XIII

Mi celular vibraba alertándome sobre una llamada entrante. Era Carranza.

—Dime.

—Resulta que tenías razón. Hace tres años se tomó una muestra de ADN de restos de piel en las uñas de Jacqueline, la víctima con Down. Quizás por ser la primera víctima el atacante fue más descuidado. La muestra no corresponde al ADN de Jairo Rosales y, aunque a regañadientes, le tomamos una muestra de ADN al médico Montelimar y tampoco corresponde a él.

—¿Y no hay registro de ese ADN?

—En los registros genéticos criminales no, pero sí logramos acceder a la base de datos médicos y el ADN corresponde con el de Marvin Gutiérrez quien fue donante de sangre en el pasado.

—¿Marvin Gutiérrez? ¿El novio de Melisa Calderón?

—Correcto. Y fisioterapeuta que conoció a Melisa casualmente debido a su trabajo de rehabilitación física. Quizás tiene un fetiche sexual incontrolable y enfermizo por las mujeres con discapacidad. Ya tenemos orden de aprensión y una orden de allanamiento para su casa.

Al día siguiente, Marvin Gutiérrez se encontraba en el Ministerio Público dentro de la sala de interrogatorio diseñada según la cámara de Gesell al lado de su abogado, Lépiz, Carranza y la fiscal Andrea Salvatierra.

Gracias a la estructura de la cámara de Gesell que permite a los observadores externos ver a la gente en su interior sin que éstos se percaten de que son observados, pude contemplar la escena.

—Tenemos su ADN en dos de las víctimas —le anunció Lépiz encarándolo— bajo las uñas de Jacqueline Martínez y también encontramos rastros de su semen en Melisa Calderón…

—Melisa Calderón es mi novia —se defendió Gutiérrez— es evidente que he tenido relaciones con ella…

—Sí —acepto Lépiz— por eso cuando en el peritaje médico se encontró su semen éste fue descartado. Hasta ahora. ¿Cómo explica el ADN en las uñas de Martínez?

—Soy fisioterapeuta. Jacqueline Martínez fue mi paciente y es posible que durante algunos ejercicios me enterrara las uñas accidentalmente. No es nada del otro mundo.

—Encontramos esto en su casa —dijo Carranza mostrando algunos CD. —Son de pornografía violenta que muestra escenas de violación y, además, algunos videos caseros donde aparece usted fingiendo que viola a Melisa…

—Son fantasías —dijo Gutiérrez con tono desesperado— simples juegos eróticos. Todo se hizo de manera consensual. También hay videos donde fingimos que soy médico y ella paciente y cosas así. No significa nada. ¿Por qué iba a violar a mi novia con la que tengo relaciones regularmente?

—¿Qué pasó, Marvin? —preguntó Carranza fríamente— ¿ya no lo complacían las fantasías de violación y tuvo que empezar a violar en la vida real?

—¡No!

—¿Sabe lo que le hacen a los violadores en la cárcel? —preguntó Lépiz con saña.

—¡Yo no he violado a nadie!

Tocaron la puerta de la sala de interrogatorios y un agente le dio una noticia a Carranza que pareció alegrarle.

—Los forenses encontraron rastros de sangre en un cuchillo que hayamos en su casa —anunció. —La sangre es casi imposible de limpiar totalmente. Es cuestión de tiempo para que determinemos si esa sangre corresponde a las de las víctimas. Y cuando sea así, le espera una larga condena. Si confiesa seremos indulgentes y tendrá una pena menor…

—No puedo confesar algo que no hice.

—Bien —dijo Carranza— llévenlo a una celda. Pediremos prisión preventiva.

Mi teléfono sonó de nuevo.

—¿Sí?

—David, soy Melisa, estoy afuera del Ministerio Público y necesito hablar con usted.

—Salgo de inmediato.

Efectivamente, la joven estaba esperándome a las afueras del edificio acompañada de su perro lazarillo. Sostenía un bastón y usaba anteojos oscuros que le cubrían los ojos, pero fuera de eso era imposible saber que era ciega.

—Melisa, soy David Cortés —dije acercándomele.

—¿Por qué arrestaron a Marvin? ¡Él no es el violador!

—¿Cómo está tan segura? Hemos encontrados evidencia de videos…

—Sí, sí, a ambos nos gusta la fantasía de violación. O al menos nos gustaba, desde que me violaron no la volví a practicar. Pero todo fue voluntario y él siempre se detenía si algo no me gustaba o me dolía. ¡Él no es el violador! ¡Yo lo amo!

