Capítulo 109
Pasó un tiempo desde que llegamos a Aspen y cada día ha sido tan agitado como el anterior. Liam todavía sufre por las pesadillas, hasta tiene insomnio, lo que también ha destrozado su carácter. Se ha vuelto difícil de tratar, sobre todo cuando discute con sus abuelos y parece querer arrojar cosas por una ventana.
Darlene y Emerson le han llenado la agenda de tareas, estudio e incluso horas extra de clases de música —esta última parte la odia con su alma— para de alguna manera canalizar todo ese revoltijo de emociones que constantemente están brotando a la superficie.
Yo tengo toda la intención de soportarlo tanto como sea posible, pero es agotador. No voy a decir que no hay días en los que quisiera tomar mi maleta y volver a mi casa, pero lo resuelvo buscando tiempo para mí o dejo que los dueños de casa lidien con su nieto. Esos son los momentos en los que salgo al jardín con mi cámara para tomar algunas fotos de la nieve, las montañas nevadas detrás de la gran casa, hasta uso el rincón especial del principito para leer algunos libros que pedí prestados de la biblioteca de Emerson.
Otras veces solo quiero sumergirme en las cantidades de una receta por lo que pido a Agnes un lugar en su cocina. Ella no estaba segura al principio, pero bastó una vez para demostrarle que no soy alguien que ocasione desastres en lo que mejor sabe hacer. Desde entonces me deja tranquilo cuando me encuentra en la cocina armando algún postre o comida especial para mí o para Liam cuando termina de echar fuego por la boca.
Darlene y su esposo de vez en cuando rondan por la cocina cuando estoy preparando algo, rogándole a Agnes que me deje ayudarla en pequeñas cosas para el almuerzo o la cena porque necesito matar el tiempo en el que no estoy enterrado en tareas escolares, en una sesión virtual con mi terapeuta, o con mi novio.
Hay días en los que no veo a Liam hasta la noche porque prefiero dejarlo solo para que se calme, y si en una de esas casualidades llega a ser castigado por insolente que sufra el castigo solo y no me arrastre con él.
Hoy desde el desayuno estuvieron diciéndole que se comporte porque viene a almorzar Leonore, la abuela de Ansel e íntima amiga de Darlene.
—Pásame el broche de flor dorada que está en la cama —pide el principito mientras sujeta su cabello medio recogido. Dejo de acomodar mi camisa y busco el broche—. No puedo creer que hayan invitado a esa mujer.
—Liam, por favor, es la amiga de tu abuela. —Acerco el broche hasta él—. Esta semana fuiste castigado dos veces, ¿es que nunca te cansas de luchar contra ellos?
Mi novio señala la parte en la que debo colocar el accesorio. Con cuidado de no tirar ni un solo cabello, deslizo el broche en su lugar.
—No me importa si es la reina de Inglaterra. No estoy de humor para poner sonrisa de niño bueno ante nadie. Sobre lo otro, no, nunca me cansaré de ser lo que ellos no desean que sea. Son las consecuencias por haber querido convertirme en Ansel, el maldito señorito que todo el mundo quiere tener como hijo, nieto, pareja.
—Liam, tus abuelos no parecen pedirte más que solo buen comportamiento. Además, te cuidaron muy bien cuando estabas casi con un ataque de pánico hace unos días.
Él admira otra vez el atuendo que decidió usar para el almuerzo. Con la camisa estilo pirata y sus pantalones azul marino puestos como una segunda piel, además de sus botas altas perfectamente lustradas, parece realmente un príncipe a punto de salir a navegar por el océano.
—Sí, es obvio que van a comportarse así cuando algo malo me pase. El problema es que yo… yo todavía no estoy dispuesto a perdonarles ciertas cosas. Ese es el problema cuando alguien te defrauda, Mason, no puedes verlos de la misma manera. He superado la mayor parte de lo que pasó, pero todavía no puedo olvidar todo el rechazo que recibí de su parte. No es fácil volver aquí y fingir que todo está bien.
Liam se acerca, buscando un abrazo al momento en que deja caer su cabeza en mi hombro. Sin dudarlo lo sostengo entre mis brazos, besando su frente mientras suspira a gusto con la situación.
—Te ves muy bien —le digo—. Sé que lo escuchas muchas veces, pero no se puede evitar, siempre logras verte aún mejor que antes.
Coloco su rostro entre mis manos y le doy un tierno beso. Él pestañea de manera coqueta, deslizando sus brazos por mi cuello.
—Tú tampoco estás nada mal —murmura, rozando nuestras narices —. Odio admitir que mi abuela hizo bien en darte a elegir algo de la ropa de mi padre. Te quedan mucho mejor que a él.
—¿Vas a ser un buen chico?
El principito inclina su cabeza, extendiendo una pícara sonrisa.
—Si no lo soy, ¿habrá un castigo?
—Sí. —Sonrío—. Dormirás solo.
—Al menos dame cinco minutos de alegría.
Agnes nos llama desde el otro lado de la puerta para que bajemos. Tomo la mano de mi caprichoso novio, su abrigo largo de color negro y salimos de la habitación. Al bajar por las escaleras tengo cuidado de no tirar la decoración navideña colocada en los barandales. Cuando trajeron el árbol de navidad, la decoración y demás cosas para poner a tono la casa con las del vecindario, pasamos una agradable tarde entre música, algunas risas y calma.
Llegando al comedor principal, encontramos a Darlene y Emerson conduciendo hasta su sitio a Leonore, una simpática dama de cabello tan blanco como la nieve y ojos pequeños a pesar de tener enormes anteojos con demasiado aumento rodeándolos.
—¡Liam! —exclama la amiga de Darlene, acercándose a mi novio—. Hace tiempo que no te veía por aquí.
—Es agradable verte de nuevo, Leonore.
La manera en la que mi novio dijo eso fue forzada, rígida y fría. Quizás así sean las próximas horas que le dediquemos a esta reunión.