son ciudadanos de segunda clase en su sociedad. Las mujeres me miraban con cierto desprecio cuando me senté a comer en la mesa junto con ellas, pero Laura les recordó que era su alumno y que merecía tanto respeto como ella. Me dieron de comer unas exquisitas huevas de pescado, con unas algas sazonadas en salsa. Era la primera vez que probaba “auténtica comida nerel”, y realmente me había gustado. Laura pidió que nos sirvieran el vino de moras, pero la matriarca le dijo que no les quedaba, solo quedaba vino blanco.
–Bueno, que se le va a hacer–, repuso, mientras un sirviente le daba de beber. Brindamos y luego nos fuimos a acostar.
Al día siguiente, la matriarca nos llamó con gran ansiedad. Casi nos hizo salir desnudos de nuestros lechos, porque “una visita muy importante” había llegado preguntando por nosotros.
–Péinate, por el amor de Lavinia–, le silbó a Laura. Ella le sacó la lengua y apenas si se revolvió un poco los cabellos.
–Ya no soy una nerel, soy una templaria, así que no tengo que obedecerte.
–¡La mano derecha de la reina ha venido a buscarlos! –, exclamó.
Ante eso, le susurré a Laura que quizás sea alguien que conocía, y que era mejor ponernos un poco decentes.
–El vino blanco siempre me da resaca. Por eso quería de moras–, respondió, sosteniéndose la cabeza. Al ver mi cara, soltó un suspiro–. Bien, espero que valga la pena.
Nos vestimos y la matriarca nos acompañó al recibidor. Allí nos encontramos con Melissa y un par de sewas, quienes servían como sus guardaespaldas.
–¡Hola! –, me saludó, yendo a abrazarme. Laura le lanzó un gruñido, y entonces Melissa comprendió que primero debía saludarla a ella–. Señora, es un honor que haya venido a visitar nuestro reino
–El gusto es mío. No creí que Julián conociera a vuestra merced.
–Somos amigos hace años–, dijo ella, estrechándole la mano. Luego se acercó a mí, y me besó en la mejilla. Aquello pareció escandalizar a la matriarca, pero Laura solo rió.
–Ha pasado mucho tiempo…
–Lamento no haberte escrito–, me disculpé–. Han pasado muchas cosas.
–Espero que ambos puedan contármelo todo en el almuerzo–, dijo ella–. Ri-, su majestad, la reina, me ha pedido que los invite a almorzar, así como la matriarca de la familia Damiano, por haber tenido la gentileza de hospedarles.
–¡Estaremos encantados de asistir! –, exclamó la matriarca, mientras se inclinaba ante Melissa.
–Pues, ¿quién puede rechazar semejante honor? –, repuso Laura.
–¡Maravilloso! –, dijo Melissa, tomándome del brazo–. He traído dos carruajes. Espero que podamos ponernos al día, si no le molesta, maestra Damiano.
–¿Y soportar a mi matriarca? –, dijo, sacando un cigarro de su bolsillo. La matriarca hizo un gesto de asco–. Sí, ¿Por qué no? También tenemos que ponernos al día, hermana.
*-*-*-*-*-*
–Rima y Corviné se casaron hace un año, al mes de que ella fue coronada. ¿Por qué no asististe?
–Todavía estaba entrenado. Los que no hemos sido nombrados, no podemos irnos porque sí. Ni aunque una reina lo pida. La orden no responde a ninguna corona.
Ella se apretó a mi lado.
–Rima quería verte una vez más, antes de convertirse en reina.
–Lo sé. Pero no era lo correcto.
El carro era tirado por unas grandes focas, que soltaban unos alaridos que parecían más bien una especia de ladridos. No eran demasiado veloces, pero la idea era que uno no llegara rápido, sino una exhibición de poder y lujo.
–Rima ya ha hecho el pedido al huevo de la ballena. Serán gemelos, según leyó la visionaria.
–Ya veo…
–Cuéntame de tus aventuras.
–No hay nada demasiado interesante…
–Vamos, has recorrido el mundo, seguro viste algo más interesante.
El carro era descubierto y dejaba ver el paisaje. Adelante, iba el sewa que guiaba a las focas con trozos de pescado.
–Te diré con sinceridad–, le dije, abrazándola–. Nunca había visto nada más hermoso que esto.
Y así era. Nerel relucía como una joya, gracias a los rayos de sol filtrados a través de las aguas rojas. Por detrás de la cúpula, se podía ver a los peces y otros animales marinos nadar alrededor. ¡Y sus voces! El canto de las sirenas es mucho más hermoso que el que pueda entonar alguna garganta de Zinar. Por más que las voces de las muchachas y jóvenes alados sean delicadas y suaves, sólo las sirenas logran darles espíritu a sus canciones, emociones a sus palabras.