—¿Está segura, Melisa? ¿Segura que él siempre se detenía y nunca la lastimó?

—Completamente, se lo juro.

Aquello me dejó muy pensativo.

Esa mañana de sábado tenía algo que celebrar; el “cierre” del caso, por lo que la noche anterior hice el amor a Pamela hasta bien entrada la madrugada y por eso planeaba levantarme tarde.

Por eso, me sorprendió cuando tocaron el timbre de mi casa y fui a ver quién era, estando afuera Lépiz. Dejando a Pamela dormida en mi habitación bajo las sábanas fui a ver que quería.

—¿Lépiz? ¿Qué hacés acá? —no era raro que consiguiera mi dirección, cualquier en el Poder Judicial se la pudo dar, pero no esperaba su visita.

—Quisiera hablarte de algo que me tiene un poco molesto.

—OK, pasá —invité permitiéndole entrar— ¿Qué pasó? —dije sentándome en la sala. Lépiz hizo lo mismo.

—Me enteré que recomendaste al Director no cerrar el caso aún.

—Sí, no estoy convencido de la culpabilidad de Guitérrez. No me calza en el perfil.

—¿No? ¿Qué te hace pensar que Gutiérrez es inocente?

—Intuición, podría decirse, no le veo el perfil de violador por ninguna parte.

—Bueno, aún el genial Cortés puede ser falible, después de todo, a Gutiérrez le excitaba la idea de violar.

—Las fantasías de violación son muy comunes tanto en hombres como en mujeres. Por la forma en que Melisa defiende a Gutiérrez no pareciera que este mostrara una conducta realmente patológica…

—Muchas mujeres agredidas defienden a sus agresores, se llama síndrome de Estocolmo.

—Pero hay algo más —proseguí— cuando le pregunté a Melisa si su perro lazarillo había ladrado cuando el violador entró a su casa, me dijo que sí. Que estaba alterado. Hice hincapié en el dato porque ese dato determinaría si el violador era un conocido de la víctima (y por ende del perro) o si era un desconocido. El perro no hubiera ladrado de haber sido Gutiérrez el atacante.

—Eso no lo sabes. El perro pudo haber presentido las malas intenciones de Gutiérrez o haberse alterado al oler la adrenalina que éste produjo al pensar en violar a Melisa.

—Aun así. La manera en que sometió a las víctimas fue… —titubeé antes de decirlo, pensando en las implicaciones.

—¿Sí?

—Pues denotan cierto tipo de entrenamiento… de conocimiento de la anatomía humana…

—Como es lógico en un fisioterapeuta.

—No… no precisamente… más bien como quien sabe cómo hacer llaves de judo…

—Como la que le apliqué a Jairo Rosales…

—Vos fuiste el investigador que llevó los casos de Jacqueline y de Ana María hace tres años. También fuiste el investigador a cargo de las denuncias por abuso sexual contra Montelimar ¿cierto? Recuerdo haber leído eso en el expediente.

—Por supuesto, he llevado muchos casos.

—Y estás conectado a todas las víctimas… incluyendo las no discapacitadas… y el cuchillo que encontraron a Gutiérrez pudo ser fácilmente… plantado…

Me levanté de inmediato a tomar mi pistola que yacía lejos, sobre la mesa, pero tardé demasiado. Lépiz extrajo la suya de su funda y me apuntó con ella.

—Al cuarto —ordenó dándome direcciones con el cañón—, ya sé que estás con Pamela, vi el carro de ella parqueado afuera.

—No hagas nada de lo que te podés arrepentir, Lépiz.

—Originalmente había venido solo a sondear que tanto sabías, Cortés, pero como ya sabés demasiado, tendré que tomar medidas más drásticas. Creo que imaginarás que voy a hacer con Pamela. ¡Mmmmm! Hace rato tenía ganas con ella. Te mataría ya pero quiero que veas todo…

Imposibilitado de desobedecer abrí lentamente la puerta de la habitación esperando ganar tiempo hasta que se me ocurriera algo que hacer. Para mi sorpresa, al abrir, vi a Pamela cubierta con la sábana apuntando desde adentro. Me agaché de inmediato. Lépiz la vio entonces e intentó reaccionar, pero ella fue más rápida y lo fulminó de un disparo a la cabeza.