La noche más oscura IV
Encender un fuego a los pies de la cascada no era una brillante idea, la leve brisa atraería una llovizna continua, el correr del agua mantendría una sensación fresca hasta en los días más calurosos, siendo de noche una heladera muy ruidosa que perturbaría el sueño de los más inexpertos.
En Zenda, la cascada era un punto de inicio, un sitio que marcaba el fin de una era que no comprendía para darle paso a otra que le aterraba, un sentimiento confuso, pero que encontraba cabida cada vez que se centraba en las palabras de su libreta.
“No lo olvides”
¿O era, “No me olvides”? El tiempo y lo transcurrido habían diluido el mensaje en una mancha borrosa, casi ilegible. Zenda se aferraba a una ilusión que alimentaba este sentimiento de rebeldía. Ese era el efecto de apostar tu vida y ganar.
Un escalofrío erizó su piel, pateando la fogata, la apagaría con un cuenco de agua, mirando al firmamento por encima de la cascada, se acercó a la orilla del rio con el abanico dorado en mano. Su superficie era tan perfecta que deba poder verse en el reflejo ¿Qué vería? Teniendo su cabellera enterrada a unos pasos de su espalda, no quería saberlo.
Solo que este sería su último momento, el instante en que delimitaría la función con la que había sido arrastrada al mundo contra sus verdaderos deseos de convertirse en un ser independiente.
No más despedidas dolosas, no más impotencia ante el destino, hasta nunca a los funerarios solitarios y bienvenido sea, todo aquello escrito en tinta roja en su libreta; sus momentos, sus recuerdos felices, su esencia que era borrada cada que entregaba la misma.
Si Zenda era una línea de código corrupto, se encargaría de prevalecer hasta el último instante.
— Esto… Es real, lo es— se dijo a sí misma.
Arrojando el abanico dorado hacia el río, se tomó una profunda inhalación, saboreando el toque de la tierra con la planta de sus pies descalzos, sintiendo hasta el último rincón de su cuerpo el susurro anhelante de la magia de este mundo.
— Es todo.
El abanico caería en el río, encontrando su lugar en el fondo, agitaría las aguas como en un pequeño remolino; alcanzando la superficie. Una masa amorfa de niebla y luz se alzó frente Zenda, adquiriendo una apariencia sólida para después perderla en un puñado de polvo y volver a recuperarla. Un cuerpo cambiante que con su sola presencia desprendía tinta oscura a su alrededor. Por instantes vería a Zenda, hasta que esta le giro el rostro. Con un impulso desbocado, la criatura se abalanzó a los cielos, perdiéndose en estos.
En respuesta, el firmamento se teñiría a una velocidad sorprendente con nubes oscuras, moviéndose como la tinta en el agua.
A la mujer le hubiera gustado dar una mejor despedida, pero la criatura, al igual que ella, eran conscientes que ya no era posible.
Si Zenda tuvo la noble misión de registrar la historia en los momentos más destacables con su propio puño y letra, aquel ser de tinta y luz era quien verificaba la información. Siendo en noches como esta, el momento en que salía del abanico dorado a pasearse por los caminos de este mundo, llevándose lo que fuera que no estaba señalado por la mercenaria y confirmando la información ya existente para respaldarla. Aunque el “como” era la parte delicada de todo el asunto, un detalle que helaba la sangre de los habitantes de este mundo.
Aunque al final del día, lo tomaban como leyendas, Zenda se miró a si misma con una pregunta idéntica, ¿es solo una leyenda? Las moras Zardan lo era y aparecieron. Quien manipula el destino era un cuento que resulto vivir bajo la apariencia de un oso. Por esa razón de tres, historias como la deidad que creo este mundo debían contener algo de verdad. La misma deidad de la que solo pudo atestiguar su espalda.
Perdiendo su vista en el bosque, una esperanza nació en su interior, podría encontrar al ser que lo creo, a la llamada “deidad”. Un ser por encima de ella sería capaz de explicarle todo este meollo de su cabeza y su libreta.
Abriendo el abanico de plata, señalaría el suelo a sus pies; desprendiéndose la tierra para rodearlos, apretujándose hasta generar un halo de luz blanca, dando paso a unas botas de cuero pintado en lila. Cortando la conexión de Zenda con la vertiginosa corriente mágica del mundo; por primera vez se maravilló de lo silenciosa que podía ser su cabeza.
Como acto reflejo saco su libreta, abriéndola al azar encontraría un pasaje interesante de tinta roja.
“A cambio de silencio, las botas altas fueron una buena idea…tenía razón”
Hubo un nombre entre oraciones que había sido tachado hasta ser imposible de leerlo. Fuera de ello, provoco una sonrisa de tinte triste; al parecer no era la primera vez que lo hacía. Cerrando la libreta se sumergió en la arboleda, dejando una tumba sin nombre a sus espaldas y una criatura caprichosa suelta.
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Nota de la autora: hay un pequeño retraso en la publicación de los capítulos, es probable que los suban todos a la vez, para el lector perdido por ahí, cuidado se le escape uno.