Un sirviente nos abrió el portón al palacio, y el sewa le anunció a Melissa que podía descender. Ella le acarició el hocico a una de las focas (a pesar de que era sabido que podían morder) y nos guio adentro. La reina Rima Romantan, junto a su consorte, nos recibieron en el salón principal. La reina esta hermosa, vistiendo sus túnicas verdes y su cabello dorado brillante recogido en lo alto, cubierto por una velo y perlas blancas y negras. Tenía los ojos pintados con oro y las uñas. Corviné iba detrás de ella, con unas ropas menos ostentosas, pero no menos significativas: una especie de bata celeste, decorada con pintadas de peces en un arrecife de coral, y una especie de turbante que le cubría las agallas. Los dos tenían puestos unos aros de perlas, que colgaban de la piel de los cuellos. Ningún nerel se perforaba las orejas, ya que eran demasiado sensibles.
Fuimos los invitados de honor y nos sentamos a la izquierda de la reina, quien nos agasajó con un exquisito vino de moras (para placer de Laura) y diferentes platillos. Una niña de cabellos color naranja cantó una dulcísima canción de cuna después de la comida, y nos regaló unos colgantes de coral rojo, para que nos protegiera siempre.
–Los corales son el símbolo del amor también–, señaló Laura.
–Exacto, su merced–dijo Melissa.
–Queremos que recuerden que el amor del pueblo de Nerel está con ustedes. Es mi deseo siempre llamar amigos a los templarios.
–Así le comunicaremos al Gran Maestre, señora–accedió Laura, respetuosa. La reina le había causado una gran impresión, considerando que no tenía demasiada estima por las matriarcas, después de lo que había vivido.
Cuando todos hubimos comido y considerada terminada la festividad, Melissa me apretó la mano y se paró frente a la mesa. Se agachó ante ella, en evidente gesto de respeto y sumisión. Rima pareció un tanto contrariada, ya que las dos siempre habían sido muy cercanas, y nunca se trataron distinto.
–Su majestad–, comenzó–, os le pediré un favor, si me da su permiso.
–Habla, querida–, respondió ella.
Melissa me miró.
–Le pido que me de autorización para poder escoger a mi compañero.
Rima se volvió a verme, pero fue apenas un instante. Estábamos rodeados de la corte, y no podía mostrar flaquezas.
–¿Quién es la persona que ha atrapado tu corazón, hermana mía del alma?
–Es un hombre que no es de nuestras aguas–, dijo Melissa, tal como era esperable de la formula–, pero eso no le hace indigno. Esta sentado a tu izquierda, y lleva el emblema de la flor de la tierra.
–Si tal caballero acepta tu propuesta, no veo motivos para… oponerme.
Melissa me miró con ojos brillantes de emoción. Laura me dio un codazo, y me levanté de mi sitio. Corrí hasta Melissa, y la abracé. Esa noche, hicimos nuestros votos de matrimonio.
*-*-*-*-*-*
Melissa pidió autorización para abandonar su puesto en el consejo de la corte para mudarse a una propiedad heredada en una de las islas más australes del archipiélago de Lithos. Era un sitio protegido por el clima agresivo gracias a estar rodeados de montañas, y la casa había sido construida en la hondonada entre ellas. Le encantaban las plantas, por lo cual se dedicó a tener un jardín muy variado, con rosas, margaritas y muchos y coloridos malvones, una planta que despide un olor algo feo de sus hojas, pero que resiste el clima agresivo y no necesita demasiados cuidados del suelo. Cuando le escribí sobre Rina, crecí que se enfadaría por imponerle una hija que no era de ella, pero sólo me dijo que la llevara a casa.
Rina se aferró a mi pierna cuando nos bajamos del barco y caminamos por el empedrado que llevaba a la casa. Se maravilló cuando vio los coloridos malvones, y se puso a admirar las mariposas que revoloteaban entre ellos. Le llamó la atención una de color marrón, no era algo demasiado vistoso, pero su vuelo parecía consistir en pequeños brincos en el aire.
–Bienvenida–, la saludó Melissa, mientras estaba ensimismada en su observación. Rina soltó un grito de sorpresa y se ruborizó, pero Melissa le calmó, diciéndole que no había sido su intención asustarla.
Recuerdo que esa noche comimos un pastel de manzanas después de un plato de arenques ahumados, receta de la familia Nacaris. Los tres fuimos muy felices aquella noche, pero no podía quedarme, ya que mi entrenamiento no estaba concluido.